CUADERNO DE REFLEXIONES SOBRE LA
COSA TEATRAL
LA FUNCIÓN VA A COMENZAR
Por: Cristóbal
Peláez
Para el
espectador habitual de teatro siempre constituye una curiosidad saber
qué ocurre más allá del escenario, cómo se prepara un grupo, cómo se
prepara un actor, cuál es la temperatura que se mueve en ese instante en
que público y creadores se disponen a la iniciación del ritual
escénico.
·
Esos momentos
son, profesionalmente, similares en todo el mundo y aún el más lego
alcanza con su curiosidad a presuponer lo que ocurre. Similares son,
decimos, pero a cada compañía corresponde un tipo de preparación
particular. También es muy distinto el ambiente que predomina en un
estreno comparado a lo ocurre en una función avanzada de temporada donde
los nervios ya están aquilatados.
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La tensión de
un estreno supone un punto aparte porque es la agonía de la duda, el
precipicio del fracaso posible. Es el eje por donde circulan todo un
tiempo importante de estudio, trabajo y sueños. Allí en esa noche está
la espesa urdimbre de una agitación individual y colectiva. Temor y
temblor por la incertidumbre de ser o nos ser aceptados públicamente.
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En el Teatro
Matacandelas existe una rutina de preparación que de alguna manera está
inscrita en una tradición ética que carga sus deudas con el Teatro de
Arte del maestro Constantin Stanislavski.
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Esto es: el
actor después de un trabajo diario de ensayos suele llegar con dos horas
de antelación como mínimo al camerino. Allí inicia un trabajo de
concentración sobre su personaje: suaves ejercicios corporales,
calentamiento de voz, reordenamiento y verificación de objetos de
utilería, vestuario y maquillaje, repaso mental (a veces físico en voz
alta) de sus partes, control espacial.
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En dos horas el
actor pausada y gradualmente está realizando una operación de
transformación, su yo procura alcanzar al otro (el personaje). Todos sus
músculos, todos sus nervios, toda su imaginación están al servicio de un
propósito escénico con la pieza que va a representar.
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La relación
entre el grupo de actores en esos instantes es de calma, de agradable
camaradería. Una relación a veces de palabras pero hecha más de
silencios. Una honda invisible de energía los llevará a alcanzar ese
objetivo común en la representación, un compromiso con ellos mismos y
con su público.
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Los compromisos
familiares y sociales, los asuntos económicos, las urgencias cotidianas
hacen aquí su paréntesis para lograr un momento de distensión. El actor
no olvida sus frustraciones o sus regocijos, por el contrario los
utiliza como herramientas de expresión.
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La necesidad
del arte está ubicada en una necesidad de dominación mágica (no
queremos realidad queremos magia) y en este momento el hombre de
teatro está preparado para un evento donde la vida se vive de otra
manera.
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El ritual que
se repite una y otra vez en la trasescena no es natural, no surge de
improviso, es parte de una formación profesional, de un entrenamiento,
de un trabajo técnico, una especie de código ético que tiene su sustento
en lo práctico: la eficacia y la responsabilidad estética para con el
público.
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Este vademécum
que a simple vista parece tan sencillo y razonable, constituye una de
las grandes dificultades que enfrentan muchos de los grupos escénicos,
es también la causa de que una gran parte de las representaciones estén
pobladas de desorden, de desniveles de actuación, de desgreños visuales
y sonoros, de problemas técnicos, de ritmos irregulares y casi siempre
caóticos. Lo cual en el grupo conlleva a un malestar conjunto:
frustración, incomunicación, tratos altaneros de mutua inculpación,
traducidos en un desprecio y un desapego por el arte teatral. En últimas
no es raro que se termine por abominar a Esquilo y los griegos.
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Algunos
espectadores a veces se imaginan también que en el umbral de la
representación, mientras aguardan impacientes para entrar al teatro,
gobierna adentro un clima de nervios: actores comiéndose las uñas y a
punto de estallar en gritos, técnicos corriendo tras los imprevistos,
directores histéricos mesándose los cabellos.
·
Una situación
así a veces ocurre en aquellos elencos de teatro aficionado que no han
logrando alcanzar una disciplina y una ética del oficio, "teatro de
recocha", o bien en aquellas agrupaciones antiguas salpicadas de
mañas y de cansancio, especies de matrimonios viejos cargados de
antecedentes de odios y resentimientos.
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La costumbre
más detestable en un actor aficionado o imbuido de la pedantería de
veterano es llegar a la representación minutos antes de comenzar la
función. Es una práctica incluso muy común.
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En algún
conocido grupo de esta ciudad es posible observar a sus integrantes
instantes antes de la función departiendo con los asistentes y con sus
amigos, y posteriormente ingresando a la sala al mismo tiempo con el
público. Al inquirir a su director por un hecho tan inusual nos
respondía: "mis actores, no necesitan preparación, ni maquillaje, ni
trabajo previo de concentración puesto que son profesionales. Esas cosas
son para los bisoños, para los que no saben hacer teatro". Sobra
decir que esta visión mostraba sus lamentables resultados en el
escenario.
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En el otro
extremo aún hoy se ve otra práctica que raya con un misticismo morboso:
los actores se encierran días en el escenario, no se permite que ninguna
persona ajena al elenco pise el escenario, casi ni los técnicos, nadie
puede ir calzado, nadie puede hablar. El actor permanece sumido en una
especie de estado catatónico -con aire de culpa, adentrado en una
cosmogonía- mientras el director da orientaciones con gestos suaves y
sublimes. El número de espectadores se ve sometido a una capacidad
determinada, caprichosamente. El evento teatral es un ritual sacro
parecido a una misa y el actor un ángel al cual una partícula de
materialidad le puede rasgar las alas.
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Una tercera
costumbre nefasta tiene que ver con el incumplimiento, los comienzos
tardíos de los espectáculos con los tiempos insoportables de espera.
Siempre a última hora resultan inconvenientes técnicos, o se da espera a
los últimos espectadores que suelen llegar tarde.
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Hay aún más
enfermedades: los actores que para lograr motivación requieren minutos
antes información sobre el público: quién llegó, cuántos espectadores
hay, cuánta plata hay de taquilla, si sí llegó mi novia, si sí vino ese
doctor tan importante que invité para que vea mi talento.
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La mezquindad y
la mala actuación suelen ser uña y carne. Alguna actriz de cuyo nombre
nadie se acuerda le tiene medida a su talento: exige que para verla
asista un mínimo de cien espectadores y una entrada mínima de
trescientos mil pesos: ese es seguramente su precio.
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Así como un
elenco requiere de una adecuada preparación, algo similar se requiere
del público. El pacto entre ambos es de exigencia recíproca. El término
"público" es una entelequia, al público corresponde "públicos": en la
velada teatral hemos tenido públicos talentosos, públicos emocionados,
públicos de agudeza mental, públicos generosos, públicos disciplinados,
como también hemos tenido públicos apocados, públicos dormidos, públicos
estúpidos.
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La masa no dice
nada, quinientas personas juntas no son garantía. A veces, decía
Voltaire, no alcanzan a reunir entre todos ellos la inteligencia de un
portero.
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El teatro en el
campo perceptivo dista mucho del cine y por lo tanto exige otra
disposición mental en el espectador. En el cine predomina la fantasía y
el estado de alucinación. En el teatro la producción es apenas un jirón
de un asunto que va más allá del estrecho marco del escenario. Es
realmente el espectador quien realiza la puesta en escena y por ello el
teatro generalmente reclama a un espectador dispuesto a realizar durante
un cierto lapso de tiempo una operación que le exige atletismo mental.
·
Una ciudad,
como la nuestra, carente de una vigorosa tradición del teatro,
acostumbrado al cine, no está muy advertida de esta circunstancia.
Dentro del público a veces aparecen los espontáneos que por algún
accidente entran -le obsequiaron la boleta, lo obligó algún profesor,
entra siguiendo a alguna simpática jovencita (o jovencito)- y llegan
ruidosos y molestos para atraer la atención con voces y silbidos, casi
siempre dispuestos a entablar contra los actores algún chiste de baja
denominación. Esta situación con un público estudiantil es un tópico
exagerado.
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Hay públicos
que se juntan porque reclaman un teatro divertido, poético, un espacio
de estremecimiento emocional.
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Y hay públicos
que se juntan porque necesitan con urgencia una ración de porquería.
Nunca faltará quien esté dispuesto a brindarla.
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El lado de acá
del escenario también tiene sus quebrantos:
-
Los que llegan
corriendo.
-
Los que entran como
una máquina Terminator: con celulares, buscapersonas, relojes
electrónicos, despertadores, agendas electrónicas, computadores y
radares, linternas con rayos infrarrojos y, hasta es posible, que con un
corazón artificial.
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Los hay que entran
dormidos.
-
Los hay con cara de
aburrimiento
-
Los hay que entran
bravos, como mascando cítricos.
-
Los hay con cara de
atembados.
-
Los hay que
entran de afán preguntando dónde hay un teléfono, dónde hay un baño,
dónde se quedó mi novio, cuánto dura la obra, si me puedo salir en la
mitad.
-
Los hay (que los hay
los hay) que entran intentando estrenar cerebro, imaginación y
sentimientos (casi nunca lo logran).
-
Los hay que no les
gusta la obra, aún sin haber empezado.
La obra correcta,
en el sitio correcto, a la hora correcta, con el público correcto es la
ambición de cualquier compañía teatral.