Andrés Caicedo o "el partido de la adolescencia"

Tomado de El Colombiano. Historias que Contar

Domingo 3 de Marzo de 2002

Nunca sería cincuentón de poltrona; lo establecido estuvo lejos de su plan de vuelo. Vivió 25 años y dejó escritas novelas, cuentos, guiones de cine y artículos críticos. Y mañana lunes, 4 de marzo, se cumplen 25 años de su (por él prevista) muerte. Por Margaritainés Restrepo Santa María Medellín Las ramas del ciruelo todavía se asoman por la ventana del cuarto que habitó un chico que a los 7 años llamaba a las legumbres "crayones de la naturaleza"; y a los 9 leía a Edgar Allan Poe; y al tiempo que hablaba de la angustia que sentía en los atardeceres, dibujaba historietas del Oeste y se volaba del colegio. El cuarto que habitó Andrés Caicedo Estela, un hombre que conjugó el verbo "rebelarse" en lugar del "se debe".

Entre el amor y el odio, la admiración y el rechazo se movilizan los sentimientos de quienes se acerca a la vida y obra de un colombiano que nunca escogió posiciones intermedias. Unos lo han visto como un mechudo, desadaptado, drogadicto, escritor sin talento y mal o peligroso ejemplo. Otros, como inteligencia superior y sensibilidad extrema, ídolo, especie de santo, mito, imán, estandarte y hasta recortan con cuchilla su imagen de un cartel, para guardarla, quizá, en un álbum secreto.

Cristóbal Peláez, del grupo de teatro Matacandelas (que investigó y realizó el montaje de la obra Angelitos empantanados, de Caicedo Estela), abre hoy las compuertas del mundo de ese colombiano que convivió con la construcción y la destrucción, lo lúgubre y lo alegre; voz de la contracultura; de una juventud de la posguerra, desorientada, decepcionada, refugiada en drogas, alcohol, fenómenos culturales y sociales de la época.

Con evocaciones de cine, teatro y literatura, llega del más allá -al cumplirse 25 años de su muerte- el recuerdo de este payanés de figura larga y delgada, de jeans, camiseta blanca, botines, melena, ojos observadores ("cuando miro una cosa veo miles"), tras unas gafas de montura oscura; gago y atropellado en su discurso por ese acelere que llevaba adentro. Pero llega, también, atado a su respuesta repetida a un interrogante común y silvestre: ¿qué has hecho? "Sufrir incalculablemente".

Aprisa, deprisa "Después de los 25 no vale la pena vivir..." Dijo alguna vez. Y, esgrimiendo un gran temor a envejecer, a madurar, vivió con la intensidad que su imaginación, vulnerabilidad y energía le permitieron.

A los 25 había escrito cuentos, cuatro novelas y cuatro obras de teatro, realizado 10 montajes teatrales, adaptaciones de 6 obras dramáticas, una versión cinematográfica de su obra Angelita y Miguel Ángel, fundado el Cineclub San Fernando (con más de 500 proyecciones) y editado la revista Ojo al cine y publicado, al respecto, columnas de prensa. Pepito Metralla lo llamaban sus amigos, por el traque, traque de su máquina de escribir que se activaba, incluso, en medio de una rumba.

Su obra literaria, entre divertida y desgarrada, está precedida de sobredosis de cine (pasión y enfermedad -"cinesífilis"-, podía ver 8 películas en un día), incursiones en el teatro, porciones suficientes de rock y salsa. Tiene sabor a lo "interminable", presencia continua de la muerte, la crítica a lo establecido, la fascinación por el horror, lo extremo. La lista incluye: Viva la música, El atravesado, Angelitos empantanados o historias para jovencitos, La piel del otro héroe, Recibiendo al nuevo alumno, Los oscuros desahogos, El fin de las vacaciones, Los imbéciles también son testigos, El mar, Noches sin fortuna, Destinitos fatales.

Dijo hacer una obra "para unos pocos y buenos amigos". Y dejó, lo expresa Cristóbal Peláez, una literatura confesional (revela angustias, quita máscaras), urbana (hasta entonces siempre aparecía el fantasma del campo), con la juventud como protagonista, y Cali (Cali Calabozo o Caliwood) reinventada, transformada en set de cine, y con ejemplos de travestismo en la narración (capaz de cambiar de género en la escritura). Y como clave en todo, la poesía.

Ese 4 de marzo de 1977 (en septiembre cumpliría los 26), hacia las 2:00 p.m. se despidió al ingerir una sobredosis de senocal, en su apartamento del edificio Corkidi, en la Zona Rosa de Cali.

Lo habían visto a la hora de almuerzo, en su casa paterna, llevando bajo el brazo su libro Viva la música, publicado por Colcultura y recién sacado de la imprenta.

A uno de "los de arriba" que se acercó al mundo de "los de abajo" sin hacer aspavientos. Que quiso ser guitarrista rockero, o a lo mejor otra versión de Billy The Kid, en algún momento. A ese "celador y espectador burletero de su dolor, independiente; que no se afilió al nadaísmo, ni al realismo mágico, ni al marxismo; que también soño convertirse en leyenda y fue como el fundador del partido político de la adolescencia".

Con todos los peros y por encima de su tragedia, "consecuente", un romántico rebelde, que dejó como mensaje la creatividad, el no sentarse a esperar que la vida pase.

Un ángel caído, con las alas rotas. Lo ven como uno de los poetas malditos. Su suicidio lo ayudó a transformarse en un mito rápidamente. Padeció del síndrome de "pionner"... de un amplificador nato de sentimientos. Insiste Cristóbal Peláez: "Al morir, en contra del hombre, elaboró su estatua de artista".