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LOS CIEGOS
Dramaturgia de una Catástrofe
por: Jaiver
Jurado G.
El
símbolo gobierna esta pieza teatral, como una colmena
donde viven diversas especies y al final suspendidas en
el vacío deben convivir inexorablemente. El
sensacionismo, el ritual, la profunda oscuridad del
paisaje, la luz que no termina por aclararse, y el
silencio, todo en correspondencia sobre un ciclorama
teatral donde el espacio y el tiempo como dimensiones, se
estiran y transmutan.
Y es que LOS CIEGOS de Maeterlinck es la dramaturgia
purista de una época en que la condensación cultural
provocó el rico y desbordante movimiento simbolista que
apareció a finales de 1800 con el eslogan "ataviar
la idea como una forma sensual" y que llegaría a su
colapso por los alrededores de los "años
veinte", dejando huellas imborrables en la esfera
estética del mundo. Fue un camino abonado bellamente por
una pléyade de poetas y pintores como William Blake,
Rimbaud y Gustave Moreau, puntas de lanza destellantes.
Es éste sin lugar a dudas, el marco de acción ideal en
el cual Maurice Maeterlinck a muy temprana edad, en 1890,
produjera uno de los textos claves para descifrar las
pretensiones del movimiento simbolista.
En LOS CIEGOS la relación convencional entre obra y
espectador está cruzada por una serie de realidades de
carácter estético y también pertenecientes a la
naturaleza humana. Siendo una obra donde el terror es
evidente, más que provocarlo a través de la puesta en
escena lo que se pretende es descubrirlo conjuntamente
entre todos, contemplando los relieves de una situación
límite, de un paisaje enfermo que se acerca y se aleja
poblado de enigmas. Es en síntesis la dramaturgia de una
catástrofe.
Una obra que está limitada por el abismo de las
dimensiones y donde la sensación es el eje de
comunicación actor-público nos coloca a unos y otros ad
libitum en planos oníricos, y en terrenos de
apreciación donde los sentidos se desbarajustan
irremediablemente.
Dejemos así abierto el plano de significaciones, y se
extienda como un abanico "La Gran Diáspora
Simbolista", que para nuestro caso reside en la
mente y en los sueños de los espectadores.
LA RUTA SIMBOLICA
por: Cristóbal Peláez González
Un antecedente: La Isla
de los muertos, pintura de Arnold Böcklin que
inicialmente se llamó, por paradoja, Un lugar tranquilo,
obra de encargo para una mujer que le había pedido al
artista un cuadro para mirar y soñar. La trascendencia
de esta obra en el entorno artístico fue súbita y
sorprendente, hasta el punto de obligar al autor durante
años a retrabajarla, generando desde entonces y hasta
hoy, centenares de versiones que conforman una famosa
galería de islas. Pocas obras pictóricas son tan
enigmáticas y tan abiertas a la interpretación del ojo.
Este punto es capital en la historia del movimiento
simbolista, y está en el centro de una extrema inquietud
de los poetas que reivindicaban el sueño frente a la
razón y querían trazar para el drama otros horizontes
más amplios a las simples ocupaciones de divertir o
informar la realidad. Habían avizorado la posibilidad de
que por fin surgiera un teatro donde el hombre estuviera
enfrentado con su peor tragedia: la existencia.
Bergson distinguía dos entidades en el individuo, de un
lado el ser fundamentado, real y realista, el práctico,
y de otro, el ser humano refractado, hecho pedazos.
Baudelaire reclamaba un mundo donde la acción fuera
hermana del sueño. Como no era un poeta dramático tuvo
mala fortuna en su incursión teatral. Flaubert, que
despreciaba su oficio y deseaba para sí la tarea del
histrión y del dramaturgo tuvo igual suerte. El
pensamiento estético de Europa estaba reclamando
libertad en el drama, pero exigía así mismo que quien
le asestara el golpe mortal al naturalismo fuera un
dramaturgo de oficio, un espíritu que supiera poner en
la escena una poesía que fuera distinta a la estampada
en el libro. Quien pondría la primera piedra en este
nuevo edificio sería justamente Maurice Maeterlinck. Los
ciegos escrita en 1890 es ya el teatro simbolista por
excelencia.
Sólo un artista, un místico, un hombre descreído de la
movilidad y de los afanes de la acción, podía estar
próximo al objetivo estético de expresar otras cosas
por medio de nuevas formas. Contra los desgreños de un
teatro prostituido por la intriga y dedicado a satisfacer
los instintos más primitivos, surgían voces poéticas
que querían restaurar la dignidad del drama como arte,
que estuviera a la par de sus hermanas la música y la
pintura. El actor y sus viejos modos de interpretación
constituían el obstáculo para esos propósitos y se
llegó incluso a reclamar que el actor fuera arrojado del
escenario para reimplantar el decoro griego del teatro.
Los románticos querían depurar al teatro de la carne.
Sabían que la desgracia, como la belleza, era un
movimiento inmóvil. Mallarmé concebía la movilidad de
la platea pero no del actor y del espectáculo, por ello
soñaba con un teatro al aire libre, con espectadores
colocados en una balsa móvil y el escenario situado en
distintos lugares de la orilla del río.
A Los Ciegos, si exceptuamos el teatro de Séneca, le
corresponde entonces ser la obra que inaugura el Teatro
estático. Es también la obra sin la cual no existiría
ese monstruo metafísico "O marinheiro", de
Fernando Pessoa. Dos destacadas obras del simbolismo.
Pessoa que leyó y destestó a Maeterlinck, no pudo negar
su influencia.
El Teatro Matacandelas que posee, no por coincidencia,
estas dos obras en su repertorio, no está desposado con
la contundencia del teatro estático, ni ha hecho de ello
su bandera estética de amarre. Es parte de la vasta
búsqueda. Al fin y al cabo, lo interesante no es la
presa sino la cacería.
MAETERLINCK Y
MATACANDELAS
por: Diego Sánchez
Fue en 1990 y gracias a
Fernando Pessoa que conocimos a Maurice Maeterlinck y en
particular su obra LOS CIEGOS, y desde entonces empezó a
hacer parte de nuestro repertorio imaginario.
Han tenido que pasar entonces doce años y un intento
fallido de puesta en escena (1992) para encontrar el
momento justo de compartir ese inmenso terror, esa fatiga
emocional, ese distenderse ante un pequeño recorrido por
el obscuro e inhóspito terreno de lo bello, como lo es
la obra de ese científico de los sentimientos humanos,
amigo de lo oculto y por lo tanto escudriñador de esas
atmósferas que para nosotros, los normales, aparecen
limpias, seguras e inhabitadas.
Momento justo éste, donde el Teatro Matacandelas debe
enfrentar -¡Horror!- una madurez escénica dada por sus
22 años de ininterrumpida trayectoria, donde ese
pequeño espacio de "la escena" es cada vez
más difícil de llenar pues, ésta, nuestra experiencia,
nos ha hecho menos inocentes, tal vez más joviales sí,
pero a la vez más cautelosos en el "qué" y en
el "cómo" representar nuestras queridas
miserias.
El querer tener a Maeterlinck con nosotros ha
representado, más que una obsesión, un gran reto
estético y estilístico al que le hemos dedicado no
pocos momentos de deleite imaginario, de agazapadas y
temerosas lecturas, de ficticias puestas en escena todas
con resultados admirablemente satisfactorios, - el
teatro sucede en la cabeza del espectador - y
siempre a la caza del momento propicio para liberar
físicamente toda esa carga de impresiones.
Y ahora lo hemos hecho: hemos puesto en escena LOS CIEGOS
de Maurice Maeterkinck; nos hemos reunido veinticinco
personas a propiciar una atmósfera, un espacio, un
tiempo, un lugar, una fiesta que nos permita seguir en la
búsqueda de ese maravilloso y por suerte repetible
momento de la "explosión colectiva".
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Conde Maurice
Polidore Marie Bernhard Maeterlinck
Nació en Gante,
Bélgica, proveniente de una familia aristócrata. Fue
educado en un colegio jesuita de Saint Barbel. Graduado
en derecho, ejerció como abogado en su pueblo natal
convenciéndose de no servir para tal profesión. Fue
inmerso en la literatura durante una estancia en París,
donde conoció al conde Villiers de lIsle Adam, de
quien tuvo una gran influencia. En 1896 se establece en
París, para después radicar su vivienda en Saint
Wandrille, una vieja abadía normanda que él mismo
restauró. En 1911 recibe el premio Nobel de literatura y
en 1932 es honrado con el título de Conde de Bélgica. |
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Teatro: La Princesa Malena - Los
Ciegos - La Intrusa - Peleas y Melisanda - Aladina y
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Sor Beatriz - Monna Vanna - Joyzelle - María Magdalena -
El Milagro de San Antonio - La Sal de la Vida - Juana de
Arco - La Princesa Isabel - El Poder de los Muertos - El
Pájaro Azul - El Padre Setubal - La Desdicha Pasa - El
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