Si uno le pregunta cuál es esa fecha que marcó para siempre su existencia, Cristóbal Peláez no dudará en responder que la primavera de 1979, cuando en un pequeño bar de la placita de Flórez, de Medellín, se le ocurrió con una camada de soñadores, instalar la primera piedra de su santuario escénico: el grupo Matacandelas.
En ese entonces Cristóbal todavía tenía pelo y era un polluelo de anarquista, un hippie fracasado, y lo sigue siendo: “un hippie que lloraba con los tangos de Gardel y tomaba guaro con los arrieros”. ¿Habráse visto tamaña paradoja?
Lo cierto es que a Peláez se le debe en gran parte la solidez y la perseverancia de un teatro de culto, que a lo largo de estos años ha sido motor permanente de un trabajo sin tregua, comprometido, incisivo de romper esquemas y convencionalismos; un teatro de estudio, de profundidad, como se puede observar en sus obras de repertorio: Angelitos empantanados, O marinheiro, Sylvia Plath: La chica que quería ser dios, Juegos nocturnos, Los ciegos, Los diplomas, Doña Rosita la soltera (de Lorca), y obras infantiles como Pinocho, Hechizerías, Fiesta y Chorrillo siete vueltas, con las que ha viajado como un nómada por el mundo.
-¿Por qué le dio por el teatro en una época en que los teatreros vivían de puro milagro?
-Por la sencilla razón de que el teatro ha sido una forma de escurrírmele al trabajo.
-¿Es decir que después de todos estos años, sigue siendo un desempleado?
Peor aún, un vago. Si fuera desempleado se entendería que estoy buscando empleo, y esa no ha sido mi pretensión.
-¿Por qué el nombre de Matacandelas?
-Por azar, por su sonoridad tropical, y sus diversos significados tan agradables. Es un duende, es un hongo, es una conversación, es una excomunión, entre múltiples acepciones de la palabra.
-Alguien decía que usted es el Raúl Gómez Jattin de la escena…
-Yo preferiría ser el Jim Morrison del teatro.
-¿Qué se siente el haber empezado a hacer teatro con las uñas?
-Yo diría más bien que ha sido con los huevos, literalmente.
-¿Hasta dónde su teatro ha sido panfletario?
-Mi teatro trata de ser una respuesta de belleza en un país de viejos casposos y cachorros.
-¿Cómo definir el teatro que hace?
-Es una tentativa de oscuridad, de silencio y pensamiento.
-¿Quiénes son aquellos que clasifican en su colectivo teatral?
-Hombre, yo en este momento trabajo con veinte personas, y los hombres tienen los huevos muy bien amarrados, y las mujeres las tetas muy bien puestas. Este grupo es una antología de gente hermosa.
-Siendo empírico ¿cómo empezó a meterle el diente a la dramaturgia?
-A punta de errores y de equivocaciones.
-¿Qué es lo que más exige como director?
-En la puesta en escena, la limpieza verbal y visual, y en el trabajo de grupo, la disciplina.