Entevista a Teresita Gómez

“Yo soy un toro que merece ser indultao”

Por: Cristóbal Peláez González

Transcripción: Karen J. Crespo

Es que yo creo que no soy pianista; el piano es solo un vehículo
mío, pero podría ser el teatro o podrían ser los boleros.

Teresita Gómez  al piano

Fotografía: Ronal Castañeda

Mal calculados, Teresita Gómez puede tener cinco años de edad. Ni la dureza de la vida, ni la fama, ni el reconocimiento, ni mucho menos la discriminación y la inquisitorial persecución, han logrado hasta el momento asesinarle su niña. Nunca ha aspirado a ser una mujer adulta, pues su secreto es este: le quedó congelada su infancia. Es algo que va en la sangre, en la piel, en no se sabe qué, tal vez en el duende; ella lo tiene porque sí. Es verdad que Colombia ganó con esta criatura expósita una maravillosa pianista, pero la mujer, el ser humano, dobletea a la artista: es una obra maestra del azar. Si perdimos a una gran actriz, la culpa la tiene Bach. ¡Cómo sería este animal de mujer deambulando en dramas y comedias por nuestros escenarios!

Ha sido imposible establecer en esta conversación un trazo que abarque su inmensa personalidad. Sus palabras en el papel no dejan de ser seductoras, pero la conversación a carne viva, con su voz ahogada y guarachera, es un prodigio musical. Razón tenía Goethe al suponer que la conversación era el gran arte, porque quien conversa instala un teatro donde la música, la danza y la poesía están involucradas, y eso es plenamente verificable cuando se habla con Teresita.

Pocos desconocen que al nacer fue adoptada por el matrimonio de Valerio Gómez y María Teresa Arteaga, oriundos de Marinilla, que se desempeñaban como porteros en Bellas Artes. Ellos cada día comprobaban con inquietud cómo la niña mostraba inclinación por el piano, que usurpaba clandestinamente en las horas vacías de la institución: “donde se den cuenta nos echan, Valerio”.

Teresita vivió su infancia entre cantos, acuarelas, ballet, escenarios e instrumentos musicales, cosas que compensaban el aislamiento de los otros infantes, a quienes no les permitían acercarse a ella porque era “de color”. En esa fragua se templó el acero.

El camino de la meditación

Tere, ¿cuál es ese cuento de que usted es monja zen?

Esa es una búsqueda que emprendí desde muy pequeña, pues siempre fui como mística, en el sentido de hacerme muchas preguntas. A los doce años me retiré de la iglesia católica porque rápidamente me di cuenta de que decían una cosa y hacían otra. Era muy misera, muy devota, hasta que tuve la suerte de que las monjas no me recibieran en un colegio por negra (ríe).

¿Te lo dijeron expresamente?

A mí directamente no, a mi papá. Lo que más anhelaba era estudiar en las Carmelitas, ponerme ese uniforme café de cuadritos que me parecía tan hermoso, ¡qué dicha! Y mi papá dijo: “bueno, vamos a ver si metemos a la niña donde las Carmelitas”. Cuando volvió de allá, oí desde el baño que le decía bajo a mi mamá, “Imaginate Teresa que no me recibieron a la niña por negra”. “¡Ay, esas viejas tan pendejas! ¿Mi niña negra?” –mi mamá juraba que yo era blanca –. Ahí corté toda relación con Dios.

Un día leí un artículo sobre yoga del pianista Claudio Arrau, que decía que el pasado había que dejarlo, que el futuro no existe y que hay que ubicarse de lleno en el presente; entonces busqué y por ahí me fui encontrando a Paramahansa Yogananda. A los 25 años conocí el grupo Self-Realization Fellowship, entré y llegué a Bhakti Yogui, el camino del amor. Imaginate lo que eso me ayudó en esos tiempos tan difíciles, cuando murieron mis padres, cuando todo, hasta la música, se me derrumbó. Fue un momento terrible, me empezaron a atacar porque yo era un espíritu muy libre, y yo no podía y no sabía defenderme. Fue tan tenaz esa época, que terminé ingresando a una clínica de reposo. Afortunadamente solo estuve veinte días, porque me pillé la cosa. Me daban una droga horrible que hacía que pensara una cosa y dijera otra, me estaban enloqueciendo, y empecé a no tragármela.

Difícil aceptar la muerte del padre…

Cuando murió mi papá sentí que el mundo se me desplomaba, porque él fue un parcero mío y mi mamá era una mujer muy enferma. Yo, obviamente, les daba mucha lidia. El hecho de no haber vuelto a misa fue una tragedia; mi mamá me rezaba, me ponía reliquias, me echaba agua bendita. Pero debo decir que siempre tuve el apoyo del padre Andrés Rosas, un salesiano italiano que daba clases de armonía en Bellas Artes: “no molesten a la negrita, que ella con el piano ya está orando”, decía.

Teresita Gómez

En ese grupo de yoga encontraste serenidad…

Sí. Allí conocí al actor Bernardo Ángel, que era un meditador pero de los tesos. Alcancé la Kriya, técnica alta de respiración, aunque nunca pude alcanzar el punto máximo en la de detener el corazón. Cuando vinieron los monjes célibes de Los Ángeles les dejé muy en claro que no iba a renunciar a mi sexualidad. Estuve algunos años, hasta que huí porque empezaron los fanatismos y las bobadas: “que a este se le apareció Yogananda”, “que a este otro se le apareció no sé quién” (risa burlona).

Ya sabías cómo enfrentar el oscurantismo de Medellín…

Ya todo me resbalaba. Los ataques arreciaron, pues aquí decidieron que yo era puta, drogadicta, lesbiana. Qué ironía: ni siquiera conocía la marihuana; pero eso sí, me mantenía con los marihuaneros más maravillosos del mundo. Los nadaístas…

A veces los increpaba: “y ustedes qué es lo que fuman que huele tan horrible”. Nunca me ofrecieron; por el contrario, me decían: “negrita, váyase a estudiar que usted tiene un concierto”. Tan divinos. Me encantaba estar con ellos. Ve, a propósito, de Jaime Jaramillo Escobar no me acuerdo.

Seguro estaba encerrado como un monje

Sí, me imagino. Me acuerdo mucho de Gonzalo Arango. Una vez fue a un concierto mío al Teatro Pablo Tobón. Estaba vestido de un caqui de dril con un clavel en el pecho, y descalzo.

¿Y cuál fue la despedida con Gonzalo?

Me lo encontré en Popayán, en una finca donde nos habían invitado; estaba con Angelita. Me vio y se alegró mucho, me dio un abrazo y me dijo: “Teresita, vámonos a caminar”, y nos fuimos por un camino tan bonito que a mí no se me olvidará. Iba con su bastoncito que era como un zurriago; me dijo, “quisiera oírla tocar hoy, ¿por qué no me canta?”; “ay, Gonzalo, pero ¿qué le voy a cantar yo?”; “cánteme cualquier cosa, Teresita”. Le canté (canta): Si yo nací como todos nacemos, / llorando, llorando; / si yo crecí como todos crecemos, / luchando, luchando. Es de Nino Bravo. La canté toda y eso se fue de lágrimas. Me dijo que me cuidara.

Todavía te conmueves recordando…

Cuando las cosas son de verdad se quedan como un sello, instantes como fotografías que te acompañan siempre: tu archivo de vida. A los quince días de ese suceso llegó la noticia de su muerte. Lloré horrible, porque sentía su presencia, como sentía la de Fernando González.

Pero con Fernando González tuviste una gran frustración…

Sí. Había leído El maestro de escuela, El libro de los viajes y las presencias, La tragicomedia, Viaje a pie. Ese hombre siempre me apasionó, y cuando llegué de Bogotá a conocerlo personalmente me dijeron que ya había muerto. Fui a Otraparte después, me senté en la banquita donde se sentaba, entré a la casita, miré a Berenguela… Ahora que ya estoy grande quiero retomar sus obras. Después supe que Gonzalo había estado mucho allá, y eso sí que me dio envidia; hay envidias de envidias: yo nunca he envidiado nada, pero eso sí me dio envidia.

Pero provocas envidia porque conociste a León de Greiff…

Con León de Greiff almorcé como cuatro veces. Me invitaba Hjalmar, su hijo, a la casa los martes a comer frisoles, porque yo era una estudiante muerta de hambre (ríe). ¿Por dónde seguimos la historia?

El inalienable derecho a decir no

Echémosle un poco de ají picante a esto...

Era brillante en el piano –lo digo sin modestia–; era muy buena, oído absoluto. Toqué con la Sinfónica de Colombia en el Junín, un año antes de que lo derrumbaran. Pero debo decir que siempre tuve problemas como estudiante por rebelde, porque no era capaz de tragar entero, porque cuestionaba a los propios maestros, así fueran intocables. En el tablero de solfeo acostumbraba poner frases; me acuerdo de una: “No tratéis de cortarle la cabeza a los demás para parecer más altos”. En el entorno me cogieron bronca, me inventaban de todo por la clase de amigos que tenía. Uno de ellos era Jaime Tobón, marihuanero, gay, que a su vez tenía su amiguito, Eduardo Berrío, un tipo oscuro pero brillantísimo al que le decían 'La Biblia Hampón', porque se sabía la Biblia de memoria y realizaba unos rituales macabros con gallinas en su casa. Una vez en Versalles me insultó: “Vieja hijueputa, dejame a Jaime tranquilo”. Por esa clase de amigos empezaron a decir que yo era rara, viciosa, corruptora de menores. Me tuve que ir de aquí porque la fama era… no digamos negra para no ser racista, sino terrible.

Toda la vida te ha gustado lo que está al margen…

Sí. A mí no me gusta la gente normal, le tengo pavor. Tampoco me gusta la gente espiritual, esa que ve solamente los defectos de los demás: “ay, éste come carne, qué horror”, “ay, éste fornica”. Yo no nací para esas bobadas, afortunadamente, ¿cierto? (Ríe). O si no ¿cómo estaría esta pobre negra? ¡Llevada del putas!

“Mi negra no tiene conceptos”
(Jaime Jaramillo Escobar)

Papá y mamá de Teresita

¿Tu mamá era racista?

La más racista del mundo, no podía ver al negro Billy porque le entraba algo: “¿Vos por qué te relacionas con ese negro?”; “mamá, yo soy negra”; “vos no sos negra, Teresita, vos no sos negra”. Me decía que yo de necia me había tomado un frasco de tinta china, y que por eso se me había teñido la piel. Eso era lo que yo contaba cuando me decían negra, ¿y quién me iba a creer? ¡Tan boba yo! (Ríe). Andaba diciendo eso, y también un verso que ella me enseñó: Morenita soy señora, / yo no niego mi color / y entre rosas y azucenas, / lo moreno es lo mejor.

Hablemos un poco de tu padre

Ah, ese era un ser fuera de lo normal. Me llevaba al barrio La Toma porque era presidente del Centro Cívico Manuel José Caicedo, que eran doce viejitos pobres muy solidarios que en estos momentos tildarían de guerrilleros o comunistas; todos los domingos se reunían. Me llevaba por todas esas casas de inquilinatos: “venga Teresita, acompáñeme que voy a ir donde unas señoras a llevarles unos medicamentos. A estas mujeres les dicen putas, pero ellas son ante todo mujeres; les toco así y hay que respetarlas”; esas mujeres me querían, nunca me discriminaron. Como mi papá era tomatraguito, me paseaba por los cafés de La Toma, y yo entraba a todos como Pedro por su casa porque era la hija de Valerio. Las putas, los marihuaneros, los maricas y los ladrones me adoraban.

Contanos sobre El bazar de los pobres

Cada año hacíamos El bazar de la Virgen ahí, en el hoyo de 'ña Rafaela. Los preparativos eran fantásticos, qué locura. Yo ayudaba a hacer las sorpresas y las empanadas, y había juegos pirotécnicos. Allí toqué piano para un obispo y condecoraron a mi papá. Vi que había una mesa llena como de coctelitos, iba y robaba y eran dulcecitos, muy ricos, y en determinado momento el mundo empezó a darme vueltas. No me volví a parar, gatié hasta donde mi mamá, que me dijo: “¿y a esta verraca qué le pasó?” (ríe); empecé a vomitar. Me llevaron a una casa de esas, hasta ahí sé. ¿No te parece muy honorable mi primera borrachera? (ríe).

Tereista y su padre

¡Un gran bautismo!

Fue una época linda. Disfruté mucho a mi papá porque era un hombre muy sencillo. Fue quien me apoyó para que siguiera estudiando piano, mientras mi mamá echaba cantaleta: “¿Vos es que sos bobo Valerio? ¿Cómo que la niña va a tocar piano? ¿No ves que esto aquí es para ricos y para la gente de la crem?”; “la crem”, así decía. “¡Ay! Dejá la bobada Teresa, que la niña no va a dañar ningún piano”. A mi papá le di mi primer concierto chiquitica, y él solito tan lindo aplaudiendo y llorando me hizo repetir. Cada vez que iba a cerrar Bellas Artes yo lo acompañaba a revisar todo; iba con revólver, pero nunca lo oí disparar.

En pleno Centro no hay vida de barrio, no tenías con quien jugar

En Bellas Artes estaba bueno hasta el viernes, sábados y domingos eran de una soledad infinita, y como a los niños de esa cuadra no los dejaban jugar conmigo porque era negra, pailas, pasaba maluco. A veces me llevaban a hacer visita donde los familiares, y solamente me gustaban las que eran en Manrique porque oía el tango y me sentaba en el quicio de la puerta a ver las cantinas. Siempre me han fascinado las cantinas, las putas me parecen divinas, esos hombres tan tan tan, las luces; me parece que la vida se mueve ahí.

Valerio el papa de Teresita Gómez

Y tu papá se movía bien en ese ambiente

Mi papá era un monumento, las putas lo adoraban.

¿Volvemos al zen?

En el zen uno renuncia a los apegos, aprende a no crear más lazos o a soltar los que tiene.

Disminuirse…

Nada con el dinero, nada.

Solo música y teatro

Y libros. Siempre me he sentido bien con la gente de teatro; los de La Candelaria, por ejemplo.

Raro, más cerca del teatro que de la música…

Es que no encajo hermano, ¡no encajo! No me dejan arrimar, de verdad.

¿Por qué crees que no encajas?

He pensado mucho en eso. En Medellín me quiere mucho la gente del común; taxistas que de pronto me dicen “maestra” y me tratan con afecto, la señora que vende pollos y me dice “yo la conozco, vi su reportaje”. Estoy entre la gente del común porque es como desmitificar ese nivel del músico clásico allá en un trono inexistente.

Complejo de sangre azul europea

¡Y ese ego tan tenaz! Llenos como de unas vainas que no entiendo de qué será, ¡no joda!

No hay pinzas para cogerlos

No le busque hermano: esto aquí es de tránsito y quedan las obras que tienen esencia, punto. El ambiente de la música no me gusta, es de papier maché, aburridísimo. Me puedo relacionar de verdad con pocos seres, no porque yo sea gran cosa sino porque no me gusta, no puedo ser yo misma, y tampoco me voy a poner a provocar a nadie, no me interesa contradecir, respeto mucho a la gente.

Me consta

Monólogo de Teresita
¿en el frontis de Bellas Artes?

Aquí conocí a Fausto Cabrera, que era una pinta de hombre. Ay, cómo recitaba: Y yo que me la llevé al río / creyendo que era mozuela, / pero tenía marío. ¡Lorca!

Aquí cada negro que llegaba yo quería que fuera hermano mío, y hermano mío fue Hernán Bolívar, el único actor negro de Medellín. Hicimos muy buenas migas y él me adoraba. Un día me dijo: “Tere, ¿por qué no somos novios los dos?”; “ay no Hernán, a usted cómo se le ocurre”. Me dijo, así todo actuado: “¿Me crees poco hombre?” (ríe). Hernán era el más marica de todos los maricas que yo he conocido en Medellín; era divino, era una flor.

Ay, pero voy a contar mi experiencia con los homosexuales, esa es de las anécdotas más lindas que tengo en mi vida. Tenía seis o siete años, pintaba y los pintores eran mis amigos; por ejemplo, Débora Arango me adoraba, ella intercedió para que me dieran una beca. Débora Arango todavía no era Débora Arango. A mí me pareció siempre una monja, de vestidos grises, carilavada como esas paisas recatadas; era como una monja de civil, con hablar bajo, pausado, sin prisa, ¡y mirá lo que tenía adentro! ¡Eh avemaría! ¡Semejante monstruo interior! ¡Es lo más grande que ha dado la pintura en Colombia! Era un Van Gogh mujer, una iluminada. Pero ¿en dónde iba? Ah sí, te iba a contar la anécdota de los homosexuales. Me mantenía metida entre pintores y actores de teatro, eran mis parceros; hasta fui modelo, me pagaban unos centavos y yo con esa platica salía volada a comprar panelitas de coco. Corría y brincaba por todo Bellas Artes, y una noche descubrí dos hombres empelota; uno de ellos era amigo, y al otro no lo identifiqué. Salí volada y fui donde mi papá y mi mamá: “Apá, amá, necesito una cobija porque Emilio y otro señor están empelota y deben tener frío”. Y dijo mi papá (mi papá tan lindo): “Teresa mija, teneme aquí a la niña que voy a ver cómo son las cosas”. Me le zafé al rato a mi mamá y me fui para el hall, cuando vi que bajaban vestidos, mi papá atrás de ellos. Recuerdo que no se despidieron de mí, y eso me dolió porque ellos me cargaban y me daban besos. Al otro día fueron como siempre a clase. Mi papá era un caballero: no fue a la rectoría a acusarlos jamás; era un fuera de serie, porque otro portero bien lambón va y dice: “me encontré unos maricas allá en pleno fru fru”. Los empelotados me llamaron aparte y me dijeron, muy cariñosamente: “venga negrita, entienda una cosa: los hombres también nos amamos y nos gusta acariciarnos y hacernos cositas; usted no se preocupe por eso”. Les pregunté: “¿Y no tenían frío?”; “no negrita, nos estábamos amando”. Lo entendí perfecto. Nunca más volví a preguntar jamás por esa güevonada, perfecto lo entendí para siempre. Bellas Artes, además de ser mi casa, mi parque de diversiones, era el lugar ideal para aprender muchas cosas. Conocí a la cantante mexicana María Luisa Landín, a Lola Flores, a Daniel Santos, todo porque el teatro estuvo alquilado a La Voz de Medellín y la música se hacía en vivo con grandes artistas nacionales e internacionales. ¿Quiénes más? Lucho Bermúdez, Juan Legido, Los Bocheros de España… Matilde Díaz estuvo en mi casa, mi mamá le daba un menjurje para aclarar la voz, el que voy a tomar cuando grabe mi disco de boleros. La receta es sencilla: pones una cacerolita como en la que se fríen los huevos, echas un cubito de mantequilla, miel de abeja generosa, pimienta y un trago de ron. Mi pobre mamá tan bella. Era una mujer muy triste, neurótica, hija del dueño de la mejor tienda de Marinilla. Nunca la vi darse un beso con mi papá, nunca los vi dormir juntos. A él, al cabo del tiempo, le mejoraron el puesto en Bellas Artes: “Don Valerio, nosotros queremos que usted ya no esté más en la portería, le vamos a poner una oficina”, y él dijo: “Sí, está bien, pero por favor no me quiten la felicidad de ser quien cierre todas las noches este templo del arte”.

En Bellas Artes representé el papel de la vieja en la obra La orgía de Enrique Buenaventura dirigida por Bernardo Ángel, con quien a su vez hice La monja y el Cristo. Me apasionaba Notas y contranotas de Ionesco, y lo poco que nos llegaba de Stanislavsky. Hasta estuve por ahí en alguna película. Lo único que sé es que tengo vena de actriz, te lo demuestro cuando querás.

La pedagogía musical

Manos de Teresita

Fotografía: Ronal Castañeda

¿Cómo te ha ido de maestra?

El tema de la educación es de alto calibre, muy delicado. El educador debe tener mucho amor por lo que hace, estar convencido y tener el desprendimiento para poder ayudar a esas personas, comprometerse, y comprometerse es jodidísimo porque es una renuncia. ¿O estoy hablando pendejadas?

No, siga, siga

Tú tienes que renunciar a muchas cosas para implicarte con seres humanos y, como lo dice bellamente Saint-Exúpery, “ser responsable de lo que se domestica”.

¿Qué son tus alumnos?

Son mi familia, no hay otra, ni siquiera… Voy a decir una blasfemia: ni siquiera mis hijos, eso es otra cosa; los alumnos son los hijos que le manda a uno la vida. Me crié cuando no había ni maestrías ni doctorados ni nada de eso: era el amor incondicional por la música, sin ninguna búsqueda exterior. Si la fama llega, bienvenida, pero aquel que se pone para ser famoso está perdiendo el tiempo, se está alejando años luz de la meta, porque hay que renunciar. A un actor o un músico de verdad, en el momento en que se para ahí, se le tiene que olvidar cómo se llama, de dónde viene y de qué familia es: tiene que hacer una verdadera entrega.

¿No es ya el pedagogo simplemente un obrero calificado, un asalariado?

Sí. La del maestro es una responsabilidad diría cósmica –en lo que yo entiendo por cósmica–: es entregar algo al universo, dar de vuelta, ser vehículo y puente para que otros sean.

Pero has tenido una experiencia formidable en la Universidad de Antioquia, hasta te condecoraron…

Los primeros años fui profesora por necesidad, por ganarme el pan. Antes me enfrentaba a problemas con los alumnos que no sabía cómo resolver. Cuando llegué a la Universidad de Antioquia no llegué como profesora de piano sino de música de cámara o acompañando cantantes, porque sé mucho de ópera. Empecé a trabajar en el pregrado, y esto ha ido avanzando de tal forma que me encarreté con la enseñanza.

La operación de tus manos fue un momento difícil…

Me operaron las manos y mientras me recuperaba daba clases. La recuperación fue muy lenta pero tomé conciencia, pues tuve que volver a aprender a mover mis dedos. La fuerza se fue, la velocidad mermó un poco, me dolía mucho, confundía la izquierda con la derecha; eso fue una pesadilla. Me tocó empezar a aprender otra vez la parte ya no musical y de interpretación, sino motriz; ya no era fácil para mi tocar piano con agilidad. Aprendí a dar clase, aprendí de la permanencia, se fue la fama, todo eso se acabó. Fue muy doloroso. Fuera de eso, volví a entrar en el medio musical. Me decían: “¿Y sí vas a poder volver a tocar piano?”; “pero eso es una operación muy delicada, Tere; quién sabe si volvés a tocar”. ¡Hacían unos comentarios tan oportunos! Yo pensaba: no sé si vuelva a tocar. Pero fijate, me ayudó Bach: salí avante gracias a Bach.

¿Y a Bach cómo lo sentís? ¿Cómo lo traducís en esos términos del alma tuya?

A mí me parece que Bach es el pulso del universo, es un ritmo implacable. Donde nos falle el ritmo del universo, ni el ejército ni la guerrilla pueden hacer nada (ríe). Bach es un ser religioso, un místico, me da mucha serenidad. Es el único compositor que te quita la depresión, porque es mántrico, repetitivo. Por eso es tan bueno para el jazz. La música es antes y después de Bach.

Ciorán le preguntó a su madre si creía en Dios, y ella le respondió: “creo en Bach”. Hablemos de Chopin

Llevó el piano al nivel de la poesía: no es un músico, es un poeta. Puso a cantar el piano, porque el piano es un instrumento de percusión ¿no? Buscaba la nota azul, que es como cuando baja el santo; quiero decir, no la puedes estudiar, tiene que bajar, sale misteriosamente después de mucha técnica, es el duende en Lorca. Chopin es parcerísimo mío. Es como si existiera lo que se llama reencarnación y yo hubiese sido su vecina. Sé qué es un buen Chopin porque lo he tocado en Varsovia, sé cómo debe sonar.

Beethoven

Fascinante. ¡Uy, qué difícil! ¡Tenía que ser sordo ese hijueputa! Solo se puede definir con una palabra: grandioso. Beethoven es igual a fuerza. Su música es el mundo que él construyó. Vivía en la adversidad, era pobre, sordo y se enamoraba de las condesas. No le faltó sino ser negro.

Haydn

Humor.

Schumann

Esquizofrenia. Su música es teatral porque es de varios personajes: Florestán el cómico, Raro, que era el apacible, y Eusebius el filósofo.

Una histeria que produce personajes, heteronimias que anteceden a las de Pessoa; Schumann es de 1810. ¿Entonces cuál de los tres escribió la música de Schumann?

Para tocar el piano hay que crear personajes. Yo no soy siempre la misma, estamos habitados por muchos otros.

Schubert

Transparencia. Escribió todo en los cafés y vivía de los amigos ricos que le costeaban su existencia, lo cual me parece muy bien, como debe ser. Es el romanticismo frío, escueto.

Mozart

Mozart no se puede tocar de malgenio, porque el cuerpo tiene que estar muy liviano. Es muy transparente, cualquier cosa se nota. Tocar Mozart es estar en una cuerda floja, como si a un mantel de lino blanco le cayera una gota de vino rojo.

¿Y cantar boleros?

¡Eso es lo mío!

¿Verdad que fuiste cabaretera en París?

¡Ay sí! Una vez fui con mis hijos a Montmartre por vacaciones, y en todos estos cafecitos donde hay un piano pedía permiso para reemplazar a los pianistas en los descansos. Tocaba y la gente empezaba a echarme francos en las bandejitas. Fue una experiencia maravillosa. Con lo que recogía nos pagábamos el vino.

Entonces eras agregada cultural en Alemania. ¿Qué habría pasado si te hubieran pillado?

Destitución del cargo inmediatamente.

Eso lo podemos denunciar todavía

¡Bobo! ¿Y qué haría yo? ¿Cómo devuelvo los sueldos?

¿Hablamos de Wagner?

Wagner como persona era un hijueputa, oportunista: se comía a las mujeres de sus mejores amigos, prestaba plata y nunca pagaba. ¡Pero qué músico! Si no hubiese existido Wagner no habría existido Mahler, y si no hubiese existido Brahms no habría existido Wagner; es una cadena, ¿no? ¿Quién dice no amar a Tristán e Isolda? Yo en este momento estoy enamorada de un ser humano divino, venezolano: Gustavo Dudamel. Es el director de la armonía de los ángeles, lo invitan a todas partes a dirigir, tiene 32 años, es un niño. Tenés que ver el video de Dudamel dirigiendo Mahler ¡Te morís! (Ring, ring, ring) Esperate yo contesto.

A este lado de la línea

Dígame / Hola Matías / Sí / ¿Usted me llamó? / ¿Cuándo? / Matías, ¿qué me quieres decir? / ¿De qué? / Sí / De averiguar el datico / No, mirá, pero es que hoy es domingo, dejame descansar / Mi niño, mañana te doy la información / Sí, tranquilo / Si me hacés caso vas a ser un gran pianista, pero como vos sos terco y hacés lo que te da la gana… / ¿Entonces qué puedo hacer yo mi amor? / Eso es muy jodido con vos: uno te quiere decir cosas pero vos sos muy difícil. Poneme a lavar más suave y verás que nos va muy bien / Sí creo que lo tengo, lo más seguro es que lo tengo. / No te puedo jurar, Matías / Óigame, pero sí, piense en lo que le dije / No / No / Lo que yo le mandé no es una orden, a mí no me gustan las órdenes, la música no es de orden, la música es para gozarla, yo qué te voy a ordenar a ti nada / No / No / Es para que goces mi niño con lo que estas aprendiendo, y yo gozo con lo que tú aprendes, es algo mutuo; lo demás no sirve / Bueno / Sí, eso / A una hora prudente, a la hora del almuerzo / Bueno / Bueno / Chao.

Soliloquio dando
puños en una mesa

¡Carajo, yo soy un toro que merece ser indultao! ¡Me indultan o nada! A esta edad, a estas horas de la vida, no voy a claudicar, mucho menos ahora que tengo con qué pagar el arriendo. ¡No lo hice antes, lo voy a hacer ahora que soy rica! Porque con lo que me pagan en la Universidad de Antioquia y uno que otro concierto que me sale por ahí a regañadientes, puedo pagar deudas y hasta comprarme mis chucherías. No voy a decir que el gremio de la música no me saluda, los músicos son hasta corteses, pero para ellos yo no pertenezco al Olimpo del pentagrama, soy como de segunda… qué digo: de tercera categoría, y me lo han hecho saber de todas las formas. Hay pequeñísimas excepciones. Aunque tuve muy buenos profesores, no recibí una educación europea ni nada que me sustente en ese sentido, sino que he sido una pianista de los colombianos para los colombianos con uno que otro éxito anónimo en Europa; el que es bueno aquí tiene que ser bueno allá (ríe). Siempre me fue muy bien, fue muy espontáneo. Me preguntaban dónde había estudiado, que si en Viena. Tuve como profesor a Harold Martina, que se graduó allá y nos ayudó mucho en una época… Y bueno, ¿por qué estoy hablando de esto? ¿Dónde iba? A mí me quieren mucho, pero hay algo profundo, algo raro, algo racial, que no deja.

Sé que quieres que te hable de cuando fui agregada cultural en la embajada de la República Democrática Alemana. Sí, me nombró Belisario Betancur. Fueron cuatro años y medio que aguanté como negro: ahí supe a que sabía lo negro; desde la misma llegada, un sábado, con la embajada cerrada y nadie que saliera a recibirnos. Yo iba con mis tres hijos, Adriana, Mirabay y Vladimir, puro invierno y nosotros con ropa tropical. El lunes cuando me presenté el embajador ni me miró; solo observó horrorizado esa familia negra, como preguntándose: “¿de dónde salió esta tribu?”. Lo primero que me dijo fue: “¿Sabe leer y escribir?”. Le respondí con mucho orgullo: “Sí, señor embajador, además tengo una letra muy bonita”.

Me porté como las sirvientas que no contradicen nada: “sí, Sr. embajador”, “por supuesto, Sr. embajador”, “ya mismo, Sr. embajador” ¡Mamolas! Cuando había eventos muy elegantes o muy importantes de embajada me escondían, me hacían cosas para que yo sacara el negro, y yo con esas ganas de decirles: vayan a comer mierda, manada de malparidos. Pero no, fui verdaderamente una diplomática. Si Belisario me dio el honor de estar en una embajada, Turbay me ofreció cárcel. Me iban a dar cuarenta años de cana dizque por un atraco a la Caja Agraria, por un asalto a Telecom, por una reunión con el M-19; no faltó sino que me culparan de la muerte de Jesucristo, pero fijate que en la crucifixión no había negros (¿O sí?). Me hicieron dieciocho interrogatorios con el B2, y me llevaban a esas citas dos policías militares armados en un Renault. Hijueputa, no sé qué cojones he tenido yo en la vida. Me leí todas las novelas de Agatha Christie, meditaba, y no podía dormir sino de día porque de noche estaban torturando a la gente y yo oía. Eso se me volvió una pesadilla, no sabía cuándo me iban a llevar a mí a torturarme. Otto de Greiff siempre me preguntó por qué no había demandado al estado. Estuve detenida veinte días, y me sacó libre Luisa Henao, abogada brillante.

A finales de los noventa volví al zen porque estaba destruida con la muerte de mi hijo Vladimir. Se me acumularon todas las desgracias del mundo. También la élite musical me sacó de taquito, y a esa élite yo la respeto mucho, son los mejores. Rechazo tras rechazo, ¡no joda, ya es hora de que me indulten! Así que en las peores, con las manos operadas por contera, fui donde un amigo en Bogotá y le dije: “estoy deprimida, estoy muy mal, ya la búsqueda mía cesó, de eso no quedó nada, no hay dios que me interese”. Me dijo: “¿Por qué no pruebas con el zen? Vamos a buscar al monje Andre Lemort a ver si te da la postura”. Allá llegué, y Lemort me hizo pasar y puso una silla ahí y otra aquí aislada, como una cosa rara no había mesa en la mitad. Me dijo: “¿Y qué?”; “¿qué? que estoy mamada, que mi vida me importa un culo, que no creo en nada”; “ah bueno, eso no está grave. ¿Y qué quisieras?”; “que me dé la postura, la ordenación de monja”; “bien, empezamos esta noche”; “esta noche no se puede, me voy a las cinco para Medellín”; “entonces no”. Tocó aplazar el viaje. Me quedé a su lado aprendiendo, y en el 99 me dio la postura de monja, que es un ritual que me gusta mucho porque es muy teatral. Le escribí esta carta: “Maestro, la vida me llevó a este momento, el más importante, no tengo por dónde escalar; el amor, el éxito, mi familia, todo lo que ha sido mi vida necesita un cambio, un cambio profundo, lo he encontrado a usted y quiero estar ahí en esa postura que me confronta con mis miedos, mis ilusiones, mis disfraces… Tómeme como su discípula. Mi tiempo, el que me queda, quiero practicar. No sé este barco dónde me llevará, quizá a ninguna parte. No tengo conocimientos teóricos pero no me importa, estoy cansada de todo, lo que quiero es la práctica. ¿Me permite ordenarme? ¿Me permite ser su discípula? Es algo que está más allá de mi necesidad imperiosa, considere mi petición”.

Qué bueno sería irme de dōjō en dōjō por el mundo sin que nadie sepa nada de mí, solitaria.

Ahora estoy leyendo Qué viva la música de Andrés Caicedo.

Entrevista tomada de la edición No. 26 del periódico de Medellín en Escena