|

ESTE VIAJE
Saltando por encima de las
interpretaciones, esos territorios privados del
espectador, "VIAJE COMPARTIDO", es un espacio
común donde se alternan dos jóvenes talentosos
escritores colombianos, Marco Tulio Aguilera Garramuño y
el desaparecido Andrés Caicedo. Tres de sus relatos
vienen de la mano de cuatro personajes, o mejor, de
cuatro amarguras zambullidas en la soledad antropófaga
de una ciudad triste y espectral, que para el caso puede
ambientarse en los conglomerados de Medellín, México,
Bucaramanga, o en la misma capital del Valle, a donde
remiten los aromas literarios.
La ficción tiene carne real; estos
personajes existen, vulgarmente existen. El controvertido
"BESACALLES", de Caicedo, fue cierto por las
calles de Cali, con su trágica muerte, sin que alcanzara
a llegar a Medellín, o a Bogotá, o a
"Pereira", como lo insinúa en pocas palabras
cuando ya vislumbra su sino marginal en la ciudad que se
le volvía imposible.
Y si en la cronología es
improbable verificar la existencia física de la pareja
sustancial de "VIAJE COMPARTIDO"
narración que le entrega el título al
espectáculo-, estará de acuerdo con nosotros el
espectador en que esta situación es un lugar frecuente
para una sociedad que maneja con despilfarro morales
antagónicas. Está puesto el milagro, señálese con una
equis el santo.
Lin May, Norma Lee, Betsabé
Rodriguez (O Domínguez o Jiménez), el Teatro Blanquita,
el gordísimo Fufurufo, seres y enseres del sórdido
nocturno son referencias constantes en el adorno de la
trama y, hasta donde no lo permite el pasatiempo
detectivesco, registros próximos. La primera, Lin May,
es la protuberante y descomunal hembra que le ofrece
ambiente carnal a un puñado de películas aberrantes de
mexicana calidad. Repertorio tan frecuente en algunas
salas de nuestro país.
El Teatro Blanquita, de
México, ha sido protagonista de varios sucesos como el
narrado en la aventura de "VIAJE COMPARTIDO".
Basta con decir que hace cosa de un año fue
semidestruido por una horda enardecida de fanáticos
rumberos.
La tarea de zurcir en una
sola componenda tres historias nos ha obligado por hecho
dramático a extenderle carta de invitación a otros
cuatro personajes, igualmente válidos en el plan de la
escena. Son ellos, por su naturaleza gregaria dos
confidentes, un camarero, y una mujer del ensueño-
quienes tienen la misión de aportarle mayor coherencia
al asunto teatral.
Cristobal Peláez Gonzalez.
Aguilera
Garramuño: Escritor nuestro y lejano.
Esta
entrevista fue publicada por El Colombiano, el 19 de
Noviembre de 1989.
Estados Unidos, Costa Rica y
México, han sido sus países de peregrinación. Nació
en Bogotá en 1949 y transcurrió su adolescencia en
Cali. Hasta los 25 años había escrito una enorme
cantidad de cuentos que obtuvieron diversas menciones y
premios en concursos locales e internacionales, pero
sería con su novela "Breve historia de todas las
cosas" que marcaría el ascenso al territorio de la
escritura para ingresar a la historia de las letras
latinoamericanas.
Cumplía doce años por fuera de
casa y veinte de por medio para llegar por segunda vez a
la capital de Antioquia. Aquí estuvo en una visita fugaz
de 24 horas para participar en el taller de escritores de
la Biblioteca Pública Piloto, presentando su último
libro "Los placeres perdidos", primer premio en
la Bienal Nacional de Novela José Eustasio Rivera.
En el corto trayecto hacia el
restaurante o en el paseo en el taxi no hizo ningún
comentario sobre Medellín. Parecía desinteresado por
los espacios geográficos y de repente tan alegre y
locuaz, se queda silencioso, como molesto, como ido hacia
regiones oscuras de sí mismo.
Aparte de los dos ya mencionados,
ha publicado los siguientes libros: "Alquimia
Popular" (1979), "Historias para después de
hacer el amor" (1983), "Paraísos
hostiles" (1985), "Mujeres amadas" (1988)
y "el juego de las seducciones" (1989). Prontos
a publicarse están "Diario de un frenético"
(novela) y "Cuentos ligeramente perversos".
En estos años
difíciles y estando lejos, ¿qué sensación se tiene
por el país?
Colombia es un país maldito en el
extranjero, en México es una imagen horrorosa. Uno desde
afuera tiene una información muy vaga, sólo alcanza a
percibir una cantidad de fuerzas contradictorias pero
creo que hay una corriente muy importante y es la
artística, que corre a contrapelo de todo el caos.
En su
literatura más reciente se perciben unas formas y unos
acentos muy distintos a los nuestros. El tiempo ha ido
borrando el color local.
Sí, pero eso es circunstancial.
Aparece el paisaje mexicano, pero la identidad no es
colombiana ni mexicana, diría que es una identidad
básicamente humana. Yo no escribo deliberadamente. Los
tonos de mis cuentos y novelas salen de espontáneo, no
planeo jamás. Me siento a la máquina y escribo
torrencialmente, claro que hay una parte de estudio, en
lo otro hay una imaginación desbocada, inconsciente, sin
censura.
Estoy seguro de que si hubiera
seguido viviendo en Colombia escribiría lo mismo o cosas
semejantes. Mi creatividad parte de una voluntad, de una
fuerza interior y no de motivaciones exteriores. A mí me
interesan las personas, no me ocupo de los aspectos
sociales. Si me ponen a escoger entre comprender la
realidad social de una sola persona, escojo esa persona,
porque se que puedo entender mejor, que es más afín a
mi. Me interesa más la sicología que la sociología,
siempre.
Hablemos de su
vuelta al país: ¿Qué ha encontrado respecto a su vida
pública como escritor? ¿Aún existe para el lector?
Estoy sorprendido. Me sorprende que
a donde quiera que he ido me encuentro con gente que
recuerda mis cuentos, que trata de convencerme a mí
mismo que algunas obras son buenas, gente obsesionada
hasta lo enfermizo, como un muchacho escritor de Neiva
que me siguió durante varios días hablándome de una
sola de mis novelas, me la explicó, me la desmenuzó por
completo. Por todos lados gente que me recuerda cuentos
que ya ni existen, publicaciones de hace 20 años en
"El Espectador". Me hacen pensar que aquello
que escribí en la adolescencia tal vez no fuera tan malo
y que quizá deba hacer una labor de hemeroteca en Cali
porque de pronto hay cosas rescatables.
¿En aquella
época escribía bastante?
Entre los 20 y los 25
escribía hasta tres y cuatro cuentos diarios, aquello
era un torrencial. Gran parte de eso se perdió.
Y aún así
quedaba tiempo para el atletismo y el violín.
Y para las mujeres.
¿Entre ese mar
de cuentos hay alguno que considere excelente?
"Juan Flemas
despierto otra vez". "Sammy Maccoy" es
también muy bueno. Puede que "Viaje
Compartido".
¿Antes de
sentarse a escribir piensa en el tipo de lector? su
literatura no es del todo fácil.
No, nunca pienso en el
tipo de lector.
¿En la
actualidad dónde es más leído?¿México o Colombia?
En México. Allí disfruto
de una gran acogida. Ahora hasta me incluyen en los
diccionarios. En el diccionario de la Unam me dedican
cuatro páginas. Parece que me adoptaron.
¿Y en
Argentina?
Un poco por "Breve
historia..." Mis lectores están en Colombia, Costa
Rica y México.
¿Puede vivir
ya de la literatura?
No, aún no. Incluso me muevo en un
mundo muy ajeno a la literatura. Soy editor de
publicaciones científicas. En Jalapa, la población
mexicana donde estoy radicado, dirijo la revista "La
ciencia y el hombre", para la Universidad
veracruzana. Leo libros sobre física, química, energía
nuclear, tecnología de alimentos. Estoy en un mundo muy
distinto y no me queda mucho tiempo para leer y escribir.
PERSONAS
CON MENTES ALADAS
"Los placeres
perdidos", aparece en la Bienal de novela con el
título "Venturas y desventuras de un
frenáptero". El jurado y el editor presionaron el
cambio de nombre. ¿Cuál de los dos títulos está más
cerca del espíritu de la novela?
El actual está más cercano a su
esencia. El otro es más coloquial, muy picaresco, y
ésta si es una novela picaresca pero tiene implicaciones
más profundas.
¿Qué quiere
decir frenáptero?
Frenáptero es una persona de mente
alada, en oposición a frenolito, que es una persona de
mente petrificada. Clasificaciones que yo me inventé
para designar a la gente. Frenáptero por ejemplo, es ese
tipo de persona que uno conoce e inmediatamente queda
enamorado, por su capacidad imaginativa, por la belleza
de su forma. Es un creador total que no tiene tiempo para
hacer obras de arte porque su vida misma es una obra de
arte.
¿Usted se
considera un frenáptero?
No, yo no soy un frenáptero porque
utilizo la literatura para mis fines. El frenáptero es
un artista de la vida, alguien que no tiene tiempo para
sentarse a registrar su creatividad.
El frenáptero de los
"placeres perdidos" Adolfo Montañovivas-
ya estaba de rato entreverado en sus historias.
Si, en "Alquimia popular"
aparece la "Biografía parcial de un
frenáptero". En ese entonces Adolfo Montañovivas
tenía 20 años, ahora tiene 30. Lo conocí hace muchos
años en Cali, en el Teatro municipal. Me salió al
encuentro y empezó a abrazarme y a decirme que yo era su
héroe y no se cuantas cosas más; me dijo que ya había
leído mis cuentos y que todo eso ya lo había pensado
él, que yo estaba en su mente y escribía por él.
Hicimos amistad y desde entonces he ido tomando notas
sobre su vida, sobre lo que iba imaginando y haciendo. De
ahí ha resultado esta novela.
¿Y sí es
realmente un ser alado?
Sí, como digo, su vida es una obra
de arte, ante el queda uno completamente subyugado, tiene
atractivo para todo. Debajo de la idea de él está San
Francisco de Asís, que conversaba con los pájaros. Hay
una santidad, pero no es una santidad perversa como la de
los santos que es castrada, esta es una santidad mucho
más plena porque incluye la sexualidad.
Pero Adolfo
Montañovivas es incapaz de algo concreto.
En el campo de la música
sí es capaz.
Acaba de inventar un método para
enseñar música a base de dibujos, bellísimo. Si lo
maneja bien va a revolucionar la pedagogía musical.
Acabo de ver un grupo de 15 niños con un mes de
enseñanza y ya crean unas armonías tremendas.
HISTORIAS PARA
DESPUÉS DE HACER EL AMOR.
Miremos alguno de sus cuentos.
"Contra natura" es una gran fábula de amor
entre máquinas y bestias, pero menos llamativo y
portentoso hay un pequeño relato que abre el libro para
hablarnos de una mujer que no conoce ni los bosques ni
las selvas ni las orquídeas y le pide a su pretendiente
extranjero que la lleve a conocer el mar. Hay allí una
grácil simulación sobre el arte, sobre el amor y sobre
la industria de saber contar cuentos.
Sí, pero esa historia no
la inventé yo, la oí en alguna parte.
Pero usted la
cuenta bien.
Creo que sí. Esas cosas
suelen pasar.
Algunas personas tienen la
capacidad de inventar historias muy hermosas pero no
pueden escribirlas, entonces uno se ve forzado a
plagiarlos, para que se salve eso. Se necesita un
cronista, un testigo que de fe de esa creatividad.
En "Fruta verde",
dónde una infante de 10 años se enamora de un hombre
mayor y lo induce al amor hay algo de sublime
perversidad. ¿El regocijo de la fruta prohibida?
Es un cuento muy sencillo, atrevido
sí, pero nada novedoso. Forma parte de toda una
tradición literaria que evoca el encuentro entre hombres
mayores con niñas.
Se dice que los hombres mayores
corrompen a las niñas, pero a veces hay menores que
pueden ser acusadas de pervertir a los mayores, niñas
que poseen una madurez especial.
En "Los placeres
perdidos" hay una niña de 7 años -Lorena- que es
una amante perfecta, ama cualquier cosa, puede enamorarse
de una canasta, de un árbol; se enamora de su tío de 20
años Adolfo Montañovivas-, y dice que quiere
hacer el amor con él. Su madre le advierte que esa
perversión ocasiona el que los niños nazcan con dos
cabezas, la niña le replica que no le importa, pues si
el niño nace con dos cabezas ella le comprará muñecas
con dos cabezas.
En otro momento los dos
Adolfo y Lorena- caminan despreocupadamente, él
por la acera y ella en una barda. Al llegar a un
obstáculo la niña, toda una actriz, eleva los ojos al
cielo en un gran suspiro para caer desmadejada en los
brazos del tío. El comprende que su deber es darle un
beso apasionado; ella abre los ojos de pequeña villana y
le exclama: "¡Te lo dije: ya soy mujer!"
"Historias para
después de hacer el amor" es un libro de gran
dramatismo, tal vez como ningún otro libro de cuentos
conocidos.
Hay una dramatización bastante
fuerte. A mí me sucede que a veces escribiendo debo
afrontar una escena erótica y no la puedo solucionar. La
única forma que encuentro es dejar la máquina e ir a
buscar la escena, copiar la realidad, hacerlo de forma
experimental estudiando el momento de estar haciendo el
amor; precisar las sensaciones, las palabras, los gestos,
mirar el amor, mirarme a mí mismo haciendo el amor.
Porque yo soy un voyerista y puedo objetivarme,
convertirme en otra persona.
Lo cual quiere
decir que no es difícil que usted sea el personaje de
"Historia de un orificio"
Puede ser.
HUMOR, EROS E
IRONÍA
Sus personajes, entre
pintorescos y mundanos, siempre bailan, estrafalarios, en
la cuerda de los casos límite.
Eso es bien importante. Mis
personajes son siempre seres extremos, caricaturas, seres
humanos en una situación intolerable. No hay relato de
una cotidianidad que se agota en ella misma. Formando
parte de una tradición literaria tengo rasgos que me
marginan de ella. Aquí no es común el uso del humor, de
la ironía, no hay mucha libertad en el manejo del
erotismo, y esas son características fundamentales de lo
que escribo.
Habla de no
planificar. ¿Puede en un momento dado escribir a partir
de una frase?
No, yo escribo de forma totalmente
irresponsable, de una sentada, sin estructurar. Razono
después y corrijo mucho.
¿Y esa
persistente obsesión por el tema amoroso?
Tal vez porque he sido muy
mujeriego.
Cada mujer me representa un enigma,
como esos niños que agarran un juguete y tienen que
destrozarlo para ver que tiene adentro.
Veo una mujer que me atrae y tengo
que acercármele de alguna manera, comenzar a desmontar
la maquinaria; a veces no tiene nada y, como el niño, me
voy.
Una curiosidad
final, muy personal, ¿bajo que circunstancias escribe el
cuento "Viaje compartido"?
Sólo recuerdo que tenía unas
ganas inmensas de ir al baño y no se por qué no podía,
entonces, aguantando, me senté y escribí de un tirón
la cómica historia de esa pareja.
Años después cuando García
Márquez escribió su famoso monólogo teatral
presentándolo como una novedad, me dije:
¡Caramba, esta vez me
adelanté, eso ya lo escribí yo!
|