Apartes de una de las últimas entrevistas concedidas a la prensa por Débora Arango. Tomada del periódico El Señorial de Envigado. Junio de 1985. Publicado después en la Revista Vía Pública Año 3 Número 11. 1992.
DA: Estuve dos años en España, otros dos en Inglaterra y en México me quedé 6 meses aprendiendo la técnica del mural.
DA: Exactamente. Pude conocer toda la obra de Orozco y de Siqueiros. El maestro Cantú me orientaba. Me extrañó que tan grandes pintores allí me recibieran tan bien. Vieron mis cuadros, con ellos me llegaron a apreciar, porque da el caso de que no pude llevar ninguna recomendación de aquí. Ninguno de mis profesores quiso recomendarme, eran un poco egoístas. Y esos certificados me los exigían en México si quería entrar al estudio del mural. Eladio Vélez se negó porque dijo no conocer mis trabajos y Pedro Nel Gómez cada vez se volvió más egoísta conmigo, no quiso recomendarme. Alguna persona amiga me dijo: "No sea boba Débora, envuelva sus cuadros, haga un rollo de ellos y preséntese directamente allá en México y diga: vea esto soy yo, mejor que cualquier papel, díganme si puedo aprender el mural". Y eso fue lo que hice. Marché tan bien que cuando me regresaba me dijeron que si en Colombia no me dejaban pintar volviera, que me darían murales para pintar como yo quisiera.
DA: No, no pude hacerlo. Por esos días mi padre quedó confinado por la enfermedad. Así estuvo durante 17 años; todos estos años lo cuidé. Él era muy apegado a mí y yo a él. No fui capaz de dejarlo solo.
DA: Tengo conmigo unos 250 cuadros y tal vez 30 andan por la calle vendidos o regalados. Ahora me llaman de todas partes para comprarme. Pero no quiero vender. Quiero estar con mis cuadros, verlos y criticarme yo misma. Tengo una gran satisfacción, voy a morir sabiendo que lo mío vale la pena.
DA: Yo sentía que mi obra no tenía ningún valor artístico. Nunca me pude persuadir de lo contrario. Me sentía descontenta y me veía muchos defectos.
DA: Tengo varios. Hay uno que sí es muy especial entre ellos. La historia es que aquí, con nosotros, trabajó en el servicio durante toda su vida una mujer. Murió de 92 años. La pinté, pero ella estaba muy disgustada porque yo hacía unos mamarrachos muy feos; decía: "Ay, cómo me irá a pintar de fea". Era muy querida y al final me posó. En el cuadro quedó la viejita con un vestidito morado y unas alpargaticas, tan linda ella. Ese es un cuadro que prefiero. También hay otros sobre la maternidad de una mujer que está parada de perfil con un tejidito en las manos.
DA: La de Pedro Nel Gómez y, sobre todo, la del maestro Orozco.
DA: No, porque no pude apreciar sus obras, sólo recibir sus lecciones.
DA: Pegaditos a esa mesa. Pobrecitos, con esas miserables coquitas.
DA: Se les ve pegaditos a ese plato, con esa ansiedad, con esa gran desesperación. Me conmueve mucho la miseria, la vida pública, ese arrastrarse de la gente en una forma o en otra.
DA: ¡Eso fue tan horrible, tan escandaloso! Que yo misma me asusté. Estando en la escuela de Bellas Artes no me había dado cuenta de lo avanzada que iba. Un día me llamó el profesor y me dijo. "Bueno, Débora, aquí llaman a los dos mejores discípulos de pintura para exponer en el Club Unión, y yo quiero que usted sea uno de ellos". Expusimos otro alumno y yo junto con profesores de Medellín y otras partes del país, y cómo le parece que me llevé yo el primer premio. ¡Cómo iba yo a creer semejante cosa! Pero ¡fui tan rechazada! ¡Tan condenada! Que también eso me asustó, me asustaron las dos cosas. Todo ese alboroto partió de haber expuesto entre mis cuadros un desnudo.
DA: En realidad tal vez sí fui como muy atrevida en ese tiempo. Lo que ocurre es que pintaba lo que sentía dentro de mí.
DA: Mucho, mucho, mucho. Imagínese qué cosa tan maluca: uno de los profesores le decía al padre de mi parroquia que cómo era posible que yo hubiese expuesto un desnudo. Lo cómico es que en la tal exposición había otros desnudos hechos por "los" pintores y yo me decía: ¿si ellos pueden exponer desnudos por qué no puedo hacerlo yo también? Y pensaba qué tan pecado era en el uno como en el otro.
DA: Eso creo. Me sucedió que fui a consultarle a un sacerdote jesuita porque me hallaba muy confundida. Le comenté que el padre de la parroquia me había ordenado retirar los cuadros y el jesuita me dijo: "No los retire, no los vaya a retirar que el arte no tiene nada que ver con la moral", y eso les contesté a quienes censuraban mi obra.
DA: Es que me hacía la vida imposible. Hasta mis amigas dejaron de saludarme. Yo era como condenada a muerte. ¡Qué cosa tan horrible! Y les voy a decir más: cómo le parece que una vez exponiendo en el Club Unión una señora me llama, y va y me dice: ¡Ay, Deborita, cómo le parece que, ay, yo sé que usted tiene unos cuadros muy lindos, pero, ay, cuando voy al club no me atrevo a entrar a ese salón. ¡Ay! ¿me muestra a mí sola en su casa?" y le dije: No señora, no se los muestro, porque si no puede verlos allá, mucho menos puede verlos aquí.
DA: ¿Cómo le parece? Le daba vergüenza que la vieran mirando mis cuadros.
DA: Muy pocas. Hace como ocho años expuse en la Biblioteca Pública Piloto. No me dijeron una palabra. Eso se quedó callado. Poco después recibí una carta de una muchacha. ¡La carta más insultante y más atroz del mundo!
DA: Ah, Gaitán fue muy querido. Supo de mí a través de su novia que me conocía. Me recibió muy bien, me organizó la exposición en el Colón de la mejor forma, me decía: "Adelante Débora que usted va a llegar muy lejos". Fue como una pequeña luz en mi vida.
DA: No, del Colón no, ¡ehhhh! ¿Con Gaitán? Eso fue en otra sala. El caso es que yo iba caminando por la calle, cuando veo a dos hombres con una carreta y llevando dos cuadros muy grandes que se me parecieron a los míos. Les pregunté y me respondieron que los devolvían, que no los querían aceptar. Así estaba yo de golpeada.
DA: Este es Belisario encaramado en los hombros de doña Berta. Doña Berta estaba en contra de Belisario y decía que él no subía y que no, y que no, y que no. Yo me dije, este viejo, digo, este hombre se le va a subir a esta vieja, se le va a subir. Cuando ganó saqué el dibujo. Ya no lo pintaré, no tengo fuerzas.
DA: Sí, ese se queda ya sin terminar.
DA: Ah, sí, sí. Ahí tengo el cuadro de la salida de Laureano Gómez del país, otros sobre la violencia, algunos sobre el poder.
DA: También causaron disgustos.
DA: (Se ríe) Nunca he tenido fe en ellos. A una qué cuentas si es liberal o conservador.
DA: Demás, demás que sí. (Se ríe).
DA: (Vuelve a reírse) ¿Cierto? Y sobre todo tratándose del papá de Álvaro Gómez.
DA: Eso creo, en aquella época primaba el retrato, la copia de temas, los bodegones y los paisajes. No existía la composición.
DA: Muchas satisfacción y todo eso, pero ¿sentir lo que yo pude haber sentido antes? Que esto que me está pasando ahora me hubiera pasado en mi juventud. ¡Me hubiera desbordado! Nunca pinté con la idea de que iba a mostrar. ¡No podía mostrar!
DA: Si todo esto me hubiera llegado antes habría hecho mucho más. Estuve muy cohibida. Todo lo pinté como a escondidas. No me dieron ni una oportunidad. ¡NI UNA!
CPG: Cuando me dijo "no me dieron ni una oportunidad, ¡NI UNA!" sus ojos claros se abrieron y la miré mucho porque pensé que podía llorar, pero no, expresaron la calma de una mujer que ha esperado en el silencio para dejarle al mundo la fineza y al mismo tiempo la venganza de sus cuadros. Bordeando sus setenta años conserva el gesto amplio de la hermosura, esa eternizada juventud que sólo puede conceder el arte. Caminando por entre el jardín me contó mil cosas que no cuento, y emboscada por la ingratitud del cuerpo se apoyó en mis hombros para otorgarle mayor seguridad al paso y yo sentí que sobre mí se apoyaba, con dulzura, con gran encanto, el universo.
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