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Promesa y belleza

Por Diana Acosta Rippe

Hay palabras que parecen demasiado frágiles para contener lo que intentan nombrar. Honor es una de ellas y, sin embargo, no encuentro otra para decir lo que significa estar hoy en la misma cartelera que tantas veces contemplé cuando era niña en este teatro de Antioquia y del mundo.

Diana Rippe

Recuerdo aquella escena con una claridad casi dolorosa: detenida en la calle y señalar (digo señalar porque en el recuerdo uno está en presente y porque aún sucede que señalo lo que admiro) desde el andén ese lugar que entonces era y es, para mí, una especie de tierra prometida. Un territorio donde ocurre la verdad: lo esencial. Una patria secreta —la de Dieguito y Chacho y de tantos y tantas argonautas— en cuya acera los sueños persisten con la obstinación de los sueños cuando son verdaderos: porque sí, porque los sueños auténticos no saben dejar de ser.

Han pasado décadas desde aquellas tardes y mañanas y mediodías en las que los títeres me hacían gritar de emoción, y mi padre, con una mezcla de ternura y pudor, me pedía con su voz grave baja que no gritara tanto, que los títeres podían enojarse. Ese mismo padre que subrayó hasta el cansancio los programas de mano de Angelitos empantanados, de O Marinheiro... Es que hay pasiones que no envejecen, que se pasan por sangre y en el alma y se vuelven más hondas, más inevitables.

Y ahora, de un modo que todavía me resulta extraño y casi irreal, me encuentro en cartelera junto a una de las obras que más profundamente han sacudido mi espíritu. Una obra que no ha conmovido solamente mi alma sino también a países enteros (países reales y países soñados).

Pienso entonces que todo, incluso lo más oscuro, ha tenido sentido. Todo lo que he vivido ha valido la pena. El escarnio, el dolor, esa punzada que alguna vez quiso dejarme silente, callada, muerta y casi borrada en el alma. Todo ha valido la pena. Porque la vida, a pesar de su crueldad, tiene esos instantes en los que parece justificarse. 

Hoy estoy aquí, junto a O Marinheiro, esa obra que me transformó de una manera irrevocable. Una verdadera anagnórisis: el instante en que uno se reconoce para nunca volver a ser el mismo. Desde entonces nunca volví a mirar la poesía del mismo modo. Nunca volví a pensarla sin la escena.

Comprendo que también ha valido la pena por el amor que camina a mi lado porque ciertos amores (como la literatura) pertenecen a una patria invisible. Y yo debía encontrarlo precisamente aquí, en este lugar donde la palabra y la vida se entrelazan como raíces antiguas.

Pero hoy hay otra razón profunda para esta emoción: es un honor estar aquí en el casi cumpleaños de Cristóbal. Hay vidas que no solo existen: iluminan. Hay seres humanos que mejoran el mundo. Celebrar su vida en este lugar es también celebrar una forma de resistencia, de belleza, de fidelidad a la imaginación.

Gracias, Matacandelas. Porque aquí no he encontrado solamente el amor ni solamente la verdad: aquí he encontrado algo más difícil de nombrar, que acaso sea la vida misma. Honro la vida de Cristóbal y la de cada alma que habita este espacio. Honro a Mitos... Ay, Mitos... y a esas amigas y amigos que son los y las hermanas que escogí y que también pertenecen a esa constelación secreta de afecto y memoria. Este mundo, Matacandelas, me ha dado a los mejores amigos y amigas que sustentan y sostienen mi vida, entre ellos: Nico. 

Esta patria me salvó cuando un miedo oscuro acechó mi ventana y mi Todo. No es, como en el juego: 'Salvo Patria' es, en verdad: 'Esta patria salva'. 

Hay quienes siguen a un profeta. Nosotros, en cambio, nos detenemos a contemplar un árbol inmenso, porque no hay nada en verdad más hermoso que un árbol. Un árbol que nos ha dado sombra, lenguaje y destino, y que con el tiempo nos ha convertido también en sus frutos. Hoy pienso en mi amor, en mi padre, en mi madre, en mi hermano, en la niña y en la adolescente que alguna vez fui. Todos ellos están y estamos aquí, de algún modo inexplicable, respirando dentro de este mismo sueño.

Diana Rippe y Nico

Mi padre tenía razón: Matacandelas es, quizás, uno de esos pocos lugares donde la literatura no se limita a existir: vive.

Y es también el lugar donde me encuentro con los que se han ocultado en algún poema o en la memoria. Con mis muertos. Con Julio Mario, el amigo que desde el Hades continúa actuando conmigo en cada función y a quien vuelvo a ver en los poemas, en los monólogos, en estos espacios donde la poesía se vuelve carne.

Y con el amor al que vi por primera vez y que —lo sé con una certeza que no necesita explicación— será también el último rostro que vea cuando llegue mi última mirada. Nico, mi Nico. 

Por eso digo Honor.
Honor de estar aquí.
Honor de celebrar la vida de Cristóbal.
Honor de compartir cartelera con O Marinheiro.

Desde este punto (lo siento con el temblor de la claridad) todo lo que viene después no puede ser otra cosa que promesa.
Promesa y belleza.

Diana Ofelia