"O`Marinheiro, de Pessoa"

"Momentos de alma sin ventanas"

Por Ana Isabel Rivera P.
viernes 17 de mayo de 1991.
El Colombiano Cultural. Medellín.

Murmullos, curiosidad, frases que se oyen encajonadas y que dan la bienvenida a los espectadores. Un tinto ofrecido con cierta complicidad. Insistencia con el café, tal vez, antesala de una obligada vigilia. An entrar, miedo. La primera sensación es de miedo. Las luces se apagan y el espectador se encuentra indefenso frente a algo desconocido, que no le atrae, que le produce pánico pero que sin embargo, le hace quedarse allí, pegado a su silla sin ni siquiera hacer ruido al respirar.

La mejor aparición de todas (¿O será la peor?), las tres veladoras, cual brujas de Macbeth, se presentan acrecentando el terror que agobia al desprevenido espectador, acaso actor y en medio de los sueños y los recuerdos pasan la aterradora noche y esperan con ansias el despuntar del día. Pero, ¿Qué pasa cuando llega el día? Sus terrores internos, sus inconscientes se ciernen sobre ellas, las atemorizan aún más y las despojan de la verdad (si acaso puede llamarse verdad).

Además, ¿Quién está seguro de que todo lo sucedido sea verdad, fantasía, mentira o sueño?

Dentro de las posibilidades de la existencia, el teatro es el juego del que trata de aparecer en las tablas como el que no es, y que los asistentes crean que es. El teatro aparece como la ironía de la vida que se esconde tras un vestuario para no ser reconocido hasta que sea retirado del escenario el último disfraz. Pero en la obra de Fernando Pessoa, la vida no se esconde en una mascarada, y los actores no juegan a no ser ellos; en la obra de Fernando Pessoa hasta los asistentes, hasta los desprevenidos espectadores que creyeron pagar una boleta para ver teatro, se sienten soñados, olvidados y convertidos en palabras que sucedieron en otra época. Al igual que los rostros que temen el día, el espectador teme al final:

¿Qué pasará afuera cuando todo sea la realidad?

¿Será la realidad?

Según Cristóbal Peláez, el mejor espectador para esta obra es aquel que pueda entrar en una especie de trance hipnótico y tenga "un leve sopor de esporádicas tensiones."

Además se requiere del asistente, máxima distensión y poca prisa.

La acción o mejor, la quietud, se va desarrollando lentamente y el espectador, compenetrado con las veladoras, siente sus sentimientos, sus miedos, sus terrores pero a la vez, va conociendo que su vida y sus acciones son sólo sueños. Tal vez el estar ahí es un sueño, sólo eso, un largo sueño. Lo peor: despertar. En todo ese desdoblamiento lo único que importa es el viaje al interior de cada uno, el misterio interno y las posibilidades que brinda la quietud y el silencio (aunque sean aterradores).

"...Hasta entonces hagamos lo posible por creer que todo este horror fue un largo sueño que tuvimos mientras dormíamos. Ya es de día...Todo va a terminar...Y de todo esto queda, hermana mía, que sólo tú eres feliz porque crees en el sueño..."