Cristóbal Peláez: el capitán amateur de un barco comunista

Publicado el 07/23/2016 en colombiainforma.info

23 jul. CI.- Cristóbal Peláez no es solo el director de una patria que tiene como himno ‘El baile de los que sobran’, sino también capitán de un pequeñísimo barco comunista en medio de un gran mundo capitalista. Una criatura que duerme poco, o más bien de día. Un histriónico adicto a la sensación de un cigarrillo en su boca y a la aplicación de todo lo que lee -que es mucho-. Tertuliar con él, -como dice- ha sido un precioso dolor de cabeza; me ha evocado tanto arte y he concluido que aunque ‘Oh marinheiro’ sea para muchos su mejor obra, no supera la que él mismo representa.

Cristóbal Peláez

Con un minuto de retraso toqué la puerta del teatro Matacandelas, a la hora del almuerzo, y fue el mismo Cristóbal quien me recibió. Habló con decoro. Nos sentamos en el comedor junto con los actores y su perro Jaime, -por el poeta Jaime Jaramillo Escobar, muy amigo suyo-. La comida es importante en este grupo, pensé. “La cocina es el motor”, me dijo Cristóbal, “la comida es celebración”, y eso era lo que sucedía entre esas cuatro paredes: los comensales reían y gozaban con Cristo, como lo haría la tripulación con su capitán. Nos sentamos en una mesita en medio del teatro frente al escenario, iluminado por una luz tenue que nos envolvía en un ambiente con olor a disfraces y humo, a noches y whisky.

Colombia Informa: Cristóbal, hace poco me enteré de que el teatro Matacandelas, creado en 1979, es uno de los más importantes de Medellín. Ha ganado gran reconocimiento a nivel nacional como internacional y además funciona desde una perspectiva económica alternativa, más cercana al comunismo, en la que los actores no reciben exactamente dinero como pago sino que el teatro mismo se encarga de sus gastos y necesidades. ¿Cómo puede sobrevivir un pequeño mundo comunista en un gran mundo capitalista?

Cristóbal Peláez: Es muy difícil porque la propuesta que tiene el Matacandelas es de trabajo como de pandilla y va en contravía de la marcha de la sociedad. No lo hacemos por ser contestatarios, sino porque la labor creativa se hace muy complicada cuando es gente contratada; funciona igual que una empresa y uno lo que nota es que para la gente el trabajo es una desgracia. Todo el mundo trabaja para lograr una mejor vida, pero por lo general lo que hace el trabajo es quitártela. Lo que uno debe buscar en lo que hace es primero que lo apasione, segundo que lo disfrute y tercero que tenga el dominio de su tiempo, un elemento fundamental. Cuando nos reunimos aquí a crear esto no nos produce dividendos, sino ganancias espirituales. Una persona que a las 5:00 am entra a trabajar a una empresa, sale a las 7:00 pm, y pelea para coger un transporte, definitivamente lo que vive es muy poco. Yo no sé a eso como le pueden llamar vida.

C.I: ¿Qué es vida para usted?

C.P: Yo llamaría vida a una consciencia de la existencia, de mi propia existencia, de la de los demás y a soslayarse en la plenitud de la creación. Hay que entender la pequeñez del hombre. Estamos inmersos en una sociedad de producción: produzca, sea útil. A vos te preparan para que terminés la carrera e ingresés en el sistema productivo. De jovencito yo me decía: yo se que tengo que trabajar, pero ¿en qué?, no quiero propiedades, no me interesan los carros, ni las fincas. En cambio, tengo esto. Es una vida en la que uno vive crispado, exaltado, ansioso; se siente vivo a cada momento.

C.I: Entonces, ¿siempre supo que lo suyo era el teatro?

C.P: Yo era un joven excesivamente tímido pero me gustaba mucho representar, imitar. Cuando me monté a un escenario supe que era eso, pero peleé conmigo. También me gustaba mucho la botánica pero el teatro siempre me decía ‘venga pa’ acá que esto es lo suyo’. A los 25 años ya me doblegué y dije: ‘ya no peleo mas con el teatro’, porque yo huía y el me perseguía. En España fui aprendiendo cosas que no sabía que eran formación como director de grupo teatral. De hecho, yo no soñaba con ser el director, yo soñaba con ser actor, pero todo se daba de una manera en la parecía que yo debía ser director. A donde llegaba empezaba actuando y terminaba dirigiendo. No es que supiera, pero tenía cierta intuición, como una especie de dotes naturales.

CI: ¿Qué hizo allá en España?

C.P: Por ejemplo, aprendí a trabajar en las cocinas. Tengo mucha idea de la cocina, incluso formaba parte de mi anhelo. Yo decía, que rico una cocina, un hotelito chiquito con un barcito donde pudiera tertuliar con la gente, darle buena comida y alojarlos. Sería ideal. Una vez estuve en un hotelito en Galicia, nos acogieron maravillosamente, y yo dije ‘este hotelito yo lo tenía en mis sueños, el sueño perfecto’. También aprendí a pintar casas, a hacer aseo, trabajar meseriando, cuanta cosa resultaba. Me tocó sufrir mucho, no fue como si España me estuviera recibiendo con los brazos abiertos.

C.I: ¿A qué se dedicaba antes de decidir ir a España?

C.P: A los 18 años yo me sentía como un güevón. No acomplejado, si no que me sentía un güevón. Tenía una ventaja: leía, y leía grandes autores. Quise ser escritor pero no me dio, me faltaba la disciplina. Me di cuenta de que en lugar de escribir hablaba, me gustaba mucho hablar con la gente. Yo pensaba, ‘donde dejo yo de ser un güevón’ y se me ocurrió que lo mejor era arrojarme con brutalidad al mundo para que me diera totazos y cambiara. Entonces, emprendí esa aventura de irme a España.

C.I: ¿Cómo fue su infancia?

C.P: Yo tuve una infancia muy bella porque fue al lado de mangas, árboles; la cosa para mí mas grande de la naturaleza es un árbol, yo creo que esa es mi religión. Mi infancia fue muy cerca a los peces, de los ríos, de las quebradas. Era una familia muy pobre, campesina, de Envigado. Mi papá trabajador de la empresa Coltejer, mi mamá divina, hermanos que son una bacanería. Una familia sencilla, muy honesta, muy ligada como a las cometas, a los juegos. De alguna manera se ha dicho que con el teatro lo que uno quiere es tramposamente prolongar la infancia.

C.I: ¿En el teatro Matacandelas siempre almuerzan juntos?

C.P: Sí, la comida es muy importante en este grupo, desde ahí lo manejamos. La cocina es el motor. Es una cosa bellísima, no me imagino un espacio de estos sin comida. Las grandes culturas se han formado alrededor del fogón, eso es claro. De hecho, hay un autor que dice que el verdadero amor es el amor por la comida, todo el mundo la necesita tres veces al día. Excepto el poeta Jaime Jaramillo Escobar, ese no come.

C.I: ¿Qué opina del amor?

C.P: A mí el amor no me parece un estado de contemplación, si no como una relación de producción; es una cosa inaprensible como la poesía. Me encanta la versión que tiene Pessoa del amor, dice que el único hombre que realmente ama es el onanista, porque yo no puedo estar dentro del otro. Conocer es dejar de amar, lo que busco en el otro es el misterio. Hay una definición de Antonio Gala que me gusta mucho: ‘es una amistad con algunos instantes sexuales y eróticos’. Yo tengo ahora una novia de veinte años, no le veo nada de malo, es la otra persona en la cual uno se apoya. Eso sí, no he pensado en eternizar eso en matrimonio, ni tener hijos.

C.I: En algunas entrevistas anteriores leí algo sobre que el teatro era para usted como una patria, como una nación. ¿Cuál creería que podría ser el himno del Matacandelas?

C.P: El himno del Matancandelas siempre lo hemos puesto aquí en las fiestas. Es ‘El baile de los que sobran’ de Los prisioneros.

C.I: En casi todas sus entrevistas menciona mucho el mar, hay muchas analogías con los barcos, los capitanes. ¿A qué se debe eso?

C.P: De la cultura humana para mí, lo más increíble es el barco. Le tengo miedo al mar, respeto. Nunca me baño en él, me da miedo. Yo me pinto todo este planeta tan lleno de agua y siento que es una cosa tan poderosa. El momento de más pánico que he tenido en toda mi vida fue una vez en Necoclí, de repente empecé a mirar el mar, me empecé a ‘empanicar’, sintiendo y oyéndolo. En ese momento yo empecé a ver ese monstruo y comencé a pensar que se me venía encima y me sentí diminuto. Fue un pánico terrible que no he experimentado de nuevo. Nunca más me volví a meter en el mar. Yo veo un barco y mi alma se exalta, me parece maravilloso.

En la conversación el director de teatro se hizo niño y obrero y capitán. Salimos y en la puerta del teatro se despidió con un abrazo. Salió caminando calle arriba, y desapareció disfrazado de ciudad, pero por alguna calle del centro andaba un hombre, director del teatro Matacandelas de Medellín, capitán de un barco. Un hombre que lee y además cocina. Un hombre que siempre ha sido niño, un amateur de la vida. Un hombre, Cristo.

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