Sergio Restrepo

El animal nocturno que transita la ciudad con los ojos

Por: María Camila López Isaza

Las notas de prensa tradicionales lo llamarán director. Las reseñas de las múltiples charlas y conversatorios a los que lo invitan dirán, probablemente, que es un destacado líder cultural en Medellín. Sus amigos hablarán de él como ese loco que los mete de cabeza en cuanta idea nueva se le ocurre —cosa no muy alejada de la realidad—. Dejémonos de vainas y llamémoslo por lo que es: un observador con el ojo y la boca muy bien entrenados. Un ciudadano amante del viaje a pie, que encontró en la urbe el escenario idóneo para formarse como espectador activo, crítico y absolutamente sensible.

Si lo ve caminando por las calles del centro de Medellín o en Envigado, los pantalones de colores y las camisas estampadas que visten su cuerpo, no revelarán nunca que comanda dos de las instituciones culturales más importantes del Vallé de Aburrá. Su cabeza es una autopista infinita que no conoce el semáforo en rojo. Si lo ve sentado, haciendo carrizo con las manos cruzadas sobre las piernas y frunciendo el ceño, sepa que la mente de este hombre bien puede estar visitando, en ese momento, los lugares más remotos. Y maquinando, por qué no, alguna idea descabellada que pondrá en marcha al día siguiente. Su quietud es momentánea: se sienta, se para, camina, saluda, abraza, contesta el teléfono, chatea, habla, se calla, piensa… ¡Vive! Su presencia es la muestra palpable de que los locos y los soñadores de tiempo completo son la fuerza humana que echará a andar esta ciudad. Este país.

Foto Sergio Restrepo

De dinópulos, levantahombristas y entusiastas

Sergio Restrepo Jaramillo pueden ser muchos, puede ser cualquiera: un primo, un conocido, un amigo de infancia o un amor de vacaciones. Es, incluso, el nombre de un sacerdote jesuita al que la muerte le llegó muy pronto. No es esta la historia de un caballero ilustre con títulos colgados en las paredes y todas las preguntas resueltas. A este Sergio se le dan los juegos de palabras, los acertijos y las rutas inciertas. No es ni será nunca un discípulo de fe ciega, amigo de los dogmatismos y las fórmulas preestablecidas. Prueba de ello es que haya inventado dos términos para describirse: «Yo soy una especie de híbrido entre dinópulo y levantahombrista […] soy el que no sabe seguir instrucciones, el que no sabe seguir caminos. Entonces, normalmente, lo que me pasa es que me pierdo. Pero como no me voy a quedar quieto, por algún lado tengo que salir. Y eso es difícil. El levantahombrista es como, ¡ahg!, al que no le importa. Esa mezcla rara, con unas goticas de otra cosa que yo llamo entusiasta —no sé nada, pero me entusiasmo mucho para hacer las cosas— es lo que más o menos yo soy. Trato de rodearme de saliradelantistas, gente que puede hacer las cosas muy bien. Los que hacían la margen en el cuaderno, los que normalmente tenían letra muy bonita, no se equivocaban; sabían para qué eran las tildes y para qué eran las comas. Yo creo que el mérito es de ellos. Son los que hacen las pendejadas en las que yo los meto; son los que me sacan cuando me pierdo porque no sigo el camino. Ellos son los que hacen realmente el camino».

Dinópulo porque no traga entero; levantahombrista porque prefiere no tomárselo en serio. Un carácter difícil de afinar cuando razón y espíritu lo conducen, invariablemente, a la acción: a ser un doliente eterno de la ciudad. «No sé bailar, no sé cantar, no soy el chico más listo de la cuadra, no fui bonito y, en esas lógicas, me quedaban muy poquitas opciones. Maruja, que era mi tía abuela, me decía: “A usted le tocó ser divertido e inteligente”. Yo le decía: “¿por qué?”. “Porque usted bonito no es y gracia no tiene”. Eso me lo dijo muy pequeño, pero me sirvió mucho en la vida, y definitivamente esa ha sido la herramienta. Me gusta vivir rápido. La gente cree que soy impaciente o estresado. Yo creo que no. Normalmente no estoy estresado por nada. No me quita el sueño nada, porque normalmente no tengo sueño. Entonces vivo un poco en el club del insomnio en las noches. Pero la gente cree que me está quitando el sueño cualquier cosa y eso no es cierto. Tengo sueño por las mañanas, cuando los pájaros cantan. En las noches me cuesta mucho trabajo. Por eso me duele tanto llegar a una reunión a las siete de la mañana, yo no sé pa qué me citan a esa hora. Pero si es a las once de la noche me parece sensato […] Como en todas estas cosas, lo único que cometí en la vida fueron unos cuentos, unas cuantas letras desde Stultifera Navis y desde Paz de Mentes, pero realmente no soy escritor tampoco. Entonces me quedó solo un espacio en la vida que es el de ser espectador».

Envigado, los amigos y la vida al pie de La Ayurá

Tal vez no busque un norte, pero su vida siempre ha estado atada al sur. En Envigado nació, se crio, ganó y perdió. Regresa siempre, como quien regresa al barrio, la casa de la abuela y las calles que trajeron amigos y se llevaron otros. En Envigado está el germen de la juventud, la alegría y la irresponsabilidad. «Crecí en un Envigado donde estaba creciendo el cartel de Medellín. Me tocó ver cómo funcionó Seguridad y Control […] empecé a crecer en una época en la que, cuando éramos niños, admirábamos a los contrabandistas […] uno jugaba carritos con los amigos soñando ser estos señores, porque progresaban y eran admirados por la sociedad. Eso luego se transforma en narcotráfico, y esos narcotraficantes luego se convierten en malvados […] transmitirlo en palabras no es tan simple, pero para nosotros, cuando éramos niños, la mafia no era tan terrible. Luego, culturalmente, se empezó a desmoronar eso. En principio, por envidia, porque cuando nosotros estábamos con nuestras amiguitas y empezábamos a crecer, las niñas se volvían mujeres y nosotros seguíamos siendo niños. Uno se vuelve flaco como preparándose pa estirarse, y ellas se ponen preciosas: se les ponen carnudos los labios, les brillan más los ojos, les entra como un brillo mágico, les salen los senos, las caderas se les ensanchan y andan por ahí como soltando feromonas por el mundo. Y uno queda preso de la tiranía de la especie, corriendo detrás de ellas cual perro tras hembrita en calor. Pero el detalle es que uno no es el perro que ellas quieren. Ellas se van con su mafioso azul, y uno se queda, si acaso, pedaleando en su bicicleta».

Esa visión cándida de progreso que a no pocos amigos sedujo; el anhelo desmedido por una camisa de chalis o de seda, y por unos zapatos italianos de puro mafioso style, se transformó con el tiempo en un rechazo tajante y violento, según cuenta Sergio, a todo cuanto estuviera untado de sangre y muerte. «Empezamos a hacer un tema de contracultura, de resistencia un poco ingenua que iba desde la estética, y eso fue muy poderoso porque nos dio un nichito en donde escondernos; una trinchera desde donde resistir. Fue muy doloroso también ver cómo nuestros amigos dejaron de ser, y se volvieron otros seres […] Eran los muchachos. Nosotros éramos los muchachos. A mí me salvaron tres cosas: la primera, ser el chico flaco, desgarbado, que no jugaba bien fútbol, no hacía las mejores cometas, no tenía la mejor noviecita. Yo, de alguna manera, estaba en el margen. La segunda, una pequeña diferencia de edad con los que terminaron ahí metidos. Eran más grandes o más fuertes. Y la tercera, la muerte de un amigo al que le pegaron un disparo en la cabeza casi frente a mí. Yo creo que ese momento marcó un punto de inflexión muy fuerte».

Curioso es que la muerte salve y pueda encerrar, a su vez, tanta belleza. Es Sergio quien narra a su amigo; es la palabra —su palabra— la que burla el olvido y lo trae de nuevo. El hecho abominable que no debió acontecer, deja la imagen de aquel que murió limpio, aun en la infame suciedad de los días. «Éramos muy amigos. Yo le voy a poner un nombre ficticio porque es un dolor muy fuerte; para nosotros era Carlitos Mugre. El apodo es real: Mugre. Le pusimos así porque Carlitos nunca se ensució. Nunca. Él era huérfano de mamá, y el papá siempre lo vestía, lo bañaba y lo peinaba antes de irse a trabajar a la fábrica de Rosellón. Entonces, Carlitos, desde la primera hora en la mañana, estaba peinado impecablemente. Nosotros cruzamos esa Ayurá muchas veces para coger varillas de cometa, para robar guayabas; para jugar. Pero a Carlitos nunca se le iba el pie al agua. ¡Nunca se ensució! Íbamos a coger unas cosas que se llamaban capitanes, barbudos o corronchos, que los fritábamos y nos los comíamos, y a Carlitos nunca, jamás, le sucedía que se parara en una boñiga. Jugábamos microfútbol en la calle, un partidito: a Carlitos no se le rayaban las zapatillas. Nunca. Entonces le pusimos el apodo Mugre para que lo tuviera en algún lugar. Él tenía que tener mugre en alguna parte. A Carlitos Mugre le volaron la cabeza por estar pidiendo unas carnes en una marranada donde no debía. Ese día, para mí se partió un poco en dos la historia de esa estructura de Envigado, porque me di cuenta de que estábamos llenos de maldad. Éramos capaces de matar un niño por un plato de costillas o chicharrones. Fue muy difícil».

Paz de Mentes y Stultifera Navis

Después de la ruptura que provocó tal pérdida, y ante la epidemia que evidentemente era para entonces —¿y para ahora?— la violencia en Medellín, no había otra opción que amangualarse y tomar partido. Ese primer acto revolucionario se llamó Paz de Mentes. «Fue una mamadera de gallo con la que pasamos muy bueno, éramos varios amigos. Eso fue en el 95 más o menos. Paz de Mentes fue una organización de derechos humanos. Yo tal vez era de los mayores que había ahí. Éramos unos niños que nos íbamos a beber un vino que hacían en el sótano de mi casa, a cantar, a tocar guitarra y a prender fuegos por ahí […] era una apuesta para ser constructores de paz. En la Semana por la Paz, por ejemplo, nos íbamos a hacer conciertos de música protesta o canción social. Entonces traíamos a Ana y Jaime o a Víctor Heredia; o poníamos a sonar a Suramérica. Hacíamos festivales de rock; hacíamos talleres con Naciones Unidas y Redepaz. En el 96 hicimos la votación de los niños por sus derechos. Se hizo a nivel nacional, hicimos parte de ese juego y ganaron, en orden: la paz, la vida y la libertad. De ahí salió El mandato por la paz, la vida y la libertad, que al año siguiente se convirtió en lo que la gente conoció como El voto por la paz. Fue muy divertido. Enfrentamos mucho la política local. Nos valió caro también; nos tocó irnos, acabar Paz de Mentes. Nosotros nos íbamos a leer en la puerta de Otraparte, o en el vivero que quedaba al lado. Soñábamos con abrir Otraparte, nos inspiramos mucho en Fernando González, pero nos tocó irnos».

Se fueron, pero regresaron. En 1999 soltaron anclas y se montaron en la Stultifera Navis, o La Nave de los Locos. Un acto de irresponsabilidad sin límites, la embarcación de las causas perdidas, en la que se escuchaba música clásica o se cantaba a Bunbury, Serú Girán, Charly o Fito, a todo pulmón. Una nave que tal vez ya no exista como colectivo, pero de la que Sergio aún no se baja. «Nosotros no sabíamos casi nada. Invitábamos a leer a los poetas más grandes: José Manuel Arango, Gómez Jattin, Jaime Jaramillo Escobar. O invitábamos a Débora Arango, o a Ramírez Villamizar, o a Manzur […] nos cortaban los servicios públicos cada tres meses, y desde ahí dimos mucha brega. La abrimos como un acto de venganza por no haber podido abrir Otraparte. Entonces montamos una casa de la cultura privada y, como éramos tan pretenciosos, montamos lanave.com, que era un centro de información digital, donde había cuatro computadores y teníamos banda ancha […] se convirtió en uno de los primeros lugares de Envigado de servicio público donde estaba el internet».

Fueron navegantes Lucía y Pedro Arturo Estrada, Daniel Gómez Henao, Miguel Rivas. «Extraño mucho las bitácoras de La Nave, que era una cosa que escribíamos todas las noches y se volvió como un libro de cuentos. Extraño las cartas que nos escribíamos con nombres ficticios, imaginando la vida que no era real, porque siempre es más divertido imaginar la vida que vivirla. Me parecía muy chévere ser Decibelio Moria, o Anónimo Buendía, o Amador Palacios Santamaría. Me gustaba mucho escribirle a Jerónimo Aranda o a José Maratesta. Era muy divertido ese no lugar, ese no mundo. Extraño mucho el sótano —la casa tenía un sótano gigante— y extraño mucho que era mi casa. Yo nací en esa casa, me crie en esa casa; era la casa de mi abuela, luego fue La Nave. Extraño mucho que ese lugar exista».

«Y me quebré…»

La habilidad de Sergio con la palabra es producto, quizá, de sus lecturas esporádicas, de su ejercicio de escritura, de la discusión abierta… Y del negociante que antaño fue. No todo ha sido arte y cultura. Una porción de este hombre acoge al recursivo vendedor que, de quiebra en quiebra, ejerció a cabalidad la lógica del rebusque. Nadie sabe qué gran personaje se habrá perdido el gremio empresarial. «Lo primero que hice fue tener una empresa de morcilla. Yo la hacía, comprábamos los menudos en Caldas. Era una cosa horrible, dificilísima. Hacíamos mucha. Se vendía muy bien, pero el trabajo era, ¡jueputa, inmundo! Había que madrugar mucho, a las cuatro de la mañana, porque a los marranos los mataban a las cuatro y media, y había que estar ahí pa recoger la sangre […] había que vivir de algo. Lo hacía con Motitas, que era mi socio en el tema de la morcilla. Después, tuve una empresa de paletas. Hacíamos unas cremas encoñadoras de maní, de mango biche, de fresas, de lecherita. Y era la maravilla, le vendíamos a las farmacias. Hasta que llegó otra empresa que vendía las mismas cremas, tal vez mejores, con bolsita etiquetada con imagen. Yo no tenía cómo competir y me quebré. La historia de las paletas surge porque en el sótano de mi casa, que era inmenso, tuve unos corrales de cría de pollos de engorde. Y a esos pollos de engorde, había que arreglarlos y congelarlos, y yo quedé con un montón de congeladores. La empresa se quebró por deshonesto, porque yo empecé a tener más pollos de los que les podía vender a mis familiares y amigos. Entonces empecé a venderle a las carnicerías y tenía que tener un certificado de vacunación de los pollos, eso era muy caro […] vacunaba cincuenta o cien pollos, con eso me daban el certificado, y no vacunaba el resto. Pues en una de esas, ya los pollos casi listos para salir, vacuné cincuenta y se me murieron todos los otros, y me quebré […] Me quedé quebrado y con los congeladores, entonces para pagar un poco las deudas y para montar empresa, monté la de cremas».

El prontuario laboral continúa. «Yo era chancerito […] vendía el chance en dos unidades residenciales de Envigado: una se llamaba Señorial y la otra Gualandayes. Yo iba y buscaba quién se había pasado ese día a vivir ahí y le regalaba un texto de lo que significaba Envigado. El texto contaba que Envigado eran dos puentes, que habían sido construido con vigas —uno sobre la quebrada La Sucia y otro sobre la quebrada La Mina—, que eran importantísimos para llegar al Valle de Aburrá desde el sur, y que esos puentes, uno grande y otro chiquito, se llamaban el Envigado y el Envigadito, que de ahí había salido el nombre de Envigado. Les contaba que esa urbanización la habían construido en la finca de Juanito Picacho; que Juanito Picacho estaba vivo y que vivía en tal lugar, y que la finca antes era un pomar. Yo lo redactaba, lo imprimía y se los regalaba. Una cosa feísima impresa en papel de pergamino, con los bordecitos quemados en una vela. Lo hacía manualmente, lo envolvía en un rollito y lo amarraba con un cordoncito dorado. Una cosa mañé. Se lo llevaba a cada familia, les daba la bienvenida y les decía que yo, además, vendía chance; que si querían jugar chance. Y todos me decían que sí. Aunque no jugaran, ya se volvían mis clientes […] era el vendedor estrella que, adicionalmente, era muy bueno pa las matemáticas, que hacía mentalmente sumas y multiplicaciones […] Estela, que era la de la agencia de apuestas, me dijo: “¿usted por qué no viene a trabajar conmigo por las noches cuando termine, y me ayuda a liquidar el chance?”. Entonces empecé a trabajar en la agencia de apuestas: ser chancero en el día; en la noche, hasta muy tarde, ser el que liquidaba. Luego un amigo abrió un café, que se volvió como discoteca-bar en Sabaneta, donde yo terminé siendo el administrador […] Después, Imaginarte, que fue otro café. En Imaginarte era el mesero […] Era un lugar con librería; yo creo que la mejor librería que ha tenido Envigado».

Sergio Restrepo en el Teatro Pablo Tobón

Otraparte

Estando en La Nave de los Locos, se enteró de que abrirían Otraparte. ¡Por fin! La casa del Brujo revivía y él debía estar presente. No siendo más, se tomaron la primera asamblea. «Yo no fui el director cultural. Fui el presidente de la primera junta directiva. Jodí tanto en esa primera asamblea, porque nos nombraron una junta con los presidentes de las empresas que ni siquiera habían ido. Unos señores lindísimos que después conocí, pero me dolió mucho cuando me los mencionaron […] yo me enojé y pregunté: “Bueno, ¿y entonces van a meter a los gordos del Viaje a pie en la casa de Fernando González?” […] Claro, los que habían leído a Fernando González entendieron la ironía y eso fue muy fuerte, entonces los señores que estaban ahí, que eran hombres absolutamente generosos y nobles, dijeron: “Bueno, pero entonces cuál es el problema. ¿Usted quiere ser de la Junta? Venga, pues”. Me invitaron y como por pura pica, el día de la elección del presidente, propusieron que fuera el alcalde de Envigado, que ni siquiera era de la Junta. Yo, como miembro, dije. “Me niego radicalmente a que el alcalde de Envigado haga parte de la Junta Directiva y que sea el presidente, porque eso es ser arte y parte” […] jodí tanto, que saqué de la corporación a los políticos en ejercicio […] no podían ser miembros de la Junta Directiva […] Como que el alcalde dijo: “Bueno, ¿y entonces usted por qué no es el presidente?”. Y Simón González, que era como el personaje ahí, dijo: “Yo estoy de acuerdo”. Creo que era como un reto, por ponerme a prueba».

A su lado, en ese viaje llamado Otraparte, ha estado siempre Gustavo Restrepo. «Tavo nos fiaba el sueldo; era el único empleado y yo era el presidente y voluntario de la Casa Museo. Él y yo abríamos y cerrábamos; programábamos el cine que lo hacía Eladio Cañas, el Cine Andariego. Una historia hermosísima».

Desde la Corporación participó también en las primeras ediciones de la Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín. Llegó, como llega siempre y tal vez sin una intención consciente, a marcar precedentes y a regalarle sensaciones, encuentros y anécdotas a esta ciudad. Durante tres ediciones fue el productor y el director académico. Montó equipo y se puso la camiseta de uno de los eventos más representativos y multitudinarios que tiene hoy la Medellín. «Me encanta lo que ha pasado. Creo que la fiesta es mucho más bella hoy que la que nosotros hacíamos […] Cuando hicimos la segunda, dijimos: “¿Y ahora a quién traemos?”, porque la anterior había tenido a Alessandro Baricco. Y Melguizo —secretario de Cultura en ese momento—, un poco mamando gallo, nos dijo que teníamos que traer a un premio nobel de literatura. Eso realmente era un imposible, pero nosotros no sabíamos, y lo trajimos: trajimos a Wole Soyinka. Fue muy divertido. Cada año la Fiesta ha mejorado y yo creo que ha llegado a niveles muy bellos».

Teatro Pablo Tobón Uribe:
cuando el escenario es la calle y el ciudadano el actor principal

El centro de la ciudad ha sido por décadas el chico malo sentenciado al paredón de los juicios, las calumnias y los señalamientos. Paradójicamente, a este pueblo levantado entre montañas, reacio al cambio y atado al origen, le cuesta intimar con aquel lugar donde comenzó todo. El centro ha sido y seguirá siendo para muchos, quién sabe hasta cuando, la guarida de los sinvergüenzas, el territorio indomable en el que la noche es un pecado y el día un albergue del caos que la administración pública no ha sabido mitigar. Error de algunos. Error de todos. Fallamos al pensar que el problema había que delegárselo a la autoridad. Fallamos cuando dejamos que las riendas las tomaran quienes solo se desplazan de esquina a esquina de su escritorio para alcanzar el latte con leche descremada. Fallamos por no hablar. Fallamos por no escuchar.

Frente al inminente peligro que suponen la indiferencia y la segregación en la cultura, el loco insomne de los pantalones coloridos supo, hace cinco años, que el espacio que llegaba a dirigir no necesitaba otra cosa más que gente. Concluyó que al teatro sesentón ubicado en La Playa le hacía falta la ciudad. Por eso siempre habla de su trabajo en plural. No es él; es un «nosotros». Aquí su testimonio:

«El Pablo Tobón es un centro cultural de puertas abiertas. Nuestra claridad es que esto debe dejar de ser lo que la gente tiene en la cabeza con el nombre de un teatro: esa imagen con las sillas vacías que salía en las redes sociales, y el escenario a veces cerrado o vacío, y la fachada del edificio sin seres humanos y una reja puesta, no puede ser. Es un centro cultural de puertas abiertas, y puertas abiertas significa que es un teatro para todos. No es para un sector de la población, no es para quienes tienen un gusto específico, y tampoco es para un tema explícito. Es un teatro que debe estar para el debate de los diferentes temas de la ciudad con las diferentes voces; debe estar para la palabra escrita y hablada; para la lectura; para el encuentro y la conversación y, de una u otra manera, debe estar para las estéticas y sus pluralidades, desde las artes visuales, plásticas, escénicas, musicales, etcétera. A eso hemos tratado de jugarle. Hay una realidad, y es que este teatro estuvo programado por una élite intelectual y empresarial muy importante de la ciudad. El teatro era programado en gran medida por Medellín Cultural y en el 83, Medellín Cultural construye el Teatro Metropolitano y se va a administrar y a programar su propio espacio. En ese momento, el Pablo Tobón entra en una grave crisis, desde las estéticas, desde lo económico […] Los directores, históricamente, lograron mantener el teatro en hombros, abierto, nunca lo entregaron ni a uno ni a otro. No lo volvieron una iglesia cristiana, ni un centro comercial, ni un edificio de apartamentos […] en medio de un centro que se deterioraba social y políticamente, y quedaba cada vez más en manos de violentos, ellos tuvieron la inmensa grandeza de mantenerlo abierto, programado. Cuando nosotros llegamos, nuestra tarea era superar eso que, de una u otra manera, ya era una vara muy alta. No podíamos simplemente mantener el teatro; había que hacer algo más, porque Medellín ya había dejado, hacía muchos años, de ser la ciudad más violenta del mundo, y no podíamos refugiarnos en la excusa de que el centro estaba deteriorado, acabado, olvidado, etcétera, etcétera. Había que hacer una transformación».

Y el cambio ocurrió: desde lo espacial, lo artístico y lo simbólico. El Pablo Tobón es hoy epicentro del debate público. En palabras de Sergio, se abrieron las rejas física y conceptualmente. No hay lugar allí para las cámaras de seguridad ni para las armas. El papel de los vigilantes lo asumieron las tejedoras, los poetas, los lectores y los grupos de amigos. La glorieta, antes aturdida por los motores de los carros, es hoy el espacio del caminante. El hall es ahora un café cuyas mesas fueron construidas con la madera que soportó el escenario principal durante 45 años. Al Pablo Tobón entran el artista internacional y el habitante de calle; el congresista y el vendedor ambulante; el estudiante y el empresario; el solitario y el que convoca a una decena de amigos. «Había miedo. Había miedo en nosotros que trabajamos acá, en los vecinos, en la gente que venía. Había temor. La gente no entiende todavía que seguridad no es el antónimo de inseguridad. Lo contrario de inseguridad es convivencia. Y eso no lo hemos entendido […] Pero el resultado es muy poderoso y hemos logrado hacer puentes muy bellos». El objetivo, además de erradicar el miedo a habitar el centro, ha sido «romper un poco la cuarta pared y entender que el público podía tener contacto con el artista; que no importaba si el concierto era de Bach o de Beethoven, o de Kase.O, o de I.R.A., o de una banda de punk o de metal. No importaba si la obra de teatro sucedía en la mesa de un café, o sucedía en la calle, o en un espacio de mimos o de títeres, o en el escenario. No importaba si simultáneamente estaban pasando cosas en diez escenarios, que son las mesas de este café, adentro y afuera. O no importaba que no pasara nada: el teatro debía estar abierto siempre».

A Sergio Restrepo y su combo le debemos la apertura de mentes, brazos y almas. Con Lunes de Ciudad y Zona de Distensión han logrado lo que pocos: plantear la discusión en medio de la coyuntura nacional; poner al ciudadano a vivir la noche de un lunes en el centro; reivindicar el ejercicio de la escucha y el disenso; programar una vigilia de doce horas para acompañar a las víctimas. Sergio y su combo lograron que en Medellín se pensara en Colombia. «Zona de Distensión es un acto de resistencia. La [frase] zona de distensión a la gente le caía gorda y la asociaba a Pastrana. Entonces yo dije: “Ahg, jueputa, vamos a hacer una zona de distensión, a ver”. La hicimos el año pasado, la repetimos este y ha sido un éxito rotundo. Tuvimos la certeza inconsciente de ponerla justo en el momento, en el lugar y la hora adecuada. Y funcionó. Es un espacio que la gente se ha tomado. Lo que ha sucedido en Zona de Distensión no es mérito mío, no es mérito del teatro; es mérito de la ciudad. Y es una casualidad de tiempo y espacio. Lo pusimos en uno de los lugares de mayor referencia simbólica en la ciudad […] No nos inventamos que este era el lugar desde donde la ciudad se concentraba. Ya se concentraba aquí. Lo marcamos y eso tiene otra referencia. Yo creo que solamente le dimos un nominalismo. Pero ya existía […] yo creo que esto ha sido la zona de distensión hace muchos años.

Lunes de Ciudad tiene tres cosas: persistencia, terquedad. Nosotros hicimos Lunes de Ciudad cada lunes de ciudad, y nos asociamos con otros tercos cabeciduros, que eran la Ciudad Verde, un montón de culicagados —con doctorados y maestrías, irresponsables como nosotros— a hacer eso y citábamos al personaje del más alto nivel y lo sentábamos en la calle, en una mesa, que es un metrico cuadrado del escenario del Pablo Tobón Uribe, a hablar. Y a los primeros Lunes de Ciudad no venía nadie. Y al otro lunes lo volvíamos a hacer. ¡Y al otro lunes lo volvíamos a hacer! Después de tres meses de hacerlo, tampoco venía nadie. Y a los cuatro o cinco meses empezó a venir la gente. Y al año ya había gente. Por ahí han pasado los personajes y los debates más importantes. Es eso: la persistencia. La segunda, la pertinencia. No programamos Lunes de Ciudad con meses, para poder tener en ese espacio de la calle el tema adecuado en el momento preciso. Y el tercero, el formato. Vamos a darle calidad, pero a romper el formato. Si nosotros hacemos un evento académico en un salón, no pasa nada. Eso lo hacen las universidades, todas, todos los días. Pero que esté en la calle, que se apropie de una glorieta que era para carros y que la gente esté ahí; que sea en un café es tan importante; y que estén las posiciones enfrentadas y discutidas, públicas; y transmitirlo en streaming, y conversarlo ha logrado que Lunes de Ciudad, que empieza acá, ya lo estén haciendo en Bogotá, en Rionegro, en Villavo, en Barranquilla, en México y en Ecuador».

Teatro Pablo Tobón Uribe

«Moscas no cazan águilas»

A ese híbrido de dinópulo y levantahombrista que ya sabemos es Sergio Restrepo, resulta sensato añadirle, como diría Fernando González, el rótulo de corruptor de la juventud. Le encanta parasitar muchachos con ideas y con preguntas. Sabe que, una vez bombardeados intelectualmente, la transformación es inevitable. No en vano los jóvenes han tomado la vocería en las discusiones públicas y los encuentros ciudadanos. «Hay jóvenes, y además hay jóvenes de estrato 6. Aquí hay muchachos, en los colectivos que albergamos, que son los sobrinos, los nietos, los hijos de los grandes empresarios de esta ciudad. Son los seres que van a dirigir esta ciudad. Y eso, de alguna manera, es parte de una estrategia inconsciente que es parasitarlos. A mí alguien, un día, en una pelea que tuvimos, me decía: “Moscas no cazan águilas”. Y a mí me pareció muy bonito, porque me dio la clave. Yo dije: “Jueputa, sí las cazan”. La mayor parte de los pájaros de gran tamaño mueren en el nido por los huevos que les ponen las moscas cuando están ahí, y mueren parasitados por una cantidad de moscas que se los comen desde adentro. Resulta que las moscas sí cazan águilas. Las águilas no cazan moscas. Ellos no se han enterado. Creen que nosotros todavía somos la mosca en la ventana, pegándonos contra el vidrio. Nosotros ya sabemos por dónde entramos y les vamos a zumbar el oído las veces que sean necesarias». Tal vez sea esta certeza la que le hace pensar que la formación está en la calle y que escuchar clase es una «perdedera idiota de tiempo». Por eso no fue el ingeniero mecánico ni el comunicador social que algún día pretendió ser. Se aburrió. Demasiada quietud. Demasiado silencio. «Yo creo que la escuela no existe. Ya se murió, pero la tenemos como a la manera de Psicosis: sentada en una mecedora, embalsamada, y le inyectamos formol cada tarde para que no huela maluco. La academia es un lugar en el que uno tiene que quedarse sentado, callado, aprender cosas de memoria, repetir historias, y yo soy muy dinópulo para eso. He pasado muchas horas en la academia, muchos semestres. No creo que haya terminando mi historia con ella, pero no me he graduado y, probablemente, creo que no me voy a graduar de nada».

En el nombre del padre, del hijo…

Junto a Sergio caminan dos figuras que aún no alcanzan ni el metro de estatura, y ya han sacudido la vida y los paradigmas de aquel que pensó que deambularía solo para siempre. Si usted es un espectador más o menos constante del Pablo Tobón o de Otraparte, sabrá que se trata de Martín y Abril. Ellos, junto a Julia, su compañera, son ahora la representación de la complicidad y el amor. El puerto en el que Sergio ancló su nave de locura y en el que, está seguro, quiere quedarse. Sus hijos lo han puesto en los más agudos debates consigo mismo, han redefinido su relación con el mundo, con la ciudad. Le han revolcado su condición de noctámbulo empedernido y lo han desafiado a ser el lector de esos dos pares de ojos expresivos que lo vencen con una miradita fija. «Tengo un nuevo momento de la vida, un momento muy extraño: encontré una familia… No. Me encontró una familia. Yo creo que Julia, que es mi compañera, me rescató porque, de alguna manera, yo iba a estar suelto toda la vida y ella me puso un poquito en el mundo. Me ató al corazón y me puso a estrenarlo con Martín y luego con Abril, y me permitió una cosa mágica: me gusta dormir en el lecho en el que comparto la vida con ella. Me gusta despertarme en la mañana y ver a los chiquis, y eso me hace muy feliz. De todo lo que he mencionado, es el momento más especial de la vida».

No es fácil para él entregarle sus hijos al sistema que tanto confronta en sus discusiones públicas. Lo abruma saberlos en un aula de clase de cuatro paredes, sentados, quietos, casi sin pestañear. Pero los deja, los suelta y los observa paciente y expectante. «Yo espero que ellos venzan el mundo. Yo no voy a vencer el mundo por ellos. Tienen que hacer su vida, yo no se las voy a hacer. Ellos verán. Yo creo que tienen que aprender solo cinco cosas: a moverse. Moverse es una cosa muy importante. Es como se mueve tu mundo interno, tus órganos, cómo respirás, cómo te movés en otros medios, en el agua y en el aire, cómo volás y cómo nadás; eso es muy importante porque es sobrevivencia. La segunda es que ellos tienen que aprender a contar. Contar son cosas muy simples, narrar, contar —sumar, restar, las operaciones básicas—. La tercera cosa que tienen que aprender es a crear, y crear es una cosa muy difícil. Es hacer lo que ellos son, y las cosas que ellos producen. La otra cosa que tienen que aprender a hacer es leer; son los códigos. Sí, leer el libro. Pero leer la ciudad, las palabras, leer la piel, leer al otro, leer los escenarios. Y la quinta cosa, que es tal vez la más importante, es que tienen que aprender a ser solidarios. Solo eso. Y lo que me da tristeza es que casi nada de eso lo enseñan en el colegio».

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Ha dicho en varias ocasiones que le gusta vivir a la enemiga; que ejerce su derecho a no obedecer, a llevar la contraria y a confrontar el poder. Aunque insiste en que es capaz de tener momentos de quietud —física, no mental. Nunca mental—. Su compulsión por la acción surge, quizá, porque sabe que está de paso por esta tierra. Transita velozmente a sabiendas de que la construcción de paz y de ciudad, no da espera alguna. Hay que hacer, hay que buscar nuevas formas de hablar; de ahí que su trabajo parta de un fuerte componente simbólico. Por eso encerró el pájaro de Botero en una jaula; por eso le puso sombrillas al cielo, y arena, palmeras y pelotas a La Playa. Por eso creó un concurso nacional de epitafios; le dio una canasta de granadas a un Ministro de Defensa, y un juego de Monopolio a un Alcalde de Medellín. Paralizó el Metro, se tomó Palacé y jugó golf en los huecos de la calle que la administración no había querido tapar. A Sergio le duelen los viejos y los niños; le indigna la inequidad y se niega a que la ciudad se pierda entre rejas, alambres eléctricos, cámaras y vigilantes.

Este amante de la pilatuna, de juntarse porque sí. El que se enamoraba de las muchachitas de la Normal que iban a darle clase al colegio —todas fueron sus novias, pero ninguna lo supo nunca—. El hombre poco religioso cuya vida es todo un ritual. El loco al que se le ocurren las mejores ideas en la cama, o en el sanitario, o mientras camina. El entusiasta que trabaja en equipo y le teme profundamente a esa amenaza católica que es la eternidad. El tipo que pasa desapercibido hasta que abre la boca y se aventura a decir lo que piensa; el mismo que incomoda con un discurso ácido, mucho más contundente que aquellos que se pierden en protocolo y diplomacia. Él es ese hombre. Y se llama Sergio Restrepo Jaramillo: el muchacho de Envigado que ha hecho posible que hoy, en Medellín, se pueda pensar que son más poderosas las palabras que un fusil.

Entrevista tomada de la edición No. 47 del periódico de Medellín en Escena