El Mediumuerto, de José Domingo Garzón, en el Teatro Matacandelas
TÍTERES DESCABEZADOS
Por Santiago Andrés Gómez
Es interesante que el Grupo Matacandelas, cuyo impulso es casi siempre asumido
como inspiración y ordenamiento colectivo, se haya lanzado a producir una obra
de José Domingo Garzón (Chocontá, 1961), teatrero bastante polémico por su
desmonte de mitos como el del advenimiento del teatro moderno a Colombia en
los cincuenta, y en especial el del aporte colombiano de la realización colectiva al
teatro mundial (se puede ver un artículo ilustrativo en la revista El Malpensante,
número 85, Marzo – Abril de 2008).
Después de un intenso trasegar, más que nada, en un teatro desdramatizado,
circular, o “patafísico”, en obras como O marinheiro, que marcó ese camino para
el grupo, o las dos versiones de Juegos nocturnos, todo lo cual se extremó casi
al nivel de la insustancialidad con los montajes de Medea, de Séneca, y de La caída de la Casa Usher, basada en Poe (dirigidos ambos por el maestro Luigi
Maria Musati), el Matacandelas vuelve con El mediumuerto, en todo sentido, a su
vena más popular, caracterizada especialmente por sus adaptaciones de García
Lorca (La zapatera prodigiosa, Rosita la Soltera), y si ahora hay que establecer un
matiz con respecto a esa visión política frente a la que el autor de esta obra podría
parecer escéptico o indiferente –y cuyo salto uno siente en Rosita…–, este matiz
tiene que ver con la omisión de posturas críticas tradicionales o, más bien, propias
del siglo XX, y que en el teatro colombiano se habían vuelto, según él, “oficialistas”
y “hegemónicas”.
El Mediumuerto no deja títere con cabeza, pero tampoco postula un pueblo
heroico en oposición a sus explotadores y figuras de autoridad, y además todo
cuanto pueda tener de poesía, o –quizá muy por otro lado– de riesgo, alza vuelo
de los senderos corrientes de lo que se llamó “teatro moderno”. Al Matacandelas
le queda de perlas hacer como si esto fuera una imposible mixtura criolla del
afilado Brecht, el delirante Beckett, el errabundo Pessoa y demás rompedores del
estrambótico siglo pasado, pero porque justamente Garzón no piensa para nada
en ello. Es muy valioso ver en el Matacandelas una obra escrita por un dramaturgo
colombiano, sobre todo si es ajeno al Colectivo, sobre cuestiones contemporáneas
y no atemporales, y haciendo uso, tanto él como el grupo, de cuanto recurso
encuentran para expresar una problemática especial con una perspectiva más
libre que las que dictaron nuestras dramaturgias por mucho tiempo.
José Domingo Garzón
La obra, sobre un médium asesinado el 31 de diciembre de 1999, y de cuya alma
su hija quiere vengarse mientras ella y otros deben resolver los líos que él dejó
inconclusos, tiene momentos de humor que no sobrepasan al Matacandelas de
Juegos nocturnos I, por ejemplo, pero que sí se acercan mucho más a la vida
cotidiana y, en ese sentido, ofrecen un panorama muy distinto de las cosas –
del drama mismo, y de la humanidad–, pero esto, siendo gran mérito de Garzón,
no es sólo suyo… Diego Sánchez, como Reiner, Ángela Muñoz, en el papel de
su amante, María Isabel García, la predicadora, así como Juan David Correa y
Jhon Ospina, una pareja en problemas, llevan la situación, como intérpretes, no
sólo a sus extremos, sino a sus bordes más mimosos. Son recursivos al máximo,
y su gracia no es ni siquiera voluntaria, es como si un demonio les sacara pitas
coloridas y timbres desusados en el momento preciso, para mofarnos de la vida,
sin ningún horror ni pasmo…
Luego de las doce es la locura, y usted se dará cuenta de que en el Apocalipsis
hace rato que ya estamos…