ENTREVISTA A MIGUEL ÁNGEL CAÑAS RESTREPO

RADICAL, CONTROVERTIDO, CONTESTÓN

Por Cristóbal Peláez G.

“El teatro me ha dado una vida creativa, una vida con los otros, me ha permitido movilizarme, mantener mi cuerpo en una gran dinámica. Ese hábito de los actores es sabio, es hermoso, es sublime.”
Miguel Ángel Cañas

Foto Miguel Ángel Cañas

Los persistentes tienen una rara fuerza interior, misteriosa. Es muy fácil dedicarse a un oficio sabiendo cuánto renta de antemano, pero cuando este es incierto, inclasificable, quienes lo profesan no dejan de ser mirados como poco inteligentes, o un poco advenedizos. Y cuando el muchachito Miguel Ángel Cañas respiró teatro 24 horas en su Envigado natal no podría ser mirado de otra forma, y sobre todo si se tiene en cuenta que su padre había fundado una microempresa rentable que, suponía, sus hijos continuarían.

¡Puta! Ya en bachillerato me empezó esto del teatro. Tuvimos un grupito autogestionario que se llamó La Máscara, dirigido por Édgar Escobar, con pretensión comercial, como todo lo que hacía su director. De gomosos llegamos a tener un programa en Radio Bolivariana que se llamaba de Ronda en Ronda.

Cuando la gente habla de Miguel Ángel Cañas invariablemente recurre al vocablo INTENSO, y cree que con ello el hombre ha quedado exacto en el retrato. Lo conocí y lo empecé a odiar en el año 79, cuando compartíamos toldas en la Ciudad Señorial, y la primera impresión que tuve fue la de un sirirí que se iba a escapar de su plumaje. Desbordaba. Todo él era una explosión. Imaginémoslo adolescente. Viendo la serie de dibujos animados El Correcaminos nos podemos hacer a una idea aproximada.

Montaba y desmontaba grupos de teatro a su antojo, como quien cambia de vestido, pero entre uno y otro el muchacho persistía. Radical, controvertido, contestón, estaba presente en cuanto acto cultural tuviese lugar, impugnando con su radicalismo de izquierda. Exhalaba entonces con una fuerza incontenible certezas chocantes.

Soñaba y quería una revolución social y cultural para dentro de tres horas, dentro de cuatro me parece muy lenta.

Su presencia en el pueblito llegó a ser tan abrumadora, que todo Envigado pensó alguna vez abandonar el sitio y refundar la ciudad en otro lugar. Aún así, no se librarían.

Al llegar a la Universidad Nacional me enganché a un grupo que dirigía Rodrigo Zuluaga y participé en el montaje de Hasta cuando siempre, creación colectiva que se hizo a partir de un suceso en Amagá, del estallido de una mina, que fue una noticia muy en silencio. La alcanzamos a llevar a Bogotá al Festival del Nuevo Teatro. Es cuando empieza mi interés en lo social y en lo político.

Guardábamos la secreta esperanza de que la universidad lo sedara y que con unos años más la serenidad lo convirtiera en un agrónomo eficaz. En el campo estaría bien, quizás las vacas y los árboles podrían soportarlo. Mirábamos la ritalina como una opción a considerar.

Para desgracia de nosotros el hombre persistió. Abandonó los estudios de agronomía en la Universidad Nacional, fundó el grupo Nueva Cultura, después lo refundió en Trujamanes, y pocos años después, siendo estudiante de la primera promoción de la Escuela de Teatro de la Universidad de Antioquia, con un miligramo de ecuanimidad le dio inicio al Teatro El Tejado –¿el asunto era de teja corrida?– grupo con el cual realizó la primera temporada in extenso de la cual se tenga noticia en el pueblito –hasta hoy–, con una hermosa puesta en escena de Historia de un anciano que quedó viudo, de Peter Hacks.

Miguel Ángel Cañas

La euforia del teatro me llevo, junto con Vedher Sánchez, Édgar Trejos y Luis Guillermo Correal, a programar un festival de teatro con grupos de Medellín; ahí estaban Bambalinas y La Barca de los Locos. En esas ganas irrefrenables de hacer cosas, y hartas, para este Envigado donde no se movía nada, nos juntamos un montón de locos y fundamos el grupo Nueva Cultura. Ahí estaban entre otros Fáber Cuervo, Álvaro Molina, Carlos Mario Alzate, Jorge Giraldo, Nancy Vera, Leonardo Cañas, Estela Ospina, Bernardo Alzate.

Dos años después ya éramos Trujamanes, y nuestra obra caballito de batalla era La leyenda de las máscaras de tigre, una alusión a la famosa frase de Mao Tse Tung: “El imperialismo es un tigre de papel”. Con esta obra nos manteníamos en carpas de huelga, porque el público potencial eran los obreros. Eran años de agitación política y por eso frecuentábamos epicentros de lucha revolucionaria como Ovejas, Morroa, Sincelejo, y una ciudad como Bucaramanga, que desde entonces la llevo en el alma. Allá había un grupo pionero en los setenta, El Duende, después La Oruga Encantada, con Moncho Latorre y Jaime Lizarazo, que todavía hoy lidera el festival Santander en Escena. A Moncho le tocó huir de este país hace 20 años, hoy vive en Suecia. Allí también estaba Libia Stella Gómez, que ahora tiene renombre como directora de cine, por La historia del Baúl Rosado.

Estoy estudiando en la Escuela de Teatro y fundo el Grupo El Tejado, con el cual hago La Historia de un Anciano que quedó viudo, de Peter Hacks.

Alternaba todo ello con una profusa labor de promoción del séptimo arte en Cine Ojo, un club que nos enseñó a Fassbinder y tuvo entre muchos otros méritos presentarnos en carne y hueso a Madeleine Malthête-Méliès, la nieta de Georges Melies, que de viva voz nos ofreció una retrospectiva, ¡a color!, de lo mejor del mago francés en el viejo teatro El Dorado, ese destartalado cine, tan caro a nuestra primera adolescencia, pues allí, desde la oscuridad, los chicos nos habíamos enamorado y compartíamos noviazgo con Gigliola Cinquetti, y también muchos habíamos perpetrado el primer beso que nos supo a beso.

Miguel Ángel se licenció como maestro en artes representativas y, quién lo creyera, se convirtió en un responsable profesor de teatro en la Escuela Popular de Arte, hasta el día en que el Alcalde Luis Pérez decretó su exterminio. Simultáneo a ello, y en su manía de fundar y refundar (¿desbaratar balines?), siguió fiel a sus orígenes y en compañía del médico Luis Guillermo Correal y una matemática loca, Ana Lucía Restrepo, fundó El Ágora, cooperativa de trabajo asociado que se proponía, y lo ha venido cumpliendo, un trabajo en salud, educación y recreación.

Con El Ágora realiza el modelo de esperpento teatral Los Cuernos de Don Friolera, de Don Ramón María del Valle-Inclán, y años más tarde dirige la que él considera su obra insignia, Solar, que tuvo buen público y una maravillosa crítica.

Desde entonces, fiel a lo que siempre creyó, el papel transformador del teatro, ha logrado reunir una tropa de actores semi y profesionales que han estado presentes en campañas pedagógicas para la comunidad. Otra obra que le arranca una sonrisa de satisfacción, la máxima, dice él, es la autoría y dirección del Festival de Envigado Hacia el Teatro, un evento que empiezan en el 93 y ya alcanza 13 ediciones, y reúne unas docenas de grupos colegiales, aficionados e independientes que provoca año tras año tumultos.

Miguel Ángel Cañas

Yo creo que, ¡puta!, esta inclinación por el teatro, este fervor por representar, es una cosa que uno a veces no ubica de un modo preciso, pero quizás se le fue activando en los días de estudiante a partir de las tertulias literarias, quizás a raíz de las pequeñas representaciones que uno veía en las jornadas culturales del bachillerato. Tengo el recuerdo de un muchacho llamado Leonidas Torres, un moreno grandote que hacía obras en el colegio; él, por ejemplo, escenificó el legendario cuento del robo de la custodia en Envigado, que todos conocimos en su momento, una historia muy sencilla pero muy especial, de algo muy próximo. Me atraía esa forma de dramatizar lo que somos desde nosotros mismos, esa tradición. Pienso en Riosucio con su teatralidad popular, festiva, tradicional, que vincula a las personas, que construye un universo simbólico de convivencia. Tiene que ver con manifestaciones teatrales que a veces incluso uno mismo olvida, como si fueran menores, pero que independiente de la academia son una tradición que está ahí, en el vivir diario. O como el asunto de ese sainete que nos encontramos hace poco, El sainete de los oficios, lo tenía una señora como de 75 años y me dijo: “cuando estaba pequeña lo hacían en Sopetrán, yo aprendí a leer prácticamente con este libreto”.

Una noche de irrebatible verano, en febrero de 2010, nos juntamos en un lugar que para él representa mucho. Al final del viejo caserón, bajo el amparo de los árboles, donde se representó Solar, y que él señalaba compulsivo: ¡aquí fue, aquí fue!, nos dispusimos a una conversación que habíamos aplazado durante 30 años. Así tenía que ser.

Del muchacho aquel queda mucho: el brío, el gesto convencido, la contundencia retórica, la ósea apariencia, la piel cernida. Y también el sedimento de la experiencia, de la nobleza en el pensamiento, ya más condensadas su convicción solidaria y la pátina de un verdadero hombre de teatro, cuyo sueño es que la escena, liberada de tanto profesionalismo y espectacularidad, regrese a la gente, que sea hecha por todos, que se cumpla lo que quería Ernst Gombrich: “En realidad el arte no existe: sólo hay artistas”.

A su lado, porque él quiso, porque es su hermandad, que solo otorgan el trabajo y los días, estaban el médico Correal –hay amistades que ya son enfermedades– y Ana Lucía Restrepo –hay enfermedades que ya son amistades.

Retrato de papá y mamá

A mi mamá, una mujer muy despierta, inteligente, muy chispa, hay que pedirle cita para encontrarla en la casa. Está en unos grupos cristianos de la iglesia de San Mateo, en grupos de oración, en las empanadas del fin de semana, en el grupo de danzas, en gimnasia; pone inyecciones, arregla matrimonios, aconseja divorcios, es muy buena vecina; la gente la visita, la quiere, está bien de salud, con su familia, sus reuniones, sus cosas, y ¡vive sola! en una dinámica muy bella.

Mi papá fue un micro empresario que tuvo un fábrica de sillas de peluquería: “JC”, José Cañas, que están todavía repartidas por ahí; ya son antigüedades, el que las quiera conocer que vaya a la barbería del Pueblito Paisa. Mi padre viene de Santa Rosa de Osos, del campo; trae su familia a Envigado, estudia carpintería, estudia peluquería, estudia comercio, estudia inglés, estudia cuentas, es autodidacta, genera su empresa, llega a tener una medalla de oro a la empresa, aquí en Envigado. Era muy noble, muy conservador, muy querido, las JC tenían una garantía de 20 años. Mi papá dijo que su empresa se quebró por los hippies. ¡Puta! ¡Los hippies quebraron a mi papá!

Mi infancia en un lugar alquímico

Tenía taller en el barrio Los Naranjos; mi infancia sigue ahí, en ese lugar alquímico. En la parte más profunda estaba la fundición de aluminio y cobre, con una tierra negra muy menuda, que la tamizaban y era de una masa especial, morros de tierra, y una cantidad de herramientillas, palitos, cositas para sacar una arenita, para sacar otra cosa. Esa tierra la aprisionaban ahí con el molde, después sacaban el molde, dos partes, le echaban una mirella, una cosa dorada para que el aluminio no se pegara a la tierra. Un trabajo con la tierra hermoso, divino. Tierra donde mi infancia hizo túneles jugando carritos, ese infierno hermoso de la fundición, el carburo, el tanque, la encendida del crisol, la regada, los moldes ya vaciados, y por todas partes tiritas de cobre y de aluminio, figuritas, cositas. El morro chatarra destinado a la fundición. Vuelvo a ver todos los juguetes inimaginables, carritos, muñecas, relojes, cocinas, ¿esto de aquí qué es? ¿Y qué es esto otro? Y allí finalmente el fundido, luego la pulida, la limada, masillada, y después la pistola, la pintura. Como el taller tenía tapicería había mucho algodón, y yo estoy ahora allí dormido, debajo del banco, y antes de hundirme en el sueño observo las cómodas grandes de herramientas numeradas, llaves, martillos, serruchos, sierras, limas, alicates…

Esta dura condición de vivir

Pienso en mi madre que perdió tres hijos en trágicas condiciones de accidente y violencia: el primero, Pedro Pablo, un chico lindo, hermoso, de 12 años, jugando yeimi con sus amiguitos de pronto se cae, se golpea la cabeza contra la acera y muere. Después Leonardo, en plena juventud, asesinado; hacía teatro, escribía poesía, era un gran lector, y quedó muy afectado por la muerte de su hermano, que era su compañero de estudio, su llave. Y el tercero es Eladio, el creador de Cine Andariego, la muerte más extraña, más absurda, más ritualizada, más agresiva, más cruel.

La construcción propia

Los humanos genéticamente somos agresivos, somos violentos, es decir, no solamente la sociedad corrompe al hombre, lo natural es matarnos, asesinarnos, por la mujer, por la comida, por la primacía personal; tan elemental como eso: somos básicamente bestias. Por eso existe el teatro, porque lo ritualiza, lo vuelve juego, lo construye como cultura; la base de la cultura es la teatralidad. Tengo confianza en que ese elemento bestial se puede modular, reelaborar, fortalecer en un buen sentido. En mi construcción personal hay dos procesos fundamentales. El primero, debo reconocerlo, en mi familia: cómo naciste, en qué cuna, con qué dificultades, con qué aciertos, qué viste. Es la materia de un análisis permanente. Una de las fortalezas que tiene El Ágora, la segunda pata de mi formación personal, es que trabaja la familia muy integralmente, es una experiencia de trabajo en equipo muy especial, muy enriquecedora. Pongo el ejemplo del teatro didáctico: es un teatro por encargo que a veces, me confieso, menosprecio yo mismo. Ana Lucía y Luis Guillermo son mis productores, y digo enfáticamente que concibo al productor como un creador, como un artista.

Miguel Ángel Cañas

Envigado hacia el teatro

Esto que hacemos cada año es un motor muy importante, básico, un evento social, en el sentido de la aglutinación de las personas, que potencia la capacidad de construcción. Lo social es teatral y el teatro es el arte que mejor puede configurar esas relaciones de simulacro que son la vida social. Si decimos que existe teatro en Envigado es porque está el hecho teatral con público. Después está el resto, llámese academia o escuela o críticos o producción, o el nombre que quiera ponerle. Pero primero que todo, público. Y el festival genera eso, un proceso. No es solamente una muestra de unos grupos, sino que durante todo el año hay actores, directores, grupos, obras, compartiendo, involucrando a una comunidad.

El teatro me ha dado una vida creativa

El teatro con fines didácticos que practicamos en El Ágora de manera continua e intensa, muchas veces se impugna. Sabemos que existe una forma de producción teatral comercial, rutinaria, que tiene que ver con los recursos humanos, con las relaciones humanas, temas didácticos, sociales, para una comunidad determinada. Y ahí creo que la dramatización, la representación, es una buena herramienta, muy válida, que puede generar ciertas estructuras más o menos poéticas. Porque creo que el teatro debe estar al servicio de la sociedad, y no al revés. Por otra parte, con ese combo de creadores que tenemos aquí, digo que me parece mejor que un actor se gane la vida actuando que vendiendo empanadas o chance o minutos.

El teatro me ha dado una vida creativa, una vida con los otros, me ha permitido movilizarme, mantener mi cuerpo en una gran dinámica. Ese hábito de los actores es sabio, es hermoso, es sublime.

En Medellín nos hace falta vernos, reconocernos. Antes se decía movimiento, ya no es así, estamos mirando demasiado hacia Europa, hay que insistir en la necesidad de construir nuestros propios conocimientos y nuestra experiencia particular. Me han faltado más creaciones, es verdad. Mi sueño más alto y más próximo es montar La comedia de las equivocaciones. La haré, delo por hecho, la haré, ¡puta!

Lo mejor que me ha pasado como actor y director

El trabajo de actuación en Romeo y Julieta con Gabriel Álvarez, colombiano que vive en suiza, director del Studio De Actions teatrales, fue el más exigente y más poético en el cual haya participado. Eso fue una experiencia de laboratorio de mucho rigor como entrenamiento grotowskiano. Al terminar el proceso me doy cuenta que ya tenía que abandonar mi vida de actor, y es también cuando siento que termina la etapa de mi juventud. Fueron años magníficos porque un año antes hice Solar. Quedé pleno, la crítica muy bien, una buena dramaturgia, un trabajo de memoria de este entorno, entrevistas que hice con el vecino, con la señora que vivía aquí, cómo era ese Envigado de los cuarenta y cincuenta, una memoria que quisimos dedicar al maestro Fernando González.

Entrevista tomada de la edición No. 19 del periódico de Medellín en Escena