Sobre la revista Conjunto y el "Mayo
teatral" de La Habana
por: Ricardo
Salvat
Pasar unos días en Cuba
constituye siempre una fiesta. La Habana Vieja debe de ser una de las
ciudades más bellas del mundo. Sí, además, uno tiene ocasión de ver buenos
espectáculos, la fiesta queda magnificada. Este año, el Mayo Teatral incluía
un acontecimiento que, para algunos, fue muy importante: la conmemoración de
los cuarenta años de existencia de la excelente revista Conjunto. Uno
de los días del festival estuvo dedicado exclusivamente a conmemorar este
importante evento. Y fue una buena ocasión para plantear el papel que las
revistas teatrales especializadas pueden y deben jugar en el milenio que
acaba de empezar.
Hay que felicitar a
Vivian Martínez Tabares por la tarea que lleva a cabo al frente de la
revista y por la interesante cita del mundo del espectáculo que es el Mayo
Teatral. Poder ver en diez días algunos de los trabajos de los creadores más
importantes de Latinoamérica fue una experiencia altamente enriquecedora.
Que coincidan en un festival personalidades tan determinantes como Jesusa
Rodríguez, Liliana Felipe, Jan Linkens, Eduardo Pavlovsky, Daisy Granados,
Antunes Filho, Daniel Veronese, Cristóbal Peláez, César Meléndez, Helia
Arce, Miriam Muñoz, Joel Sáez, Carlos Pérez Peña y el gran Abelardo Estorino,
resultó muy enriquecedor y vino a demostrar la admirable vitalidad que posee
la dramaturgia latinoamericana.
Para nosotros, constituyó
una espléndida sorpresa el espectáculo de Colombia (La chica que quería
ser Dios), presentado por Matacandelas, una propuesta original que tenía
en cuenta los últimos adelantos del lenguaje teatral y que se basaba en una
dramaturgia tan arriesgada como fascinante. Ya al levantarse el telón
tuvimos la impresión de que íbamos a asistir a un trabajo fuera de serie. El
espectáculo de Cristóbal Peláez, Jaiver Jurado y Diego Sánchez, en la parte
hablada, y de Ángela María Muñoz, en la parte musical, nos resultó sumamente
atractivo. Posiblemente, no habíamos tenido una impresión tan fuerte desde
que tuvimos la suerte de ver Macunaíma, precisamente de Antunes Filho.
Sorprendía ver que los integrantes del espectáculo eran tan buenos músicos
como actores. El ritmo era vivo, eficaz, la dirección, matemática y
altamente imaginativa. Mezclar las trayectorias de Sylvia Plath y Anne
Sexton, dos obsesas del suicidio, dos figuras míticas de la poesía del siglo
veinte, dos iconos de las luchas feministas, era ya, de entrada, un acierto.
Pero además se usaban, como es lógico, textos de Ted Hughes, de la Medea de
Séneca (como contrapunto al posible intento de Sylvia Plath de matar a sus
hijos) y de Charles Baudelaire, Aurelia Schober y del propio Cristóbal
Peláez. Curiosamente, el mismo grupo presentó Medea de Lucio Anneo Séneca
dirigida por el gran Luigi Maria Musati. Es curioso que ese texto, que
deberían defender los españoles, sea motivo de interés por parte de nuestros
admirados colegas colombianos.
El espectáculo
Prêt-à-Porter, de Antunes Filho, poseía los mismos apasionantes
elementos de modernidad que tenían los trabajos de Matacandelas. Antes de
empezar el espectáculo, el gran crítico Sebastiáo Milaré, admirable exégeta
de la aportación de Antunes Filho, nos explicó que la propuesta era, más
bien, un trabajo colectivo de los seis extraordinarios actores que
intervenían en el espectáculo. De hecho, era como una especie de
work-in-progress que ya lleva años representándose. Uno desearía que Antunes
acabara escribiendo cada uno de los tres textos que emplea, porque son tres
situaciones espléndidas, originales, terribles, profundamente humanas.
Ver a Jesusa Rodríguez y
a su colaboradora Liliana Felipe, en el espectáculo Arquetipas
constituyó un verdadero placer. Admiramos a Jesusa como gran directora y
nunca habíamos visto su actividad como mujer de Kabarett. Es una bestia
escénica de primer orden, inteligente, malintencionada, tierna, original,
profundamente mexicana. Contrastaba, y en el fondo se complementaba, con la
compositora, cantante y pianista Liliana Felipe. Evidentemente perteneciente
más a la escuela centro-europea del Kabarett que a la dimensión mexicana que
ha sabido darle la gran Jesusa Rodríguez.
Por fin, pudimos conocer
un trabajo de César Meléndez, de Costa Rica. Un trabajo de denuncia sobre el
inaceptable y cruel trato que los nicaragüenses emigrados reciben en Costa
Rica. Un espectáculo necesario y valiente, donde quizás Meléndez sobreactuó
en exceso. En su trabajo, acusó el hecho de que quiera ser autor y director
de su propuesta.
No entendimos demasiado,
qué llevó al mítico grupo Escambray a reponer Flores de papel Egon
Wolff. El texto se encuentra en las antípodas de lo que llevaban haciendo
hasta ahora. No pudimos ver, porque anularon la primera representación,
Voz en Martí, que el mismo grupo representaba.
Y, dentro de los
homenajes a grandes autores, se estrenó en Cuba el texto Luminaria
del maestro Emilio Carballido en una sobria y quizá no demasiado arriesgada
puesta en escena del gran autor y director Abelardo Estorino.
Aún hubo más cosas. Pero
el espacio se acaba. Antes, quisiéramos decir que ver a Eduardo Pavlovsky en
Cuba constituyó una lección diferente de cuando lo habíamos visto en Buenos
Aires o en Barcelona. Pavlovsky siempre es el mismo y, a la vez, siempre nos
resulta desconocido e inaccesible. Meléndez, que posee una máscara teatral
de primer orden, debería aprender la lección de Pavlovsky. Sus monólogos,
siendo él un gran director, los dirigen Daniel Veronese y Norman Briski. Sin
duda, éste es el buen camino. Deseamos larga vida al Mayo Teatral y que la
fiesta y la gran cita teatral habaneras continúen.