Fotos los ciegos

No soy capaz de montar Los ciegos de Maeterlinck
Por: Cristóbal Peláez

Maeterlinck como metáfora del horror Por: Miguel González

Guión Los ciegos

Teatro simbolista en el Teatro matacandelas
Por Miguel Ariel Sierra y Andrés Gaitán

- Festival Internacional de Manizalez, 2001

- Festival SALAS EN CONCIERTO, Cali, 2001

- Festival Colombiano CIUDAD DE MEDELLÍN, 2002

- Festival Iberoamericano de Teatro, Bogotá 2002

LOS CIEGOS de Maurice Maeterlinck LOS CIEGOS de Maurice Maeterlinck LOS CIEGOS de Maurice Maeterlinck LOS CIEGOS de Maurice Maeterlinck LOS CIEGOS de Maurice Maeterlinck

LOS CIEGOS

de Maurice Maeterlinck

los ciegos de Maurice Maeterlinck
  • Estreno: Julio 10 año 2001
  • Actores: John Fernando Ospina - Cristóbal Peláez - Juan David Correa - Elizabeth Arias - Sergio Dávila – Margarita Betancur - Juan David Ruiz - Juan David Toro – Beatríz Prada - Jorge William Torres - Jonathan Cadavid - Karen J. Crespo
  • Maquillaje: Faber Londoño
  • Vestuario y escenografía: Matacandelas
  • Luminotecnia: Diego Sánchez
  • Asesoría Literaria: Oscar González
  • Versión al castellano: - Martínez S. - Carlos Vásquez
  • Producción: José Alberto Muñoz
  • Composición musical y sonora: Javier Morales - Ángela María Muñoz
  • Dirección escénica: Diego Sánchez - Jaiver Jurado - Cristóbal Peláez

“Llegará el día en que no exista Rembrandt
y suponiendo que exista ya no habrá ojos para mirarlo”

Los ciegos

Dramaturgia de una Catástrofe

Por: Jaiver Jurado G.

El símbolo gobierna esta pieza teatral, como una colmena donde viven diversas especies y al final suspendidas en el vacío deben convivir inexorablemente. El sensacionismo, el ritual, la profunda oscuridad del paisaje, la luz que no termina por aclararse, y el silencio, todo en correspondencia sobre un ciclorama teatral donde el espacio y el tiempo como dimensiones, se estiran y transmutan.

Y es que Los ciegos de Maeterlinck es la dramaturgia purista de una época en que la condensación cultural provocó el rico y desbordante movimiento simbolista que apareció a finales de 1800 con el eslogan "ataviar la idea como una forma sensual" y que llegaría a su colapso por los alrededores de los "años veinte", dejando huellas imborrables en la esfera estética del mundo. Fue un camino abonado bellamente por una pléyade de poetas y pintores como William Blake, Rimbaud y Gustave Moreau, puntas de lanza destellantes. Es éste sin lugar a dudas, el marco de acción ideal en el cual Maurice Maeterlinck a muy temprana edad, en 1890, produjera uno de los textos claves para descifrar las pretensiones del movimiento simbolista.

En Los ciegos la relación convencional entre obra y espectador está cruzada por una serie de realidades de carácter estético y también pertenecientes a la naturaleza humana. Siendo una obra donde el terror es evidente, más que provocarlo a través de la puesta en escena lo que se pretende es descubrirlo conjuntamente entre todos, contemplando los relieves de una situación límite, de un paisaje enfermo que se acerca y se aleja poblado de enigmas. Es en síntesis la dramaturgia de una catástrofe.

Una obra que está limitada por el abismo de las dimensiones y donde la sensación es el eje de comunicación actor-público nos coloca a unos y otros ad libitum en planos oníricos, y en terrenos de apreciación donde los sentidos se desbarajustan irremediablemente.

Dejemos así abierto el plano de significaciones, y se extienda como un abanico "La Gran Diáspora Simbolista", que para nuestro caso reside en la mente y en los sueños de los espectadores.

La ruta simbólica

Por: Cristóbal Peláez González

Un antecedente: La Isla de los muertos, pintura de Arnold Böcklin que inicialmente se llamó, por paradoja, Un lugar tranquilo, obra de encargo para una mujer que le había pedido al artista un cuadro para mirar y soñar. La trascendencia de esta obra en el entorno artístico fue súbita y sorprendente, hasta el punto de obligar al autor durante años a retrabajarla, generando desde entonces y hasta hoy, centenares de versiones que conforman una famosa galería de islas. Pocas obras pictóricas son tan enigmáticas y tan abiertas a la interpretación del ojo. Este punto es capital en la historia del movimiento simbolista, y está en el centro de una extrema inquietud de los poetas que reivindicaban el sueño frente a la razón y querían trazar para el drama otros horizontes más amplios a las simples ocupaciones de divertir o informar la realidad. Habían avizorado la posibilidad de que por fin surgiera un teatro donde el hombre estuviera enfrentado con su peor tragedia: la existencia.

Bergson distinguía dos entidades en el individuo, de un lado el ser fundamentado, real y realista, el práctico, y de otro, el ser humano refractado, hecho pedazos. Baudelaire reclamaba un mundo donde la acción fuera hermana del sueño. Como no era un poeta dramático tuvo mala fortuna en su incursión teatral. Flaubert, que despreciaba su oficio y deseaba para sí la tarea del histrión y del dramaturgo tuvo igual suerte. El pensamiento estético de Europa estaba reclamando libertad en el drama, pero exigía así mismo que quien le asestara el golpe mortal al naturalismo fuera un dramaturgo de oficio, un espíritu que supiera poner en la escena una poesía que fuera distinta a la estampada en el libro. Quien pondría la primera piedra en este nuevo edificio sería justamente Maurice Maeterlinck. Los ciegos escrita en 1890 es ya el teatro simbolista por excelencia.

Sólo un artista, un místico, un hombre descreído de la movilidad y de los afanes de la acción, podía estar próximo al objetivo estético de expresar otras cosas por medio de nuevas formas. Contra los desgreños de un teatro prostituido por la intriga y dedicado a satisfacer los instintos más primitivos, surgían voces poéticas que querían restaurar la dignidad del drama como arte, que estuviera a la par de sus hermanas la música y la pintura. El actor y sus viejos modos de interpretación constituían el obstáculo para esos propósitos y se llegó incluso a reclamar que el actor fuera arrojado del escenario para reimplantar el decoro griego del teatro.

Los románticos querían depurar al teatro de la carne. Sabían que la desgracia, como la belleza, era un movimiento inmóvil. Mallarmé concebía la movilidad de la platea pero no del actor y del espectáculo, por ello soñaba con un teatro al aire libre, con espectadores colocados en una balsa móvil y el escenario situado en distintos lugares de la orilla del río.

A Los ciegos, si exceptuamos el teatro de Séneca, le corresponde entonces ser la obra que inaugura el Teatro estático. Es también la obra sin la cual no existiría ese monstruo metafísico O marinheiro, de Fernando Pessoa. Dos destacadas obras del simbolismo. Pessoa que leyó y destestó a Maeterlinck, no pudo negar su influencia.

El Teatro Matacandelas que posee, no por coincidencia, estas dos obras en su repertorio, no está desposado con la contundencia del teatro estático, ni ha hecho de ello su bandera estética de amarre. Es parte de la vasta búsqueda. Al fin y al cabo, lo interesante no es la presa sino la cacería.

Maeterlinck y Matacandelas

Por: Diego Sánchez

Fue en 1990 y gracias a Fernando Pessoa que conocimos a Maurice Maeterlinck y en particular su obra Los ciegos, y desde entonces empezó a hacer parte de nuestro repertorio imaginario.

Han tenido que pasar entonces doce años y un intento fallido de puesta en escena (1992) para encontrar el momento justo de compartir ese inmenso terror, esa fatiga emocional, ese distenderse ante un pequeño recorrido por el obscuro e inhóspito terreno de lo bello, como lo es la obra de ese científico de los sentimientos humanos, amigo de lo oculto y por lo tanto escudriñador de esas atmósferas que para nosotros, los normales, aparecen limpias, seguras e inhabitadas.

Momento justo éste, donde el Teatro Matacandelas debe enfrentar -¡Horror!- una madurez escénica dada por sus 22 años de ininterrumpida trayectoria, donde ese pequeño espacio de "la escena" es cada vez más difícil de llenar pues, ésta, nuestra experiencia, nos ha hecho menos inocentes, tal vez más joviales sí, pero a la vez más cautelosos en el "qué" y en el "cómo" representar nuestras queridas miserias.

El querer tener a Maeterlinck con nosotros ha representado, más que una obsesión, un gran reto estético y estilístico al que le hemos dedicado no pocos momentos de deleite imaginario, de agazapadas y temerosas lecturas, de ficticias puestas en escena todas con resultados admirablemente satisfactorios, -“el teatro sucede en la cabeza del espectador”- y siempre a la caza del momento propicio para liberar físicamente toda esa carga de impresiones.

Y ahora lo hemos hecho: hemos puesto en escena Los ciegos de Maurice Maeterlinck; nos hemos reunido veinticinco personas a propiciar una atmósfera, un espacio, un tiempo, un lugar, una fiesta que nos permita seguir en la búsqueda de ese maravilloso y por suerte repetible momento de la "explosión colectiva".

Maurice Polidore Marie Bernhard Maeterlinck

Conde Maurice Polidore Marie Bernhard Maeterlinck

Nació en Gante, Bélgica, proveniente de una familia aristócrata. Fue educado en un colegio jesuita de Saint Barbel. Graduado en derecho, ejerció como abogado en su pueblo natal convenciéndose de no servir para tal profesión. Fue inmerso en la literatura durante una estancia en París, donde conoció al conde Villiers de l’Isle Adam, de quien tuvo una gran influencia. En 1896 se establece en París, para después radicar su vivienda en Saint Wandrille, una vieja abadía normanda que él mismo restauró. En 1911 recibe el premio Nobel de literatura y en 1932 es honrado con el título de Conde de Bélgica.

Teatro: La Princesa Malena - Los ciegos - La Intrusa - Peleas y Melisanda - Aladina y Palomides - Aglavena y Seliseta - Ariana y Barba Azul - Sor Beatriz - Monna Vanna - Joyzelle - María Magdalena - El Milagro de San Antonio - La Sal de la Vida - Juana de Arco - La Princesa Isabel - El Poder de los Muertos - El Pájaro Azul - El Padre Setubal - La Desdicha Pasa - El Burgomaestre de Stilemonde

Ensayos: El tesoro de los humildes - Sabiduría y destino - El templo encendido - La vida de las abejas - La inteligencia de las flores - La vida de las termitas - La vida de las hormigas.