Impresiones de la obra de teatro «Perspectivas ulteriores» del Matacandelas

Por: Jairo Ruiz Sanabria

De todas las artes, la que más respeto es el teatro. Ninguna otra tiene para mí ese poder de sugestión que me da la posibilidad de regresar infinitas veces a la misma obra para observar cuál es la sutileza de las variaciones. Vi «Perspectivas ulteriores» en 1992, cuando la montó Jaiver Jurado con María Isabel García. Ahora la veo de nuevo en un montaje dirigido por Diego Sánchez y actuado por Margarita Betancur. Soy el mismo espectador, bañándose en el mismo río, con aguas diferentes, 25 años después. El efecto de desazón es el mismo. La señora Ruhsam empacando sus cosas para irse al asilo, dividida entre lo que deja y lo que le espera. Tal vez el momento más importante, si lo hay, es el intercambio de impresiones con el canario Rudy, que responde a las alusiones de la señora con breves silbidos. Siempre me ha encantado el título de la obra, tan académico, tan prosaico para hablar de la existencia y de la soledad. En 1992 la situación que plantea la obra me era ajena, en términos personales, pero en 2017, después de internar a mi madre con Alzheimer en un geriátrico, siento más cerca ese duelo de abandonar los objetos que, dada su condición amnésica, fue más mío que de ella. Llegado ese momento, el Alzheimer de mi madre me parece hasta benévolo, pues le ahorró la tristeza de las despedidas y el dolor frente a las ausencias. Porque ahí ya no hay perspectivas ni ulteriores ni posteriores. Tan sólo un vacío.

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