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CUADERNO DE REFLEXIONES SOBRE LA COSA TEATRAL

DIA INTERNACIONAL DEL TEATRO

EL TEATRO SOLO MORIRÁ CON EL ÚLTIMO ESPECTADOR

Por Cristóbal Peláez González

Un movimiento, una época de arte teatral no discurre, no puede discurrir de una manera lineal, siempre ascendente, simétricamente. Avances, tropiezos, recaídas y retrocesos conforman el rasgo transversal de un arte del cual se señala repetidamente su crisis. Quizá si un día la costumbre crítica no señalara la crisis, el teatro entraría en una verdadera crisis.

Ocurre que el rol social del teatro no ha sido el mismo para todas las épocas. No podemos ya con nostalgia lamentarnos que este arte no cumpla la misma función que cumplió en su nacimiento en Grecia, ni que tenga la aceptación del teatro Isabelino, ni que abarque esa vasta influencia moral y filosófica, y ese inmenso valor de diversión, que ejerció en la Europa del siglo XIX. Los tiempos y el mundo han cambiado y con ellos los hombres y las sociedades, y en lugar de la añoranza proponernos la reflexión de qué es y qué puede ser el arte escénico hoy en el lugar concreto que habitamos, en las condiciones sociales y políticas, lo que vale decir, su historicidad.

Pero esa reflexión es un campo profundo que se escapa a las magras dimensiones de estas notas y en cambio si es posible aventurar algunas líneas sobre este ahora, este Medellín y este su teatro, y ello muy a propósito de la celebración del DIA INTERNACIONAL DEL TEATRO, una efemérides que viene a lomo del olvido para recordarnos que hay una cosa llamada teatro. Ya que somos centro de atención por un día, y las instituciones y los medios informativos lijan su conciencia de desprecio e indiferencia (y silencio y negligencia y desconocimiento) para regalarnos una fugaz mirada, puede ser este el momento apropiado para reconocer que cuando un arte no le sirve a nadie ni provoca ningún interés, ese arte, por más prestigio poético que posea, debe desaparecer. Y piensa uno en la pregunta de Moisés Pérez Coterillo si acaso los hombres de teatro no estamos empecinados en laborar un arte que corre el riesgo de quedar a nivel de los afiladores de cuchillos o de los viejos organilleros.

Tratando a veces de no quedar en un plan dinosáurico el movimiento teatral ha perfilado su ejercicio por unos vericuetos azarosos tal vez procurando convencerse de su utilidad social. De este modo hemos visto sometidas las formas teatrales a planes cívicos y sociales, que en una gran parte terminan por comprometer a hombres y colectivos convirtiéndolos, por obra y gracia de la sobrevivencia, en organismos de socorro. El teatro para la paz, el teatro ecológico, el teatro de acción social, peligrosos asomos fronterizos con la recreación, la pedagogía y la catequización.

Lo que está claro es que un teatro popular puede serlo en la media en que adopta formas de representación herederas de una tradición comunitaria y por los mismos contenidos éticos y filosóficos, pero es dudoso, como se quiere creer a veces, que un teatro justifique su validez social por participar en programas contra la drogadicción, en concientizar sobre la tala de bosques, o en ayudar a erradicar los cultivos ilícitos, mucho menos cuando cumple una labor de beneficencia aupada por organismos internacionales y su mirada paternalista sobre el "tercer mundo".

El teatro como rito, como punto de encuentro de la sensibilidad, la inteligencia y la diversión, el teatro como ámbito de estremecimiento, el teatro como estética, ajeno al propósito inmediato, se ha vuelto minúsculo frente a un entorno monumental, gigantesco: el cine, la televisión, los shows musicales, los eventos deportivos. La oferta de diversión ha variado y ha crecido. Ya no estamos en el viejo Oslo de Ibsen, aislados en los fiordos y el teatro como única oferta de diversión urbana donde nos acomodamos en el amable calor de cuatro horas de representación para disfrutar de una historia. Sartre había manifestado que la llegada de la televisión había engrandecido al arte teatral al liberarlo de su labor más mezquina: divertir.

Afortunadamente en Medellín aún quedan –y no en vías de extinción, quisiéramos creer- unos cuantos espectadores de teatro que lo justifican; una proporción minúscula frente a la población, que son en su mayoría jóvenes estudiantes (los adultos han decidido morirse para el teatro, o están instalados en un mundo sin inquietudes y sin preguntas). Son ellos mismos quienes hoy por propia iniciativa están seduciendo a otros muchos en sus áreas de influencia (universidades, colegios, entorno familiar). Están buscando, como nosotros, un teatro que vaya algo más allá de la información política o la actualidad, y vislumbran un teatro donde la poesía, el goce y la reflexión, sean el distintivo contra ese teatro de ¨interpretes¨, cuya oferta es feroz: ¨matar el tiempo¨.

Esta labor de crear y desarrollar un teatro en la ciudad de Medellín sigue y seguirá siendo un ejercicio marginado, de soledad, una pasión de derrotados. Los actores y ese reducido público son ignorados por los grandes medios radio, prensa, TV, que entretenidos en la voracidad de informar batallas e inundaciones, e hipnotizados por las turgencias de las bataclanas, han olvidado su papel movilizador, mucho menos se acuerdan que la difusión y la convocatoria hacia la expresión estética es parte constitutiva de su hacer. A veces una mayor o menor información depende de las simpatías o antipatías con el teatro que tenga el (la) periodista cultural de turno; aún más, la presencia de publico en una sala en el centro de la ciudad algunas noches depende de la buena o mala digestión de un(a) periodista.

Un teatro de exploración, de búsqueda, de laboratorio, que vaya más allá del facilismo mercantil es hoy, del todo y por todo, imposible en Medellín. Las instituciones oficiales también se han olvidado del arte escénico porque han comprendido que el teatro definitivamente no es tan útil, por ejemplo, no pudo evitar el terremoto en el eje cafetero, entonces han preferido ignorar todas las concertaciones. La respuesta a cualquier iniciativa siempre es de cotorra: "no hay presupuesto, no hay prepuesto, no hay presupuesto, rrrua!". En "la mejor esquina de América Latina" la propuesta para ingresar al año 2000 fue tirar totes y voladores ¿o es que hubo algo más?.

El teatro en Medellín, en este medio hostil, aldeano, agoniza entre el pánico y la crisis: unos trabajan a contraviento, los otros zozobran, unos tantos esperan la calma chicha y otros más conservan su nombre y hacen la mímica de que trabajan. Y de las escuelas salen graduados y diplomados a tratar de reubicarse en peluquerías, fabricas y oficinas. No nace nada nuevo, no hay nuevos proyectos, y muchos son actores porque alcanzan a realizar dos presentaciones al año, una en Medellín y otra, si esta de suerte, en la Ceja o en Titiribí. Tal vez el teatro no ha desaparecido del todo por el alto porcentaje de desempleo (en estos casos la terapia ocupacional es importante).

De todos modos hay una gota de optimismo que permanece incólume: el teatro sólo morirá con el último espectador.