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Antinoo

Oh Rey de Itálica, Regente de hombres-esclavos,
el Éufrates y Alejandría, Iberia y el Nilo
te veneran y es tu nombre, razón de sus caudales;
dime qué lloras en el lecho frío
de ese pálido muchacho que acaricias

¡Oh Adriano, Emperador omnipotente!
¿acaso los dioses te han probado diminuto
y escapó a tu brusca-recia mano
su cálido suspiro?

Que los ojos del coqueto efebo,
quien consagro a tus labios y avivó,
no reposan en los tuyos, en cambio
su mirada vaga en la luz aural,
lejana y sin nombre, como tu pena -incomprensible-

Crees, Oh Rey, que tus súplicas harán
re-nacer su corazón marchito, pero
ni Afrodita sufriendo entre las flores,
o Apolo sollozando en la montaña
podrá que vuelva a tu lorica pétrea
su pelo suave de sirena

El mármol que harás de erguir, Tú, Señor
en la arena milenaria, contra el tiempo
que perdurará tu lamento, no será sino
el efímero batir-viento de una golondrina.
Aún cuando su busto roce las nubes
y su sombra cubra tu glorioso Imperio,
no alcanzará la efigie ni un primer cielo.
El Olimpo silencioso hará llover tus campos

Cuando detengas tu andar, Faraón sagrado
y aquiétense las filas, de las mil carrozas,
escoltas velando el difunto; ante su mausoleo
alzarás tu voz de César y profesarás resucitado
el hermoso joven, ángel. Tú mismo serás primero
en besando-adorar el credo de su amor

¡Oh necio infante! tu infortunio y pena
sólo habrá de acabar cuando tu alma
se encuentre con Antinoo, y dancen al ocaso

Juan José Mesa Z.
2020