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Esteban Gira

El intérprete invisible

Por María Camila López Isaza

Esteban Gira

Cuando las campanas de la Catedral Metropolitana anuncian el comienzo de la celebración eucarística, una melodía se desplaza solemne y dramática por las paredes de ladrillo, acompañando la entrada de la corte sacerdotal. Desde el segundo piso, una presencia anónima se manifiesta a través de las notas cuidadosamente ejecutadas, posando manos y pies sobre el órgano tubular más grande de Colombia.

Contrario a esos inclementes rayos de sol que han encandilado los primeros meses del año, un cielo opaco, víctima del aguacero del día anterior, acompaña las conversaciones matutinas de un viernes de marzo en el Parque Bolívar, de Medellín. Faltan pocos minutos para la misa de las diez y Esteban Giraldo, uno de los tres organistas de la Catedral, hace algunos ajustes en el instrumento que acompañará los cantos de la última liturgia de la mañana.

Interrumpe su actividad para bajar al primer piso y salir a mi encuentro. A un lado del altar que expone el Santo Sepulcro, en el costado izquierdo del templo, aparece un hombre joven de camisa y pantalón negros; barba prominente, pero nada descuidada y rizos definidos que forman un afro discreto.

Después de saludarme, abre la reja que nos separa y lo sigo hacia una de las dos puertas que están a lado y lado del Sepulcro. Entramos por la de la derecha y caminamos por un pasillo estrechísimo, con poca iluminación. Esta recóndita ruta hacia el segundo piso -que pensé subiríamos por escaleras- nos conduce a un ascensor antiguo, de esos de reja corrediza y puerta de madera, construido en 1924. Subimos sin problema y atravesamos otros dos niveles hasta entrar, finalmente, al balcón que aloja el órgano de la Catedral.

Imponente y silencioso, el instrumento espera a que sea hora de comenzar, reposando sus cajas de aire y las 3.478 flautas que lo componen. En el recinto, nos acompañan otras dos personas. “Él es Octavio Giraldo. Mi papá”, dice Esteban, mientras yo me presento con un apretón de manos. Olvida apuntar que don Octavio es también el maestro titular del órgano actualmente. Hoy viene a ver a su hijo; a observar los avances del más importante de sus alumnos. “Siempre me le aparezco de sorpresa y lo veo estudiando órgano. Trato de hacerle notar el ritmo interno dentro de las obras; cómo respiran, cómo se articulan y cómo se prepara el cuerpo para ejecutar la pieza", afirma el maestro. A su lado está Blanca Janeth Gómez, hermana del ya fallecido Presbítero Guillermo León Gómez, uno de los concertistas más talentosos que ha tenido la Catedral.

Con orgullo me cuenta que su hermano se hizo merecedor de un Récord Guinness  por interpretar las  32 sonatas de Beethoven y los 48 preludios de Johann Sebastian Bach. “Él era el alma del órgano […] el instrumento y él eran una sola cosa. Estando en la clínica, enfermo, en una de esas dormidas o quedadas que tenía, él llegaba y movía las manos, alzaba las rodillas y tocaba los pies, como tocando el órgano”, relata presurosa, tratando de que no se le escape ningún detalle. El maestro Guillermo Gómez fue, hasta el final de sus días, un enamorado del instrumento con el que daba un concierto mensual en la Catedral, como parte de su objetivo de “evangelizar la cultura”, según comenta su hermana.

Casi es hora de empezar. Con las partituras ya dispuestas y las letras coordinadas, a Esteban solo le queda un paso para completar su ritual: quitarse los zapatos. Con curiosidad, observo cómo los deja bien puestos, uno al lado del otro, y camina en medias hacia la banca de madera. Ya está listo para comenzar.

Esteban

El sonido de una campana marca su entrada y las primeras notas retumban en los más de seis mil metros cuadrados de la construcción neorrománica. “Ten piedad de mí, oh Señor, ten piedad. Ten piedad de mí”. Mientras canta, la mirada de Esteban, encerrada en los marcos negros de sus anteojos, emprende un viaje a través de los tres teclados manuales del instrumento, la hoja de partituras y un pedalero en el que sus pies se deslizan con precisión y suavidad. Ahora entiendo por qué no toca con los zapatos puestos.

Aunque su mente está, simultáneamente, en más de tres lugares diferentes, un rostro neutral y contenido le añade serenidad a la interpretación. Su espalda está completamente erguida y, además de sus ojos -que van de un lado a otro, según las necesidades de la melodía-, son sus manos y pies los que están en constante movimiento. Siempre coordinados. Siempre pertinentes. “Cuerpo relajado, mente en llamas. Ese es el resumen […] el cuerpo tiene que estar relajado, para que sea una expresión muy directa de las emociones del alma; del intelecto de la música”, apunta Esteban con convicción.

En medio de las exigencias y el nivel de concentración requeridos durante la media hora que dura la eucaristía, los organistas tienen ciertas oportunidades de descanso en los espacios donde el protocolo de la celebración no demanda presencia de música. Sin embargo, Esteban no para de tocar…incluso cuando no está tocando. Con el órgano silenciado, veo cómo simula la interpretación de una pieza más rápida. Me pregunto si estará preparando la próxima canción. Más tarde, sabré la verdadera razón.

Durante la homilía que sucede la lectura del Evangelio, Esteban abandona su puesto para conversar un poco. Me cuenta que su llegada al órgano fue prácticamente accidental. Un día, el maestro Octavio no pudo tocar en una misa para la que ya estaba programado. Le dijo a su hijo que él era el único capaz de reemplazarlo. Y así fue. Consciente de la responsabilidad que se le venía encima, Esteban dibujó en dos trozos de cartulina los pedales del órgano, para practicar con el que tenía en su casa. Recuerda que llegó a la Catedral frío, helado, nervioso; síntomas indiscutibles de un acuciante pánico escénico. A pesar de todo, sacó adelante lo que para él era un reto desde todas las perspectivas posibles. “Me quedó gustando como nada en la música”, enfatiza.

Y es que ser organista de la Catedral Metropolitana trasciende cualquier prestigio que pueda dar este título, y se convierte en un oficio que demanda tiempo, disciplina y responsabilidad, sobre todo si tenemos en cuenta el tipo de instrumento en cuestión. El órgano que alguna vez tocó el maestro Guillermo León Gómez Ochoa, y que ahora tocan Esteban, su papá y Juan Guillermo Gómez Uribe, el tercer organista, es patrimonio nacional de Alemania. Fabricado por la reconocida casa E.F. Walcker & Cie., en la ciudad de Ludwisburg, este órgano -Opus 2367, construido en 1932- es uno de los pocos sobrevivientes de la Segunda Guerra Mundial, período en el que muchos instrumentos con características similares fueron destrozados por los bombardeos.

Después de 82 años de su llegada a Colombia, este sobreviviente musical está ahora en las manos de Esteban, un roquero graduado en Psicología, de la Universidad Pontificia Bolivariana, que a los cinco años quedó flechado con Bach cuando escuchó a su padrino, Hernando Montoya, interpretar Tocata y Fuga en el órgano de la Catedral. A punta de estudio logró aprender a tocar y, en medio de la dificultad que le produce describir qué se siente estar ahí sentado, dice, cómicamente,  que es “como si uno se montara en un dragón al que le cayó pimienta en el ojo”. Es sumirse en un trance “donde uno no está en una actitud pasiva; está ciento por ciento comprometido con lo que está pasando y, cuando no se comprometió, se equivocó. Inmediatamente hay un error”, asegura.

Durante toda la eucaristía, es evidente el diálogo que se establece entre el coro alto (donde está ubicado el instrumento) comandado por Esteban, y el altar principal, encabezado por el sacerdote. Es una comunión de treinta minutos entre música y oración. Un protocolo establecido, definido previamente. Lo único indescifrable son entonces las sensaciones –siempre variables e individuales-, que en el alma de cada feligrés produce esta combinación de sonidos.

La misa termina y los pasillos de la Catedral van quedando nuevamente vacíos, con excepción de algunos asistentes que se reúnen para una plegaria en voz alta. Esteban se encuentra de pie, levemente apoyado en una de las esquinas del órgano, y aún no se coloca sus zapatos. Va a seguir tocando. Nos indica qué pieza va a interpretar y entonces entiendo qué era lo que practicaba en silencio durante sus pausas en la liturgia. Es Tocata y Fuga. Una petición especial del maestro Octavio para el día de hoy.

Aquí, el lector tendrá que excusarme, pues no hay manera precisa de describir el estado inmediato en el que entran cuerpo, mente y alma ante el poder de esta composición. La vibración en el piso de madera es intensa. El maestro Octavio y doña Janeth cierran los ojos y se entregan únicamente a la percepción auditiva. Los movimientos corporales de Esteban son ahora completamente distintos: sus pies son rápidos; sus manos, alas. La espalda, que antes estaba erguida, se encorva levemente para moverse de un lado a otro, mientras el intérprete se desliza con cuidado en su  banca. Pese a todo este frenesí corporal, su expresión facial continúa impenetrable. Lleva la adrenalina por dentro, pero no permite que se desplace a su rostro.
Es una pieza de diez minutos. Cuando termina, los aplausos son incontenibles. Toca una más, a petición de su público: Preludio, fuga y variación, de César Franck. Y otra más al final: Preludio y fuga, de Bach.

Esteban Gira

Al final de su interpretación, y en medio de aplausos, Esteban sonríe modestamente. Discutimos un momento sobre lo que acabamos de escuchar, y doña Janeth no duda en describirlo como un “paisaje espiritual”. Desde el balcón, los pasillos de la Catedral se ven oscuros y desiertos. Los grandes candelabros que cuelgan del techo están apagados. Solo la luz que entra a través de los vitrales decorados ilumina el recinto. 

Frente al título de “heredero del órgano”, con el que algunos se refieren a Esteban, su posición es clara y evidentemente opuesta. “Uno no tiene nada ganado en la música […] ante la música uno es humilde, disciplinado, o nada. Porque no hay forma de decir mentiras […] No existen herederos de la música. Uno no hereda un título. Es meritocracia”, aclara.

Aparentemente, el oficio de organista no representa ningún riesgo específico que puedan padecer sus ejecutantes. Sin embargo, tratándose de la Catedral y su infraestructura antigua, todo puede pasar. El maestro Octavio, por ejemplo, recuerda que hace dos años se quedó encerrado en el ascensor durante dos horas. “Pensaba que se iba a caer e iba a morir. Entonces me dije: ‘Dios mío, hoy vas a hacer un milagro conmigo’. Me sentí enfrentado a la muerte de manera contundente. Luego me llegó una calma y fui capaz de solucionarlo. Cuando llegué a la eucaristía a tocar, abrí un canto al azar y el canto decía: ‘Me envolvían redes de muerte, me atraparon los lazos del abismo, caí en tristeza y angustia. Invoqué el nombre del Señor, ¡Señor, Salva mi vida!’ (Salmo 14). Y mientras cantaba eso, recuerdo que lloraba al mismo tiempo", relata.

Por su parte, doña Janeth Gómez recuerda que, después de muerto su hermano, le contaron que se había aparecido en la Catedral. “Habían dejado todo el órgano tapado, cerrado. Y cuando vinieron a tocarlo, lo encontraron destapado, prendido y con los suiches que él acostumbraba poner”.

Juan Guillermo Gómez, actual organista junto a Esteban y el maestro Octavio (con quien me encontraría ocho días después, en una misa que él tocaba), sabe que su oficio puede ser a veces demandante y solitario. Pero, a la hora de tocar, siente que no es él mismo; que se transporta. “Uno está tan concentrado en la música, que uno es eso que está sonando”, comenta. De igual manera, resalta la importancia de conocer la intención de cada una de las celebraciones litúrgicas en las que se toca el órgano, así como de la escogencia de las canciones. Con respecto a esto último, recuerda que una vez, en la Iglesia de San Joaquín, un organista tocó el Aleluya en Semana Santa, pese a que es bien sabido que no puede interpretarse una canción como esta hasta la Pascua.

Cuando ya todo es silencio en la Catedral, le pregunto a Esteban si hoy, después de un año y medio de estar tocando el órgano, todavía siente el pánico escénico de la primera vez. “No ha desaparecido. Tampoco hasta ese extremo (el del principio). Lo viví ahorita, tocando para ustedes, por ejemplo. Pero eso lo pone a uno en un estado de alerta muy fuerte, con los cinco sentidos y la concentración como un disparo; como una flecha […]”.

Confiesa que el reto, además de aprenderse las notas y los movimientos correctos, está en tocar con el corazón. “Yo no sé. Yo a veces lo logro y… no te lo sé explicar, pero uno siente que se conecta con algo (suspira). Cuando la música está mejor hecha, es más difícil expresar en palabras, porque fue tan completo el lenguaje musical…”, sostiene.

A pesar del reconocimiento que tiene el órgano de la Catedral por ser el más grande de Colombia, hay elementos técnicos que, actualmente, no tienen la atención necesaria para su correcto funcionamiento. Juan Carlos Ángel, reconstructor del órgano de la Iglesia San José (Medellín), el segundo más grande del país, afirma que el órgano ya le queda chiquito a la Catedral y que sus condiciones técnicas no son óptimas.

Aun así, y siendo conscientes de los gajes de cualquier oficio, los organistas de la Catedral han creado vínculos entrañables con un instrumento que los reta, los presiona pero, al fin y al cabo, los sume en un cúmulo de melodiosas sensaciones. Con los zapatos ya puestos, Esteban apaga luces, recoge sus cosas y sale conmigo. Bajamos por el ascensor y caminamos por los pasillos mudos de la Catedral, en los que solo se ve a Marleny, la señora del aseo, trapeándolos uno por uno. Afuera, un sol de mediodía -tímido aún por las frialdades del clima- acompaña nuestra despedida. Arriba, en el coro alto, el órgano está solitario. Callado en su inmensidad. Esperando mañana a su intérprete invisible.