¡Una vez más, gracias, gracias Cuba!

Por Diego Sánchez M.
Actor y director musical, Teatro Matacandelas

"Publicado en la revista Conjunto No. 154/155 enero - junio 2010
Revista de teatro latinoamericano Casa de las Américas, La Habana, Cuba"

UNO. NO EJ FÁCIL MI HEJMANO

Diego Sanchez en la Revista Conjunto

Asistir a un evento como el Mayo Teatral, organizado por la Casa de las Américas es una experiencia variopinta. Representa la alegría de llegar de nuevo a un público conocido con el objeto de compartir nuestra manera de ver el mundo. Representa la inquietud intelectual por su recepción y también la curiosidad de ver de cerca y esta vez cincuenta años después, ese fenómeno inquietante que es para nosotros el triunfo de la Revolución. Y por otro lado es una circunstancia aterradora. Pensar que nos espera el escenario por donde ha pasado lo más granado del teatro latinoamericano de los últimos cincuenta años hiela la sangre. ¿Cómo hacerlo? ¿Qué cara poner?

Estás en Medellín, tranquilo, ensayando y de repente te informan escuetamente:

Confirmado el viaje a Cuba, salimos el 6 y regresamos el 17. Punto.

Mente en blanco (un tiempo). Almacenamiento en el búfer (un tiempo).

Traducción: vas a actuar en el mismo lugar donde han representado Vicente Revuelta –que ya en 1951 ponía en escena La voz humana de Cocteau–, Carlos Giménez, el Odin Teatret, César Brie y Santiago García; acaban de confirmar que iremos al festival que el guatemalteco Manuel Galich fundó en 1961 y que es organizado por la entidad que soñó Haydeé Santamaría y ahora dirige Fernández Retamar. Punto.

¡Y todo esto SIN VASELINA! Alegría. Pánico. Alegría. Pánico. Pánico. Alegría. Valdao de agua fría. Tote en la cara pa’ que aprenda.

La mente vuela y la alegría mengua dando paso a la responsabilidad temerosa, al irrefrenable deseo, al irremediable y permanente interrogante del inacabado arte de actuar: ¿Podré hacerlo mejor esta vez? No lo sé, pero hay que hacerlo como siempre. Habremos de salir, con la frente en alto, con el corazón puesto en cada movimiento, en cada frase, en cada palabra, en cada letra. Brecht proveerá

DOS. DE LA HABANA VIENE UN BARCO CARGADO DE…

Nuestra existencia como colectivo –en medio de todo– ha sido bastante afortunada. Hemos aprendido y no precisamente por la fuerza, a festejar. Todo nuestro quehacer, nuestra existencia se ha minimizado a hacer fiestas. Nuestras funciones son siempre una fiesta, nuestros procesos de montaje son siempre una fiesta. Nuestras conversaciones son siempre una fiesta. Nuestras fiestas son siempre una fiesta. Hacemos fiesta porque nos vamos y hacemos fiesta porque regresamos. Hacemos fiesta por la primera función y por la veintisiete e incluso por las que no han llegado todavía. Y Cuba desde el año 2002 es para nosotros una FIESTA y no precisamente por la calle 23 de La Habana. Lo particular de la fiesta cubana es que siempre viene cargada de regalos

Cuba nos regaló Cienfuegos y el Tomás Terry, nos regaló El Sauto –la mejor función de nuestra Medea de Séneca para cuarentitrés espectadores un domingo de mayo, día de madres– nos regaló a Rafael y a Carlos y al Teatro Escambray con el que tenemos una partida teatral hasta ahora perdida 2 a 1, pero pendiente, a la Sargento Inés, a Pedro Castellanos, y en este último encuentro a Norge Espinosa el último día, –¿por qué el último día? ¿Por fortuna?– Y a Luis Valdez, capítulo aparte

A Luis Valdez no lo conocíamos, pero sí lo conocíamos. En 1983, vimos El soldado raso representado por una compañía estudiantil en Medellín bajo la mano de Jaiver Jurado, el Matacandelas había reconstruido desde la memoria una versión de Las dos caras del patrón y en la última conversación con Enrique Buenaventura, al lado del palo de mangos en la sede del TEC, en Cali, donde ahora reposa, al preguntarle por Luis Valdez supimos que había conquistado Hollywood y nada más. Creímos perdido el rastro, pero el rastro, mucho tiempo después, reapareció. Viajamos en el ómnibus que del aeropuerto nos conduce al Hotel Bruzón, el de la calle Bruzón, y al hojear el programa que nos aguarda en los próximos once días en Cuba descubrimos incrédulos la presencia de Luis Valdez. Alborozo, incredulidad, preguntas: ¿Cómo será? ¿Actuará? ¿Podremos verlo, tocarlo, interrogarlo?

No todos lo tienen en la memoria, algunos ni siquiera tienen el referente pero es subsanable, ya lo tendrán. Y algunos días después no sólo lo tuvieron, lo tuvimos, sino que nos enfermamos de Luis Valdez. Sí, no hay otro término, otro estado. Después de entrevistarlo por más de dos horas, después de escucharle la historia resumida del teatro campesino, después de oírle recitar en náhuatl, en inglés y en castellano, después de descubrir someramente su “método”, quedamos enfermos de gravedad y con pronóstico reservado y esto sólo en el primer round. El segundo y definitivo quedó para unos días más tarde y serviría de ring la sala Che Guevara donde Luis Valdez recibiría el Gallo de La Habana

Luis llegó, se sentó, emitió su discurso por la boca primero, luego por los ojos, después se paró –no se puso de pié, se paró– y con micrófono en mano nos llevó a este estado en el que ahora mismo, días después nos recorre la médula. Enfermedad total y sin posibilidades de sanación. Lo mejor fue llegar a Medellín, encender el video beam y enchufar Zoot Suite. Señoras y señores: sombreros abajo, por favor. –Qué naturaleza humana, qué debilidad humana, qué debilidad natural–. ¿Y ahora qué? Convivir con esta enfermedad nos llevará a un territorio menos sombrío, menos lúgubre. Gracias Luis, gracias Lupe.

TRES. BUFI Y YO (FLORES DE PLÁSTICO PARA JORGE HOLGÚIN) O, ESTE LIBRITO TAMBIÉN TIENE SUS COSITAS MALUCAS

Jorge Holguín Uribe convivió mucho tiempo y de una manera bastante cordial, familiar y amorosa, con Pafi, un oso de peluche que le hablaba e interrogaba, que le ayudó a escribir uno de sus libros y que antes de irse a vivir al Tibet, le acompañó durante toda la enfermedad y hasta su ocultamiento. Yo, pobre mortal, debo sufrir y sufro, la convivencia con un monstruo alimentado con carne cruda que habita mi cuerpo, que duerme la mayor parte del tiempo y que tiene la muy mala costumbre de despertar cuando ciertas cosas le sobresaltan y comer gente. Ha comido policías, directores de teatro, actores, actrices, taxistas, –que le gustan mucho– y técnicos de teatro que le encantaban, pero que a fuerza de comer tantos, ahora le indigestan. A este inquieto habitante he decidido nombrarle para efectos narrativos y quiero que en adelante se le reconozca, perdón por la fusilada, como Bufi.

A Bufi le encanta viajar y le desvela el deseo de que yo tenga actuaciones en teatros que no son el nuestro y que esas funciones técnicamente dependan de mí, es decir cuando soy yo quien debe montar las luces para el espectáculo, de la mano de los técnicos de los teatros. Bufi fue feliz cuando se enteró de nuestro viaje a la isla, pero no por el viaje a la isla sino por las actuaciones en los teatros de la isla. Intuyó y supo por deducción de la experiencia que tendría trabajo. Yo esperaba que no, que no saliera, que tuviera que seguir durmiendo y que nadie le despertara.

Cuando llegamos a un teatro desconocido a montar nuestros espectáculos, Bufi duerme, pero a los pocos minutos cuando aparecen los técnicos, empieza a despertarse. Me mira con una leve sonrisa, hace un guiño forzado y sobreactuado con su único ojo y se acomoda en las plantas de mis pies, plácido pero alerta. Yo me sonrojo, respiro hondo para ganar tranquilidad y trato de calmarlo con frases como “tranquilo, parecen buenos” o “duerme Bufi, que yo me encargo”. Muy pocas veces he conseguido que me haga caso, que se desentienda. Claro que eso no depende de mí, depende del desempeño de los técnicos del teatro en cuestión. Las más de las veces, ¡oh infortunio teatral!, las cosas empiezan a no fluir, a no funcionar y es cuando más me cuesta mantener a Bufi alejado del cuento pues a mi menor descuido encuentra el momento oportuno de empezar a reptar ascendentemente por mis rodillas, mi pelvis, mi pecho, ganar con facilidad asombrosa mi garganta y atravesando mi boca saltar a su mundo onírico -el real mío- para engullir pedazo por pedazo a cuanto ser humano vestido de overol se halle cerca.

Pero esta vez Bufi tuvo una actitud bastante consecuente, quién lo creyera, y aunque hubo de asomarse y lanzar uno que otro zarpazo, dedicó su tiempo a satisfacer no su gula pero sí su curiosidad y entonces mientras tratábamos de hacer el montaje de nuestra obra, conversamos:

– ¿Quiénes son esos?
– Los técnicos Bufi, los técnicos.
– ¡Hmmmm se me hace agua la boca! Siete, ocho, nueve… ¿Por qué tantos?
– No lo sé, no molestes.
– ¿Por qué sentados?
– Hmm…
– Dile que ahí no te sirve ese aparato, que lo necesitas justo aquí donde haces ese tonto diálogo de la tercera escena que tanto me molesta.
– Ya lo hice Bufi, espera.
– Y si ya se lo dijiste, ¿por qué no lo mueve?
– Dice que no se puede.
– ¿Que no se puede? ¡Ja, me dio hambre!
– No pienses en eso, control, Bufi, control, pon la mente en blanco.
- ¿En blanco? Roja es que la empiezo a tener. ¿A dónde se fueron?
- No te afanes que luego regresan, ellos también como tú tienen que comer.
– ¿Tan temprano, pero si acabas de empezar? ¿Y los filtros? ¿Y esa cosa de los canales?
– El pacheo.
– Sí, eso mismo.
– Tranquilo que tenemos tiempo y ya sabes que esta obra no es tan complicada. ¡Cógela suave chico! Aprovechemos mejor esta pausa para repasar los textos de esta noche. ¿Me apuntas?
– ¿Otra vez? No, ya sabes que a mí todo eso del texto y la actuación y los aplausos me aburren tanto o más que a los mismos técnicos y como tú trabajas por y para mí, pues mejor me echo otra siestita y ojalá esta sea bien larga. Suerte y pulso. (Mutis.) Sobre todo pulso.

Y se durmió tan, pero tan profundo que, ¡uf! me liberé de él por el resto del día.

CUARTO. Y SE LLEGÓ LA HORA. LUCES, ACCIÓN

Entonces las luces se apagaron unas, se encendieron las nuestras, el pánico desapareció y empezó la magia, el ritual, la alegre fiesta de mostrar “donde vamos” en nuestro transcurso de experiencias. Las butacas llenas unas, abandonadas otras, empieza la comunicación y de repente ¡esto es una maravilla! Fernando González que nunca se lo imaginó, le está hablando y en primera persona al público cubano y el público cubano contiene la respiración, se ríe, adelanta la parte superior del cuerpo, se ríe, y así van pasando los minutos. Cinco funciones y un encuentro maravilloso, un diá- logo abierto, de invitación, de búsqueda colectiva. Justo al término de la última función, en medio de los aplausos una chica despliega y entrega a nuestro protagonista un cartel que reza:

“Gracias por revelarnos a quien usó para pensarnos el dialecto que hablamos”, luego sube al escenario y pide la palabra. Es bastante joven y sus manos tiemblan. Habla y su voz imita el tré- mulo movimiento de las manos. Saluda a la audiencia, ya de pie y pide permiso para leer esto que ahora yo reproduzco:

El arte es un proceso de recuperación cuyo anhelo inicial no es el de resolver los problemas espirituales sino más bien el de mantenerlos en tanto que problemas espirituales, el de no dejarlos desaparecer. Las obras que nos emocionan más profundamente no son en modo alguno las que presentan soluciones felices, sino las que retoman y encierran las direcciones esenciales de nuestro ser.” Estanislao Zuleta.

Las cosas más cotidianas son de las que más duelen cuando se les tiene lejos. Los olores, los sabores, los sonidos, incluso el tacto y los colores despiertan el recuerdo, reviven determinadas épocas y sentimientos inconscientemente. Como hemos visto hoy, un escenario vacío está lleno de todas partes y se ubica en ninguna. Gracias a Matacandelas cuando Fernando escupe el aguardiente, cuando suena el acordeón, estamos en dos partes al tiempo, somos omnipresentes. Hoy hemos ido a Envigado y a Francia, hemos ido a los años 1930; y a pesar de imaginarnos allá, muchas cosas nos han recordado el acá, nos han hecho reflexionar de lo que somos ahora sin ser físicamente los personajes, sin que las palabras salieran de nuestra boca.

Cuando tenía nueve años pensaba que para recordar tenía que volver a vivir las cosas, que tenía que llorarlas y pensarlas con tristeza; por eso me moría de ganas de regresar a Colombia, de estar físicamente allí. Presentaba un problema que no sólo ocurre a los niños, o a los emigrantes, sino a los países: no se estudian a sí mismos.

Cuando uno no se conoce, recurre a desacreditarse, a buscarse afuera y copiar de lugares que considera de mejor etiqueta; pero también puede recurrir a encerrarse en símbolos superficiales, en esquemas de nacionalismo y costumbres, en banderas que se idolatran y defienden mediocremente. Yo tenía un poco de las dos y cuando tenía nueve años vi por primera vez a Matacandelas representando Pinocho y sus gestos, sus voces, me hicieron recordar con mucha alegría. En ese momento aunque tal vez no me diera cuenta, había entendido que lo que a uno lo identifica, está simplemente dentro de uno mismo, no hay que buscarlo afuera, no tiene que estar encima de él ni ser el propietario para sentirlo. Casi usando las palabras de Mesié González: El que no está consigo mismo no está con nadie.

Empecé a entender ese día con Pinocho y les regalé a este grupo unas flores. Hoy, con la Velada…, por transmitirnos un sentimiento similar, de parte de todas las personas ya sean estudiantes o no, que han venido a conocer y han disfrutado y saldrán con más preguntas, quiero entregarles estas flores que no serán suficientes para retribuir su presencia y labor, pero son para que lleven nuestros aplausos, son nuestro agradecimiento nuevamente y nuestra más sincera admiración.

Entrega flores hechas en papel a cada uno de los once actores y desciende. Es colombiana, de padres colombianos exiliados en Cuba hace ya un largo tiempo. Momento emotivo. El más. ¿Qué decir? ¿Qué cara poner? No pensar. Alzar y bajar la cabeza, alzar y bajar. Gracias, infinitas gracias Cuba.

Publicado en Revista Conjunto de Casa de las Américas