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La Metafísica de la
Presencia en Fernando González
por Carlos
Enrique Restrepo
Conferencia
pronunciada para el Teatro Matacandelas el día 21 de marzo de 2007 sobre
el concepto de metafísica a partir de El libro de los viajes o de las
presencias de Fernando González.
En primer lugar,
en un recorrido muy breve desde Aristóteles hasta Fernando González,
distinguiremos la noción de metafísica como un cierto modo de ver, para
desentrañar el sentido de la presencia. En segundo lugar,
siguiendo a Heidegger, trataremos de esclarecer la noción de metafísica
como una ocupación que atañe a la naturaleza del hombre; habría tal vez
un cierto pathos, padecimiento o patología que es la que mueve al
hombre a la metafísica. Y un tercer asunto que apenas lograremos esbozar
es el del viaje.
La metafísica
nombra en algún sentido la filosofía misma. En parte puede decirse que
toda la filosofía es metafísica, por lo menos Aristóteles la nombró como
filosofía primera. La palabra metafísica fue posterior a Aristóteles; ni
él ni los griegos hablaron de una metafísica. Este término lo acuñó un
clasificador de sus obras, para nombrar una serie de escritos
posteriores a los que componen la física y la filosofía de la
naturaleza. En principio, el término metafísica sólo quería denominar
los escritos de Aristóteles posteriores a los que abordan estas
cuestiones, pero luego se volvió palabra de uso corriente para designar
lo que Aristóteles llamó filosofía primera, esto es, una meditación
meramente teórica, meramente especulativa y que no se atenía nunca a la
experiencia sensible o a la observación empírica del mundo, un tipo de
meditación que en términos generales la filosofía reconoció como la
cuestión del Ser o la pregunta por el Ser.
En este sentido,
quisiera hablar de la noción de teoría en los griegos. Teoría
se traduce como contemplación, alude al hecho de ver, a un cierto modo
de ver, un ver que en todo caso no corresponde a la observación
sensible, sino que se orienta más bien a lo suprasensible, que rebasa el
ámbito de lo sensible y que corresponde a la actividad del pensamiento;
un ver que es función, no de la mirada, sino del pensamiento, del
logos. Me parece que esta cuestión del ver está fuertemente
relacionada con "la presencia" en Fernando González. ¿Qué es este ver de
los griegos, qué es este teorizar de los griegos? Dijimos que escapa a
lo sensible, es más bien un ver inteligible, un ver que apunta a la
captación conceptual de algo, y ese algo es en su mayor generalidad la
cuestión del Ser. Los griegos distinguieron dos cosas, algo que ellos
llamaron "el ente", el cual podemos entender sencillamente en términos
de las cosas del mundo o de los objetos del mundo, un poco en el sentido
de la existencia. Distinguieron eso que se llama "entes" con respecto al
"Ser" en general, que no es visible a la manera de las cosas o a la
manera de los entes. Éste es el objeto de la teoría o del preguntar de
la metafísica entendida como ese modo de ver que es asunto del
pensamiento. De cada cosa decimos que "es": "el árbol es", "la casa es",
pero el Ser no se reduce a esta simple existencia singular de las cosas,
sino que el Ser, eso que el ver metafísico pretende hacer visible,
escapa a la singularidad de los objetos, es universal, es algo común a
los objetos, una cierta propiedad o cualidad de los objetos, a saber, el
hecho de ser. "Ser" es algo general y vacío; en ese sentido el Ser es
metafísico por cuanto rebasa nuestra simple captación del mundo, la
manera en que ordinariamente aprehendemos el mundo.
Los griegos
relacionaron este Ser con la presencia. La experiencia que
tuvieron del mundo era la de ver en él algo más que las cosas, y ese
algo más, el Ser mismo o el Ser en general, fue lo que movió el
théorein, el teorizar o el ver particular que constituyó la
metafísica, y en un sentido estricto, la filosofía. Esta es la manera en
que el hombre griego sale al encuentro de esa presencia que luce en las
cosas y que está más allá de las mismas cosas.
En Fernando
González, en las descripciones iniciales que ofrece de Lucas de Ochoa,
encontramos esta forma de contemplación que apunta más allá de lo
sensible: "Lo vi un lunes, alelado, de pies en la acera de la tienda de
Fabricio. Toda la noche y la mañana había lloviznado. Miraba los
charcos, pero sin verlos, viendo su mundo en ellos.".
La presencia que acontece allí, lo que este contemplador tiene ante los
ojos, es algo más que lo meramente presente, la presencia es presencia
de algo más, y eso es lo que constituye ese modo peculiar de ver: "Él
miraba, pero sin ver, a los buses y a los que pasaban.". "¡Eureka! ¡Ya
voy sabiendo o concienzándome! Ya entreveo, pues no se ve nunca la
Presencia".
Cuando Aristóteles
habló de esta filosofía primera y de esta contemplación que él le
atribuye al pensamiento, dice también que, a diferencia de las otras
ciencias, la metafísica es teórica en la medida en que se distingue de
los saberes prácticos; es teórica en la medida en que es especulativa,
que se vale más bien de conceptos. Este particular comportamiento del
hombre hacia la metafísica, distinto de los saberes prácticos, dice
Aristóteles que tuvo lugar cuando ya estaban resueltas todas las
necesidades inmediatas de la vida, cuando ya el hombre no tenía que
afanarse en las ocupaciones que le implican el trabajo, el aseguramiento
de su subsistencia, etc. En esa medida, en su forma de "ciencia", la
metafísica o la filosofía sólo pudo surgir cuando hubo una ordenación
social que permitiera que, por la acción del trabajo de los esclavos,
existiera y se mantuviera una aristocracia o una casta sacerdotal. El
desarrollo de las matemáticas en los egipcios, por ejemplo, suponía ese
mismo modo de organización social. En los griegos también la filosofía
fue peculiar de una cierta aristocracia, porque suponía que el hombre no
tenía que habérselas con las cosas del mundo, con el mundo de la
necesidad, sino que este particular modo de ver exigía el tiempo de la
teoría, el tiempo de la contemplación, si ustedes quieren una especie de
ociosidad. En Fernando González hay esa ociosidad, es una especie de
contemplador o flâneur a la manera de Baudelaire, en todo caso un
metafísico silvestre. A diferencia de los grandes ociosos de Occidente
como Baudelaire, la suya es una metafísica a la medida de Envigado, en
cuyos límites pareciera que termina el mundo; su forma de expresión y su
estilo delatan lo que estaba al alcance de un filosofar en una ciudad
como esta, en las condiciones de su tiempo. Existe en él un libre
deambular, la vagancia necesaria de quien le da suficiente tiempo a las
cosas para las que nadie tiene tiempo, y que puede dedicarse a ver en
ellas algo más. Que Aristóteles hablara de ociosidad como un presupuesto
necesario de la vida teórica, como requisito para el filosofar, me
parece que uno lo puede presentir en la manera de recorrer que tiene
este observador, este contemplador al que el Ser le deja acontecer su
presencia.
"Miraba los
charcos, pero sin verlos.". Hay aquí dos actitudes distintas: mirar y
ver. Miraba pero sin ver, miraba el Ser al modo de la pura presencia. En
uno de los libros de Castaneda, Una realidad aparte, se habla
-aunque haciendo tal vez un uso invertido de los términos- de esta
diferencia entre el mirar y el ver. Don Juan que es el maestro indio que
le enseña a Castaneda, le dice que él mira las cosas pero no tiene el
don de ver, y le reclama a Castaneda que esa realidad aparte que él le
quiere dar a conocer requiere que logre abandonar el simple mirar para
ver. El metafísico, en algún sentido, es el hombre que mira un
"trasmundo", como lo llama Nietzsche, un mundo por detrás del mundo; es
un hombre de Otraparte, para hablar en la lengua de Fernando González;
pertenece a la especie de aquellos que habitan o atraviesan lo finito
como en una especie de nostalgia de eternidad. Eso quizá podría ser un
metafísico, eso quizá podría ser la metafísica, añoranza de trasmundo.
La filosofía exige
ese comportamiento, ese pathos, esa actitud en la que el hombre
ya no se comporta ante las cosas a la manera habitual, esa actitud por
la cual deja de vivir a la manera ordinaria, y en la que los objetos en
los que se ocupa no son ya los que constituyen el interés general de la
gente, sino que se sitúan en una esfera particular, en un mundo propio,
a la manera de un delirante, si se quiere. La filosofía siempre ha
tenido ese componente de delirio y de forma de existencia alucinatoria;
quien se ocupa de ella tiene ante sí otros objetos, su asunto es otro
que el del hombre común, se trae entre manos algo más: llámesele el Ser,
lo Uno, la nada, el Espíritu absoluto, que para el hombre común
permanecen siempre desconocidos. Por eso son contados los hombres que se
ocupan de ella, porque no es asunto de un interés cualquiera.
Pero si bien en
los griegos la metafísica podía identificarse por completo con la
filosofía misma, con el tiempo pasó a ser sólo una disciplina entre
otras. A medida que surgieron otros objetos para el pensamiento, la
metafísica se restringió a un orden particular de problemas. Hoy la
filosofía es sumamente diversa; sin embargo, lo que constituyó el objeto
dominante de la metafísica en su origen, la pregunta por el Ser que
escapa a los simples entes o aquello que hemos indicado con el término
"presencia", sigue teniendo ese carácter del preguntar más general,
especulativo, teórico, que prescinde por completo de la experiencia, de
la sensibilidad ordinaria, y que conduce al concepto como realidad
filosófica.
En el siglo XX
apareció un tipo de filosofía que fue inspirada por Heidegger, la cual
no sin ciertos amaneramientos se conoció en Francia con el nombre de
existencialismo. La manera de ser metafísico de Fernando González
está más cercana al existencialismo que a la clásica comprensión de
Aristóteles, de la cual en todo caso conserva según vimos algunos de sus
rasgos esenciales. La metafísica propiamente dicha, la que reconocen los
filósofos con esta denominación, se convirtió con el tiempo en una cosa
demasiado dogmática, en un modo de filosofar canónico y académico, algo
escolástico y profesoral. De ahí que, aunque quizás no sea del caso
identificar completamente a González con el existencialismo, coincide
con éste en encarnar una metafísica que es más cercana a la vivencia,
que sostiene con la vida una relación más inmediata, en lugar de
perderse en un "exceso de teoría". El propio González establece esta
diferencia de su pensamiento con respecto a la filosofía académica. Su
modo de ser metafísico no se ejerce al modo de los grandes teóricos de
los sistemas clásicos, sino al modo silvestre del Envigado que habita. A
diferencia del metafísico a la usanza de los griegos y de la tradición
filosófica, que termina haciendo un mundo de conceptos, para González no
se trata de una metafísica conceptual y encaminada a la formulación de
un sistema. Frente a la Presencia y a la Intimidad, "el concepto es tan
sólo el cadáver de la vida".
Nietzsche por su parte dice que hay más conceptos que realidades en el
mundo, y semejante irrealidad es el destino fatal de la filosofía cuando
solamente obedece -como en Hegel- al imperativo del concepto. Respecto a
esta diferencia, dice González: "¡Oh, mi vida interrumpida de brujo!
Porque yo propiamente no soy novelista, ni ensayista, ni filósofo (¡qué
asco la filosofía conceptual!), ni letrado, sino Brujo".
Brujo, mas no filósofo. Quizá eso esté en relación con lo
que dijimos acerca de un modo de ver peculiar. Él no se agota en
conceptos, no se pierde en la tarea infinita que es urdir la telaraña de
la razón.
En Ser y
Tiempo, Heidegger introdujo elementos que implicaron esta
transformación profunda de la filosofía que desembocó en el
existencialismo. Algo esencial está en juego desde el momento en que
propuso abandonar la definición tradicional del hombre -debida a
Aristóteles- entendido como "animal racional". A diferencia de
Aristóteles, para Heidegger el hombre es un "ser arrojado a la
existencia". Semejante al episodio del Génesis, este "ser arrojado"
menciona una forma de existencia exiliada, una existencia que se halla
circunscrita en un mundo que se revela al mismo tiempo como inhóspito y
desconocido. En ese sentido introduce Heidegger la comprensión
fundamental del hombre como "ser-en-el-mundo", del hombre como "ser-ahí"
o Dasein. Con ello aparecen para Heidegger otras cuestiones que
derivaron en la mencionada actitud existencial de la filosofía, y
principalmente, la necesidad de pensar en consecuencia una disposición
del ánimo, una particular afección como la condición necesaria para el
filosofar. Este es el segundo elemento que me gustaría desarrollar. Para
Heidegger, la comprensión humana del Ser está determinada por un estado
de ánimo que corresponde a esta estructura del Dasein, del ser
arrojado o "ser-en-el-mundo". Ese estado de ánimo particular para el
filosofar es la angustia.
Sartre escribió
La
Náusea,
en la que hay una experiencia del Ser, o mejor, de la presencia, a
partir de ese estado de ánimo que él llama, no "angustia", sino
"náusea". En Sartre, la náusea es un estado que le sobreviene al hombre,
sin saber de dónde ni por qué. Recuerdo que el personaje, Antoine
Roquetín, narra en algunos pasajes la sobrevenida de esta nausea,
partiendo casi de su presentimiento; relata cómo la náusea empieza a
acosarlo, hasta arrastrarlo a un devenir que lo entrega al pleno
extrañamiento de las cosas. Eso se relaciona con el modo ver: las cosas
empiezan a dejar de ser familiares, comienzan a lucir "de otro modo",
los utensilios en lugar de amparar la existencia del hombre se tornan
incomprensibles, se interpone entre el sujeto y la experiencia que tiene
de los objetos una extrañeza, una lejanía que deja ver al fin esta
condición de arrojado del hombre en el mundo, provocada por la
existencia simple de lo que solemos llamar "cosas". La náusea puede
describirse en términos de la experiencia del mundo como inhóspito; ella
delata este carácter de exposición, de arrojamiento y finitud inherente
al mundo y al hecho de que el hombre está comprendido en el mundo. La
náusea, al igual que la angustia, revela el Ser como la Nada, una nada
pavorosa, aterrorizante, pero al mismo tiempo serena, apenas un rumor.
En ella las cosas nos interpelan, dejan acontecer algo indeterminado, un
enajenamiento, una pérdida de la dimensión de lo cercano y familiar que
nos abisma en lo desconocido. La nausea es pues este pathos, que
Heidegger por su parte -y también González- denomina "angustia".
La metafísica toma
a su favor la conmoción, el sutil arrebato de la angustia. La angustia
se revela, pues, como el estado de ánimo que mueve al filosofar. Hay que
advertir, sin embargo, que Heidegger en un ensayo que se llama ¿Qué
es metafísica?, la distingue con respecto al miedo o al temor, según
él porque el temor acontece frente a algo determinado, mientras que la
angustia nos pone ante el Ser puro que se experimenta justamente como
la Nada.
Escribe Heidegger: "La angustia no alude a esa temerosa ansiedad que tan
frecuentemente acompaña al miedo, el cual aparece con extrema facilidad.
La angustia es algo fundamentalmente diferente del miedo., que es
siempre por algo determinado. La angustia, por el contrario, no permite
que aparezca semejante estado de confusión, más bien la atraviesa una
calma muy particular. La angustia, que es originaria, suele mantenerse
reprimida en el hombre. La angustia está aquí. Sólo está adormecida. Su
aliento vibra permanentemente, atravesando por completo al hombre. La
angustia originaria puede despertar en cualquier momento en el hombre.
Para ello no es necesario que la despierte ningún acontecimiento
extraordinario.
El
profundo alcance de su reino se halla en proporción con la pequeñez de
lo que puede llegar a ocasionarla".
Creo que esta
actitud existencial derivada de la angustia tiene sus repercusiones en
Fernando González, quien por lo demás conoció la filosofía de Heidegger.
En El libro de los viajes o de las presencias existen alusiones
permanentes a la apertura de la presencia a partir de la
angustia. De hecho, González en repetidas ocasiones denomina la
presencia justamente "el Néant", la Nada. Para
Heidegger, la angustia revela que el hombre es un "ser-para-la-muerte".
En Fernando González, es apertura de la Nada. En todo caso, ni la
muerte ni la Nada deben ser pensadas aquí negativamente. La
muerte, aunque es siempre "en cada caso mía", y aunque precipita a la
Nada,
entraña una comunidad con todo cuanto vive; ella comunica o
hermana toda existencia singular en la medida en que a ella concurren
todos los seres finitos y sobre ella se levanta toda existencia. La
Nada,
por su parte, es para González la Intimidad nacida de la Presencia, y
que él bellamente describe como experiencia del viaje, o lo que
es lo mismo, experiencia de la desnudez: "Vivir es ir
desnudándose, dirigiendo la nada de uno. Un viaje, un desnudar
indefinido. Buscar la nada, hacerse nada, confesarse y arrojar a los
hombres el cadáver de su nada, y vas sintiendo el terror, y temblor y
beatitud de la infinita intimidad, que ya no es nada, sino NINGUNA COSA,
pura desnudez.". "La
Intimidad.
¡Esa es la promesa! De ella venimos y en el viaje a ella hay muchas
cosas, tragedias y beatitudes. El mundo es necesario para padecerlo,
meditarlo y entender. No se puede ver o vivir lo otro sino
dirigiendo esta vida (¡ahí está el viaje!)".
De
todo esto, habría que concluir en las propias palabras de Fernando
González una comprensión de la metafísica en la que domina su sentido
experiencial, el cual él califica siempre como vivencia. El
filósofo es este "vivenciador" de la presencia en la medida en que acoge
la secreta, la persistente intimidad de las cosas: "Todo esto quiere
decir que la Metafísica es posible, pero no como conocimiento
conceptual, sino como VIDA".
Creo que, llegados a esta definición a partir de los elementos que hemos
esbozado, a saber, la actitud del ver, el pathos o
disposición del ánimo, y el sentido del viaje, podemos hacernos
alguna idea del pensamiento de Fernando González, de su condición de
pensador metafísico.
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