PAISAJE CALEÑO CON DRAGÓN AL FONDO

Por: Cristóbal Peláez González - 2002

PRIMERO FUE CURRAMBA

A quien ve hoy a la deteriorada Barranquilla le queda difícil imaginar que alguna vez, por los años veinte, del novecientos, esta ciudad fue la capital comercial y cultural de Colombia. La Arenosa llegó a ser el principal puerto del Caribe, la ciudad con más alto volumen de migración, allí tañó el primer ring y el primer aló, al paso que navegaba el primer aeroplano y se editaba, con prosperidad, Voces, una de las revistas más lúcidas del continente, mientras el ilustre catalán Ramón Vinyes chapoteando en ocho idiomas, se apelgamaba con un cardumen de artistas e intelectuales, que leían Joyce, Kafka, Proust, y nos traducían y recomendaban autores con nombres extraños de los cuales sólo se hablaría muchos años más tarde en la culta Bogotá, apenas suramericana. Judíos, turcos, árabes, corronchos, hacían metrópoli en arrebatada promiscuidad literaria, mientras aquí en Medellín, salvo Ciro Mendía y Fernando González, todo era una cochambre descalza con uncinariasis. Pueblo güimbo.

DESPUÉS FUE LA SULTANA

Barranquilla se fue aletargando hasta quedar sumida en ese vertedero de mugre y podredura política que es hoy. Luego el turno fue para Cali. ¨Garaje con obispo¨ la había denominado Barba Jacob, antes de esos febriles años setenta que la convertirían en la ciudad más moderna (y próspera) de Colombia. La más Cosmopolita de todas nuestras urbes. El gran desarrollo industrial y agrario habría de traer también una gran concentración en todos sus matices, sobre todo en cultura. Mientras aquí nos soslayábamos en el non plus ultra de la música bailando ¨Sancocho de Gallina¨ con Los hispanos y Los graduados, qué tristeza, la ardiente sultana estaba inundada de pop, cine de vanguardia, los Rolling Stones y el sonido bestial de Richie Ray y Bobby Cruz. Estaba el Teatro Experimental de Cali, maestro Enrique Buenaventura al mando, como un rompeolas de vanguardia, dando para hablar y admirar en América Latina y en España y arrastrando consigo un fervor inusitado por el teatro como un elemento fundamental de identidad continental. Pero no era sólo eso, estaba Andrés Caicedo, el más joven, el más audaz, el más querido de todos nuestros escritores colombianos, rasgando las viejas formas narrativas y proponiendo un estilo fresco, irreverente, pop, juvenil, que lo habría de consagrar años más tarde como una leyenda a partir de una vida atormentada rubricada por un final consecuentemente trágico. Estaba Ciudad Solar, un oasis en donde abrevaban esos jóvenes cargados de deseo y que operaban desde la marginalidad una verdadera resistencia espiritual frente a un progreso ampuloso pero enfermo.

LA CASA DEL SOL NACIENTE

De allí, de esas entrañas, brotaba el teatro, la música, el cine, la pintura, toda esa irreverencia y desobediencia que con los años ha conformado una auténtica historia cultural para Colombia. Mírese esta constelación de nombres: Fernell Franco, Luis Ospina, Carlos Mayolo, Hernando Tejada, Miguel González, Óscar Muñoz, Pedro Alcántara, Diego Pombo, Sandro Romero Rey, Óscar Campo.

Ciudad Solar, en la Sultana, esa tierra que Andrés Caicedo llamaba verde, parejita, buena, hizo muy bien el papel criollo de Casa del sol naciente, caldo de cultivo para todos esos adolescentes que habían intuido que en el arte encontrarían una patria distinta a esos despojos inmundos que el llamado Frente Nacional (contra Colombia) le ofrecía a la sociedad. Entre sorbos de bohemia y bareta city los muchachos estaban proponiendo la posibilidad de la consigna Baudelariana: un mundo donde la acción sea hermana del sueño.

Mientras, en Medellín, por fin, estaba ocurriendo algo bueno. Se llamaba Nadaísmo, e instauraba un grito prometedor: La sociedad somos nosotros, los rebeldes son ustedes.

SALSA Y ROCK

Vivero de la salsa y el rock, Cali no resultó un lugar próspero para la actividad artística. En cine, en música, en pintura, estaba a la orden del día, pero su adentro parecía terreno pedregoso para el teatro. Los artistas decidieron buscar fortuna en otras latitudes, unos se fueron para Bogotá, otros a Nueva York o París, y el teatro se fue extinguiendo en un cansancio que también alcanzaba al TEC, y con apenas unas débiles fulguraciones de los grupos Teatro Esquina Latina y La Máscara, coadyuvados por un trabajo de preparación escolar en Univalle y Bellas Artes.

Entre los ruidos de la prosperidad narcótica, los dólares y el exceso de rumba, el público dejó vacías las salas de teatro. Afuera la realidad parecía ser un texto más exuberante y significativo. Entonces esa ciudad llena de luz, sembrada de palmeras por doquier, se volvió sórdida, atronadora, peligrosa. La magra oferta teatral se revolvía incierta entre la indiferencia social y el abandono, pero, así magra y todo, se mantenía incólume esperando nuevas oportunidades.

CALI YA TIENE SU FESTIVAL DE TEATRO

Esas oportunidades se han venido trabajando despacio y con buena letra. El Festival de Teatro de Cali ha llegado ya, abriéndose paso entre la inopia y los propios depredadores teatrales, a la cuarta edición, a punta de coraje, de planeación y de solidaridad entre los mismos participantes. Se hace como todo lo noble en este paisito, con las uñas, el exiguo presupuesto ni siquiera alcanza a un 30% de lo que cuesta una vajilla de esas que compra las Empresas Públicas de Medellín. Está impulsado, organizado, y amamantado por dos psicópatas escénicas, Luz Stella Gil y Beatriz Monsalve, con el respaldo consecuente de los grupos Domus Teatro y Barco Ebrio y el apoyo de otra gruesa parte del movimiento teatral de la ciudad que se niega a la inercia de las dieciochescas controversias donde todavía se discute qué camisa debe uno ponerse para un bombardeo.

El meollo es una pelea desaforada contra y por el espectador, para hacer que vuelva a ocupar esa butaca que hace rato abandonó.

NOMBRES

Hombres de reconocida capacidad y experiencia están haciendo un acompañamiento crítico al Festival, ese eslabón que puede establecer un vínculo más certero entre público y actividad: ahí está Mauricio Domenici, pedagogo, historiador, director. Orlando Cajamarca, director de Esquina Latina y proveedor de una vasta actividad en comunas y municipios, está Miguel González, curador, un hombre renacentista, un griego nacido a destiempo, que tiene el gran mérito de recordarnos, con su figura y su conversación, que Cocteau, Lorca y Wilde alguna vez existieron. Nadando por los bordes siempre nos encontramos en Cali a Eduardo ¨La Rata¨ Carvajal, récord fotofija en el Cine Nacional, un ex pandillerito menos peligroso que un gusano de col, y que se hiciera notable por ese arrume de fotos que le tomo a Andrés Caicedo con plena conciencia de ser un registro póstumo.

TITIRITEROS

Las utopías, las hay y se puede creer en ellas. Si existe algún gremio en América Latina que merezca reconocimiento es el de los titiriteros. Esa es otra historia por contar. En Ecuador por ejemplo, una compañía aérea cedió un viejo avión inservible para volar que ha sido acondicionado como teatro de títeres por Patricio Estrella y su grupo La espada de madera. Una programación regular convoca a los niños que llegan y son recibidos por azafatas actrices que alegremente dan instrucciones de uso. Lo que pudo ser chatarra hoy es un lugar pintoresco, de entusiasta ocupación para los niños de Quito. En Cali la imaginación y la voluntad también han logrado uno de los proyectos más enamorantes que se está convirtiendo en un éxito teatral (y hasta turístico). La historia, corta, es así:

CASTILLO SOL Y LUNA

Reynel Osorio está que alcanza las seis décadas y lleva treinta años profesoreando y fundando grupos -Teatro El Foro, El Globo, Tío Jolgorio, Trapichín-. Es un campeche de Armenia que se desplazó (en el sentido violento de la palabra) y al llegar a Cali se puso a estudiar de todo. Léase este reguero: anatomía artística, metálica y soldadura, artes plásticas, judo, psicología infantil, gimnasia olímpica, grabado, diseño arquitectónico, puesta escénica y títeres.

El año pasado se jubiló y le surgió la oportunidad de irse a España donde le darían vía libre a proyectos artísticos infantiles ¨pero me dije, qué carajos voy a ir a hacer por allá, mejor cojo mi plata de jubilación y en una tierrita que tengo voy a realizar mis sueños, aquí en Colombia¨, entonces diseñó en la vereda Los limones una fortaleza medieval para que los niños de Cali tengan ahí sus títeres, con su pedacito de zona verde y cielo azul. Fue así como nació CASTILLO SOL Y LUNA.

¡TÍTERES, QUÉ ALEGRÍA!

Entre semana guarderías, colegios y empresas, a veinte minutos de la urbe van en las mañanas a la vereda, los domingos llegan las familias. Allí en ese fortín de dos torres (mientras se construyen las otras cinco) con un ambiente de la antigua Europa se goza con los títeres, se realizan juegos, se hacen caminatas, se conversa con todo el zoológico de Reynel Osorio, patos, gallinas, conejos, palomos, periquitos y hasta con Cornelia, una oveja carmelita que pide guayabas y cumple, a falta de uno, funciones de perro. Cerca de una fuente cantarina se come sancocho valluno o se pela el fiambre. ¨La gente viene los domingos desde las 11 de la mañana y a las cinco de la tarde hay que rogarles que se vayan¨. Los caleños están felices con esta locura.

MUCHO CUIDADO CON EL DRAGÓN

¨Falta mucho porque ya se fueron todos mis ahorros. Pero ahí despacio voy completando el cuento¨. Muestra los planos de su utopía. ¨Aquí lo más urgente ahora es hacerle la casa al Dragón¨, ¿Y qué es eso del dragón? ¨Lo que ocurre es que los niños ven este castillo y siempre preguntan por el Dragón. Les echamos ahí un cuento para salir del paso.

Pero de pronto nos dijimos, bueno, hay que construirle una casa al dragón, que los niños lleguen con susto y suspenso, advertirles que tienen que tener mucho cuidado, no despertarlo, porque duerme de día y cuida de noche. Y llevar a los niños hasta la torre y que muy prudentemente lo llamen, que quieren hablar con él, y que por cada ventana el dragón vaya dejando ver sus alas, sus garras, y que eche fuego. Rico que los niños, en esta época, puedan decir que conocen dragones, mejor la magia que el realismo¨.