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CUADERNO DE REFLEXIONES SOBRE LA COSA TEATRAL

TEATRO PARA EL SIGLO QUE LLEGA.

Por: Cristóbal Peláez G.

¿Cómo será, cómo podría ser, el Teatro del siglo XXI?.

Cuando se anticipa el pensamiento la cábala nos lleva automáticamente a una respuesta que en la mayoría de los casos, viciosamente, involucra la tecnología. Pensamos entonces en medios auditivos y visuales, suponemos grandes cambios en la arquitectura escénica, en formas avanzadas de representación, en un nuevo oír y un nuevo mirar más acorde con las velocidades y compulsiones que establecen la urbe y aquellos medios que inciden en los cambios de ritmos de la percepción.

Al Teatro se le señala reiterada e injustamente como un arte atrasado, olvidando que su propia limitación constituye su riqueza. La escena trabaja con materiales "duros", "pesados", puesto que su misma sustancia es el actor, ser físico, comprobable, tangencial. Sólo tres elementos leves le restan gravedad a la materialidad de la escena: la luz, la sonoridad y la palabra. Lo demás es puro relieve en "puesta", pura tracción.

Se le reclama al teatro lo que es contrario a su naturaleza, que se convierta en cine, que se vuelva video, que se vuelva "más actual", es decir, como si se le pidiera que se convirtiera en periódico de novedades, en una palabra, que deje de ser teatro. Es claro que podemos innovar, hacer acopio de los más grandes y mejores recursos tecnológicos pero nunca debemos olvidar que la esencia del teatro es ser "un marco estático por donde el espíritu deambula y sufre".

Hay que decirlo de una vez, en el arte, en cualquier arte, hay evolución, pero no hay progreso. El maestro Estanislao Zuleta establecía una comparación admirable: Un barco de guerra norteamericano actual podría destruir con facilidad toda la flota de la antigua Grecia, la cuestión a plantear es si la actual poesía norteamericana posee los mismos atributos de la poesía griega.

¿Se escribe hoy, (en posesión de medios avanzados), mejores piezas dramáticas que las del teatro isabelino? Shakespeare escribía con pluma de ganso. No es cierto entonces aquello que los comerciantes pregonan para promocionar sus ventas: no acceder al computador es ser analfabeta. Hoy gozamos de los innegables beneficios de la informática, pero eso no nos puede llevar a mirar por encima del hombro a Platón.

Hoy cuando se habla de la muerte del libro se sentencia que el teatro se renueva o se muere. Se habla de una nueva generación de ojos cuadrados y de niños con manitas de ardilla atrofiados por el uso del nintendo y la computación, se habla de una nueva generación que sólo cree en el sonido pesado y las imágenes a una velocidad quintuplicada. La publicidad se trabaja a un nuevo compás obedeciendo a nuevas necesidades porque nuestros sentidos marchan a una revolución forzada, allí donde el desparpajo dice que ya nadie quiere leer y que el teatro es apenas un recuerdo de la humanidad.

La palabra PROGRESO baila como un mito monótono; es un rastro psíquico que se asocia a grandes autopistas, avanzados medios de locomoción, comunicación eficaz y rápida y grandes instrumentos de guerra y muerte.

Aún el cine, arte del movimiento por excelencia, va prescindiendo de auténticos fabuladores y ha descargado la responsabilidad a técnicos y a ingenieros. Los efectos, las explosiones, las imágenes arrolladoras amenazan la fábula y a veces el teatro se resiente y quiere imitar, es cuando se empobrece. La genialidad de Beckett reside precisamente en haber empobrecido la escena para renovar su esplendor. Teatro de la penuria, testimonio del empobrecimiento espiritual de nuestro siglo, del hombre, esa criatura frágil que no logra todavía adaptarse al universo. Cuando el espectador entra al teatro siente que ahí en escena se palpa "la dificultad de existir".

El nuevo siglo seguirá explorando; y el teatro marchará con su época, pero su signo fundamental es hacer acopio de las angustias e inquietudes del hombre de su tiempo, con lo cual queremos entender que su esencia seguirá siendo la misma que ya había propuesto 2400 años atrás nuestro abuelo Aristóteles: el drama como un conflicto de voliciones.

Se buscarán formas innovadoras de narrar, podrán existir búsquedas y se prevé una evolución que se experimentará de la mano auxiliar de las ciencias del lenguaje. Con la semiótica, no hemos aprendido a escribir mejor pero hemos aprendido a saber qué y cómo escribimos y de alguna manera a orientar lo que escribimos y ponemos en escena.

El alarde de un teatro "moderno", con los "nuevos tiempos" no posee un valor como fenómeno en sí. Con los mejores medios también se está haciendo un arte atrasado. A este propósito recordamos una reciente representación de un prestigioso grupo de teatro brasileño que venía a Colombia precedido de una gran publicidad de "post-modernista" y cuya mejor carta de presentación social era el fardo de no se sabe cuantas toneladas de escenografía y utensilios. Cuando comenzó la función todo el teatro quedó de boca abierta con el poder de las primeras imágenes. A los 15 minutos todos nos dimos cuenta de que aquello no progresaría, se empezaron a dar los cambios de postura, las tocesitas, los primeros espectadores fueron abandonando la sala. 85 minutos de fatal aburrimiento: el grupo había querido hacer cine, había equivocado su medio de expresión. Porque toda ilusión cinematográfica se muere en el teatro cuando nuestras miradas se chocan con la materialidad del telón lateral.

Más moderna, más avanzada, más teatro, nos pareció a todos la memorable representación del Teatro De La llanura, inscrita en la humildad de dos actores, una guitarra y unos pocos reflectores. Un drama que puso a llorar a muchos espectadores. Ahí había una fisura trágica de la existencia que se movía en lo mínimo.

Si Shakespeare hubiera tenido a mano las posibilidades lumínicas y sonoras actuales su teatro hubiera sido distinto, no sabemos si mejor o peor, distinto. El teatro, cualquier arte, no existe en el vacío por encima de las posibilidades de su época, ni por debajo de sus alcances materiales. Frente al cine y la televisión, hay que decirlo, el teatro ha perdido en el siglo XX su poder de persuasión. Se comenta, se discute, se sacude a veces la sociedad con determinado film o con algún serial, pocas obras de teatro, por no decir ninguna, han podido sacudir los simientos de una comunidad. Lejos estamos de la fiesta pública de la antigua Grecia donde el teatro modelaba la vida ciudadana, hasta el punto de provocar desmayos y partos prematuros (caso Medea), o, en tiempos más cercanos, de influir como en aquel estreno de Hedda Gabler donde una joven se suicida al culminar la representación "para morir como Hedda, con belleza". O como sucediera con la discusión pública entorno a "Casa de muñecas" del mismo Ibsen, hasta el punto de que en las tarjetas de reuniones sociales en Estocolmo se acostumbrara la leyenda: "Se ruega no hablar de Casa de Muñecas durante la fiesta".

Es difícil que hoy en Colombia una obra de teatro provoque las disidencias y adhesiones que provocó "Guadalupe, años cincuenta", del grupo la Candelaria. Tal influencia resulta hoy improbable para el teatro.

En cambio un serial, aburridor y repetitivo, pletórico de adulterios, coitos y embarazos, estremece a la opinión general paralizando la vida ciudadana, afectando la oferta de diversión nocturna en el país. A este respecto recuérdese como las obras teatrales, conciertos y programaciones artísticas se anunciaban ofreciendo "proyección en pantalla gigante de la telenovela" antes del evento.

Han cambiado los medios de diversión no porque la humanidad, en términos generales, haya cambiado, sino, por paradoja, porque se resiste al cambio. Esto lo saben muy bien los negociantes de baratijas. Lejos estamos de aquellas épocas donde nuestros enemigos, como lo querían los místicos, se constituían en mundo, demonio y carne, hoy los enemigos del hombre siguen siendo tres, pero mucho más poderosos: INFORMACION, PUBLICIDAD y TELEVISION. Caminamos todos hacia la estupidez global.

El teatro aquí ahora en el próximo siglo y en los de más allá venideros podrá transformar sus propias leyes narrativas, aprender de los grandes avances, pero en esencia seguirá siendo el que es: EL LUGAR DE ENCUENTRO DE LA SENSIBILIDAD, LA INTELIGENCIA Y LA DIVERSIÓN.

Sobreviviendo en la abundancia circundante, la escena no podrá competir con los otros medios en pie de igualdad; siempre irá adelante parapetada sobre su verdadera esencia: EL ACTOR, EL ESPECTADOR Y EL JUEGO DE LA SIMULACIÓN. Lo demás, como lo fue en el pasado y lo será en todos los futuros, es secundario.

El teatro, frente al gigantismo, es un gran derrotado, como la inmensa humanidad.