Carta de Carlos Vásquez Tamayo sobre
Juegos Nocturnos 2. Velada patafísica de ¿Alfred Jarry?

Logrado, impecable, con un ritmo feroz, frenético, y a la vez, como es costumbre en el Matacandelas, una arquitectura precisa, el tiempo se mueve como un organismo, el espacio se abre, es como una figura geométrica componiéndose y desintegrándose, el espacio está vivo, no sólo recoge, es un movimiento perpetuo y arriesgado, en él el tiempo repta y se alarga o se contrae, suspensión de las coordenadas espacio temporales, decidida y medida dislocación.

Y la consonancia de diversos elementos: la música, la luz que va bañando las palabras y los cuerpos: lo estrafalario y lo tierno, lo violento y lo dulce, el sin sentido y los atisbos de palabras que desintegran y crean mundos, el chispazo y el incendio que de pronto se apaga.

Esa inmersión en los sonidos, los cantos sin significado que elevan contagian estremecen hacen reír y vacían el pensamiento.

Es un desalojo, metódico sin método, es la destrucción metódica del método, el discurso del anti método.

El riesgo será siempre la fórmula y creo que en esto la propuesta sale bien librada: nada de esquemas sencillos, de absurdos domésticos, es algo más de fondo, una insubordinación de las palabras, y de ellas en las frases y de ellas en las voces, todo ello coordinado empujado hacia un pequeño desastre que se enciende en uno, en cada uno, en esas cabezas redondas en las que el pensamiento gira y tropieza y se desintegra.

Uno sale aliviado y a la vez tocado, agitado, como en desorden, pero es una violencia dulce, pienso incluso que es lo que el teatro da: el acontecimiento de lo irrepetible y, a la vez la repetición: eso creo, somos así sin saberlo, en el fondo, donde ilumina el caos y la nada es la madre.

Está también la metamorfosis, un estado de deslizamiento y de cambio, este es aquel y lo pequeño es lo grande en intensa palpable realidad, como en la escena de la batalla, en la semi penumbra la voz, la figura imponente y ridícula y el complot y los asesinos y a la vez en el centro, en plena luz intensa, la batalla, la sangre y el destrozo, la muerte y la abdicación, ese juego entre lo grande y lo pequeño escapa a una visión meramente mimética, y se deja ver en un inquietante minimalismo.

No es un plano imitando el otro, tampoco el reflejo, es la doble realidad, la doble representación de lo que no es único, cada cosa acontece en dos planos, hay una parodia de lo vivido en otra parte, y la luz y la sombra mantienen la conexión, la vecindad.

Está el discurso, los pensamientos, el descabellado entramado de los sentidos, en su borde, sin dejarse ir hasta la fácil incoherencia, es más bien el drama del sentido o su comedia, el lenguaje se va ahí, se desliza, lo que sale por las bocas es el incendio del ser, el derrumbe de la coherencia.

No se lo puede definir, la patafísica es eso: el ejercicio sistemático, integral y devastador de definir lo que no se puede definir: sin angustia, pues eso es aún metafísica, pero sí con violencia y acción destructora, en un mundo que no es una excepción, si bien se mira todo es así, el sentido se compone y descompone de ese modo aunque no nos demos cuenta porque uno no podría vivir estando al tanto de eso a cada momento.

Están los seres, esa atmósfera carnavalesca, ridícula y a la vez sublime, patética y bella, ese ruido concertado, esa subversión descabellada y risueña, que es un mentís a la seriedad del poder y a las sombras siniestras de la sangre, aquí hasta el crimen se ríe.

La multitud: creo que es de lo más impactante. Dije metamorfosis: los muñecos y los cuerpos, el cuerpo parlante de los muñecos: completamente verosímil, ese cambio, deslizamiento se siente del todo natural, necesario diría, seres simulacros de otros seres, muñecos que tienen una vida intensa e intervienen, cambian el rumbo, empujan a los hombres a ir más lejos, los muñecos, las marionetas, no como recursos sino presencias, fugaces, imprevisibles, temerarias.

Todo ello acoplado en un guión espléndido, una escritura ritmada, tensa, explosiva.

Puede que me resista a ese despropósito, que no rinda culto a eso que la cultura francesa adora: la implantación de la identidad y su demolición, pero eso es lo de menos, reconozco en lo que pasa en la obra lo que no deja de pasar en uno y en todo y ese juego de correspondencias justifica, si se lo hace bien (y éste es el caso) y da sentido al borde del sentido por el que caminamos y nos deberíamos ver caminar en el espejo del buen teatro.