CUADERNO DE REFLEXIONES SOBRE LA
COSA TEATRAL
SOBRE LA
TRANSMISIÓN DEL OFICIO TEATRAL
Por: Cristóbal Peláez
González
INTERVENCION DE CRISTOBAL
PELAEZ
Hay una premisa necesaria: aclarar que
el teatro colombiano es muy joven, con una historia muy
sucinta. Tan joven es esta historia que todavía nos
podemos cruzar con algunos de nuestros padres que siguen
vivos, creando y produciendo obras, así como escribiendo
reflexiones de mucha actualidad.
Nuestro teatro es una propuesta
excesivamente fresca para la sociedad colombiana. Lo que
teníamos antes de 1950, eran obras y realizaciones que
se daban de manera muy esporádicas, pero no fluía como
algo orgánico y sistemático, de eso tan magro por
supuesto se puede escribir y abstraer, pero no se puede
considerar propiamente como un movimiento, como una
historia.
Y ayer justamente estabamos hablando de
esto aquí en Bogotá con un grupo nuevo de actores muy
jóvenes. Les decíamos que ellos venían a ser apenas la
tercera generación teatral de Colombia. Cuando hablamos
de transmitir el oficio, puedo hablar de lo que en
realidad a mí me transmitió la primera generación.
Cuando comenzamos nuestro trabajo en 1979 con el Teatro
Matacandelas, estabamos en una especie de empalme, de
modo que no era una herenciarecogiendo algo, no una
herencia, sino un propósito. En aquel momento social y
político estabamos viendo y viviendo una serie de cosas
que no nos gustaban para nada y nos dimos cuenta que
desde nuestra inclinación por el teatro podríamos
desarrollar una expresión que podría ser nuestro propio
punto de vista estético y filosófico.
Por ello nos interesaba bastante lo que
comenzamos a ver, a oír y a leer de personas como
Enrique Buenaventura, Santiago García, Ricardo Camacho,
Eddy Armando, Miguel Torres. Ellos fueron algo asi como
la evidencia artística de otros autores que
frecuentabamos mucho: Fernando González, Estanislao
Zuleta, Gonzalo Arango, y nos dábamos cuenta que
estabamos en el centro de una hendidura, en medio de dos
colombias, de un lado un país de modorra y de infamia y
de otro un nuevo pensamiento, una nueva manera de
mirarnos y de mirar para el mundo.
Y fue así como con un conjunto de
confundidos muchachos comenzamos a tratar, como muchos
otros, de construir otro entorno, de soñar otra nación
pues sentíamos que no teníamos patria, y claro,
veíamos que no estabamos solos, porque había gente que
pensaba cosas que nos iban orientando, que nos iban
transmitiendo. Por supuesto que no nos interesaba la vía
única y pura del teatro. El atractivo era ese mundo de
ideas, ese ámbito filosófico que se nos proponía. Esa
lucha decorosa contra el oscurantismo nacional.
Leíamos frenéticamente, veíamos
teatro frenéticamente, y empezamos a reconstruir, no a
construir, sino a reconstruir una especie de patria, una
república para nosotros mismos, para nuestro uso.
Creíamos entonces (y lo seguimos
creyendo) que el teatro era un buen vehículo para
exponer nuestros pensamientos y sentimientos. No
tomábamos el teatro como un fin sino como un medio, como
una especie de herramienta de subversión - todavía
seguímos considerando eso -, es decir, la prioridad no
era el teatro sino la vida, el teatro simplemente era un
medio para uno tratar de vivir mejor, y eso fue
fundamental, y nosotros ya lo habíamos definido así en
ese tiempo - un poco sosegadamente- porque o si no nos
aplastan, porque el Teatro Matacandelas más que un grupo
es una república independiente de 720 metros cuadrados,
una islita minúscula en unas relaciones muy
diplomáticas con los vecinos, en lo posible.
Hemos vivido una marginación forzada,
hemos vivido en una especie de exilio, y por eso somos
tan proclives a autores que son realmente malditos. A
cada tanto nos preguntan por qué somos tan proclives a
los autores malditos, a los desclasados, a los
derrotados. La respuesta es muy sencilla, esos autores
son los más semejantes a nuestra propia forma de vivir y
de concebir la realidad. Ahí están Fernando Pessoa y su
"O Marinheiro", Andrés Caicedo y sus obras
"Angelitos Empantanados" y "Los
Diplomas", Sylvia Plath en su "La Chica que
Quería Ser Dios".
Una de las condiciones del arte (que es
una especie de maldición), es que en la medida en que
uno hace teatro, arte, uno se va destruyendo, uno paga
los costos, y muchas veces a muy alto precio. Claro que
hay otras formas de estar en el arte, para edificarse,
para lograr una buena posición social.
Debo decir que mis antecesores me
transmitieron todo, pero yo no estoy interesado en
transmitir nada. No soy cura, ni redentor, ni pienso
cargar con ninguna cruz. Públicamente declaro que estoy
haciendo teatro para separarme de aquellas cosas que
detesto, para marcar una territorialidad: el teatro es
una franja fronteriza, una zona de delimitación.
En ese terreno a mí no me interesa
armar un grupo para que ese conjunto se perpetúe. Se los
he dicho a los muchachos del grupo, que una vez que yo
muera, me importa un carajo si el Teatro Matacandelas
sigue o no, porque no baso mi existencia y mi pasión en
el afán de que un día exista un "Auditorio
Cristóbal Peláez", no gracias, no me interesa, ni
me interesa que denominen una calle con mí nombre, ni un
puente. Uno va por Medellín y se encuentra con cosas
como estas: "Puente Don Jorge Hugo Lopera
Urquijo"; ¡Uno con nombre de puente!
Y yo no tengo un ánimo ni histórico
ni de trascender, "ni servir de ejemplo para las
nuevas generaciones", ni que la obra mía se pueda
continuar porque es un modelo de tal... No soy modelo de
nada, ni quiero ser importante. Por lo único que yo he
hecho teatro es porque me gusta y también para sacarle
el cuerpo al trabajo, que es una cosa horrible. El
ejercicio del teatro ha sido en mi vida una forma de
hacer hipismo camuflado.
Cada integrante del Teatro Matacandelas
debe ser responsable de su estadía en el grupo. Unos
permanecen ciertos lapsos de tiempo, y otros muy tercos
se van quedando ahí. Más que un centro de formación
nuestro teatro es un lugar donde buscamos compartir.
Paradójicamente es un grupo muy numeroso para
nuestro medio y nuestras circunstancias- . En este
momento somos unas 22 personas..., y entre más uno echa
a la gente, más integrantes llegan...
Mas que transmitir el oficio desde un
punto ejemplar y pedagógico, lo que me gusta es provocar
y contagiar. No me interesa maestriar, ni aportarle a la
escena nacional "buenos profesionales". Si el
teatro colombiano desaparece me importa un bledo.
Me parece que la dinámica del teatro
colombiano se paralizó cuando apareció ese interés
desmesurado por transmitir el oficio. Actores, directores
y dramaturgos dejaron de hacer teatro para dedicarse a la
pedagogía. En estos momentos hay en el país como
sesenta mil profesores transmitiendo el oficio a tres o
cuatro estudiantes de teatro. Estamos en plena fiebre
profesoral, disculpadas en razones económicas. Ha
surgido entonces, un nuevo especimen: graduados que han
hecho dieciochomil cursos y talleres, cargados de
títulos y pergaminos y cargos pero nunca han pisado un
escenario.
Y ya sabemos que también se requiere
experiencia para las bases técnicas de un oficio, hablo
de aquellos códigos delegables, enseñables,
transmisibles (como bien lo ha expresado hoy José
Assad), pero hay algo que no es transmisible: el
estremecimiento poético. Esa temperatura del alma es
difícil que aparezca. Sólo se podría realizar a riesgo
en el contagio y en la provocación.
De todos modos el teatro, lo que
denominamos teatro, sigue siendo patrimonio de los
actores. Y el teatro, lo sabemos solo está en el
escenario. Las conversaciones sobre teatro no son teatro,
las enseñanzas sobre el teatro no son teatro, los libros
sobre teatro no son teatro, las obras dramáticas
escritas y publicadas no son teatro. El teatro como bien
se sabe es el efímero plazo temporal y espacial entre
dos oscuridades, o entre dos vacíos. Esa dinámica entre
actores y público.
Lo importante en la formación del
actor es ese contacto permanente con el oficio, porque
usted es actor, es actriz en la medida en que tenga un
contacto con el escenario, no con los grupos ni con los
amigos, ni con las declaraciones que de a la prensa.
Por la naturaleza tan especifica, por
su organicidad, el actor es un animal muy extraño (los
poetas lo son), que muchas veces no sabe que sabe pero lo
hace. Tal vez no sea lo que se suele decir una persona
muy estructurada, muchas veces no quiere vivir del
discurso, no es necesariamente un ser dominado por lo
racional. Este ser de formación y naturaleza estética
tan compleja sale a un escenario y es un iluminado,
siempre nos asombrará por ese conocimiento tan carnal
del mundo.
Muchas gracias.
Algunas respuestas a algunas
preguntas:
Pregunta sobre el empirismo en que se
formaron algunos de los hacedores de teatro.
C.P. Tal vez la ventaja de esta tercera
generación es no tener que hacer ese recorrido tan
tortuoso que hicimos nosotros, cuando nos tocaba estudiar
e informarnos a travez de textos publicados en
mimeógrafo -como decía Ricardo Camacho-. Eramos muy
ingenuos. Recuerdo que aparecía cualquier documento
pirata por ahí con las teorías de algún tipo que se
llamaba, supongamos, Giorgio Tartá, y a las dos semanas
en el conglomerado ya había muchos que se declaraban
"tartaistas". Nos entraba todo lo que leíamos,
no teníamos muchas herramientas de selección, de
depuración. Dábamos muchos palos de ciego.
Hemos avanzado. Hay actores y
directores que han accedido a los conocimientos en la
transmisión de unas bases técnicas y teóricas. Los
jóvenes hoy por fortuna no tendrán que dar esas curvas
enormes de antes. También hemos avanzado bastante
respecto a los referentes del contexto mundial.
PREGUNTA:
Quiero que me hable sobre un material
que usted publico en la revista "GESTUS",
"esquirlas".
Esos textos son materiales de
provocación. Algún profesor de religión en el colegio
hipercatolico donde tuve la desfortuna de estudiar entró
el primer día afirmando: "Dios no existe", y
desde allí con esa premisa tramposa nos armó un lío
bravisimo a todos, nos puso a discutir todo el año. Y
eso me recuerda un poco todas esas bestialidades que uno
escribe...
Digamos que son estrategias, maneras de
polemizar con un medio que de pronto se estaciona en
modas y repeticiones. En Medellín, de alguna manera
somos más vírgenes y más impenetrables, como las
doncellas campestres...
En Bogotá, después de mucho tiempo de
no volver, tuve problemas viendo ciertas obras de teatro,
vi cosas increíbles, extrañisimas. Entonces pensaba
"¿Será que el teatro ha cambiado tanto en tan poco
tiempo y no nos hemos dado cuenta?" Veía actores en
escena haciendo una serie de gestos automáticos,
robotizados, de pronto se ponían convulsivos y
compulsivos, como posesos, llegué a pensar que se iban a
hacer el Hara Kiri allí delante de todos los
espectadores.
Me contaron que eran
"técnicas" tomadas de no sé quien que era la
nueva y más revolucionaria formulación actoral.
Por esos días alcancé a ver en
un vídeo- una demostración de trabajo sobre
"dirección de actores" impartida por alguien
que me decían era el non plus ultra del teatro mundial,
el señor este se llama Anatoli Vassiliev, realmente el
vídeo mostraba un señor de barbas con cara de artista
importantisimo que gritaba y gritaba ¡como gritaba el
tipo! Chillaba histérico a sus actrices y estas pobres
rubias, no hacían más que templar de físico pánico
¡cómo temblaban!. Aquello me pareció una estafa.
Hasta hay un "espía que llegó
del frío" cuya máxima obra en Colombia ha sido
proclamar a boca llena que el teatro Colombiano no
existe, que nunca ha existido. El, en un papel de
redentor, parece que vino a inventarnos esa historia. Es
posible que lo logre ya que nosotros por tradición hemos
sido muy dóciles al colonizaje.
Cada vez que he venido a Bogotá he
encontrado que en el hit parade estaba cada vez un nuevo
gurú que traía loca a toda la gente de teatro. La moda
cambia. Desde ese punto de vista Bogotá es una ciudad
más penetrable y más ingenua. Más engañable. Desde
ese punto de vista escribí esas "esquirlas"
para GESTUS, para tratar de desordenar un poco la casa,
para hacer un tiro al aire. En alguna cartelera de
Medellín expusieron públicamente una copia de aquel
articulo y me contaron que algunos estudiantes de teatro
lanzaban maldiciones. Me hubiera gustado que lo
escupieran.