La quietud de la luz

Por Lina Castaño

Los bellos días

La imagen se alza plena a través del artificio de la luz. Dos seres en la alteridad de la sombra más resueltamente iluminada descubren las palabras de las que están hechos. El recuerdo, la fatiga devuelve, trae, despierta en sus rostros. Un timbre suena: los objetos como las palabras pasarán en ellos. En la mujer a borbotones, entran y salen, mesuradas, necesarias, altivas, pequeñas, juguetonas, torrenciales. En él son insinuaciones, acompañan, apoyan las de ella, balbucean, suenan, responden. A veces por encima de las palabras los sonidos luchan para que el día no sea el silencio de labios apretados. La aridez de sus cuerpos se revela sin pudor en la persistencia inclemente de la luz. Dos existencias arrancadas a la cotidiana perpetuidad de sus gestos están ahí para ser contempladas. Pero qué clase de sol es ese que ni en sus rasgos más deslumbrantes parecemos reconocer. Son seres en las palabras, seres en los objetos. Seres a la luz de su quietud. Eterno presente. Del día a la noche uno y otro día siempre el mismo. De cada día cada noche más o menos cerca uno del otro como un teorema de posibilidades-relaciones infinitas pero al límite, ella respecto a él, respecto a lo que le rodea, en la misma proporción hacia las acciones que realiza con aguda precisión. La luz que les riega no ha de ser más que la que el recuerdo descubre. Infatigablemente luchan para no abandonarse. La tensión es la constante hacia el hundimiento. Se sostienen en la línea de la escucha y la visión: estás ahí, puedo verte, me ves, me escuchas, respondes, escucho, te veo, alcanzo a escuchar, si estás estoy, si escucho ilumino tu voz. Un poco más cerca, un poco más lejos. Otro día feliz. Seres hechos en el antes del abandono de las palabras. Los más cercanos días de felicidad se desbordan en la repetición. La quietud deslumbra. Las palabras adquieren el mismo tono de los objetos fieles. Cada cosa se ha ido llenando como de sed sus días. Son ellos los objetos que atesoran. Se guardan como las palabras a su existencia. Hacemos parte de esas palabras al escucharlas, nos envuelven en su clara y perenne inutilidad. Objetos velados por una cotidianidad más cercana a la extrañeza que al naturalismo. Qué de ahí nos llama, nos convoca, nos seduce. De qué nos reímos. Un cepillo, un espejo, un revólver, un perfume, una sombrilla, son aquí otra cosa. Esa arca espesa de palabras que apuntan hacia nada extrañamente nos despierta en algo que parece la vida y se desprende en rasgos tan bellamente humanos. En extremo delicada, por momentos inaudible, cercana al susurro la obra despierta al oído en otro lugar. La imagen crece. La superficie de sus bellos días flota en cada objeto compartido a nuestros ojos y así su naturaleza se torna sublime. Tanta luz enceguece. Al final el timbre (qué lo impulsa, qué les hace hablar, qué nos hace escuchar) obliga a salir de lo que poco a poco advertimos han ido construyendo al tesón de la luz sus frágiles cuerpos de arena hundidos en la sombra de nuestra propia visión.

Los bellos días de Samuel Beckett