Los diplomas de Andrés Caicedo: Una mirada a la recepción

Los diplomas. Grupo Matacandelas.

Basada en los cuentos "Maternidad" y "Recibiendo al nuevo alumno"

de Andrés Caicedo

Por Consuelo Posada Giraldo
Universidad de Antioquia

Es difícil explicar en nuestro medio el éxito de una obra de teatro que agote boletería. ¿Cómo entender que un público joven insistió hasta el último día de tempo­rada para tener un espacio en la sala a pesar de que la ciudad ofrecía esa noche de fin de semana múltiples espectáculos con emociones garantizadas? No cabe una respuesta simple que despache como "entretenido" el montaje de Los diplomas del grupo Matacandelas. ¿Hay demasiadas concesiones al público con tantas si­tuaciones de hilaridad que pueden dar un aire de facilismo? No lo creo. Aunque sería innegable que las risas fueron previstas y buscadas a nivel de dirección y preparación de la obra, el balance final es denso y trágico.

No se trata de cuestionar la banalidad como asunto del teatro, pues sabemos que aún los argumentos ligeros pueden ser tratados con profundidad y que la trivialidad estaría más en el tratamiento que en el tema, pero aclaremos que la despreocupación de los estudiantes de quinto de bachillerato es sólo una aparien­cia y que en el desarrollo de los destinos de esa juventud se impuso la fatalidad. La obra no sólo afronta los asuntos epidérmicos de la generación de los años sesenta sino que como contrapartida muestra el vacío interior de sus vidas. Los muchachos que exhiben los bienes materiales de sus padres y espían las desnudeces de la vecina también afrontarán las angustias de una generación marcada por la desesperanza. La problemática de unos ideales heredados, de una imposición de normas, de la repetición de un destino familiar, la sintetiza la frase de uno de los personajes: "La vida es aquello que pasa afuera mientras nosotros estamos ocupa­dos en otra cosa".

Podría pensarse que hay sobredosis en el sermón del cura con la "piquiña sabrosa" de la masturbación y que se estiraron algunas escenas que invitaban al disfrute fácil, como los avisos ridículos por el megáfono escolar. Pero podemos mostrar que aquí el humor es un recurso que sirve para aligerar la dureza de los temas. Aún el toquecito español es utilizado con sorna y acierto. Se aprovecharon el acento y las expresiones del cura para subrayar el ridículo porque la burlita juguetona se vuelve un guiño al espectador, una mofa al poder y la represión que España sintetiza no sólo como país colonizador sino como origen de una tradición de autoridad y religión que se prolongó en una educación castradora. Tal vez el mayor logro, como clave importante del éxito, es la reconstrucción de la atmósfe­ra de los textos de Andrés Caicedo. Y no se trata sólo de una buena adaptación de algunos de sus cuentos sino que se muestra un riguroso trabajo de indagación que enriquece la obra.

La "estética de la recepción'" se detiene en la consideración de los elementos que regulan el proceso de comunicación entre el autor o director y su público. Para el teatro se habla de una estrategia generativa que prevé anticipadamente los movimientos del destinatario para configurar un espectador ideal, capaz de descodificar el conjunto de signos de la obra. Digamos que en esta obra el grupo hizo una lectura particular y rigurosa pero tuvo en cuenta, de antemano, un público joven que no debía estar obligado a conocer los textos del autor.

Esta indagación previa sobre la obra de Andrés Caicedo le permite a la re­presentación teatral sostenerse con autonomía, sin exigirle al espectador conoci­mientos previos. Y no importa si el público desconoce las referencias que allí aparecen y en su lugar la obra invita a la lectura posterior de los cuentos.

Para la reconstrucción de la época se escogieron unos elementos básicos, con toda la economía que exige la limitación temporal del drama, pero que fueran suficientes para crear un contexto coherente. En la política bastó la mención de Alberto Lleras Camargo y la insistencia en Guillermo Valencia como poeta nacional. Tal vez los jóvenes asistentes que percibían el ridículo en la imagen del miserable profesor de literatura que no conocía un clásico ni gustaba ni entendía el teatro pero repetía de memoria los versos de Valencia, no alcanzaban a completar el sentido de esta burla con la imagen física del profesor que aparece vestido y peinado como el poeta de "los lánguidos camellos". Pero aún sin ese conocimiento, el montaje construye una relación entre las dos figuras: cuando las luces del escenario se centran en el profesor que declama al "poeta presidente" aparece detrás suyo, resaltado por la iluminación, un cuadro que podría ser al mismo tiempo el retrato del profesor o la caricatura de Valencia.

Aunque no se pierde de vista el conflicto generacional del grupo, se mantie­ne la historia centrada en una pareja amorosa, que sigue con alguna fidelidad el esquema y el texto del cuento "maternidad" de Caicedo. En el destino final de la pareja y del grupo está Poe, como una referencia permanente de los cuentos de Caicedo. Y no sólo es la muerte de los seis muchachos del grupo, sino que el final de la pareja protagonista también parece trazado por el literato del horror. Patricia Simón sueña con un pastel de fresas que al morderlo se transforma en cuchillas y alfileres que se le incrustan en las encías y le reemplazan los dientes. En esta parte es evidente la cercanía con las transformaciones físicas de Berenice, el personaje de Poe, cuya degradación se detiene en el horror de sus dientes amenazantes.

Pero si no se ha leído a Poe también se puede gozar y sufrir la representación porque la historia está contada desde el espectador que vive esas trivialidades o comparte esas angustias y aunque no haya leído a Poe pueda entender lo que su obra le aporta a este drama. Para este punto ayudan los textos, bellos pero claros. No son parlamentos densos, ininteligibles, hechos sólo de sonoridades. Aquí hay un buen guión desde la forma pero también aferrable desde el sentido.

¿Hay que hacer concesiones? ¿Cuál es el punto de equilibrio? ¿Hasta dónde se concede y hasta dónde se exige sin que se pierda el divertimento, que no quiere decir la diversión pero sí el placer, el deleite por la representación? Pienso que el problema está en la capacidad para mostrar las claves que permiten la compren­sión, pues sin ésta no hay disfrute. Lamentablemente en muchas de las obras que vemos representadas las claves suelen ser tan oscuras que sólo las entiende el grupo o quienes hayan leído las obras completas del autor de base.

La representación teatral o cinematográfica siempre será incompleta pero esta carencia no debe ser señalada como un defecto sino como una condición de toda obra artística para generar múltiples lecturas. Otros directores y otros grupos volverán a Caicedo y tal vez a estos mismos cuentos y encontrarán otros puntos y escarbarán otras significaciones. Pero esta es la grandeza del arte que nos permite lecturas casi infinitas sobre la misma obra.