UN SENTIDO EN EL TEATRO Y LA TEATRALIDAD DE ANDRÉS CAICEDO

por: Cristóbal Peláez González

En Andrés Caicedo habría que separar lo que constituyó su dramaturgia, compuesta por unas nueve piezas, entre adaptaciones y creaciones, y aquello que es propiamente su teatralidad subyacente en textos literarios. Quien lea su cuento "¿Lulita que no quiere abrir la puerta?", para mencionar sólo un caso, se encuentra frente a una corta narración ya "casi lista" para poner en escena. Pero igual ocurre con otros tantos textos, y ni modo de hablar de "Qué viva la música", o de "Pronto: memoria de una cinesífilis". Andrés hacía teatro, sabiéndolo o no, a través de su voluminosa e inconclusa obra literaria. Veía, creemos, a través del marco estático del escenario. Es un maestro del monólogo, si, un maestro.

Que nos hayamos demorado casi 20 años para saber que allí había mucha tela para cortar se debe a múltiples factores: el impacto inmediato de su muerte, el sociologismo de nuestra escena que nos hacía apartar de otros mundos poéticos, nuestra lentitud teatral para asumir lo urbano, el hermetismo e ineditismo de su narrativa, nuestra distorsionada visión del propio autor al que siempre hemos asociado, limitándolo, ahogándolo, con un simple colorido: Rolling Stones, salsa, droga, decadencia juvenil. Elementos puramente pictóricos. El mito se ha nutrido de anecdotario y leyenda.

El estudio crítico de lo que fue el hombre de teatro, actor, director, dramaturgo, aún está por hacerse. En estas pequeñas líneas apenas lo que hacemos es recordarlo hoy y de paso sesgarnos en mencionar UN sentido que hemos captado en su obra y que justifica nuestro empecinamiento.

Que Andrés fundamentó su preocupación en el mundo adolescente en oposición a un mundo adulto, ello ya lo sabemos de sobra, pero lo que ahora "leemos" de su obra, sin su permiso, es una voz desesperada contra la forma de vida de este país en el que nos ha tocado vivir.

A nosotros, como compañía teatral - y esto hay que gritarlo con mayúsculas - TAMPOCO NOS GUSTA LO QUE HAN HECHO DE ESTE PAIS, NO NOS GUSTA COMO ESTA ORGANIZADO. LO QUEREMOS DISTINTO.

Esa es una de las razones por las cuales queremos tanto a Andrés, pues compartimos su grito de inconformidad, esa rabia de un espacio, de una patria en manos de buhoneros, en manos del más avivato, del más tramposo, del que llegó primero. Un país que está que revienta de bobos-vivos.

Por eso hemos realizado ya, con nuestro próximo estreno de los DIPLOMAS, nuestro tercer trabajo escénico: para compartir amor y desamor, para sacarnos con los jóvenes de Medellín y el país una impaciencia. En Andrés no hemos encontrado una fórmula teatral, una panacea, para hacer más y mejor teatro, para participar o ganar festivales (nos importa un pito), para escalar o para ser más "artistas". Revisitamos a Andrés por la identificación con ese desarraigo, con esa rabia, con esta dificultad enorme de existir que tenemos, para seguir diciendo que "NO ESTAMOS DE ACUERDO", que a la sociedad hay que reorganizarla de nuevo, fundamentarla sobre un nuevo aliento. Que urge CAMBIAR LA VIDA, como lo proclamó Rimbaud.

Andrés, como los grandes autores, como los universales, habló por los otros, no por los felices ni por los normales ni por los establecidos. Su literatura no es la pose undergraund, o la narrativa fashionable de un talentoso, ES UN ESTREMECIMIENTO.

¿Se ha puesto alguien, por pura ociosidad, a contar el número de jóvenes muertos por desencanto o por desajuste con el curso normal de la vida que desfilan a través de las páginas de "Qué viva la música"?

Todos jóvenes, todos suicidas, todos desadaptados, todos irremediablemente enfrentados a la trascendencia, a los negocios, a la seriedad de la adultez: Ese mundo que no juega, que no se divierte más que con su propia trascendentalidad de la intrascendencia.

La línea fronteriza entre literatura, cine y teatro es en Caicedo indivisa. Una difuminación (una cosa penetrando a la otra), que se abarca en un solo gesto que supera el contestatarismo de los nadaistas. No se desgastó culpando a los otros de su fracaso de vivir: se fue con el poema, como bien lo dice Mayolo, el 4 de marzo de 1977, y no con el borrón de poema que nos ha tocado a nosotros.

Ahora nos acordamos de una apreciación que nos hacia Carlos Alberto Caicedo, padre de Andrés: "Todos sus personajes son dolorosos, extraordinariamente trágicos". Trágicos por la opresión de un orden de cosas en desorden.

Ahora que los jóvenes ponen los ojos sobre Andrés, que muchos quieren extraer la lección teatral y literaria, hay que decir: NO hay que imitar a Andrés, no hay que escribir como Andrés, no hay que hacer Teatro como Andrés: HAY QUE CONMOVERNOS COMO ANDRES, ACCEDER A SU SENSIBILIDAD, QUE NOS DUELA EL PAIS Y LA VIDA COMO LE DOLIA A ANDRES. El resto saldrá por simple resultado.

No queremos un Andrés, como muchos han pretendido, de boutique y de snob, de puro Chicó y pura rebeldía inventada. Su dolor iba más allá de unos cuantos discos de salsa y rock, de la goma por el cine y la melena larga. Eso es lo externo en cualquier joven, eso es hablar de gustos. Cuando hablamos de su condición desgraciada estamos hablando de algo que nos es común a todos los seres humanos, eso es lo universal, lo moderno. Lo otro es el ropaje, la anécdota.

Aquella frase que dice..."imaginamos que los sentimientos experimentados por las personas de nuestro tiempo y de nuestra clase son muy importantes y variados, pero en realidad no es así, los sentimientos de nuestra clase se reducen a tres: orgullo, sexo y cansancio de vivir", parece dicha por Andrés Caicedo, pero no, la escribió León Tolstoi.