Mensaje de Cristóbal Peláez González y del Teatro Matacandelas

Para lectura en La Habana, el día 25 de enero de 2011 en el acto de entrega del Premio Villanueva de la Crítica a la obra “Fernando González, velada metafísica”.

Medellín. Enero 22. 2011.

Apreciados asistentes:

En el año 2001 conocimos en Bogotá a Vivian Martínez quien nos manifestó la firme intención de sortear todas las dificultades para hacer posible la participación del Teatro Matacandelas en el Mayo Teatral con la obra O marinheiro de Fernando Pessoa. No le creímos mucho porque para nosotros, en Medellín, hasta entonces los grupos teatrales que podían recalar en otras latitudes tenían que acreditarse como bogotanos. Es una tradición capitalina. Finalmente llegamos con una carga de tres obras y en ese año obtuvimos el palmarés tan significativo de llevarnos el premio Villanueva de la crítica. Dado el impacto que siempre ha provocado la representación del poema a tres voces y a cuatro cuerpos del poeta portugués no nos sorprendió la distinción, sí mucho la existencia de una Asociación de Críticos en la isla, algo de lo cual carece la mayor parte de los países latinoamericanos.

Dos años después, en el 2004, volvimos a Mayo Teatral y esta vez el Villanueva se le otorgó a La chica que quería ser dios. Nos alegró bastante pero no nos sorprendió demasiado pues sabíamos que Sylvia Plath era una poeta difundida y querida en la isla, y la obra tenía los suficientes elementos poéticos y teatrales para estremecer a un espectador avezado, crítico.

Hay que retroceder un año atrás para contarles que yo había tenido la dicha de ser invitado a formar parte del jurado teatral de los Premios Casa de las Américas. Durante ocho días en el maravilloso hotel Jagua de Cienfuegos estuve las 24 horas enclaustrado, a pan y agua con la toga romana, como suelen decir los venezolanos, leyendo 90 dramaturgias provenientes de muchas latitudes. Pensé entonces con regocijo que era un inmenso privilegio el tener este Aleph por donde podía apreciar lo que se estaba escribiendo en el continente.

Con antelación Vivian nos había solicitado a cada cual de los jurados dos cosas: uno, que prepararamos a la libre alguna intervención actoral o narrativa para un cabaret crepuscular en Casa de las Américas y dos, llevar un par de botellas de algún licor representativo de nuestra región con el fín de ofrecer a los asistentes un coctel internacional variopinto. Al final del cabaret, con el duende Freddy Ginebra como bartender el público entusiasmado agotó las generosas existencias de Brugal, Havana Club, pisco peruano y el ron de Puerto Rico, pero mis pobres botellas de aguardiente antioqueño -el mejor aguardiente del mundo dicen los antioqueños- permanecieron casi sin abrir. Alguien injurió “Oye, caballero, eso no hay quién lo tome” y todos me miraron con compasión (creo que esas botellas todavía siguen ahí).

Durante muchos días había estado en Medellín pensando cuál podría ser mi participación escénica en el cabaret. Dado mi óxido actoral en beneficio del burocrático ejercicio de director pensé, obvio, que lo mejor sería presentar en el Caribe algo de lo cual uno como colombiano podría sentirse muy orgulloso. Cuando llegó mi turno en el evento salí y obrando como buen culebrero encaré a la audiencia: “Atención señoras y señores, les voy en este momento a presentar a ustedes aquí en Cuba al hombre más hermoso que ha tenido Colombia en toda su historia”. Silencio, expectación. Di vuelta a una foto donde aparecía Fernando González Ochoa. Les dije que era un filósofo de mi pueblito, Envigado, les dije que Gonzalo Arango, el gran poeta nadaísta, le había otorgado el apelativo de Primer colombiano, les dije que llevando ese retrato me sentía como en el poema de Brecht: “El hombre que portaba un ladrillo para mostrarle al mundo cómo era su casa”. Después hice una lectura breve de algunos párrafos de su correspondencia. Al final la avalancha de solicitud de copias de lo leído me compensó de los “malos tragos”, pero además un corrillo de entusiastas me hacía preguntas y también me retaba “Oye, caballero, ¿¡qué estás esperando para llevar a ese filósofo al escenario!?”. Cuando salí de Cuba ya había quedado picado por ese veneno que me fue, nos fue devorando, hasta convertirse 6 años más tarde en una puesta en escena, y que hoy, grata vanidad, a la Asociación Internacional de Críticos de Cuba le ha parecido un teatro digno.

Quiero manifestar en nombre de todos los actores de nuestro Colectivo, que en Cuba haciendo teatro siempre nos han pasado cosas muy buenas. Tenemos la sensación de haber instalado un poema de afecto mutuo. Aquí siempre nos hemos sentido queridos y ello no es secundario, es humano y teatralmente necesario.

Esta distinción es la que más nos ha emocionado, por muchas razones, entre ellas que es la tercera vez que le pegamos, que Fernando González ha sido durante 32 años nuestro verdadero director, (yo apenas su asistente), que el proceso de montaje de dos años fue, como se suele decir, endiabladamente difícil, que implicó mucha investigación y muchas fuerzas amigas, que no es solamente la obra de un grupo de actores, es una coproducción a tres bandas con la Corporación Otraparte y la Cooperativa Confiar.

Y finalmente un mensaje para la Asociación de Críticos:
Ustedes ya nos han premiados tres veces ¡y eso que todavía no han visto las obras buenas de nuestro repertorio!
Muchas gracias.