Andrés Caicedo: siguiendo la huella de la demolición.

Por: Alejandro Villa Gómez

Articulo leído en la presentación de la obra de teatro del Matacandelas: “Angelitos empantanados” de Andrés Caicedo. Casa de la Cultura la Barquereña. Noviembre 23 de 2010. 7:00 p.m.

Me multipliqué para sentirme,
para sentirme, necesité sentir todo,
me desbordé, no hice sino extravasarme,
me desnudé, me entregué,
y en cada rincón de mi alma hay un altar a un dios diferente.
EL PASO DE LAS HORAS
Oda sensacionista
ÁLVARO DE CAMPOS

Afirmaría Fitzgerald que "toda vida es un proceso de demolición" y debo reconocer que esa magnifica capacidad de autodestrucción o demolición fue la que finalmente me llamó la atención en Andrés Caicedo.

El cuatro de marzo de 1977, su último día, como lo describe su hermana Maria Victoria, o el día que él escogió para morirse, “porque vivir mas de veinticinco años es una insensatez o un completo desperdicio”, parece ser un recuerdo lejano; incluso, un día que no todos los que estamos presentes aquí esta noche – por diversas razones – recordamos.

Gran parte del bachillerato tuve que asumirlo con tedio y resignación en el Colegio Calasanz de Medellín y en el año de 1993 por un maravilloso accidente del destino en el que se ve involucrada mi hermana en Coveñas, con una rolo llamado Andrés Caicedo – que no viene al caso describir – me topé con Andrés Caicedo – el de verdad, el caleño: el escritor de Que viva la música.

¿Que podría decir de un hombre que sólo había publicado una novela en vida? Y sobre el que se había erguido - me imagino que sigue sucediendo hasta hoy - muchas historias en torno a su muerte?

No pude hacer otra cosa distinta que indagar, trabajar, leer y pensar en torno a la figura de ese mítico hombrecito habitante de una tierra del nunca jamás crecer. Mi salario de bachiller varado no me permitiría comprar los libros que hubiese querido y que hoy, de igual forma varado, pero en condición de hombre asalariado me permito adquirir con cierta frecuencia.

De esa manera y por esa época – inicios de los 90 - visitaba diferentes librerías de la ciudad o de la región; desde el ocio en Envigado hasta la extinta librería continental en el Centro Comercial Monterrey para indagar con sus libreros y administradores por Andrés Caicedo.

Dos años mas tarde en 1995, me enteré que en el Teatro Matacandelas de la ciudad de Medellín, se presentaría, gracias a una beca otorgada por Colcultura y al talento - por su puesto - del grupo, “Angelitos empantanados. (Historias para jovencitos)”. Fueron siete u ocho visitas tal vez mas cada fin de semana, con una progresiva y disciplinada neurosis con las que asistí esas noches al Matacandelas, al observar y corroborar la obra de Andrés y el misterioso crimen de Angelita Rodante; pero de igual forma, a observar como todos sus personajes jóvenes terminaban fijándole una cita al destino o encontrándose con la sombra inexorable de la fatalidad.

Un escritor como Caicedo es de igual forma consecuente en su vida y con su literatura que finalmente eran una misma cosa; como en Pessoa, Poe, Quiroga, Walser, F. González y tantos otros. Vivir como se escribe es toda una proeza y una paradoja para un hombre.

Por Cristóbal -director del Matacandelas - me enteré de la revista “El malpensante”, por aquellos años próxima a publicarse y de unas cartas inéditas que se publicarían en el primer número o primera edición de la revista, si mi memoria no me falla.

Sería el propio Cristóbal quien me recomendaría y me ayudaría con el contacto de Ramiro Arbelaez “la rata”, amigo personal de Andrés y su fotógrafo de cabecera; el único del que – probablemente- se dejaba fotografiar.

Compré el Malpensante, leí las cartas, observé las fotos, visité a Ramiro Arbelaez, me regaló un par de fotos de Andrés, conversamos un rato largo sobre el autor de Destinitos Fatales, anécdotas, historias, datos, fechas, nombres…

Llegaría – por esos días - la consecución de un ejemplar editado por Oveja negra que lo adquiría como “sobrado de rico” – en el ocio la librería de segunda en Envigado; Ahí se incluían diferentes textos: Calicalabozo - sus cuentos – Angelitos empantanados; la novela Noche sin fortuna y un estudio o preliminar de Sandro Romero y Luis Ospina titulado “Invitación a la noche.”

Leí sin parar muchas horas en las noches y varios días todo lo que se “atravesaba” – como el relato de Edgar Piedrahita el que fundó con su novia Rebeca la Tropa Brava – de Andrés Caicedo.

Ese mismo año de 1995, terminando bachillerato en el Colegio Carlos Castro Saavedra, fui en compañía de tres amigos y entre ellos el profesor David Tamayo, de quien recibo la amable invitación de compartir con ustedes, estas palabras esta noche, a la ciudad de Cali, donde visitamos a doña Nelly su madre y a don Carlos Alberto su padre.

Fueron puntualmente cálidos y serviciales, especialmente don Carlos Alberto quien presidía nuestra visita. Un recorrido por la casa, postales de regalo con la foto sincera y angustiada de Andrés tocándose la frente; un libro de regalo que conservo con cuidado y que me obsequió don Carlos Alberto, escrito por Jorge Mario Ochoa: “La narrativa de Andrés Caicedo” tesis laureada por la Universidad de Caldas del año 1993.

Así paso a paso seguiría su huella, mientras observaba con asombro y respeto su progresiva destrucción.

Llegarían también los 25 años después de su muerte que acompañamos en el encuentro liderado por el Matacandelas, donde además de una presentación preliminar y magnifica de “Recibiendo al nuevo alumno” o lo que mas tarde se convertiría en “Los diplomas”, se realizó un conversatorio sobre Andrés Caicedo pero ninguno de los asistentes podía decir su nombre. Esa era la norma aquella noche. El loco, el gago, pepe metralla y otros calificativos utilizados para honrar la memoria del innombrable o inimitable de Andrés Caicedo, se utilizaron como premio o elogio a su memoria.

“Que nadie sepa tu nombre” se escuchaba esa noche en el Matacandelas!

Así fueron esos encuentros en soledad para una propicia lectura y de igual manera “confiado en unos pocos buenos amigos” llegarían otros encuentros entorno a la figura o la obra de Andrés.

Ni hablar de su compromiso con el cine y de su pasión por la salsa y los Rolling Stones!

Mas tarde tendría en mis manos, sus críticas de cine en “Ojo al cine”; observaría algunos documentales sobre su vida y obra; los libros “el cuento de mi vida” y “el libro negro”; los textos escritos por Sandro Romero: “Andrés Caicedo o la muerte sin sosiego; Mi cuerpo es una Celda, de Alberto Fuguet y Equilibrio encimita del infierno: Andrés Caicedo y la utopía del trance; o el texto de Francesco Varanini sobre Andrés y editado por Trotta hace unos 10 años; en fin, todo con el propósito sensato de leer un hombre del que hoy tenemos la posibilidad de revisitar y aplaudir o llorar gracias a la obra y esfuerzo conjunto de muchas personas o instituciones: al empeño del teatro matacandelas, de Cristóbal Peláez su director, de sus actores y colaboradores, a la Casa de la cultura y a su directora y todo su equipo de trabajo, a la Secretaria de Educación por su especial sensibilidad y compromiso por el arte y la cultura y al Alcalde Guillermo León Montoya por su especial apoyo.

Muchas gracias a todos y espero que disfruten este encuentro con el Matacandelas y Andrés Caicedo

Alejandro Villa Gómez
Secretario General Promotora de Proyectos Sabaneta