Porque yo creo en la creatividad para desarrollar sueños, ideales, para construir otro universo aparte de lo que aparentemente vemos, y también porque siempre he creído que a través del teatro puedo expresar mejor el estado espiritual que tengo. Puedo transmitir más claro, así yo me cuestione cosas como todo el mundo, pero el teatro me ha permitido una libertad que casi no la puedo comparar con otra cosa que haya sentido en mi vida, una saciedad de poesía, de belleza, de espacios, de personaje, de rencores de lugares, de seres que habitan en el teatro. La creatividad que tiene el teatro me ha dado esa libertad de enfrentarme a mí mismo también.
Sobre todo me ha gustado mucho la literatura y el cine. Son cosas que lo alimentan a uno y aunque no tengo un gran recorrido literario o cinematográfico, lo poco que he visto -desafortunadamente- hasta ahora me ha alimentado, me ha dado ideas para continuar.
Yo creo que el teatro es como el agua que sale de una fuente, son esas cosas que te digo. Es el cine, la literatura, la poesía. Es el hablar con la gente, el observar. Pero esas no son mi fuente, mi fuente es el teatro, es la imagen mía lo que yo pienso, lo que me ha dado esa emanación de cosas.
Llevo 10 años prácticamente, igual yo estaba estudiando en la Universidad antes de conocer Matacandelas. De cierta forma hacía uno teatro, pero es un ambiente más académico, no es una cuestión de grupo que todos los días esta ahí esperando cosas, creando, revolcándose.
Yo pienso que lo de la academia es como un paso nada más pero no es un gran paso para mí, pues permite conocer cosas, casi te dan una leve intuición de lo que es el mundo del teatro, pero a veces uno va a una academia y no va a ser alumno sino un reflejo del profesor, porque muchos también tienen esa concepción, no todos, pero en la mayoría de las academias el profesor es el que se está prolongando con los alumnos, entonces no le permite a los alumnos manifestarse con sus cosas como un ser sencillo, sino que quiere que los alumnos sean como él. Quieren es crear como paladines del teatro, ser patriarcas y los alumnos quedan ahí rodando alrededor.
Obviamente hay cierto rigor que corresponde al director, él es casi una base, pero una base que no te aferra a la tierra, no es una zona para gravitar alrededor de él sino que te da libertad para que plantees tus cosas también. En ese sentido uno no lo sigue sólo a él.
Yo creo que la dimensión no se la proporciona un grupo. Es una como figura estética o literaria o poética que ya tiene una dimensión muy grande. El grupo le da una dimensión teatral, artística, con las características particulares del montaje, con una dimensión estética. Obviamente nos ha dejado satisfechos la dimensión que nosotros le hemos dado porque ha sido algo como él lo quería: honesto, desnudo y verdadero. Si el público ve que nosotros estamos con mucha parafernalia, bueno; pero lo que nosotros pretendíamos era darle esa dimensión de sencillez, de dejarse ir.
Bueno, a mí Fernando González siempre me ha gustado, siempre me ha atraído mucho él como escritor, su personalidad, sus planteamientos sobre Colombia, sobre el mundo. Es una cuestión de enamoramiento que yo tenía por él; realmente deseaba desde hace mucho tiempo representar a Fernando González. Coincidencialmente se me cumplió ese sueño, un sueño sin pretensiones, sin aires de que yo tenía que ser. Igual, si otro compañero hubiera hecho el personaje, también el montaje hubiera tenido el estilo del Matacandelas, pero en el fondo yo sí quería mucho lograr algún día un personaje como este. Me alimentó toda su obra, toda su desfachatez, su sinceridad, su manera natural de decir las cosas, su rebeldía ante este sistema, ante la sociedad en la que él vivía en ese entonces. Me alimentó también Beckett, con esa lentitud en los gestos, ese vacío que él llena. Me alimentan también las ideas y concepciones de mis compañeros del grupo, creo que fue un trabajo no sólo personal hablando de Fernando González sino un trabajo colectivo, porque como hay colectividad, como hay un grupo, entonces es indudable que el ciento por ciento de un personaje no lo hace sólo un autor.
Eso es lo más difícil creo yo, porque son figuras que uno no se atreve a tocar mucho desde el teatro. ¿Cómo hacer un personaje que fue así de esa forma, que fue tan rico en espíritu, en mente, en todo, cómo encarnarlo? Yo creo que todavía me estoy preguntando eso. Creo que con ciertas reservas obviamente, además, está su familia, que estuvieran todos muertos, uno se tranquiliza un poquito. Pero uno piensa que van a venir con cuatro caballos a halar cada uno de un lado.
Unas sobrinas de él que fueron al estreno. Yo salí y había unas señoras esperando; una de ellas comentó vea es que era él y le dijo pero es que estaba esperando que saliera un señor y es un muchacho. Se despidieron con un “hasta luego tío”. Para mí eso es una crítica positiva porque no fue con un aire de desdén. Otra cosa que te digo para devolverme a lo del personaje. Yo creo que también hay que creer a veces en lo propio y yo creo que si uno es honesto con el público, más con un personaje así, yo creo que el público debe sentir eso.
Yo creo que lo que va a apreciar es la mesura. En el Matacandelas no todo es estatismo, hay obras en las que hay más movilidad, más reacción física que en otros, pero igual va a ser algo mesurado sin esa mueca de la exageración, sino que va a haber igual una mezcla de ese estilo que caracteriza al Matacandelas, el estatismo, lo delicado que tiende a lo estático a la pasividad pero un pasividad que está diciendo cosas; un movimiento que te está sugiriendo cosas, que te está invitando al disfrute de las atmósferas que hemos creado con la obra, a oír en medio de ese movimiento, oír la voz de Fernando, no solamente a través de una actriz o un actor sino a partir de esa atmósfera que también tiene y te crea y te sugiere cierto movimiento.
La obra creo que es muy panfletaria en muchas cosas. En algunos aspectos es directa, haciendo alusión a personajes con nombres propios; pero también sabíamos que Fernando González no era un viejo cascarrabias que vivía renegando del país, de los políticos, de los comerciantes. No se quedó solamente en ser un resentido social por cualquier aspecto; él no era un resentido, yo creo que era un ser que amaba mucho a Colombia y con ese humor negro que él manejaba, le puso a toda esa cotidianidad que vivía ese humor inteligente. Le agregó su gran inteligencia.
Hay que decir que Fernando González era humorista. En su obra hay muchos momentos de comedia, pero es una comedia irónica, no una comedia burda, sino algo hecho con inteligencia, algo hecho con filigrana, un tejido cómico pero que te está diciendo cosas, no te hace solamente reír, no es una comedia de tetas y de silicona, del huequito pa´la cosa. No, no es una cosa “aguamacera”, es un humor fino, inteligente, que te está criticando, no que te está poniendo solamente a que te rías. Yo creo que esa es tal vez la anestesia que él pone ahí.
Yo creo que la reivindicación del arte a veces sobra mucho porque el arte siempre ha estado, no es un muerto que lo vamos a resucitar; entonces yo creo que no es eso de reivindicar el arte y unámonos para que el arte salve el mundo. El que merezca arte se le da arte, el que no quiera ni busque el arte pues no se le da arte, creo que es sencillo. El que tenga un espíritu que quiera buscar el teatro, la danza, la música, yo creo que el mismo espíritu lo va guiando, la misma vida. Creo que la misma obra va reivindicando cosas no del arte sino de la vida, no del teatro sino de los seres humanos, no de un grupo en especial sino de una sociedad.
No, siempre nos va influyendo alguna obra, algún cuento, alguien que haya existido de verdad, tan recientemente, porque Fernando murió en el 64, no está como tan lejano, sí es más complicado y me ha pasado yo creo que con Fernando nada más. Será la cercanía, será que me recuerda algo, de pronto a mi abuelo, no sé qué motor me movió entusiasmarme, obviamente está pues su manera de decir las cosas, pero creo que hubo algo más que me movió y no sé decir qué; si la vida, el subconsciente.
El Matacandelas es simplemente mi espacio, es mi agua, es el árbol del mico que tengo y creo que uno de los puntos que más me ha atraído del Matacandelas es su juventud, esa pasión exaltada que tiene lo juvenil. Para mí el Matacandelas es muy joven aunque en edad no seamos muy jóvenes, tenemos el ímpetu, luchamos y peleamos por mantener siempre ese ímpetu de juventud, ese juego que a veces sentimos muy bien. Creo que ese es uno de los aspectos que me ha hecho continuar en el Matacandelas. Yo siento que todos los días estamos luchando con cosas, todos los días estamos enamorados de autores, estamos invocando una estética. El Matacandelas es una obra de teatro permanente, es una representación diaria. Eso me gusta mucho.
No he sentido que renuncio a algo específico dentro del grupo, porque yo creo que uno vino a hacer algo en la vida y yo vine a hacer teatro. El Matacandelas me puso a hacer teatro en el ritmo que yo quiero al ritmo que me gusta. No significa pues que no descansemos, que seamos unas máquinas. Yo creo que también en el descanso hay teatro. Me ha dado un estado espiritual que me complace y que no me ha hecho renunciar a posiciones mías frente a la vida, a pensamientos propios, a mis locuras, a mis lágrimas, a mis odios. No es una cosa impuesta sino que en el mismo devenir diario uno va desechando cosas, renunciando a ellas de manera voluntaria; y se renuncia porque hay otros intereses, vos vas caminando hacia otras metas.
Yo creo que así el público entienda o no entienda, no es problema del Matacandelas es un problema del público porque el Matacandelas va a seguir haciendo teatro hasta donde nos dejen, hasta donde esté la línea y si podemos romperla, lo vamos a hacer. Pero no creo que sea un problema de los seguidores del Matacandelas. De pronto habremos fallado en algo pero el Matacandelas va a seguir desarrollando su propuesta estética y teatral a la ciudad, lo que se está mostrando es una dicha artística, como ¡venga pase bueno con nosotros, venga que estamos pasando bueno y queremos usted también pase bueno! Estamos proponiendo otra idea de ser humano, le estamos mostrando estos espíritus que deambulan por acá, por esta casa, le estamos mostrando esta corriente literaria, le estamos mostrando este poema, le estamos proponiendo una apertura de sentidos para que de pronto entienda o comprenda mejor, pero a su modo, que no sea directamente para que se entienda a sí mismo sino para que a través de todos esos sentidos se vaya abriendo, reflexione. El Matacandelas da una hora y media para que usted disfrute una obra de teatro con cierta actuación, cierto tipo de luces, una música acorde y por añadidura usted será libre de reflexionar o sentir, está en libertad… porque no estamos haciendo campaña, estamos haciendo teatro.
Septiembre 2007
Extraído de la revista: Rinoceronte 14