Matacandelas, cuando el teatro venció a la violencia en Medellín
Por Javier Peña
La Voz de Galicia · Sábado 27 de junio de 2026 · Sección Cultura · Columna «Melancolía de la resistencia»
Estos días me recibieron en el teatro Matacandelas de Medellín; me acogieron con los brazos abiertos, como solo saben hacer los paisas, que hacen que sientas que, de entre todo el mundo, eres tú la persona a la que estaban esperando. El Matacandelas es un pequeño teatro que desde hace más de treinta años ocupa una casona tradicional en el centro de la ciudad. Pero no solo el edificio guarda en sus muros una historia digna de ser contada, quizás la más emocionante le sucedió a la compañía teatral, cuando su sede estaba a unas cuadras de la actual.
Medellín es una ciudad vibrante, poblada por la gente más amable que he conocido, que habla un español tan hermoso que uno podría quedarse a vivir en él. Pero es también una ciudad cosida por el dolor. He escuchado historias trágicas de boca de cada uno de mis amigos de allá. A finales de los años ochenta se oían disparos en las esquinas, el terror se había adueñado del asfalto y circular por la calle era un riesgo demasiado grande. Conozco a paisas que vivían recogidos en su urbanización, en compañía de sus vecinos, con quienes establecieron lazos más fuertes que los familiares. El alcalde de Medellín decretó un toque de queda a partir de la caída del sol, y la ciudad de la eterna primavera languideció en un interminable otoño de violencia.
Pero hubo quien se revolvió contra la situación. Uno de ellos fue Cristóbal Peláez, fundador del Matacandelas. Peláez se dijo que debían recuperar la ciudad y se percató de que el arma con la que contaban no era una de fuego, sino de palabra. La única defensa contra la barbarie era la cultura. Decidieron representar cada medianoche un montaje de O marinheiro, la obra teatral que Fernando Pessoa había escrito en 1913. Era una pieza árida, profundamente estática y abstracta. Tres actrices aparecían en escena contando historias mientras velaban a un cuarto personaje femenino. En las primeras funciones había más artistas sobre las tablas que personas en el público, pero poco a poco se fue corriendo la voz y el teatro acabó llenándose de paisas que desafiaban el toque de queda y el miedo.
De las historias que contaban las actrices sobre el escenario, la que tenía más peso era la del marinero que da título a la obra. El marinero naufraga en una isla desierta y, para paliar su soledad y extrañamiento, comienza a imaginar calles y edificios; inventa habitantes y dibuja en su cabeza un plano del lugar, hasta que llega un momento en que ya no sabe si la ciudad que ha diseñado en su cabeza es fruto de su imaginación o es real.
Aquellos paisas que llenaron el Matacandelas en 1990 apreciaron el hermoso simbolismo del texto. El marinero pessoano les decía a los espectadores que las historias y la imaginación podían ayudarlos a recuperar su ciudad. Con ellas podían expulsar el ruido de las motocicletas, de las bombas, de los disparos; podían volver a ver la luz filtrarse por las montañas al atardecer, podían contemplar a los bichofués deslizarse por las ramas en los parques, podían escuchar a los vendedores en Junín anunciar a gritos su mercancía. Eso es lo que hace la cultura, eso es lo que hacen las historias: nos permiten proyectar tiempos mejores, lugares mejores, mejores maneras de relacionarnos. E imaginar es el primer paso para convertir lo imaginado en realidad.
Si abandonamos la imaginación, estamos rindiéndonos a la oscuridad, al otoño interminable que nos dice que nada va a cambiar, que nos cuenta que hemos perdido la partida. Vivimos tiempos convulsos, el odio avanza a pasos agigantados. Si renunciamos a la cultura, estaremos abrazando los eslóganes cargados de odio que solo buscan separar. Por eso, los que contamos historias tenemos una responsabilidad tan grande. Tenemos que proponernos ser resistencia, como el Matacandelas de Cristóbal Peláez. Tenemos que ser capaces de imaginar un país mejor incluso en una isla desierta, como el marinero de Pessoa. Tenemos que echar nuestra mente a volar contra quienes quieren robarnos las calles, la primavera, los bichofués.