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Mayo Teatral

por: Omar Valiño

Del Mayo Teatral, de la Casa de las Américas, recordaremos por mucho tiempo O marinheiro, del grupo colombiano Matacandelas. Aunque uno haya estudiado o leído sobre el teatro poético, pocas veces o ninguna lo ha visto en escena, al menos de esa manera "ortodoxa" con que lo entiende Cristóbal Peláez, el director de la puesta y de la compañía.

Así lo querían Maeterlinck y luego Fernando Pessoa, quien siguiendo al primero escribe este poema teatral que Peláez logra entender en su espíritu y en su materialidad escénica. Halla para la palabra del portugués una situación de enunciación única: esos tres personajes, cual entes salidos de lo desconocido, que tienen a lo pies un muerto y sólo intercambian entre ellos sus frases y su estupor ante todo lo que los rodea, permanecerán en la retina de cualquier espectador capaz de abrirse a un contacto "teatral" diferente.

Realmente, el montaje nos sitúa ante un cuadro, ante una imagen que nunca nos revela completa. Las luces iluminan como relámpagos, tal vez porque los personajes están en el cielo, cerca de Dios (la perfección técnica no es menos deslumbrante). Representa el patio de una casa en ruinas o un promontorio que se asoma al mar, con seguridad un borde, un abismo. Los personajes miran en dirección nuestra, de los espectadores que, como muy pocas veces en el teatro, vamos siendo atrapados por una niebla que se vuelve real. Vemos a través de ella esta suerte de pájaros de la muerte, de almas en pena, de agoreros que hablan sin acompañarse de la más mínima acción física. Están "esculturados" en el espacio, pero, ah, esas palabras llegan todas cargadas de sentido y van encarnando en el corazón de los receptores la ansiedad, el miedo ante todo presente, ante toda existencia.

Se palpa la sutileza de cada silencio, la línea de cada sonido en la voz de los actores y se produce una fuerte magnetización del espacio y del público. Es rarísimo, un acto que te hace sentir lo mistérico.

Quiénes son, nos preguntamos, qué hacen allí (aquí) al pie del cadáver, no sabemos bien si de hombre o mujer o de ese marinero del que hablan, al cual tampoco situamos en un tiempo preciso porque la memoria es tal vez pura invención y desconocemos si el futuro que les provoca pavor es también memoria sabida.

Las asociaciones viajan por caminos infinitos, gracias a la consecución de una gramática teatral increíble, a un brillo actoral indiscutible, a la riesgosa proposición de un teatro también situado más allá de una moda, de un género, de un país, de un tiempo, sin que por todo ello, precisamente, no lo recoja todo dentro de sí.

Digo riesgoso, además, porque estamos ante uno de esos espectáculos que si no fuera perfecto, sería sencillamente abominable.

Tomado de La Jiribilla