Katherine Laitón

SINFONÍA DE VIDA EN TRES ACTOS

Por: María Camila López Isaza

“El sonido prodigioso de un bandoneón y las voces desgarradoras del tango, cargan de adrenalina las fibras de esta caleña que, un día, cambió las zapatillas de ballet por la sensualidad de las melodías de arrabal".

Katherine Laitón

Fotografía: María Camila López Isaza

ACTO I

Una palabra define el escenario para Katherine Laitón: VIDA. Pensar en ello hace que suspire y cierre sus ojos, tratando de verbalizar lo que solo se entiende cuando cuerpo y alma comulgan sobre las tablas.

Vestida completamente de negro, con zapatillas deportivas del mismo color, comienza su calentamiento habitual, previo al ensayo que tendrá durante las siguientes tres horas en la academia de baile El Candombe, en Medellín. Sin una gota de maquillaje, deja al descubierto las pecas que avivan su rostro, acompañando la mirada expresiva y la sonrisa constante, que poco desaparece durante este primer encuentro.

Mientras estira brazos y cuello, la menor de los Laitón recuerda con entusiasmo los primeros años en la Sucursal del Cielo. Paseos y rumbas familiares al ritmo de Cali pachanguero —su canción preferida en la infancia—; las clases de gimnasia los fines de semana; el tradicional sancocho de gallina para atender a las visitas y la torta blanca con avena que disfrutaba en la panadería Sander, durante las compras navideñas en compañía de su madre y sus dos hermanas.

Como si la vida hubiera insistido en demostrarle que había nacido para bailar, su llegada a Tuluá (Valle del Cauca), un lugar que nunca le gustó, marcaría el inicio de su relación interminable con la danza. «Un día estaba en la Casa de la Cultura y vi por un salón unas niñas muy chiquitas, que estaban haciendo como cositas, como muñequitas. Se paraban en relevé, en las punticas de los pies», recuerda.

Esa imagen, que evoca un poco la película Billy Elliot, el niño que, entrenando boxeo descubre en una clase de ballet su verdadera vocación, permaneció inquieta en la mente de Katherine. Poco tiempo después, se deleitaría imitando los movimientos de las bailarinas, sintiéndose ella en su propio escenario.

Katherine Laitón bailando

«A mi mamá le gustaba mucho poner un canal en el que pasaban obras de ballet, de contemporáneo, de salsa, de todo… Y había una que ella me había grabado específicamente, porque yo le había dicho que me gustaban las niñas que se paraban en punticas. Ella me la grabó y, cada que terminaba de hacer tareas, le daba play en el betamax (risas); cogía los velos de mis hermanas, me los ponía en la cabeza y empezaba a bailar toda la tarde, después de jugar con las barbies».

Movida por el placer genuino de imitar tales movimientos —y aún sin saber que el video que disfrutaba era Giselle, obra clásica del ballet romántico—, inició un recorrido que duraría el resto de la vida. «Después de ver eso en la Casa de la Cultura, mi mamá me llevó a una clase; a mí me encantó y ahí fue mi vínculo con el ballet. La profesora era Amparo Silva, una persona muy importante en la cultura de Tuluá. Ella tenía muchos vínculos con profesores de Incolballet (Instituto Colombiano de Ballet), entonces venían los fines de semana y nos daban clase más avanzada. La información que ella me daba era muy buena, pero la que me daban los profesores de Incolballet era técnica pura; era otra exigencia».

La rigurosidad que demanda ser bailarina transformó por completo la infancia de esta artista en potencia. «Me dediqué tanto a la danza que, claro, mis amiguitas se iban a jugar y yo me tenía que ir a tomar las clases de ballet. Primero era mi baile, mi cumplimiento con lo que tenía que hacer», afirma.

Mientras conversamos, la sala de ensayo de El Candombe se ha ido llenando con sus compañeros; entre ellos, su nueva pareja en el tango, Cristian Cerezo. Es momento entonces de cambiar las zapatillas deportivas por unos zapatos de tacón dorado, talla 34 —me imagino—, porque utiliza un número menos para poder «sentir el piso» cuando baila.

Los zapatos están gastados, prueba irrefutable de innumerables intentos por conseguir el movimiento preciso; ese que solo se logra con la exigencia y la disciplina que no ha abandonado en sus 32 años de vida. Las bromas cesan para darle paso a la concentración en el montaje de un nuevo número: un vals.

ACTO II

Con el panorama claro acerca de cómo sería su futuro, Katherine partió a Cuba a los quince años para formarse profesionalmente. Atrás quedaron los privilegios y la seguridad que suponía el hogar. «Cuando yo me fui, era la niña mimada, la niña a la que le daban las mejores zapatillas, las mejores trusas. Mis papás han sido de clase media, pero tenían para darme lo mejor; no cualquier cosa, sino lo mejor».

Hizo de todo para conseguir sus tiquetes, año tras año, durante los cuatro que duró su carrera. Desde programar funciones de danza para recaudar fondos, hasta reunirse con los gerentes de Nestlé y la ya desaparecida Intercontinental de Aviación, para conseguir su auspicio. «Creo que todo estaba hecho para que yo estuviera allá. Me tocaba luchármela mucho, pero todo se daba», comenta.

La Escuela Nacional de Ballet de Cuba se abría frente a Katherine como la posibilidad de proyectar y consolidar su carrera. Sin embargo, a sus quince años, y según el estándar de las bailarinas de ese país, estaba demasiado grande para formarse como bailarina profesional. Con seriedad, recuerda el primer golpe de desilusión y el único momento en el que dudó de la danza.

«En ballet hay algo muy difícil, los fouettes, que son los giros sobre la punta y sobre una sola pierna. Las nenas ya hacían treinta y dos; yo hacía dos. No había tenido un entrenamiento físico jamás parecido al de ellas. Yo estaba en una academia particular. Eso de ahí no pasaba porque no había evaluaciones; yo no sabía que se hacían pases de nivel… no sabía nada de eso».

Comprendió que solo tenía dos opciones: quedarse y tomar la carrera profesoral que le ofrecían; o devolverse, sin saber qué le esperaba en Colombia. Optó por la primera. “Tuve una mano muy amiga allá, que es Leyda Franco, una pianista del Ballet Nacional. Ella logró gestionar que yo tomara la carrera profesoral, pero tomando clase con las bailarinas, no con las profesoras. Entonces así funcionó y así me quedé”.

La decisión de permanecer en Cuba vendría de la mano con exigencias, no solo en la parte técnica, sino física. La angustia por mantenerse en un peso determinado que asecha a toda bailarina de ballet, no fue ajena a la formación de Katherine.

«Yo escuchaba a las bailarinas que hacían unas dietas extremas y estaban listas para el peso en el campeonato. Entonces se metían una semana, o dos, o tres, a té y naranja. Y como a mí me exigían tanto por haber tomado la determinación de meterme con ellas, entonces empecé a hacer dietas locas. Me quedaba sin comer un tiempo, por ahí dos semanas a té, naranja, y después iba y me comía una panadería completa».

Su lucha interna contra la anorexia y la bulimia, enfermedades que afectaron notablemente su condición física y emocional, terminaría con la visita de su madre. “Me hizo entender que no había necesidad de eso. Ella quería una hija saludable, que amara lo que estaba haciendo; pero tampoco tenía que llegar a ese punto. Ella y Leyda (a quien describe como su segunda mamá) fueron apoyos puntuales en ese momento.

«Y también mi papá, que ya después del segundo año, me empezó a mandar plata. Él no me daba nada, no estaba de acuerdo con que yo me fuera a estudiar. Quería que yo fuera ingeniera, médica, no sé… Pero no bailarina».

Paralelo a los problemas e inseguridades, La Habana le ofrecía múltiples posibilidades culturales y artísticas. «En la vida del arte yo era muy feliz. Siempre había qué hacer. Cuando vi Giselle allá, casi me muero…y compartir con gente tan entregada, tan buena en su labor».

Y sí que se rodeó de grandes artistas. Durante su último año, conoció a Fernando Montaño, un muchacho humilde, conterráneo suyo, que ahora es solista en el Royal Ballet, de Londres. «Lo conocí en el Festival Internacional de Academias. Lindo. Pero de eso que vos ves una persona y sabés que tiene un talento tan exagerado y tan brutal, que hay que aprovecharlo más (…) Adria Vásquez fue la que se encargó de hacer ese chico. Se graduó en Cuba y se fue a presentar audiciones por el mundo, y ya está donde está».

Tras cuatro años en Cuba, Katherine Laitón se graduaba como profesora de ballet, danzas de carácter y danzas de salón. El proceso para que su padre aceptara su profesión sería progresivo, pero «bonito» —según ella—, cargado de anécdotas como esta: «“Ay, papi, ¡Me abrazó Fidel Castro!” (…) Eso pasó. Él estuvo el día de los grados dentro de la escuela, y a las extranjeras nos regaló un libro muy bello sobre la moneda de Cuba, firmado por él. Y nos dio un beso a cada una».

Con una formación profesional poco habitual en Colombia, la niña que había dejado el país, volvía completamente diferente. Madura. Independiente. Bogotá y Armenia serían sus primeros destinos laborales, siendo este último uno de los períodos más difíciles de su vida, que por poco la aleja de las tablas para siempre.

Lo que comenzó como un dolor de cabeza, terminó en una meningitis aséptica viral, inflamación de las capas del cerebro muy común en los niños pequeños. Katherine tenía casi 21 años. «Tuve que parar un año y seis meses de bailar, me tuvieron que internar en cuidados intensivos. No podía hablar, no podía abrir los ojos, no me podía mover».

Nuevamente en la casa de sus padres no olvida que, sin poder salir, se la pasaba viendo videos y clases de ballet, siendo consciente de las probabilidades de no poder volver a bailar como antes. Recuerda, igualmente, ese primer día que volvió a su rutina. «¡Jum! chillé horrible, porque di un giro y casi me muero del dolor de cabeza. Entonces lloraba y lloraba. Dije, “no voy a poder, no voy a poder” (…) Dos años y medio pa volver a bailar full».

Completamente recuperada, como buen espíritu nómada que es, llegó a Medellín por un amigo que le ofreció ser profesora. Jazzdance; Playdance; Malas Compañías, de María Claudia Mejía; Ballet Folklórico de Antioquia; Universidad de Antioquia; Ballet Metropolitano y Marielena Uribe, son solo algunos de los lugares que han contado con su presencia, siendo este último, uno de los más estables. «Fui directora general. Saqué cinco obras adelante y adaptaciones de ballet muy buenas».

Enseñando comprendió la importancia de la ética en su profesión y la preparación que exige transmitir conocimiento a otros.

«No todo maestro es buen bailarín, ni todo bailarín es buen maestro. Eso también lo entendí. Uno tiene que ser bueno en lo que haga. Prepararse, leer, entender y aplicar porque, de lo contrario, es muy difícil. Creo que soy buena profesora, porque he visto mis resultados. De hecho, hay dos alumnas que están en New York City Ballet, una de ellas, y otra en el Joffrey Ballet. Pasaron la audición y yo estuve con ellas cuatro años de su vida. Pa mí eso es muy satisfactorio».

Si bien los logros como profesora son evidentes, este año tomó la decisión de dedicarse exclusivamente al baile. «Siempre tenía muchos problemas para ensayar. También dije, “no voy a tener toda la vida la energía y las ganas de bailar ”. Yo ya tengo 32 años. Estoy en un momento donde, pa mí, o bailo o bailo. Puedo enseñar cuando tenga 40, 50; pero no voy a poder bailar a esa edad. No es fácil, porque los ingresos económicos se transforman totalmente».

Katherine Laitón

ACTO III

Para nuestro segundo encuentro no hay sala de ensayos, ni compañeros de baile. Un café en el centro de la ciudad ameniza la conversación, horas antes de una función que la tiene nerviosa. Presentará junto a Cristian un nuevo número, y me cuenta que repasa una y otra vez la coreografía en su cabeza.

El salto contundente que dio del ballet al tango, marcó otros rumbos en su carrera. Sin embargo, tiene claro lo que la llena de pasión en esta etapa de su vida. «Se empezó a crear una necesidad de la escena, que no se estaba haciendo desde el ballet. Y yo vi que el tango, primero, me gustaba. Segundo, podía potencializar lo que tenía allí. Tercero, no me exigía tan rigurosamente esta parte corporal».

Comprende que no hay tiempo qué perder, y menos en una profesión con fecha de vencimiento como el ballet. Es realista y sabe que después de los 28, aproximadamente, el registro en el escenario y la fuerza de los movimientos cambian completamente. «En el ballet no he tenido tantas tablas como me lo ha proporcionado el tango, por ejemplo. Y uno se hace en las tablas, definitivamente. Es una oportunidad que no se presenta muchas veces en la vida. Aquí es donde quiero estar».

La bailarina que creció imitando los movimientos precisos y emotivos de Giselle, sueña ahora con la argentina Geraldine Rojas, su máximo referente en el tango. Descubrió en este género otras posibilidades donde se siente cómoda, apasionada y respaldada por grandes cómplices dentro de su búsqueda artística.

Desde el 2009, su casa es A puro tango, compañía con la que ha cautivado a públicos exigentes en Argentina, Perú, Ecuador y Estados Unidos. Con ellos, ha ganado tres campeonatos grupales y uno memorable: este año se convirtió, junto a su antiguo compañero, Víctor Villa, en campeona nacional de tango en Manizales.

La formación un tanto individualista que le dio el ballet, ha sido un tema complejo a la hora de sincronizar sus deseos con los de su pareja de baile. «¿Posesiva? Claro. ¿Mandona? Me encanta mandar. Soy muy líder. Y de hecho, mi hogar no es un patriarcado, sino un matriarcado (…) pero también he reconocido que jamás quisiera anular al otro».

A pesar de su carácter dominante y exigente, admira la preparación y la experiencia de su actual compañero de baile. «Cristian tiene ganado el tango por las venas. Tiene todos los campeonatos ganados (…) Sé que él me puede dar todo ese peso en tango que yo necesito todavía” (…) Hay algo bonito, que es intimar con el otro; eso me gusta… Soy con el otro. Además, como te digo, me ha costado mucho. Pero ya he entendido que sí se puede».

Katherine Laitón con abanico

Los más de diez años de experiencia artística y la exploración de varios géneros dancísticos, le permiten darle una mirada al panorama actual de su profesión, especialmente en la capital antioqueña.

«Medellín ha crecido mucho. Y creo que cada vez hay más público. Yo no creo que falte; creo que es un proceso que tiene ir cogiendo, poco a poco, fuerza y reconocimiento. Es cuestión de que las personas que estamos en este ámbito nos encarguemos, primero, de enamorar a los niños que entran a esto; y, segundo, a través de ellos, con las mismas familias, elaborar un proceso de comprensión, de valoración, de entendimiento de la danza. Siento que se ha ganado mucho. Pero es un proceso que, por lo menos, ya se dio».

Tomarse un café con Katherine Laitón es sinónimo de agradable conversación. Las dos horas se me hacen fugaces entre anécdotas que van y vienen con un elemento infaltable: la risa. No se quiebra ante los recuerdos dolorosos; ante las fracturas físicas y emocionales que ha aprendido a enfrentar con el paso de los años. Es una mujer fuerte. Ella lo dice y yo lo confirmo.

Escucharla es llevarse la imagen de una mujer auténtica; sin filtro alguno a la hora de decir lo que piensa. Una mujer genuina, cariñosa, apasionada. Así es Katherine: la niña que, como buena caleña, terminaba las rumbas salseras con sus tíos. La quinceañera que se fue a Cuba y se tatuó un dragón, como símbolo de la fuerza que el destino le obligaba a tener. La menor de las tres hermanas Laitón y la primera en irse de la casa. La que se tiró de una terraza vestida de la Mujer Maravilla, porque un primo la invitó a volar… La bailarina que se toma un ron antes de salir a escena y a la que no le importa esperar hasta las cinco de la mañana —maquillada y lista— para poder presentarse, aún sabiendo que no habrá remuneración económica. Esa misma que, con 1.56 m de estatura, se engrandece cuando pisa un escenario. La mujer que quiere viajar por el mundo, moviendo su cuerpo al ritmo de bandoneón y violines.

Nos despedimos. Partimos camino. Me volteo y la imagen es completamente emotiva: con su portavestido en la mano derecha y un bolso en su hombro izquierdo, allá va la Laitón: muy rubia, muy segura. A bailar tango… A VIVIR LA VIDA.

Me gusta/No me gusta

Me gusta

Me gustan los momentos en familia.
Me gusta el sancocho de gallina.
Me gusta escuchar poesía y leer a Gabriel García Márquez.
Me gustan las noches despejadas del Valle del Cauca.
Me gusta viajar y el mar.
Me gustan los buenos vinos y los quesos.
Me gusta ver en el crepúsculo las barbas de palo en los árboles.
Me gustan los gatos y su ternura.
Me gustan las personas sinceras y transparentes.
Me gusta el cine independiente y el teatro.
Me gustan las personas nobles y detallistas.
Me gustan los deportes.
Me encanta compartir con los amigos.
Amo la danza.

No me gusta

No me gustan las personas incumplidas.
No me gustan las injusticias.
No me gusta el engaño ni la deshonestidad.
No me gusta madrugar.
No me gusta el callo ( mondongo).
No me gusta la oscuridad porque llega el “viruñas” (mi mamá me asustaba con eso para que me portara bien).
No me gustan las alturas.
No me gustan las imposiciones.

Entrevista tomada de la edición No. 36 del periódico de Medellín en Escena