CUADERNO DE REFLEXIONES SOBRE LA
COSA TEATRAL
EN LA ESPESURA DE ESTA
CIUDAD
Por:
Jaiver Jurado &
Cristóbal
Peláez, 2000
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El
trienio que va del 97 al 2000 fue, para el ejercicio teatral en Medellín, el
peor en veinte años. Los avances y logros que venían desde los 90 quedaron
apachurrados por la más absoluta falta de orientación en materia de
políticas culturales.
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En
este lapso, que aún continúa, hasta que no se demuestre lo contrario, los
colectivos teatrales han vivido una ciudad hermética en sus espacios de
programación.
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Cero
presupuesto oficial en el fomento, cero participación de la empresa privada,
cero interés del sector educativo, 80% de disminución en el estímulo a la
actividad que venían ofreciendo cajas de compensación, cooperativas y
similares. La oferta teatral de la ciudad supera con leguas a la magra
demanda. Sin hablar de la disminución de un público que venía en ascenso y
que también ha visto resentida su economía.
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El
cierre de salas de teatro, El Fisgón y De Seda, para hablar de los más
significativos, el nulo crecimiento de la actividad, la raquítica existencia
de algunos grupos y las dificultades de creación y proyección, avalan la
idea de que en Medellín hacer teatro es un delirio enfermizo.
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El
Teatro De Seda que funcionó durante casi diez años, logró desarrollar una
tarea estética de inmensas posibilidades. Un parqueadero remodelado sirvió
de escenario a múltiples expresiones artísticas. Constituyó una dinámica
casa de cultura para los jóvenes que la frecuentaron en sus programaciones
diarias de cine, música, danza, teatro, capacitación. Hoy, gracias a las
leyes de la inercia y de la ignorancia de nuestros dirigentes culturales,
este espacio ha retornado a su antigua razón: los carros.
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¿Los
40.000 usuarios del Teatro De Seda qué otra oferta tienen?
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El
Teatro El Fisgón, con otros tantos años de actividad y con una vasta labor
en zonas populares, murió asfixiado por una enfermedad típica de Medellín
que se llama "se-me-cerraron-todas-las-posibilidades". Héctor Lorza, su
director, manifestaba a los medios: "Si en vez de proponer teatro, me armara
hasta los dientes y me pusiera al barrio de ruana, me escucharían". Nunca se
armó, nadie lo oyó.
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Con
lo que vale un coctelillo oficial para agasajar a algún personajillo del jet
set, el Teatro El Fisgón hubiera podido funcionar durante cinco años.
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También hubiera sido posible impedir que parte de su atrezzo teatral
terminara como terminó: en una casa de empeño.
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El
Teatro La Barraca tuvo un destino peor. Diagnóstico: "El-bebé
murió-ahogado-en-la-cuna".
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El
Teatro Hora 25 en un largo peregrinar ha tenido durante tres años más
trasteos que Rojas (y dos trasteos equivalen a un incendio). Entre un
montaje y otro, la remodelación y adecuación de sus sedes ha convertido a
los actores en expertos albañiles. El grupo, de milagro, sobrevive, pero no
hay ciudad para él.
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El
Teatro Pablo Tobón Uribe, patrimonio de nuestra ciudad constituye una gran
preocupación ante el abandono oficial. Fue otrora la compensación que el
filántropo Pablo Tobón Uribe hizo a la ciudad resarciéndola de las bestiales
demoliciones de los teatros Junín y Bolívar. El gobierno municipal, a cambio
de una inyección económica a éste para sus planes de desarrollo, prefirió
adquirir el Teatro Lido, que hoy en día pasa a engrosar la lista de
elefantes blancos.
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Dígame cómo trata la ciudad a su teatro, y le diré en qué clase de ciudad
vive usted.
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Mientras la palabra "diálogo" se ha convertido en la más pronunciada de la
historia del país, el teatro ha sufrido, durante tres años, un monólogo. Las
excelentísimas autoridades culturales del municipio, tajante y radicalmente
han volcado sus esfuerzos (y digamos esfuerzos por comodidad
gramatical) a la ciudad Botero (otrora Medellín).
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Antes el hit fue con el corazón de Jesús, después con un versificador a
quien le dieron el fardo de "poeta de la raza", luego el patrioterismo
casero se volcó con un amor entrañable al ciclismo (hasta iba ser el deporte
nacional y nos tocó pagar luz, agua y teléfono a cuenta de unos pedalistas),
más tarde llegó la euforia con Natalia París, posteriormente con un
automovilista y ésta al parecer será la centuria de la boteromanía (sin
restarle méritos al artista).
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Apenas justo que el Museo de Antioquia haya salido por fin de su ostracismo
y que la ciudad tenga allí su travesaño estético, pero... ¿y el alrededor?
Si no hay cuerpo no hay eje.
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Es
magnífica esta vindicación de un pintor vernáculo llamado Fernando Botero
porque ha delatado un miligramo de progreso mental en nuestros funcionarios.
Ya empezábamos a creer que se habían muerto o que padecían un estado de
coma.
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Pero
bueno, ¿quiénes son los funcionarios responsables de la cosa cultural en
esta villa? ¿Son apasionados por la materia? ¿Participan en los eventos?
¿Qué saben de pintura? ¿Qué cine ven? ¿Cuántas obras de teatro han visto?
¿Alguien los conoce? ¿Alguien los ha visto? ¿Cuáles son sus referentes
culturales? ¿Qué comunicación establecen con los artistas? ¿Cuántas veces
han salido de sus oficinas? ¿Dónde viven? ¿Tendrán e-mail? ¿Oyen? ¿Ven?
¿Huelen? ¿A qué dedican el tiempo libre? ¿En qué lugar se enamoraron de este
sector? ¿Les sienta bien ese vestido gris?
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¿Les
significará algo este escrito de Nietzsche "UNA EXPERIENCIA HECHA DE SIETE
SOLEDADES. OÍDOS NUEVOS PARA UNA MÚSICA NUEVA. OJOS NUEVOS PARA LO MÁS
LEJANO. UNA CONCIENCIA NUEVA PARA VERDADES QUE HASTA AHORA HAN PERMANECIDO
MUDAS"?.
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En
un contexto más amplio, el excelentísimo señor presidente de la república en
reciente visita a Colombia ha manifestado "su" deseo de acabar de una vez
por todas, con el Ministerio de Cultura. Lo dicho: en este país lo bueno es
lo malo. Esa política se llama "acabar hasta con el nido de la perra", en
términos marciales, "tierra arrasada".
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El
Ministerio de Cultura desde su creación ha venido funcionando como un
damnificado más, su adjudicación presupuestal es de risa, su incidencia
política en el alto gobierno es nula y aún así el pobre se desbarata por
tratar de que se le perdone su vida, inyectando a troche y mandoche
programas y dineros que por su dimensión son meramente simbólicos. "poquito
porque es bendito". ¡Y sin embargo funciona el desnutrido!
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Nos
van a quitar el Ministerio de Cultura porque a Don Gabriel, el amigo de
Clinton, (y a quien dicho sea de paso le encantan las palomitas en
avión presidencial), no le gusta. Y Nobel es Nobel, como dicen las señoras.
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Nos
van a quitar el Ministerio de Cultura, un retroceso de 50 años para la vida
cultural de Colombia.
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Si a
Patarroyo lo dejaron en calzoncillos...
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El
movimiento teatral, que para el caso local no es movimiento sino estampa, ha
perdido, respecto a aquella euforia de los 80 y 90 todo ímpetu e iniciativa.
Cauces de las secuelas nadaístas y las ideas sociales, los colectivos
estaban compuestos por espíritus críticos y libertarios. Las campañas
cívicas han convertido al "movimiento" teatral en instituciones
seudo-oficiales y a sus hombres en pedagogos, talleristas, recreacionistas,
animadores "culturales", "gestores", tinterillos y funcionarios a destajo.
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Los
grandes temas del teatro, esa pelea eterna entre hombre y fatum, ese lugar
de las grandes batallas interiores donde el espíritu deambula y sufre, se ha
convertido gracias a los dineros oficiales de las campañas cívicas y
políticas en el escenario de moralejas sobre la drogadicción, el buen
comportamiento, la rectitud ciudadana, y en jornadas ecológicas donde se
convoca a cuidar la hierbita y a no desperdiciar el agua.
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Nuestro filisteísmo no puede admitir la inutilidad y la poética del arte
porque su religión es la renta inmediata.
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Una
censura oficial soterrada, clandestina, inconstitucional, ha creado una
atmósfera donde sólo el lambón es bien visto, bien recibido.
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Pensamos distinto, entonces la ciudad la vivimos como exilio.
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Los
medios de comunicación son verdaderamente "medios", o sea, 50%.
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¿Dónde están los espacios para que los artistas de la ciudad se comuniquen y
convoquen a la sociedad? Esos espacios los hay, minúsculos, restringidos,
tan imperceptibles que podemos afirmar de manera contundente que la pintura,
la literatura, la música, el teatro, la danza, se han convertido en
actividades clandestinas, underground, marginadas de la vida social.
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Hay
confusión entre farándula y arte, publicidad y evento, fama y creación.
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La
ciudad más que un concepto arquitectónico es un concepto filosófico. Una
casa no existe si no hay quién la habite, un bosque no existe si no hay
quién lo atraviese. La ciudad como tal es un contexto del espíritu y estamos
en pleno derecho a imaginarla, a reinventarla, a intentar construirla en la
poética.
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El
provinciano suele manifestar que Medellín es la sucursal del cielo, que ésta
es la mejor ciudad del mundo, que en comparación a Europa nosotros somos lo
nuevo, el futuro, la nueva tierra prometida. Mientras un medellinense sólo
tiene como opción una noche en la taberna o encerrarse a engullir una
telenovelita, un habitante de Buenos Aires, Argentina, recibe una oferta de
100 espectáculos teatrales, 100 películas, 150 conciertos musicales.
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Y no
hablemos de París donde las cifras se quintuplican. O Londres, o Madrid, o
Barcelona, o Roma. Ciudades con un mercado cultural tan intenso donde las
cifras pueden superar, sólo en ese ítem, varias veces el presupuesto global
de un país como el nuestro.
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Mientras en enero de 2000 la ciudad de Santiago de Chile tenía una oferta de
50 espectáculos de distintos estilos y dimensiones, la pobre Medellín sólo
tenía como alternativa ir a ver "Un marido sin calzones".
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Somos tímidos para invertir en el progreso y en la diversidad, somos
miedosos para avanzar, nos produce vértigo pensar que todo puede ser
distinto, nos aferramos encrispados a lo malo conocido porque nuestra
formación cultural es la mismidad, el pasado, la tradición. Lo nuevo
significa la amenaza.
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El
mito de un antioqueño sagaz para los negocios no es más que una farsa
entretejida alrededor de un ser primario, chichigüero, avispao para el
tumbis, nunca de un estratega para la planeación económica y la inversión
social.
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Una
autocrítica a fondo nos puede horrorizar: somos una cultura de
achicopalaos, de asustados aldeanos que bajo el eslogan de "somos la
verraquera", refrenamos las múltiples posibilidades creadoras.
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Nuestra condición colonial es el lastre, una situación de esclavitud física
y mental, que es peor en cuanto no la reconocemos.
"El estado tiene el deber de
promover y formar el acceso a la cultura de todos los colombianos en
igualdad de oportunidades, por medio de la educación permanente y la
enseñanza científica, técnica, artística y profesional en todas las etapas
del proceso de creación de la identidad nacional.
La cultura, en sus diversas
manifestaciones es fundamento de la nacionalidad."
(Artículo 70 de la Constitución Nacional)