Elemental, querido John

Cristóbal Peláez González

De Elemental Teatro he visto todo —o quizá solo sea casi todo— desde aquella lejana ópera prima fundacional llamada ¿Pervertimento?,con textos de José Sanchis Sinisterra, quien a través de un conjunto de pequeñas piezas minimalistas hurga en una porción de sus constantes preocupaciones sobre la escritura y los modos de la representación teatral. Aquellas dramatículas plenas de interrogantes le venían como anillo al dedo a ese incipiente colectivo que se lanzaba al ruedo en la exploración de un sendero escénico. Esas incertidumbres, por fortuna, se han mantenido vivas como hilo conductor en el transcurso de estos 17 años de recorrido del grupo, hasta llegar recientemente a su más sólida creación con la obra Incendios, del libanés Wajdi Mouawad.

Foto John Viana

Emergido del vientre de La Hora 25, del recordado Farley Velásquez, John Viana ha permanecido durante todos estos años de autonomía muy devoto a su condición de actor, pero también ambicionando convertirse en un director de escena. Propósito que, sin duda, ha logrado ejerciendo un liderazgo a toda prueba con su grupo.

Le he seguido desde muy temprano su trayectoria, desde un primer momento con expectativa y posteriormente con admiración. Es un creador vivaz, intrépido, guapo, bromista, buen actor; un entusiasta de la escena que ha ido golpe a golpe construyéndose en lo que ahora es: un director hecho y derecho.

Aún tengo en la memoria el instante de una fecha, hará ya casi una década, en que atravesé a las tres de la tarde la imposible calle Niquitao y entré al Teatro Caja Negra para ver ¡a esa hora! la representación de Diálogo en un jardín de palacio, del ineludible Fernando Pessoa. Escapando del bochorno, de esa carramenta, de ese esmog, de esos protervos olores, de ese tósigo transeúnte, me resguardé apresurado en la oscuridad del escenario y vi un silencio rodeado por una circunferencia de agua en la que tres criaturas sumergidas a través de la textualia del poeta portugués nos zambullían a la vez como espectadores en ese novísimo concepto del asunto amoroso: «Conocer es dejar de amar». Sesenta minutos después revertí como de una honguisa a la horrorosa realidad de la calle. Había tenido una hora de paraíso artificial. Me llegó a la memoria un episodio de Berlin Alexanderplatz, en la que el protagonista, desde la hórrida luz del día, abre una puerta y de pronto entra a la mágica noche en la que aparece la callejuela de la lujuria, la fiesta y el pecado.

También vi De la muerte sin exagerar o un cielo bajo tierra, a partir de poemas de Wislawa Szymborska, que de una manera semejante nos conduce a través de tierra, cirios y cuerpos que se exhiben como lienzos, a una atmosfera de horror, como dolorosa metáfora de un territorio que por el exceso de cadáveres se ha convertido en el mayor cementerio de América Latina.

Vi Lloro solo por verte triste, en la que el director retoma a Pessoa para traernos una hermosa velada poética con una novísima camada de actores y actrices que aportan una interpretación fresca a la dramatización. Allí, en lugar de tierra y agua, como en los anteriores montajes, el elemento fundamental es la luz, que nos permite continuos cambios de atmósferas hasta adquirir una cualidad performativa, ese ir sucediéndose, inventándose en el transcurso. Así la sentí, con ese encantador aire amateur de expresión juvenil: «La juventud es bella aunque no se bañe» (Fernando González).

En La casa de Bernarda Alba, su penúltimo montaje, ya hay un elenco de mayor trayecto escénico. La obra ha sido recibida con un gran entusiasmo por el público, quizá porque logra saltar los moldes realistas y acentúa ese carácter dramático de la pieza lorquiana a partir de una sorprendente puesta en escena de estilo gótico que excluye cualquier asomo de lirismo, que es acaso la gran trampa en la que suelen caer una gran cantidad de versiones. Otro acierto: la representación excluye cualquier localía creando una extraña menestra en la que aparece cierto aroma esperpéntico de Valle Inclán.

Creo que con Incendios, estrenada en noviembre de 2019, logra John Viana el sedimento más alto de su aventura estética, en justa coincidencia con la obtención de su licenciatura como profesional de Teatro, titulo otorgado por la Universidad de Antioquia a muchos artistas de la ciudad que no habían tenido la oportunidad de acceder a un reconocimiento académico a pesar de una extensa labor de escenario.

Elemental Teatro ha adquirido carta de ciudadanía en el panorama escénico nacional. Estoy aplaudiendo de pie.