A falta de lluvia… Mayo Teatral

Por Irina Davidenko

Actriz, Teatro del Círculo (Cuba)

Sobre el taller de Cristóbal Peláez, “Los escenarios del actor”

Cristóbal Peláez en Casa de las Americas (Cuba)

Culminó el domingo 16 de mayo la jornada Mayo Teatral en Ciudad de la Habana. Como bien dijo un amigo, ahora viene la época de sequia; pero para aquellos que se empaparon en toda la riqueza cultural que trajo este festival, quedan muchos recuerdos para nutrir el árbol de la creación

Uno de los eventos más interesante, enriquecedor y extenuante (para los que como kamikazes participaron en todos) fue los talleres de actuación. El primero dirigido por Elcio Nogueira, director del grupo Teatro Promiscuo, de Brasil, “Encarando el personaje”. El segundo “El juego como disciplina teatral”, de Rosa Luisa Marquéz, puertoriqueña de origen, directora del proyecto multicultural Suda-K-ribe. Por último, el taller del director del grupo colombiano Matacandela, Cristóbal Peláez, “Los escenarios del actor”.

Cada uno bebía de la personalidad del propio director. Estos transmitieron sus experiencias, ofrecieron herramientas, aportaron de su bagaje cultural; pero sobre todo dejaron a los participantes con muchas ganas de hacer. Fue triste ver cuán pocos actores se inscribieron, había muchos instructores de arte, aficionados interesados en la actuación, alumnos del ISA (instituto superior de arte) de especialidades diversas.

El taller dirigido por Cristóbal Peláez fue el más exigente de los tres, pues si a los otros se llegaba sólo con buena voluntad, para este había que preparar un ejercicio de 5-10 minutos. Muchos, atrevidamente, pensaron en proponer más de uno.

De lo más atrayente de este taller fue descubrir la imponente personalidad de Cristóbal, llena de sabiduría, experiencia y humildad. Aportó nuevas valiosas lecciones y recordó otras, que por más que se repitan siempre se olvidan.

Lección número uno: las apariencias enga- ñan. En el primer acercamiento Peláez se mostró sonriente, tranquilo, plácido, mientras una de las coordinadoras, lo presentaba. Lo nombró “maestro”, a lo que él con una semi sonrisa de Buda replicó que no merecía tan alto grado, que sólo iba por la vida aprendiendo. Los participantes sintieron confianza y muchos se disputaron ser el primero para presentar el ejercicio.

Lección número dos: honrar a los maestros. Después de la introducción Cristóbal conminó a presenciar la entrega del Gallo de La Habana a Luis Valdez (creador del Teatro Campesino). Según Peláez: “Se habla tanto de él, es una presencia tan fuerte, que hasta llegamos a pensar que no existía, que era como un fantasma.” Se veía conmovido por poder tocar (literalmente) a una leyenda viva.

Al regreso de la emotiva premiación Cristóbal propuso dialogar un poco sobre el papel del actor y el teatro. Aquí se descubrió su verdadera cara. Peláez era seguro, tajante, absoluto en sus criterios, con una enorme cultura multidisciplinaria y fina agudeza para desmembrar el núcleo de cualquier asunto. No pocos se sintieron como niños atrapados en falta, lamentando el cándido arrojo del principio. ¿Cómo sería a la hora de evaluar los ejercicios?

Entre las cosas que apuntó Cristóbal el primer día, estaba su oposición a que se minimice el papel del actor al de un simple “mico” de entretenimiento. Aboga que el teatro sólo es tal si tiene en su base un texto dramático, esto suscitó grandes polémicas, que al final derivaron en coincidir que en el arte no hay nada absoluto, pero, insistió,…el texto dramático es imprescindible, aunque su forma y la manera de llegar a él puedan ser variables. Enmarcó, que una de las principales distinciones del teatro como arte escénica, es la exploración de un conflicto. Habló del daño de la poesía a los textos teatrales y como debe emplearse con una “llave de paso”, la sueltas un poquito, pero hay que cerrarla a tiempo para que no se desborde, citó el caso feliz de Tennessee Williams, que mientras se atuvo a esta norma fue genial, cuando la rompió creó una obra de poco alcance, que muy pocos recuerdan.

Citó de lectura imprescindible a Fernando Pessoa, el cine de Luis Buñuel, las películas de Billy Wilder. Según sus palabras, quien no carga esos saquitos de arte ¿cómo puede actuar? Enfatizó que un actor que no lee, no se interesa por todas las disciplinas, no sólo artísticas, está muerto.

Los talleristas abandonaron la sala con rodillas temblorosas pensando en el día de mañana, en que empezarían sus propuestas escénicas.

Lección número tres: un actor debe ser arrojado. Al otro día las tropas estaban diezmadas. Cristóbal preguntó si los cubanos eran de mal quedar. Noooo, respondieron. Al instante salió un valiente y comenzó el trabajo.

Se presentaba el ejercicio, después el ejecutante comentaba un poco su propuesta, de donde partía, autor, título, si era un montaje vivo, o sólo un ejercicio para el taller. Luego Peláez pedía que se comentara lo apreciado, acierto y desaciertos. Curiosamente, aunque al principio tímidos, oyentes y actuantes fueron entrando en calor y se suscitaron polémicas muy interesantes, que iban más allá del ejercicio en cuestión. Se abordó el funcionamiento del actor en escena en todas sus aristas. Cristóbal iba regulando la discusión con maestría. Cuando callaban provocaba, cuando atacaban contenía. Se ganó una inmensa confianza en sus dictámenes y puso de relieve lo mucho que aún se debía aprender y aprehender.

Lección número cuatro: la voz y la articulación. Sobre lo primero ya Stanislavski había dicho que nunca se insistirá demasiado. Cristóbal enfatizaba además en lo segundo, pues refirió que el teatro es el último lugar que va quedando como museo del “buen decir”, que poco a poco se agota en la cotidianidad, y son los actores los fieles guardianes para mantener vivo este tesoro cultural.

Lección número cinco: el actor en escena no es un cuerpo, sino un conjunto de símbolos. Todo se magnifica en escena, todo habla, por eso se debe ser preciso en cada gesto que se incorpora, si no está claro, es preferible prescindir de él. Si no hay necesidad real de moverse en escena es preferible no hacerlo.

La gestualidad es otro hándicap. Se tiende mucho a la ilustración, los gestos escogidos son frecuentemente imprecisos, ambiguos y no aportan más allá de lo que dice la palabra. Se realizan muchos movimientos “parásitos” (esta frase Cristóbal no la conocía, le causó mucha gracia por lo precisa y la incorporó a su bagaje).

Habló de cómo había que aprehender la técnica para poder trascenderla, al punto que se vuelva inexistente, imposible de captar, para que el personaje viva y no sea un simple despliegue de virtudes actorales. Como ejemplos imprescindibles a estudiar citó a Charles Laughton y Bette Davis. Insistió en que el actor debe siempre provocar, debe causar admirato (sorpresa). Lo mismo que las obras representadas, por lo que hizo mucho énfasis en Samuel Becket, al cual catalogó de imprescindible a la par de Henrik Ibsen.

Lección número seis: buscar las innumerables maneras de decir e interpretar un texto. Exhortó a los actores, que a la hora de enfrentar un personaje indaguen en las mil maneras en que podría hacerse, hasta las que parezcan más absurdas, ese es el trabajo creador, el de la mente que no descansa, que como artista erige, por tanto igualmente imprescindibles el libro Ejercicios de estilo, de Raymond Queneau y las películas de Ernst Lubitsch.

Relató la anécdota de cómo un cineasta, que trabajó con Lubitsch, cuando quería que algo le saliera brillante, recurría a la frase “¿Cómo lo haría Lubitsch?” Para los que asistieron al taller, a partir de ahora, seguro quedará como máxima la frase “¿Cómo lo haría Cristóbal?”

Y por último, el mayor regalo.

Lección número siete: solo sé que no sé nada. Mientras un creador, de la disciplina que sea, pueda enfrentar su trabajo desde esa óptica, estará vivo para el arte, crecerá y llegará a alturas de perfección distantes del pensamiento estancado de “esto ya me lo sé, esto ya lo superé”. Por si acaso, muchos al final tocaron al maestro, no vaya a ser que se convirtiera con el tiempo en un fantasma.

Esta experiencia enriquecedora es uno de los mayores aciertos del Mayo Teatral. Festival que une culturas tan cercanas y distantes a la vez, que ayuda a los habitantes de esta pequeña isla a nutrirse, a volar, a trascender fronteras en la imaginación y el conocimiento. Gracias, Casa de las Américas.

Publicado en Revista Conjunto de Casa de las Américas