LA CAÍDA DE LA CASA USHER

por Sandro Romero Rey

18/08/2009

El Teatro Matacandelas de Medellín está celebrando, en este agitado 2009, sus 30 años de existencia con una temporada fantástica, en el sentido más amplio del término, la cual incluye 4 títulos de su repertorio y que han denominado, sin contemplaciones, “Bogotá simbolista”. Las obras: la inagotable “O Marinheiro” de Fernando Pessoa, que ya comentamos en este espacio; “La caída de la casa Usher” de Edgar Allan Poe; “4 mujeres”, a partir de relatos del mismo autor norteamericano y cierran con la emocionante “Los ciegos” de Maurice Maeterlinck. Voy a permitirme, en las líneas que siguen, tratar de reflexionar alrededor de la primera de las adaptaciones de Poe. En otro impulso me ocuparé del resto.

No sé cuándo comenzaron las relaciones del Teatro Matacandelas con Allan Poe, pero supongo que la fascinación debió consolidarse a partir de su experiencia con Andrés Caicedo y, en particular, con su versión de “Angelitos empantanados o historias para jovencitos”. En dicho montaje había un pasaje inolvidable en el que una de las prostitutas de la historia llevaba el nombre de Berenice y enloquecía al personaje central. A diferencia del cuento homónimo de Poe, en el que el narrador le extraía las 32 piezas dentales de su boca a la dama de la historia, en el relato de Caicedo el malogrado Miguel Ángel sólo puede extraerle 5 marfiles, pues muelas y dientes están cariados. Me atrevería a decir que la versión de los cuentos de Andrés (aunque los matacandelos insisten en que “Angelitos…” es una novela) podría formar parte, sin mayores tropiezos, del paquete de espectáculos llamados “simbolistas”. Porque en ese montaje, si mal no recuerdo, también está la oscuridad, también está el horror, también está el vampirismo, también está el amor como metáfora de la muerte.

“La caída de la casa Usher” es uno de los mejores relatos de Edgar Allan Poe. En la memorable traducción de sus obras completas a cargo de Julio Cortázar para la Universidad de Puerto Rico (luego reproducida por el sello Alianza Editorial) se siente todo el peso y el desdichado desmoronamiento de sus personajes. Yo descubrí a Poe cuando era niño y creo que allí el miedo se devoró mi alma, parafraseando a Fassbinder. Cuando uno lee a Poe uno sabe que allí va a regresar, cada cierto tiempo, porque sus relatos, como los de Cortázar, como los de Caicedo, como tantos otros, son adictivos. Enfermizamente adictivos. Así que cuando uno sabe que el Teatro Matacandelas, uno de los grupos escénicos más importantes del teatro colombiano de todos los tiempos, se decide por la suicida intención de traducir a Edgar Allan al lenguaje de las tablas, pues uno va con el entusiasmo y el miedo confundidos entre pecho y espalda.

El montaje de la Casa Usher comienza en la calle, en los alrededores del chorro de Quevedo, por la puerta lateral de la sede del Teatro Libre del Centro de Bogotá, espacio escogido para la representación. Peregrinando por un sendero de piedra, los espectadores caminamos en dirección desconocida, oímos voces pregrabadas con textos temibles, vemos figuras estáticas, de iconografía gótica, hasta que pasamos a la sala. A lo largo de hora y media nos vemos sumergidos en una burbuja negra, sólo iluminados por velas, donde los actores construyen imágenes y declaman entre susurros y aullidos los textos del escritor norteamericano. De nuevo, como en “O Marinehiro”, como en “Los ciegos”, la oscuridad es la protagonista y el efecto sobrecogedor. El montaje es firmado por el director italiano Luigi Maria Musati, quien ya había sido responsable de la puesta en escena de la “Medea” de Séneca, hace ya varios años. Asimismo, había colaborado con el desaparecido Carlos Arturo Alzate, antiguo director de la Escuela Nacional de Arte Dramático, en un montaje sobre Borges realizado en coproducción en Roma, en 1993.

No conozco antecedentes teatrales de Allan Poe, pero sí conozco buena parte de las adaptaciones cinematográficas que se han hecho de sus relatos. En especial, las de Roger Corman y, sobre todo, la sublime versión de la misma “Casa Usher” realizada por Jean Epstein en 1928 de la que fuese asistente de dirección don Luis Buñuel. Los del Matacandelas se apoyan en el negro de la noche para construir un relato en el que prima más que todo la atmósfera (como en la película de Epstein), antes que la anécdota. Los personajes declaman, cantan, aúllan, gimen, antes que relatar. “No entendí nada”, me dijo un espectador a la salida del teatro y yo creo que estuvo bien. Es un montaje en el que el entendimiento no está dado por la razón ni por las leyes aristotélicas de planteamiento-nudo-desenlace. “La caída de la casa Usher”, aunque se nutre de un texto que inaugura, de alguna manera, la forma de narrar del cuento moderno, de todas maneras traduce sus signos en una rigurosa fiesta macabra donde prima la imagen, a pesar de que la palabra sea su soporte.

Debo confesar que prefiero los montajes de Cristóbal Peláez a los de Musati. Son dos visiones distintas, ya lo sé. Y supongo que los del Matacandelas necesitan, de tanto en tanto, otras miradas y otros desafíos. Sin embargo, “La casa Usher” consigue, a su manera, ese clima de “Teatro del Terror” que ya conocíamos en los montajes de Pessoa y Maeterlink. ¿Para qué repetir la experiencia por otros medios? No es una repetición, por supuesto. Es encontrar, a través de otro pretexto, la manera de enfrentar las sombras de la muerte en el laberinto de lo desconocido. Supongo que la adaptación al espacio del Teatro Libre de Bogotá debió obligar al grupo a hacer sacrificios de puesta en escena. Supongo que la hermosa sede del grupo en Medellín debió ser parte del concepto creativo del montaje. Pero no importa. La experiencia vivida en Bogotá con Allan Poe nos ha ayudado a enfrentar de nuevo el enigma del miedo, traducido al lenguaje de la escena. Desafío que muy pocos consiguen y los del Teatro Matacandelas ya saben construir hasta con los ojos cerrados.

“La caída de la casa Usher” forma parte de un conjunto. De una curiosa tetralogía que, en última instancia, consolida la estética de un grupo que confunde felizmente su rigor con la devoción. El viaje a los infiernos de Allan Poe nos sirve a todos. Al grupo, para enfrentarse al demonio de lo imposible y a los espectadores para que no nos olvidemos que la belleza también se nutre donde se aposenta el horror. No dudo en recomendar estos montajes sobrecogedores, para todos aquellos que, como yo, adoran el misterio, las sombras y la melodía de los muertos.

Sandro Romero Rey