La literatura me envenenó el alma

Diego Fernando Montoya, dramaturgo, director, novelista

Por: Cristóbal Peláez González

Transcripción: Karen J. Crespo E.

«Aprovecho esta ocasión para proponer seriamente a los editores que coloquen en las tapas de los libros de poesía un aviso destacado que diga: “Manténgase fuera del alcance de los niños”. Cuando un adulto se encuentra por primera vez con un libro de poesía no corre peligro, porque ya está vacunado. Dejar libros de poesía al alcance de los niños es una irresponsabilidad de los padres. Nunca dé a sus niños libros de poesía. Si quiere que su niño sea un hombre de verdad, obséquielo con una moto Harley-Davidson, y un disparador de rayos láser…

Yo tenía un sembrado, y en el sembrado tenía matas de maíz. No permita nunca que sus niños vean una mata de maíz, porque se enamoran de ella y se pueden volver poetas. También tuve un perro. Eso es fatal. Los perros convierten a los niños en poetas. Para colmo de males, me dejaban salir de noche a ver las estrellas. Eso no se debe permitir. Las estrellas embrujan a los niños».

Jaime Jaramillo Escobar, Método fácil y rápido para ser poeta.

Diego Fernando Montoya

Cali, capital cultural de Colombia en los años setenta; una mítica urbe reinventada como Caliwood en ese valle de «tierra verde, parejita, buena». La misma que albergó a Fanny Mikey, Enrique Buenaventura, Andrés Caicedo, Mayolo y Ospina; a Fernell Franco, Pedro Alcántara y Óscar Muñoz; a Ciudad Solar y a los crepitantes festivales internacionales de arte. Es la ciudad donde vive, crea y sufre el personaje de esta entrega. De allá no es, pero encontró, adolescente todavía, un lugar para buscar en el escenario las fantasmagorías que lo atormentaron desde niño, cuando se enfrentó por primera vez a las páginas de un libro, dando vía libre al delirio de las criaturas y a los sucesos que marcarían su destino de hombre. Allí, a la Sultana, lo llevó el azar y, con el paso del tiempo, se ha ido forjando como un director destacado, con un repertorio de obras teatrales cuya línea base es un profundo interés por lo poético y lo literario, además de una constante exploración en las fronteras de la teatralidad, donde también combina una buena dosis del pintoresco mundo infantil. En el indeciso camino entre el espacio escénico y el mundo de las letras, mientras guapea con esa maquinaria física y mental del teatro, Diego Fernando Montoya insiste en arrebatarle al «tareísmo» cotidiano, la tranquilidad corporal —y temporal— de escritor de novelas. La vara del volatinero continúa en equilibrio. Por ahora.

Soldado romano

Yo, hermano, soy de Itagüí, y me engomé con esto así como empiezan muchos, haciendo teatro vocacional en el barrio, alrededor de la iglesia. Estaba en el grupo parroquial y tenía que participar por obligación en las procesiones de Semana Santa, donde hacía de soldado romano. Nunca pude ser Poncio Pilatos, el malvado. Ese era el personaje interesante, al que todo el mundo odiaba, pero el que a mí me gustaba. Ser soldado era una cosa medio ridícula porque había que estar todo el tiempo de pie, custodiando la tumba de Cristo.

Cualquier día, a mis siete u ocho años, involucrado con esa cosa del teatro, tuve un accidente maravilloso. Subí al segundo piso de la sacristía, allí quedaba la biblioteca, pero yo no lo sabía hasta entonces. Quedé fascinado, sentí que aquello me cambió la vida. El sitio me pareció fantástico: esa cantidad de libros, el olor, la posibilidad de lectura de tantas cosas misteriosas. Era el mejor lugar del mundo. Había entrado solo y me puse a mirar los lomos de los libros y, de inmediato, un título me llamó la atención: Crimen y castigo. Quedé atrapado por el nombre, algo había de Poncio Pilatos allí. Tal vez ahí estaba mi criminal, el que estaba buscando; uno por encima de la vida porque, de algún modo, yo vivía en un entorno familiar muy complejo. Mi padre era un hombre al margen de la ley.

Crimen y castigo contra Marcial Lafuente Estefanía

El muchacho que manejaba la biblioteca, muy joven —creo que estudiaba Filosofía o Historia, no sé—, inmediatamente me vio con ese libro, se me acercó y me dijo:

—No puedes leer ese libro.
—¿Por qué?
—Porque aún no estás preparado.
—¿Cómo así?
—Yo te voy a pasar otro libro y después, quizá, te permita leer este.

Entonces me pasó Robinson Crusoe. Lacerante, maravilloso. Hasta esa parte de mi vida solo había tenido contacto con fascículos de vaqueros y lo que me parecía interesante es que los malos triunfaban. Yo todavía siento que soy un pillo, quizá más delincuente que mi papá, pero de otra manera. ¿En qué sentido? En que yo transformo toda esa mierda en arte, en literatura, en poesía, en teatro. Mi papá no lo pudo hacer, no tuvo esa fortuna. Tenía un don de palabra enorme para la estafa económica. Yo tengo un don de la palabra para la estafa literaria; para la estafa estética que, en últimas, es lo que hacemos nosotros.

Dostoievski contra la Escuela de Robinsones

De esa literatura que empecé a leer, me llamaba mucho la atención que los escritores decían una cosa pero querían decir otra, es decir, que no necesariamente lo que escribían era lo que decían. Entonces pensaba que me estaban hablando en clave, que ellos escribían para que todos leyeran, pero para que muy pocos entendieran. Como si tuviesen una especie de ocultismo detrás de las palabras. Eso no pasaba con las historias de vaqueros, donde el lenguaje era directo.

A golpes de lectura me fui dando cuenta de que lo mío era escribir, y de esta suerte escribí mi primer relato, que era un plagio absoluto de la novela de Defoe.

Lo que sigue: volví donde el bibliotecario a pedirle otra novela y me entregó Escuela de Robinsones, de Julio Verne. Entonces lo increpé:

—No, cómo así que robinsones. Yo no quiero leer más de lo mismo. El hombre accedió y me puso a Dostoievski.
—Para leerte este libro tenés que leértelo conmigo. Vas leyendo y cada tanto tiempo comentamos.

¡Qué teso! ¿No te parece? Una vocación de maestro tremenda. Con él me volví antiacadémico. Con él entendí que la educación pasa por el diálogo, por la interacción, el descubrir juntos, el método platónico, lo de Estanislao Zuleta: lo de Fernando González, que descubrí años más tarde.

Teatro Rasca

Ya había tomado la decisión de lo que iba a hacer en mi vida: escribir. Y creí que el camino para llegar a la literatura era el teatro, porque yo quería escribir novelas, pero el aliento me daba apenas para algunos diálogos.

Superé la etapa de soldado romano y ya nos atrevíamos a hacer cositas; aquello que Enrique Buenaventura llamaba Teatro Rasca, que es ese teatro de comedias, mojiganguero, popular; y nos íbamos por los pueblitos de Antioquia. Yo era muy mal actor, pésimo actor. Le tengo pánico a la gente, me cuesta mucho pararme en un escenario. Siempre fui un muchacho tímido y de niño era casi autista. Me gustaba estar detrás, en las sombras. Lo mío es la escritura y la dirección.

Albert Camus

Ya la biblioteca me había hecho el daño bien profundo; me había envenenado el alma y con un grupito de muchachos monté mi propia obra Un momento en el tiempo. Un monólogo-perorata, a la manera de Camus. Una diatriba curiosamente muy cercana al texto Infección, de Andrés Caicedo, que no había leído. Sentía que odiaba al mundo —todavía lo odio—. Hicimos dos o tres funciones y la gente salía aburrida: «¿Y esto qué es? Esto es una mierda, no es divertida, nadie se ríe, no pasa nada». Tenían toda la razón.

Pólvora & sangre

Ahí empieza esa época dura de Medellín con Pablo Escobar; ese infierno para toda mi generación. Estudiaba en el Liceo Concejo de Itagüí y muchos compañeros decidieron irse para ese lado: formar pandillas, hacer sicariato, robos. El deseo era graduarse y que las mamás les compraran una moto. Y el objetivo de tener una moto era atracar el carro de la leche, el carro de las cervezas, lo que fuera. Me invitaban pero yo me retraía; no por miedo, sino porque a mí no me asombra el hacer sino el pensar. Quiero decir, todas esas fechorías yo ya las hacía en los libros, en mis pensamientos. Me sentía más criminal que todos; una especie de autor intelectual. El hacer no me generaba adrenalina.

Gradualmente los fueron matando. Alrededor del liceo había una gran extensión verde y era muy frecuente encontrar en esas mangas compañeros asesinados la noche anterior.

A la manera de Clint Eastwood en Los imperdonables

Mi papá se dedicaba al vicio. Lo suyo eran los negocios turbios con los esbirros de los narcos que mandaban (¿mandaban?) la parada en Itagüí. Yo sabía en lo que andaba y me generaba mucha vergüenza. Pero él nunca trató de arrastrarme a su mundo. Me admiraba. De algún modo sentía que yo era su obra buena.

Ya se encontraba en estado de postración al bazuco. Los negocios que hacía eran cagadas grandísimas y empezaron a perseguirlo los tipos con los que trabajaba y hasta el F2; todo el mundo. A la casa llegaban a buscarlo para matarlo. Una vez, con ametralladoras, empezaron a darle bala a la casa. Era muy común que él llegara furtivo al rancho, todo «llevao», en una locura extrema, gritando: «Los voy a matar a todos y voy a prender candela a esta hijueputa casa y me mato yo también».

Diego Fernando

Rumbo a Cali

Con la cosa tan complicada, le dije a mi mamá que teníamos que hacer preparativos al escondido y salir pitando de Itagüí. Así, una noche salimos los dos con mi hermanita de doce años.

—¿Para dónde vamos? —me preguntó mi mamá.
—Lejos, hasta donde nos alcance el pasaje, —le dije. Nos alcanzó hasta Cali.

El instante fechado

Llegamos a la terminal de Cali el 3 de Junio de 1987, como a las dos de la madrugada, con una mano delante y otra detrás. Le había mentido a mi mamá hablándole de un amigo en Cali. «Hagamos una cosa, espérenme ustedes dos acá en la terminal, yo voy a llamar a mi amigo y le pregunto qué puede hacer por nosotros».

Me di una vuelta haciéndome el güevón y volví. «Mamá, ya hablé con mi amigo. Me dijo que fuera hasta su casa para cuadrar las cosas y que tales. Espérenme aquí que ahorita vuelvo por ustedes».

Salí y me encontré un señor de esos que venden tintos y le dije:

—Vea, me pasa esto —esto y lo otro—. Venimos de Medellín, no tenemos ni un peso. Déjeme yo le ayudo y usted me regala para el desayuno.
—No, hermano… Yo con esto no me hago sino la comida del día. ¡Qué te voy a pagar a vos! A esta hora, hermano, la única cosa donde usted puede conseguir algo de dinero es en la plaza de mercado. Tírese pa allá, a ver qué consigue. Por aquí pasa un jeep que va pa'l mercado. Tenga yo le doy pa'l pasaje.

Diego Fernando bulteador y el Hotel Hucho

Efectivamente, me fui a la plaza de mercado. Busqué por todas esas bodegas, por los graneros, nada. Hasta que vi una tractomula descargando papas y caí:

—Oiga, señor, vea, yo le ayudo a descargar. Yo no soy bultero, pero le cargo y usted me tira una liga.

Y me agarré a descargar papas a lo hijueputa. Volví como a las 8 a.m. a la terminal. Allá me estaban esperando sentaditas, pero ya tenía plata para el hotel de ese día y para la comida. Y así estuve un mes, descargando bultos. ¡Que a dónde fuimos! ¡Uy, hermano, por ahí, por el centro de Cali, a un hospedaje de esos locos, horribles!

Diego Fernando director

Logré reunir para alquilar una casita en un barrio muy popular, casi de invasión. Empecé a averiguar si existía por ahí algún grupo de teatro. Me dijeron que sí, que había un proyecto abandonado por Esquina Latina. Entonces caí al grupo, me contaron que estaban sin director. Fui contundente:

—Yo vengo de Medellín y ya tienen director.

Era un grupo muy curioso porque había estudiantes de todo y se entusiasmaron mucho conmigo. Les dije que había que empezar por montar obra y hacer gestión, porque yo también necesitaba plata. Allí empecé, por primera vez, a vivir del teatro. Ahí me daba como para un sueldo. Mi mamá también hacía por ahí algunas labores y mi hermanita empezó a estudiar.

Infaltable: Enrique Buenaventura y el Teatro Experimental de Cali

Mi idea era que Perfil Teatro —así se llamó mi grupo—, me sirviera de plataforma para integrarme al movimiento teatral de Cali, con proyectos más ambiciosos. Me dediqué en fino estudiar todo el teatro del entorno, su historia y su actualidad. Y mi gran aspiración, la de quién no, era conocer a Enrique Buenaventura. Ya había visto al TEC en Medellín de niño. Mi papá —que gustaba del tango, del jazz y del teatro—, me había llevado a ver Soldados.

Fuimos en grupo al TEC a ver La estación, obra basada en el maravilloso cuento El guardagujas, de Juan José Arreola. Salimos descrestados. Estaba allí esa gran actriz, Aída Fernández, y el TEC era todavía un poco el TEC. Me quedé en el foro y vi y oí a Enrique Buenaventura. No me lo podía creer; era como estar frente al mesías. Aguardé hasta tarde, para ver si podía saludarlo. Cuando vi que salió a tomarse un whisky por ahí, en una mesita, me acerqué a presentarme. Me temblaban las piernas, las manos me sudaban, era como estar en el cielo con Dios: «Ma… maestro, qué tal, yo… yo soy merengano y vengo de Me… Medellín, so... soy didi… director de te… teatro, y… so… soy dramaturgo…». ¡Ufff!. Al hombre le caí como en gracia; esa impertinencia, ese atrevimiento. Charlamos una o dos horas, tiempo durante el cual me dio una lección tremenda de teatro, como era habitual en él. Ya lo había conocido. Ahora tenía otra misión: matar al padre.

Diego Fernando

Pecado

Mi sueño, te lo advierto, no era estar en el TEC. Mi ambición era tener mi grupo con una estética propia y joder al TEC, a todo el mundillo teatral. Que se mearan, que se dieran cuenta de quiénes éramos. Reuní al grupo y hablé: «Muchachos, ya está marcado nuestro destino, tenemos que montar una obra que vaya en contra de todo lo que dice el TEC. Vamos a matar todo y nos tenemos que presentar en un teatro del centro de Cali, y vamos a convocar a todo el medio teatral y que chillen y sufran». Y montamos una vaina que se llamó Pecado, en el Teatro El Foro, hoy Cali Teatro. Los muchachos se pusieron supernerviosos de ver allí a todo el cotolengo teatral.

Fracaso total. El público salió espantado. «¿Qué es eso?» «Qué cosa tan terrible». Y yo salí furioso, echándole la culpa a los actores y a todo el mundo.

Entonces Danilo Tenorio y Phanor Terán salieron de la obra y, sin opinar nada, me dijeron que fuera a visitarlos a su sede para que habláramos de Pecado.

Teatro Imaginario

Ellos dos habían montado con el Teatro Epidauro —luego, Imaginario— una obra titulada La putería, curiosas maneras de amar. Un conjunto de piezas corticas sobre amor. Fui, en efecto, a hablar de la obra.

Danilo: Ve, ¿quién escribió ese texto de Pecado?
Yo: Yo —dije con orgullo—.
Phanor: ¿Y vos qué pensás de ese texto?
Yo —irreductible—: Yo pienso que ese texto es muy bueno.
Danilo: ¿Y quién dice que es bueno?
Yo: Yo.
Phanor: ¿Y vos con qué criterio decís que es muy bueno?
Yo: Pues con el criterio mío.
Danilo: Pues a nosotros ese texto nos parece una mierda.
Phanor: Ese es un pésimo texto teatral. Y la dirección es peor.
Yo: —a punto de llorar—: No le voy a llorar a este par de hijueputas, —pensé—.
Phanor: Pasate por mi librería —él tenía La Iberoamericana de Teatro—, para que charlemos de teatro, para que leás, para que te fundamentés, ¿oís?

Se encariñaron conmigo. Me daban charlitas informales, me daban punticas de dirección, punticas de dramaturgia, me sugerían libros. En ese momento apareció el Consejo Vallecaucano de Teatro. Allí me llevaron y, al cabo de un tiempo, me nombraron coordinador y luego jefe editorial de la revista Papel escena. Ya estaba en el Olimpo. Llega Fernando Vidal como director de la Escuela de Bellas Artes y me invita a ser profesor.

Diego Fernando profesor

Ocho años duré. No pude más, no aguanté. Renuncié. La docencia nunca me interesó porque sentía que el arte no podía enseñarse de aquella manera. Como profesor nombrado, me daba una gran estabilidad económica, pero me generaba una infelicidad tremenda. No era una etapa creativa. O sos profesor, o sos un creador. Pero las dos cosas no las podés ser. Mi angustia era pensar, «me va a pasar lo de todo el mundo, que entra con la idea de que esto les da estabilidad para crear y terminan haciendo nada, criando hijos y esperando una jubilación».

Cuatro Serpientes en el estanque

Luchando contra esa formalidad, y todavía en Bellas Artes, fundé un nuevo grupo, Cuatro Serpientes en el Estanque, con el cual monté dos escrituras mías: Asfaltario y Del capullo sale una hiena. Y también una versión de Las arpías, de Freidel. Nos iba muy bien.

El Camaleón Daltónico

Cuando salí de Bellas Artes, monté con Víctor Hugo Enríquez y un grupo de egresados, Camaleón Daltónico. Así se llamó el espacio que abrimos en San Antonio, una vieja casa sin escenario, con un público en tránsito, que recorría las habitaciones en las que sucedía la obra. Ocho actores para solo siete espectadores, en una adaptación de textos de Milán Kundera: Malanoche, no me trates así. Un formato semejante a lo que muchos años después veríamos con José Domingo Garzón en La procesión va por dentro, pero que en ese momento era una novedad para nuestro teatro. El experimento funcionó muy bien, la obra era muy bella y la propuesta generó impacto. Pero solo duró un año. No era económicamente viable.

Antígona en mojiganga

A partir de la buena impresión que causó Malanoche, recibí la propuesta de Álvaro Arcos de dirigir en Cali Teatro. Propuse Antígona, y escribí una versión en tono de mojiganga. Llevé a Aída Fernández, Alberto Ocampo y un buen equipo de actores y músicos. Los buenos resultados me llevaron a realizar otros montajes con esa compañía: Generación X, a partir del texto de Germán Castro Caycedo que, viendo la obra, nos instó a que hiciéramos para teatro su libro La muerte de Giacomo Turra. Escribí y dirigí El Silencio, también con Aída y con Gabriel Uribe.

Rumbo a Dublín

En un Festival Iberoamericano de Teatro presentamos El silencio, en el Camarín del Cármen, una sala con un aforo para 500 espectadores. Y en una función a la que no fue casi nadie, póngale unas quince personas si mucho, apareció un productor inglés: «Me encanta, qué bueno que no vino gente porque esta obra, con esa soledad de la platea, da una sensación mucho más maravillosa. Tenemos que llevarla a Dublín y hacerla en un teatro grande con poquita gente, para crear esa sensación».

Efectivamente nos llevó a Dublín y nos presentamos en un teatro pequeño con mucha gente. Por supuesto que la hicimos con subtítulos, y aquí viene la anécdota de Álvaro Arcos actuando. Hablaba y miraba los subtítulos; hablaba y miraba. De seguro le parecía muy curioso ver que todo lo que hablaba se convirtiera en letreros en inglés. Álvaro Arcos es de Pasto.

Pilando afrecho en Londres

El organizador local de la gira —no el productor inglés, impecable—, buscando fechas de promoción con tiquetes baratos, me engatusó con artimañas comprándome un pasaje con regreso a los dos meses. Nos dejó tirados como a perros en Londres, sin un centavo. Resumo esa putada contándote que, de regreso por Dublín y París, me quedé varado en Londres sin un centavo, sin dónde dormir y con un pasaje de regreso para dentro de un mes. Me fui una tarde absolutamente deprimido a caminar por las orillas del Támesis, con hambre y sueño. Me senté en una banquita a rumiar la desesperación. Alcancé a ver por allá un aviso que decía FREE, y era una exposición de fotografías sobre la guerra, en el City Hall, un edificio de vidrio grandísimo que es como una especie de espiral. Fui subiendo y en todas las paredes había fotografías de Bosnia, Sarajevo y, hacia el final, fotografías de Colombia. Y, de pronto, me llegó el sonido de una cumbia. ¡Una cumbia en Londres, hijueputa! ¡Esto es mágico! Era El pescador de Barú. Subí rápidamente… ¡Coctel! ¡Comida! No, hijueputa, de aquí yo no me muevo, aquí me quedo un rato.

Diego Fernando crítico de arte

Era la inauguración y solo había ingreso para gente de la prensa, críticos y gente especializada. Me hice pasar por crítico. Me puse a charlar con un tipo muy amable que se me presentó como corredor de la bolsa, me dije, «¿corredor de la bolsa? Estoy hecho», pero aclaró «corredor de la bolsa de la basura, hago el aseo aquí en el City Hall y soy de Pereira». Le conté mi situación. «No muchacho, vos varado no estás, aquí estoy yo». Me llevó para su casa, su familia me acogió durante veinte días, me hacían empanadas, sancocho, fríjoles, me daban Aguardiente Antioqueño, me pagaron la multa de pasaje para devolverme un poco antes y me pusieron platica para comprarme cositas en Londres. Es la reconocida familia Zapata, que lleva 25 años en Londres trabajando en «la bolsa». ¡Qué familia! ¡Qué tipo!

Allí, en Londres, en esas tardes de estar varado junto al Támesis, empecé a escribir Negro; ya estaba impactado por una historia que había leído en Colombia pero no había podido encontrar el lenguaje, y ese abandono, ese desarraigo, fueron el detonante; una tarde escribí, mirando el río: «Lo sacaron a la brava, de pies y de manos, como a las vacas cuando las tiran al piso para marcarlas…».

Llegué a Cali muerto de ira a pegarle la insultada más tenaz al organizador local, pero el hombre me recibió poniéndome en la cara una alta cuenta de cobro por concepto de visas, trámites, seguros… Te digo que en ese momento pensé en… mejor me callo.

Del Presagio

Mis últimos diez años han sido con el Teatro Del Presagio. Empezó con un grupo de estudiantes de Bellas Artes que querían trabajar el Marqués de Sade. Elegimos Justine y escribí Breve episodio sobre los infortunios y desdichas de la bella Justine durante su paso por el club Sade, y la cosa funcionó muy bien. Se produjo con el grupo empatía del alma; brotó la chispa estética y espiritual. Continuamos con Estravagario, a partir de Harold Pinter. Luego, Edipo, y un amplio repertorio en el cual ocupa un papel muy destacado la franja infantil. Somos el grupo de mayor movimiento en Cali.

Trilogía

De lo último que he escrito y puesto en escena, Negro, primera de tres escrituras —Blanco y Azul—, a partir de la noticia de un desplazado aquí en Cali, hace muchos años, estoy hablando del 92. Un tipo del Cauca que había terminado en Cali con su familia —que eran como ocho integrantes—, después de múltiples desplazamientos. La Red de Solidaridad en Cali lo había acogido, dándole la ayuda que le da a los desplazados, cien mil pesos durante tres meses. A partir de ahí, ninguna ayuda. El tipo termina en la plaza de mercado de Santa Elena, vendiendo papas, pero eso no le funciona y, desesperado, con hijos en la calle muertos de hambre, decide recurrir de nuevo a la Red y no encontró respuesta nunca. Entonces decide un día meterse y encerrarlos gritando, mientras exhibía un cuchillito de esos de arreglar papas: «Yo no salgo de aquí y nadie sale de aquí hasta que no me atiendan». Se hizo un operativo militar como de ochenta hombres, la policía y el ejército. Tumbaron el techo, bajaron a rapel. Hacete de cuenta una película de Hollywood. Tiraron bombas de aturdimiento, bombas lacrimógenas y esos ochenta valientes agarraron al tipo y lo sacaron de pies y manos amarradas como una res. Lo acusaron de terrorismo y secuestro y le iban dar veinte años de cárcel.

Palmarés

En literatura, novela, he obtenido dos premios internacionales. Uno con Revista Ñ, con Lolita y los pájaros; y el premio Gabriel Sijé en España. Gabriel, el hermano de Ramón, ¿te acordás?, el de «en Orihuela, su pueblo y el mío, se me ha muerto…» de Miguel Hernández, con mi novela Ofelia Bergman murió esta noche. Y sigo escribiendo novelas, porque esa es la verdadera vocación.

Los imperdibles y los secretos mejor guardados

Considero impotable la nueva generación de escritores colombianos. No los soporto. Franco, Gamboa, Mendoza, Vásquez, escriben novelas pensando en la adaptación cinematográfica o en la versión televisada. Se adoran entre ellos y se señalan unos a otros como «imperdibles». A mí me interesa mucho esa literatura que va más allá de la fábula y de la anécdota. Es decir, la literatura cuenta una historia, pero el objetivo no es la historia. Por eso me gustan tanto Joyce, y Kafka y Beckett. Por encima de cualquiera, Beckett. Me encanta Robert Musil y su novela inacabada El hombre sin atributos.

Y ya para irnos

Mi mamá está perfecta, mi hermanita muy bien, con dos hijos. Mi papá recluido en un asilo en Medellín, delicado de salud, producto de su desborde físico. A veces lo visito. Siempre supo de nuestros pasos, pero la culpa no le permitió acercarse.

Yo me muevo mucho, dedicado completamente a leer, a escribir y a dirigir teatro. Es un milagro. Después de lo de Londres, llegué tan dañado que me dije «no quiero saber más de gente de teatro en mi puta vida. Esto es un nido de víboras». Entonces le dije a Diana, mi compañera: «he decidido por completo abandonar la práctica teatral. De ahora en adelante, solo escritura y, como eso no da un peso, montemos un negocio de cualquier cosa; pongamos un restaurante».

Yo cocinaba y ella atendía y, entre empanada y empanada, escribía. Hasta que me harté y cerramos. Con los actores de Del Presagio recuperé mis fuerzas. Allí hemos hecho una tarea gigantesca de gestión y manteniendo con ello muy activa nuestra presencia teatral en el Valle.

¿Y cuándo te vas a casar con Diana?

No puedo, ella lo sabe. Yo ya estoy casado con la literatura. Sería bigamia y eso está prohibido en este país.

ANEXO

Fragmentos del Cuaderno de dirección Diego Fernando Montoya Serna

A un artista se lo reconoce por su obra, nada más.

Muéstrame lo que haces, olvidaré lo que dices.

Seré el espectador tuyo de cada día, de este día.

Lo que hiciste ayer hazlo válido hoy; tus triunfos ya parecen papeles amarillos, valen lo que vale la nostalgia.

El teatro es el arte del presente absoluto, no admite retrospectivas, ni prospectivas, no se puede embotellar la emoción, ni almacenarla.

El teatro, como el amor de los amantes, es una eterna lucha por rehacer los estremecimientos... qué digo rehacer: retornar al estremecimiento.

No sirven de nada los conceptos si la obra no se sustenta por sí misma; muchos artistas actuales se me asemejan a abogados litigantes. Me pregunto: ¿Y cuando no estén allí para contarnos de qué va la cosa?

Permíteme olvidar mañana lo que aplaudieron hoy, prefiero sumergirme en lo desconocido, prefiero hacer aquello que ya no sé hacer o que nunca supe hacer.

El teatro es la ciencia exacta de la duda, de lo irrepetible.

Algunos siguen viviendo de aquello que hoy es polvo; es como si una momia siguiera gobernando a un pueblo.

Consejo para el Estado: Hay que alimentar a los inquietos, no rendir homenaje a los muertos sino enaltecer a los vivos: es más fácil adornar una tumba que sustentar un corazón vibrante.

Una sala de teatro no puede ser una estructura arquitectónica que se abre eventualmente para el beneficio económico de sus administradores, debe ser un hervidero, un espacio de creación permanente, un lugar con más entradas que salidas de emergencia.

Una sala de teatro sin un grupo de teatro es como una casa sin niños.

Quiero espacios donde sucedan cosas, donde esas cosas estén vivas, que sean destinos finales y no espacios de tránsito, donde cada noche se invente y se asesine un nuevo día.

Artista, te imagino obsesivo, mordaz, reflexivo. Incómodo para el poder, para una sociedad adormecida, anestesiada, embrutecida. Renuente al halago (los hombres le coquetean a las bestias para domarlas), humilde frente al «éxito», inteligente ante el fracaso. Te imagino sorprendido (que no se nos olvide la maravillosa complejidad de la sencillez), dispuesto, atento, amable, abierto al diálogo; te imagino profundo pero simple, crítico pero dulce, complejo pero no pretencioso.

Artista, te imagino persistente. Te imagino bello, revelando el alma, entregando el cuerpo. Te imagino en el misterio del espíritu, en la poesía, intransigente frente a la causa, insobornable, descreído ante el dogma. Te imagino destruyendo, entendiendo, desarticulando, creando. Voraz lector del mundo. Generoso, desprendido, visionario. Te imagino resistiendo, transformando: las sociedades nunca han estado a la altura de sus verdaderos artistas, estos les pesan, les tallan, les recuerdan toda su mierda, lo hijodeputas que son.

Artista, te imagino delirante, lúdico, coqueto: un guiño, un gesto vale más que mil decretos. Te imagino en las antípodas de la «verdad», en la brevedad, en el silencio, en la pausa, en lo simple.

Diego Fernando Montoya
Me gusta/me gustaba/ no me gusta

Me gustan los troncos torcidos de los árboles, las cosas desvencijadas, el olor de los libros y el de la lluvia cuando hace rato no llueve.
Me gustan Buster Keaton, Elvis cantando My Way, Bergman, Buñuel, Polanski en El inquilino y las películas de vaqueros.
Me gusta no hacer nada, mirar al techo, quedarme quieto, mirar por la ventanilla del bus, pensar que estoy muerto, que nadie me ve.
Me gusta no ir, quedarme en casa, ser aguafiestas.
Me gustan los viejos cafés con grecas inmensas, un trago con los buenos amigos, escuchar lo que dicen.
Me gustan los trenes, las maletas, los paraguas y algunos sueños.
Me gusta escribir, estar solo, caminar acompañado y despacio.
Me gustan Borges, Sábato, Vargas Llosa y Rulfo.
Me gusta el jazz, los Rolling Stones, Eric Satie y Beethoven.
Me gustan los perros.
Me gustan las ciudades pequeñas, las calles empedradas, los senderos al lado de un río.
Me gusta el viento en las tardes, el frío en las noches, los atardeceres y las montañas.
Me gusta la física cuántica, los diccionarios, probar distintas cervezas, el olor del cilantro, las casas con solar.

***

Me gustaba fumar, acostarme tres minutos antes de que saliera el sol.
Me gustaban el boxeo, los paseos al campo, las enciclopedias.
Me gustaban los museos, ir cada fin de semana a teatro.
Me gustaba viajar por tierra, no pensar en el tiempo.
Me gustaba no tener miedo, caminar a cualquier hora en cualquier lugar.
Me gustaban la semiótica, el psicoanálisis, los lugares pequeños.
Me gustaba no tomarme nada en serio.

***

No me gusta el realismo mágico, ni el cine del realismo mágico, ni la gente que ve por todas partes realismo mágico.
No me gusta la música andina, ni los que se ponen tres collares de cuentas, una camisa con tejidos y hablan de la Pachamama.
No me gustan los actores que llegan tarde, los intrusos en los ensayos, ni los que se van en las «escenas de otros».
No me gusta que pongan en ridículo a alguien para hacer reír al auditorio.
No me gustan los aviones, ni las piscinas, ni la gente que no entiende que le tengo pánico a las piscinas, ni los que creen que este pescado no sabe a pescado y me gustará.
No me gustan los ruidosos, las histéricas, los gritos, las voces agudas.
No me gustan las señoras de la cultura, los funcionarios de la cultura, los lagartos de la cultura que se hacen llamar gestores.
No me gustan las «novedades» artísticas, lo último en guaracha, lo que está pegando.
No me gustan los gatos, las fiestas familiares, las normas de urbanidad.
No me gustan los talleres de teatro, los encuentros literarios, los seminarios de gestión, las ruedas de negocios.

Entrevista tomada de la edición No. 38 del periódico de Medellín en Escena