- Beca Nacional INSTITUTO COLOMBIANO DE CULTURA - Colcultura, 1994

- Premio Festival Nacional de Teatro, Cali, 1996

- Beca excelencia Colcultura, 1997

- Festival Internacional de Manizales

- Festival Iberoamericano de Teatro

- Festival de teatro Quito Ecuador

- Jornadas Juveniles Latinoamericanas, Manizales - Colombia

- Festival de la frontera (Cúcuta-San Cristóbal)

- Festival Internacional de Rivadavia, Galicia, España 1997

- Festival de Teatro de Almada, Portugal 1997

- Temporada Teatro Olimpia, Madrid, España, 1997

- Mayo Teatral, Cuba, 2002

- Festival El Gesto Noble, Carmen de Viboral, 2004

- Bienal de Cuenca, Ecuador, 2005

- Medellín en Barcelona, España, 2006

- XX Festival Bambú 2010, Honduras

- Enitbar 2015, Barranquilla

Angelitos Empantanados en el Matacandelas. Entre el Rock y la Salsa o el Norte y el Sur
Por: Maria Mercedes Jaramillo. Fitchburg state college. Oct. de 1995

Guión Angelitos Empantanados

Estos pobres angelitos de Andrés por: Cristóbal Peláez

Un sentido en el teatro y la teatralidad de Andrés Caicedo
por: Cristóbal Peláez

Andrés Caicedo o "el partido de la adolescencia"

Andrés Caicedo: siguiendo la huella de la demolición
Por: Alejandro Villa Gómez

Mi segunda vez con Andrés
Por: María Camila López Isaza

Angelitos empantanados, veinte años - Por: Cristóbal Peláez González

ANGELITOS EMPANTANADOS

(Historias para jovencitos)

De Andrés Caicedo

Andrés Caicedo
  • Estreno: Mayo 30 año 1995
  • Actores: Juan David Correa - Andrea Martinez - Ángela María Muñoz - Margarita Betancur - Diego Sánchez - Jonathan Cadavid - María Isabel García
  • Vestuario, escenario, luces y dramaturgia: Matacandelas
  • Diseño y operación de sonido: Óscar Castañeda - John Fernando Ospina
  • Operación de luces: Cristóbal Peláez
  • Dirección escénica: Cristóbal Peláez
  • Género: Drama
  • Espacio: Cerrado. 8m ancho X 8 m.fondo X 4m alto
  • Duración: 1 hora 30 minutos
  • Tiempo de montaje: 8 horas

La novela Angelitos empantanados se compone de tres extensos monólogos: El pretendiente, Angelita y Miguel Ángel y El tiempo de la ciénaga, que configuran la historia de dos jóvenes colegiales, Angelita Rodante y Miguel Ángel Valderrama, pertenecientes a la burguesía caleña de finales de los años 60.

Dos muchachos de bien, de gran solvencia económica que incluso se dan el lujo de habitar hogares custodiados por la policía y que no guardan ningún conflicto extraordinario, ni se ven amenazados por ninguna fuerza externa.

Es una historia con jóvenes sin historia, como tantos otros jóvenes burgueses, que pasan los días en el aburrimiento de asistir a clases, ir a fiestas o a fincas de amigos los fines de semana. Son como los describe el autor, jóvenes cuya ambición a los 15 era completar la serie: nadar, patinar, manejar carro y montar a caballo.

El amor entre Angelita y Miguel Ángel, por otra parte, no tiene ninguna otra particularidad que lo distinga del común. Es un amor vulgar, casi niño, donde está presente el juego de las palabras y el juego escolar y apenas despuntan, levemente, los primeros requiebros sexuales.

Sin embargo, sus propios privilegios constituyen su drama. El cariño familiar es reemplazado por la custodia policíaca. En Angelita Rodante la riqueza no la exonera de una situación familiar difícil: un hermano estúpido, un padre borracho, una madre frustrada.

En Miguel Ángel Valderrama, una madre joven entregada a la pena de no se sabe qué, que nunca se levanta de la cama y que huye del sol, que vive en la añoranza de un pasado glorioso.

Y el paisaje es de muerte

La muerte del río Cali, el fin de una ciudad habitable; la muerte de 65 muchachos con la crecida del río mientras un solo de trompetas en el Grill latino; la desaparición de Solano Patiño al parecer atropellado por un camión; la muerte de Raimundo, el muchacho que le diera el primer beso a Angelita y cuya boca olía a manzana, muerto para robarle un reloj de oro; la muerte en vida de Irma la Dulce, la muerte de Antonio Rodante -Carevaca- hermano belfo de Angelita que lo encuentran debajo de la cama con hojas secas amontonadas y que vivió espantado del Barón Jiménez, un liberal que regresa de la tumba para vengarse de los conservadores; la muerte en vida de El pretendiente, el enamorado romántico de Angelita que conoce los tormentos del infierno por el despecho; la desaparición de Berenice, esa prostituta que sale de las páginas de Poe y que enseña a Miguel Ángel sus turgencias y las delicias de la carne; la muerte de la sirvienta de los Valderrama Ríos apuñalada una y mil veces (He tenido que matar a una vil sirvienta para dar cumplimiento a mi destino fatal, ya no me servirás más el café frío, dice su asesino) y finalmente la muerte de los protagonistas en los cuales el fátum aparece de improviso.

Sólo resta que el espectador disfrute de Angelitos empantanados de la misma forma en que nosotros hemos disfrutado la puesta en escena.

Aquí está la política de estos Angelitos arrancada del libro y expuesta a lo sonoro y lo visual, ojalá el menos desfavorecido en la aventura no sea el propio autor, él es inocente, cualquier crimen es nuestro.

Cristóbal Peláez González
Mayo, 1995

Para el espectador siempre será sorprendente que Angelitos empantanados sea la obra de un muchacho con apenas 20 años. Andrés Caicedo que perseveró y fracasó con su teatro (en Colombia quién no), jamás habría de imaginarse -o tal vez sí- que estos, sus más queridos Angelitos, habrían de provocar una ola tenaz de entusiasmo entre los adolescentes. Hoy en el 2003 cerca de 35.000 personas han podido disfrutar de esta puesta en escena que arriba a las 255 funciones y que creemos, con el deseo, que llegará a miles.

Andrés, que fue un obsesivo de ciertos tópicos, los Rolling Stones, Richie Ray, Billy the Kid, Kim Novak, Poe, Lovecraft, no podría tener tampoco en la imaginación, que en la noche del 15 de julio de 1999 en el Teatro Matacandelas estaría el propio Richie Ray contemplando su obra y finalmente realizando una improvisada sesión de salsa en su honor. Ray quería saber algo más del muchacho colombiano que le dedicó muchas páginas y que desde su novela Que viva la música le gritaba: ¡Cómete ese piano Richie!

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