Angelitos empantanados, veinte años

Cristóbal Peláez González

Publicado en El Mundo el 27 de Marzo de 2015

Angelitos Empantanados - Miguel Angel

Para este 2015 se cumplirán veinte años del estreno de la obra Angelitos empantanados, un montaje llevado a escena por el Colectivo Teatral Matacandelas, a partir de tres relatos del escritor caleño Andrés Caicedo. Estas  narraciones hacen parte de un universo entrañable que, con la rúbrica de Historias para jovencitos, el autor entretejía de manera recurrente como parte de su obsesiva pretensión de instalarse en una eterna adolescencia literaria. Soñaba con  convertirse en un profeta del mal ejemplo; en un autor “underground”, de lectura prohibida, con impúberes que lo disfrutaran a escondidas, pues su idea del paraíso era un lugar sin cabida para los adultos.

Allí, en la obra teatral, el trasunto de la fábula es sencillo y la constante atmósfera de angustia es quizá el elemento que define su dramatismo: adolescentes atormentados, perdidos en la monotonía de los días y en la zozobra de un futuro incierto. Angelita y Miguel Ángel, los angelitos protagonistas, son dos caras de una misma moneda que, al rodar, revela el rostro de un autor que fue capaz, en medio de su androginia y constante sufrimiento -pero, sobre todo, en medio de un indiscutible talento-, de vivir quitándose  máscaras para inmortalizarse en sus propias criaturas. Los personajes, entonces, constituyen un todo: la historia, la trama y la acción dramática. Seres, como su creador, tatuados por un destinito fatal.

Andrés Caicedo, ese desconocido cineclubista amante del western, emergió en la constelación literaria durante la década de los noventa y, desde su vertiginoso reconocimiento,  ha generado fervor, desprecio…pero nunca indiferencia. Su estilo rápido, contundente y sorpresivo, no remite a ninguna literatura en particular. Sin embargo,  aparece inmerso en un continente plural con aromas que van desde el  primer Vargas Llosa y el mexicano José Agustín, hasta la monumental arquitectura Joyceana. Todo a un ritmo musical y cinematográfico. Andrés Caicedo es muchos y a la vez uno solo. No en vano,  todos los movimientos literarios y culturales de la época parecían pagar un derecho de aduana al atravesar su ojo crítico, tan compulsivo como inclasificable.

Andrés Caicedo

Inventó ese desvarío denominado “literatura urbana”, con una prosa fragmentaria, inacabada, presurosa. No había tiempo pues, la muerte, bien lo sabía, le venía haciendo sombra (“Ya me ladran”, anotaba). En su “cinecifilis” acometió todas las posibilidades: promotor, actor, crítico y hasta guionista de incipientes piezas, elaboradas bajo la influencia del western y Cyril Connolly (escritor y crítico británico). Sus nueve guiones para teatro tuvieron como referentes a Ionesco y a Pinter, alcanzando una relativa difusión. No obstante, la fuerza real de su legado radica en obras literarias como Angelitos empantanados, Noche sin fortuna y la aclamada Qué viva la música.

Otro tanto se puede decir de su relato El atravesado, que desde su primera versión en 1986, a cargo de Julio Ardila y su teatro Colectivo (el colectivo de un hombre solo), ha inspirado innumerables puestas en escena, a tal punto de ser, hoy en día, un texto aclamado por los jóvenes y un librito que es el pivote para seducir a una masa creciente de lectores primerizos.

Angelitos Empantanados

El montaje de Angelitos Empantanados se realizó a partir de incesantes pruebas de escenario, donde los actores procuraban dejar fluir el relato (la representación) en una atmósfera que reflejaba ese mundo perturbador donde el autor se repetía deliberadamente: Richie Ray & Bobby Cruz; los Rolling Stones; el cine; el sufrimiento y la desesperanza; la adolescencia; la repulsa contra ese mundo grávido de la adultez. En resumen,  la inmensa dificultad de la existencia.

Nuestra versión escénica alcanza ahora 487 funciones para un promedio de 70.000 espectadores. Una cifra que es mucho y nada a la vez, si la comparamos con la cantidad de representaciones que han tenido obras insignia  del teatro colombiano como I took Panamá, del Teatro Popular de Bogotá; La agonía del difunto, del Teatro Libre; y la inmarcesible Guadalupe años cincuenta, del Teatro La Candelaria, de la cual se asegura ha sobrepasado las 2.500 funciones.

Mucho, pero aún poco, si nos extendemos a otras latitudes, donde están,  por solo mencionar un par, las 25.000 funciones celebradas hace poco de La ratonera, de Agatha Christie; y las más de 17.000 funciones de La Cantante calva, del patafisico Ionesco.

Angelitos Empantanados Chava en Angelitos Andres Caicedo

Ningún grupo puede determinar un éxito de público al estrenar una obra. Y, a pesar de que nadie, deliberadamente, monta mal teatro, el deseo recóndito de toda compañía, de todo director, es crear montajes sin precedentes, que provoquen una audiencia numerosa. El 80% de las obras mueren a la décima representación y, según el mito, obra que sobrepase las cien funciones (por taquilla) se convierte, automáticamente, en una producción que habrá justificado toda la demanda de esfuerzo, talento e inversión económica. En  México, por ejemplo, es un ritual colocar una placa conmemorativa por el centenar de funciones en la sede del grupo que las alcance.

Mucho más difícil que el éxito, es crear obras de culto, pues estas brotan de una manera más misteriosa aun, y tienen la particularidad de segmentar al público creando adicción, un fenómeno muy común para el cine y bastante escaso para el teatro. Se trata de rarezas literarias, cinematográficas o teatrales, que desafían las posibilidades del camino seguro y apuntan a direcciones de una poética distinta, donde los creadores han optado por una voz más personal. Una instancia donde figuran los outsiders, los alcohólicos y los desadaptados.

En el caso de Andrés Caicedo, sus angelitos han logrado crear un círculo de espectadores fervorosos que, a lo largo de estas dos décadas, los reclaman en cartelera y repiten la obra con el mismo entusiasmo de la primera vez. Una de las claves podría estar en el deseo y la curiosidad  de la generación de turno por echar un atisbo hacia aquella pintoresca sociedad de los años setenta, retratada en el caos y la fatalidad de un escritor con una muerte precoz, pero con una obra eterna.