El triunfo de "Matacandelas" en Nicaragua

Por Dixon Moya (diplomático colombiano en Managua)

De acuerdo a mi pequeño y viejo diccionario Norma, encuentro que matacandelas es sinónimo de apagador, el instrumento que sirve para oscurecer, al eliminar las luces de las velas, esas luciérnagas de cera que en algunas regiones de Colombia se denominan candelas o espermas, este último comprometedor y dudoso apelativo, utilizado quizás por la posibilidad de dar a luz. Existe un "Matacandelas" al que le encuentro mucho sentido, lúdico y racional a la vez, encarnado en un grupo de teatro, fundado en 1979 por Cristóbal Peláez y conformado por jóvenes y talentosos colombianos. "Matacandelas" lleva al escenario tanto adaptaciones del Ulises de Joyce, como obras infantiles de su propia autoría. Tuve la fortuna de presenciar la puesta en escena de "El Hada y el Cartero", fábula en tiempos modernos, que despliega un ambiente mágico gracias a la interacción de actores de madera y títeres de carne y hueso.

Al igual que los demás niños, grandes y pequeños, reunidos en la sala Justo Rufino Garay de Managua, reí con las ocurrencias del cartero Flecha Veloz en sus aventuras y desventuras tras su enamorada, el Hada Alicia. Horas más tarde, departía con los responsables de la obra, al calor (mejor, al frío) de unas cervezas. ¡Fue un hecho insólito, hito único e histriónico! ¡Jamás había visto a un hada tomar una cerveza! Sobre el nombre de la obra, le comenté al maestro Peláez y sus discípulos que al escucharlo por primera vez (El Hada y el Cartero), pensé que la protagonista había quedado helada al recibir al cartero con una triste noticia. Pero no, esta era un hada con alas y orejitas tipo señor Spock, un hada de verdad, enamorada de un simple asalariado, quizás empleado público, denostado por los extraños que le llaman burócrata. "Matacandelas" es un grupo profesional y disciplinado; aunque no todos sean madrugadores, son muy serios en su trabajo. Es una comunidad laica profesando la religión del teatro, un grupo de buenos amigos luchando por la misma causa.

Cuando supe por vez primera del grupo, me exprimí el cerebro ensayando la razón de su nombre, resultaba un contrasentido matar el fuego, ese elemento que tanto trabajo le costó a Prometeo robar a los dioses, pero también podía aludir al fuego nocivo, a los incineradores de ideas y libros, a los inquisidores del pasado, a los futuros "bomberos", descritos por el poeta de la ciencia-ficción, Ray Bradbury. El maestro Peláez, puso fin a la terrible inquietud. Cuando él buscaba un nombre para su proyecto existencial, sencillamente abrió un diccionario y su dedo señaló la palabra matacandelas, en parodia creativa de la terrible ruleta rusa. "Matacandelas", nombre sonoro, de fácil recordación, grato cuando se despliega en un escenario, palabra que cuenta con la ventaja de tener la vocal "a" varias veces repetida, signo indiscutible de los conjuros mágicos como Abracadabra o Aracataca. Eso sí, hay que agradecer que el dedo del maestro Peláez, no dio con la página de enfrente, en donde leo "matarife", dudo que en ese caso hubiera podido explicar el nombre del grupo. Averígüelo Vargas, como diría el polifacético señor Manopla, personaje de la obra. Con "El hada y el Cartero" y con este grupo, uno simplemente puede concluir, que en Colombia, hay mucho talento, demasiado. Es lo que nos salva.

Fuente: Agencia de Noticias de Libros & Letras - www.librosyletras.net