El arte no tiene ni día ni noche

Entrevista a Luis Alberto Correa Revista
Vía Pública . Octubre, 1989. Medellín.
Por Cristóbal Peláez González

Ya no lo oigo. Me hago el ejercicio de no oírlo y sí verlo cuando han transcurrido casi dos horas de conversación. Ha estado prácticamente 90 minutos en un monólogo interior en el que yo simplemente le he tirado pequeñas puntadas para empujarle al éxtasis de la conversación.

Había empezado de manera sobria como le corresponde a todo director de una orquesta filarmónica, poco a poco le ha venido emergiendo su diablo.

Ahora el diablo le ha salido.

Es un diablo iluminado.

Habla como si le estuviera hablando a Medellín reunido. Pasión, reproche, gozo, este hombre diminuto, irreverente y médico, parece que quisiera salirse de sus límites humanos para darse a los demás.

Es un ebrio del arte.

"La medicina me ayuda a entender la música. Entre estas dos actividades hay armonía. Yo la manejo, porque genéticamente soy un músico que ejercita la medicina. Sí, sí, íntimamente soy músico".

"La formación humanista que he tenido, mi experiencia como hombre me ha servido para manejar grupos. La medicina me da la posibilidad de entender muchos fenómenos que tocan con el hombre. Soy absolutamente conciente del material sicológico con el cual trabajo. El artista es un ser sicopatológico, yo lo estoy siempre pensando como músico y como ser humano. El músico tiene toda la problemática del universo magnificada por su propia sensibilidad".

"Desde mi época, muy joven en el seminario de Yarumal me encontré con los hermanos Gustavo y Mario Yepes. En ese seminario hacíamos todas las locuras que se nos atravesaban. Montábamos ópera, teatro, conciertos, éramos unos locos, hoy los tres seguimos haciendo arte".

"Mi padre fue un organista de pueblo y mi madre una cantante de esas de comienzo de siglo. De ahí me viene un ser musical".

Luis Alberto Correa es director de la Filarmónica de Medellín, orquesta que por estos días cumple sus 6 años. Su creación como tantas veces se ha dicho, obedece a una necesidad de instrumentar al estudio polifónico en sus oratorios y demás montajes.

Más allá de este propósito particular la Filarmónica ha venido a abrir un espacio a la nueva generación musical, creando oportunidades a las jóvenes promesas para debutar como solistas en variados conciertos.

A primer golpe de oídos la orquesta Filarmónica de Medellín pudiera, con sus más y sus menos, aparecer como cualquier filarmónica del mundo y no obstante ésta, nuestra orquesta, es hoy un fenómeno que bien logra pertenecer a las orillas de la milagrería.

Es, por ejemplo, la única orquesta que sin contar con los presupuestos económicos mínimos de sostenimiento, posee la infraestructura humana y artística para montar oratorios y óperas, la única en todo el territorio nacional funcionando a manera de taller y, por ello mismo, la única que arriesga el lujo de proponer concertistas.

Hoy, como la realidad de un imposible, la orquesta sigue signada por la constante dificultad.

"Ha sido una lucha tenaz, sigue siéndola. A veces he sentido fatiga, mucha fatiga".

¿Con deseos de tirarlo todo?

"Nunca. Colgar la toalla jamás, porque la satisfacción espiritual es infinita. Es que no son solamente los años de la Orquesta de Cámara, no son solamente los 6 años de la Filarmónica , no son solamente los 23 del Estudio polifónico, son ya los 37 años de estar haciendo música".

"Los asuntos inherentes a la música no dan fatiga, el arte no tiene ni día ni noche, lo que cansa es todo lo que existe alrededor de la actividad: las incomprensiones, la estrechez, la intolerancia, la falta de apoyo, la estupidez del contorno".

La Filarmónica de Medellín, a mucho orgullo señoras y señores, nació hace seis años en un estrecho garaje y sus instrumentos musicales tenían que ser transportados en una camioneta de floristería. Allí, en ese garaje, se apretujaban arco con arco, corchea contra corchea, los 32 músicos que asistían al parto de la utopía. Los vecinos, orondos, disfrutando gratuitamente de los ensayos reacomodando la silletería en el antejardín, afinando a su vez con algunos sorbos de aguardiente. Se empezó a conocer la vivienda con el nombre de la Casa de la Música y el barrio se ufanaba del lucro de tener una filarmónica al alcance de la mano.

Luis Alberto Correa, responsable de aquella locura desencadenada, ejercía todos los papeles: promotor, director, secretario. En los días sucesivos hasta su patrimonio económico personal quedaría hipotecado a la aventura.

"Nadie creía en esto excepto nosotros. Ni la empresa oficial ni la privada. Los críticos no creyeron."

La crítica era muy fuerte

"No, fuerte no, era destructiva. En algún artículo que recordamos de manera muy especial se menospreciaba el nacimiento de la orquesta argumentando que las tantas orquestas que se habían visto nacer también se habían visto morir."

"Nos echaron tantas malas pulgas contra el concierto Número 7 de Beethoven que el público inmediatamente nos abandonó. Se acabaron los llenos en la asistencia y nos quedamos haciendo concierto para 80 personas."

"Afectó tanto que durante año y medio no tuvimos ingresos."

"Al final me tocó reunir a los músicos, les dije: se acabó, no hay plata, el que quiera ir se puede ir."

¿Y?

"Nadie abandonó la orquesta."

¿Por qué?

"Porque había comunión en el grupo."

La orquesta ha venido, según las palabras de su director, en un crescendo técnico-artístico. Se han delimitado tres etapas de manera muy rigurosa: la configuración, la conformación y la permanencia. En la actualidad se encuentran en la primera etapa, seis años recorriendo un arduo camino que viene desde el último peldaño, el de abajo.

"Ya estamos cansados de oír a la gente diciendo que soy o que somos unos quijotes. Ahora queremos que el público admire el sonido, la buena música, que no esté mediatizado por la leyenda de las dificultades afrontadas".

"Aquí no está, y tal vez es lo que algunos lamentan, un director de orquesta extranjero con nombre rimbombante precedido de un gran cartel, estoy yo, Luis Alberto Correa, a quien el público hay que decirlo, empieza a querer y reconocer".

"Nuestro trabajo se ha convertido en una gran plataforma de pruebas, de riesgo, de autoconfianza. Estamos recibiendo peticiones de todo el país, vienen de músicos jóvenes, artistas que saben que aquí pueden ofrecer, como no lo pueden hacer en otras partes, su primer concierto. Javier Isaza, oboísta, ha dado dos conciertos con nosotros, a partir de ahí la Sinfónica de Colombia lo tuvo en cuenta. Esto para mencionar uno de los tantos ejemplos".

Hablemos de dolor o sea de plata. La orquesta no cuenta con un presupuesto regular. Logra su sostenimiento (¿pero a esto se le puede llamar sostenimiento?) con la venta de conciertos, venta de boletería, contraprestaciones e ínfimas contribuciones.

"Sí, así. En muchas ocasiones nos someten a los tablados públicos a sol y agua, soportando discursos y protocolos.

"La Orquesta Filarmónica de Bogotá por ejemplo, trabaja con un presupuesto anual de 1000 millones de pesos que le aporta la alcaldía. Nosotros lo hacemos con escasos 30 millones. ¿Qué no haríamos con 970 millones más? Este es el único pueblo del mundo que hace cosas grandes sin que la gente crea en esas mismas cosas grandes."

"Hacemos el edificio más alto, el primer metro del país, el aeropuerto más moderno, dos orquestas sinfónicas, grandes teatros y mucha actividad teatral, grandes universidades y ni el gobierno ni la empresa privada promueven. Es el carácter judaico del antioqueño. Para el carácter judaico del antioqueño nosotros sólo vendemos aire, si vendiéramos empanadas nos comprarían toneladas".

"Ni en Ibagué, capital musical, ni en Bogotá ni en Cali, ni en Barranquilla, ni donde usted quiera, han llegado a hacer como nosotros 30 oratorios. Ahora mismo somos los únicos con la capacidad de hacer oratorios y óperas".

"Véase el caso de Bogotá, una señora como Fanny Mikey saca cualquier proyectito y las empresas y el gobierno se botan y se pelean por quién pone más plata. Los grupos de teatro de Medellín sin ser inferiores trabajan en la miseria. El carácter judaico del antioqueño siempre pregunta: ¿Y qué me vas a dar a cambio?, y como piensan que sólo les ofrecemos aire se fruncen."

"Se vuelven locos contratando mariachis, parece que toda su música no fuera más que mariachis, hacia allá tienen el gusto."

"Pero... no... yo... ¡Yo creo en todo! ¡Yo creo en todo! Este no puede ser un pueblo imbécil. La sensibilidad de este pueblo tiene que estar por ahí, en alguna parte, escondida. Hoy vivimos tiempos difíciles pero hay que recordar que en los grandes tormentos surgen las grandes manifestaciones espirituales, una Teresa de Ávila y un Francisco de Asís surgieron de un mundo corrompido: en las grandes decadencias surgen las grandes respuestas."

¿El arte es una respuesta?

"¿Cuál otra?, no hay otra respuesta que el arte; cuando todo se vuelve humo el arte permanece, es el sentimiento, lo elevado de un pueblo. Los artistas sí tenemos la respuesta. Porque los artistas somos el corazón del pueblo." Entonces piensa en Mahler abriendo camino y dejándolo abierto a los otros.

"Nunca pude ir a Europa, he aplazado ese sueño. Me tocó abrir camino."

Usted está haciendo una página importante en la historia de la música de este pueblo.

"Yo creo que sí."

¿Siente vanidad?

Pienso en la felicidad que me da todo esto y siento que es para mí solito. Es un sentimiento superior a todo, un gran goce espiritual."

"Quiero aclarar que no soy un director dictador. Si resulta alguien con mayor capacidad de donación para una empresa como ésta lo hago partícipe. Si viene alguien que demuestre hacer mejor las cosas no tengo ningún problema en coger un violín e irme a tocar en el último rincón de la orquesta."

Son huéspedes de la Universidad de Medellín donde disponen de las comodidades de oficina, teatro de ensayos y locales para instrumentos y utilería. También en los últimos días les ha tocado una especie de suerte llamada Lucía González. La popular Mona llegó a ponerle orden a la casa en la dirección ejecutiva.

"Le dije a la Mona: vení, esto es una locura pero vení a ver qué podemos hacer."

La mona González anticipa un gesto de afirmación, habla: "Trabajar con Alberto es terrible. Es como medio loco, vive en el aire, a veces tengo que aterrizarlo, quiere todo y ya."

Luis Alberto Correa abre los ojos, se sacude defendiéndose.

"Sí, la Mona y yo nos peleamos mucho, es que yo vivo en el aire, pienso muy en grande. Estoy pensando en una orquesta de 120 músicos. Estoy pensando en una orquesta que grabe discos. Estoy pensando en publicaciones. Estoy pensando en una academia superior de música."

Lucía González cierra los ojos, la premonición de lo que se le viene encima parece abrumarla por un segundo.

El hombre para tranquilizarla sonríe y agrega: "El artista que no arriesga no sirve para nada, no es artista."

Y por último, frenético, las manos crispadas y con una sonrisa ancha como un continente me dice en confianza: "Cuando era niño, a los 9 años escuché el Mesías de Händel, entonces supe que todo esto que está pasando me iba a pasar. Que mi suerte estaba echada."