EL
COLOR DE LOS OJOS DE LA GENTE DE MEDELLÍN
Por Cristóbal
Peláez González
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Los
habitantes de esta urbe suelen hablar muy bien de su ciudad, en un fervor de
buena voluntad y con una mirada piadosa se refieren a ella como la bella
villa, la tacita de plata, la eterna primavera. El optimismo la quiere ver
como el mejor vividero del orbe y diez kilómetros a la redonda. En
exagerado delirio se la apostrofa como el lugar donde vive la gente más
verraca del universo, no ha faltado quien la tilde de Ciudad cultural del
continente. En un contexto más amplio es la capital de Antioquia, la grande,
la altanera, la mejor esquina de América Latina, epicentro de la industria,
gente sensible, honrada, trabajadora, noble, solidaria. Todos los adjetivos,
sustantivos y proverbios se hacen mezquinos para describir esta ciudad
fenómeno del universo que aparece subrayado por un círculo en el mapa
intergaláctico.
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El
ponderador vive lelo con lo que él considera progreso: la mejor plazoleta de
pies descalzos del mundo, la mejor réplica de un pueblito paisa del mundo
(incluyendo a Suiza y Canadá), la reina más bonita sin corona (por inquina
del jurado), el mejor clima del mundo, los mejores servicios públicos del
mundo, la ciudad más limpia del mundo, la mejor universidad del mundo, el
metro más aseado y organizado del mundo. Un reputado periodista incluso
afirma sin empacho que nadie en otra parte del mundo puede darse el lujo de
ir a mercar dos veces en semana al Exito.
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Nos hemos
llenado de un optimismo y una generosidad de auto apreciación que se
transmite como cápsulas publicitarias entre generaciones. Se dice que es una
tendencia a la exageración, qué va, es la tendencia a la opacidad mental,
como quien dice, al cretinismo.
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Pero más
que cápsulas publicitarias, chips que no permitirán nunca aproximarnos al
espejo y preguntarnos qué somos.
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La sola
pregunta ofende a cualquier medellinense.
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En
gastronomía, lo máximo. ¿Qué ciudad del mundo puede ofrecer un plato mejor
que un sancocho?
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En licores:
¿existe en todo el mundo un trago mejor que un guaro?
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En fútbol:
¿un equipo mejor que el Medellín o el Nacional?
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El mejor
entrenador de fútbol del mundo fue criado y adoptado en Medellín.
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¿Existe
algo mejor que la arepa o la mazamorra?
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¿Hay gente,
en todo el mundo, más amable?
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Tenemos por
contera de todo el mapa terráqueo el mejor periódico, la mejor catedral, el
mejor museo, el mejor Parque de Berrío, la mejor avenida (la Oriental), la
mejor raza, (¿qué raza será ésa?), la mejor feria de las flores, el mejor
desfile de mitos y leyendas (los otros pueblos de la tierra carecen de mitos
y leyendas), la mejor orquesta (¿El combo o los Ayers?), el mejor desfile de
silleteros, el mejor parque San Antonio, y con la caída de las torres
gemelas volvimos a tener el edificio más alto del mundo.
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Y a pesar
de que el 99.9% se quiere ir para Estados Unidos, para España, o para
Canadá, o para la Porra, con tal de no vivir aquí, nos seguimos repitiendo
como zombis que Medellín es el paraíso II.
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Al
referirnos orgullosamente a nuestra cultura (toda Colombia incluida) ¿de qué
estamos hablando? ¿Cuál es nuestra cultura? Es un quiste: bandidos por
naturaleza. Somos literalmente (excepciones habrá) gente que anda con una
esponja en la mano para robarse un mojado.
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Toda
verdadera cultura, si la es, tiene que ser, en rigor, una contracultura,
quiere decir un desmesurado trabajo del espíritu y del cuerpo para sacarnos
de adentro este estigma centenario de pícaros y violentos.
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Toda
verdadera cultura es una ardua pelea contra el instinto bestial, contra una
tradición enfermiza que puso como paradigma todo aquello que de fondo nos
está imposibilitando la vida.
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Para que la
vida sea posible, tendrá que ser de otro modo. Enderezar es desaprender a
caminar y marchar a la reversa. Una pugna contra lo que hemos sido y contra
lo que unos pocos quieren que seamos.
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ARQUITECTURA: La sola imagen de Medellín delata a quienes la habitan y a
quienes la administran: Casas contrahechas, edificios construidos con planos
de cárceles, calles tortuosas y enrevesadas, vallas publicitarias caóticas,
mugre, deterioro, indigencia, peligro, colonia, tercer mundo.
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Hasta un
documento oficial de 2003 reconoce que este paraíso corre el riesgo
de no ser un buen vividero pues empieza a ser devorado por la miseria
y la pobreza.
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La pobreza
es una cosa, y la miseria es otra. Pobreza hay en todo el orbe, aquí lo que
hay es miseria, de la física, de la intelectual, de la ética, de la
espiritual, un monopolio del mal gusto.
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El ojo en
Medellín se irrita en una panorámica terrible.
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Unos
visitantes españoles después de varios días de estadía decían que existían
cuatro cosas que les habían impresionado de Medellín: El arrume inmenso de
vigilantes privados, la proliferación de rejas en casas y edificios y los
ojos de la gente.
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¿Y qué
tienen esos ojos? Reflejan una mirada extraña, decían, se ve temblor,
angustia, miedo. Ojos opacos de porvenir incierto.
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MÚSICA:
Miseria visual pero también pobreza sonora: vallenato, Chente Fernández,
Olimpo Cárdenas, Darío Gómez, tango. Exaltación de la hombría y del lamento
cavernícola. Coplas estridentes donde destino, mujer y amor, se reiteran de
mil formas con letras compuestas desde un sentimentalismo majadero. Música
de derrota para derrotados, para imbéciles, que a veces viene con una
etiqueta simpática: música para tomar aguardiente, pero igualmente
les servirían otras etiquetas: música para buscar pelea, música para violar
niños y mujeres, música para apartamenteros, música para adobar masacres,
música para vomitar, música para comportarnos como marranos, música para
poner cara de atembados. Música de gente triste y vengativa, con los ojos
inyectados de alcohol, de violencia y resentimiento, todo ello adobado en el
olor a orina y a cerveza y con una coreografía de puñales, balazos y
muertos.
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LITERATURA:
¨En Antioquia las únicas letras que hay son las letras de cambio¨.
Miguel Antonio Caro.
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TEATRO: El
teatro aquí no prosperará nunca pues ningún medellinense va a dejar de
comprar una barra de salchichón para invertir en algo tan inútil como el
teatro.
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Existe sí,
una gran masa que reclama representación escénica pero exige a cambio de su
dinero, y está dispuesto a pagar caro, un escenario donde la ordinariez y el
chiste pendejo lo relaje de su cansancio de vivir.
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Nuestra
imaginación sólo llega hasta donde empiezan los linderos de la abstracción.
Nuestro teatro se hará como el público lo pida, y lo que éste pide es
chabacanería.
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PINTURA:
Nuestro gusto todavía cuelga de cuadros del sagrado corazón de Jesús o lagos
con cisnes, murales con indios cribando oro o negros cargando bananos. A
veces las escuelas de arte van más allá y enseñan a pintar ranchos con vacas
pastando o mujeres en una cascada con los brazos al cielo como alcanzando el
cosmos.
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El
boterismo que por decreto nos embutieron por todos los sentidos es el
reflejo directo de nuestro plancho gusto, de nuestra desmesura pueblerina.
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TELEVISIÓN:
Desde el 21 de julio de 1810 a Colombia no le había ocurrido algo tan
espantoso como la creación de los dos canales privados de televisión. Esta
ha sido para el país una desgracia peor que sus 32 guerras civiles y nuestro
continuo flujo de muerte. Que la sensibilidad, la educación, y el buen gusto
de las gentes quede a criterio de todo ese basural que nos transmiten
constituye un crimen de Estado.
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Cuando
todo, o casi todo está perdido siempre queda una salida y nosotros por
supuesto la tenemos: son los niños. Sobre ellos tendría que recaer todo el
esfuerzo de buscar la forma de que no sean parecidos a nosotros. El mismo
territorio pero por fin con gente renovada.