¿Qué cuento es vuestro cuento?

de Autores Varios

Estreno: Agosto 28 año 1979

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Afiche ¿Qué cuento es vuestro cuento?
Elenco
(Tres elencos). Héctor Javier Arias, Cristóbal Peláez, John Jairo Pineda, Clara Inés Parra, Robinson Díaz, Ana María Sánchez, Jaime Alonso Rojas, Jaiver Jurado, Albeiro Suárez (Ataulfo), Gilberto Suarez (Conato), Oscar Francisco Berrio, Catalina Aguilar, Jesús Eduardo Vélez y María Isabel García "Chava".
Dirección
Cristóbal Peláez González
Dirección musical
Héctor Javier Arias
Escenografía, vestuario, utilería e iluminación
Colectiva
Estreno
28 de agosto de 1979
Lugar de estreno
Casa de la Cultura de Envigado. Auditorio para 150 personas
Género / formato
Collage
Duración
90 minutos
Autores del collage
León Felipe, Augusto Boal, Mario Benedetti, Gabriel García Márquez, Miguel Ángel Azucena, Esteban Carlos Mejía, Gustavo Tatis Guerra, León de Greiff, Jacques Prévert, William Shakespeare, Jorge Zalamea Borda y textos propios del grupo.

Trayectoria

  • Congo de Oro, género comedia — Carnaval de Barranquilla, obtenido por el cuadro "El Ángel de la Guarda"
  • Circulación 1979–1986: más de doscientas funciones y 33.458 espectadores, según el archivo del grupo, en espacios convencionales y no convencionales (cafeterías, atrios, salones comunales, canchas, tugurios, carpas de huelga y casas particulares)
  • Pueblos de Antioquia: Concordia, Fredonia, Montebello y Caldas
  • Sogamoso (Boyacá) — primera salida del departamento
  • Festival de Sincelejo — Liceo Antonio Lenis, 1980
  • Barranquilla
  • Museo del Castillo
  • Universidad del Valle — única vez que el grupo obtuvo un bis
  • Universidad de Medellín · Universidad de Antioquia · Universidad Autónoma Latinoamericana
  • Noches Obreras en las carpas de huelga de Coltejer
  • Función en La Candelaria en Bogotá
  • Función en el TEC Teatro Experimental de Cali
¿Qué cuento es vuestro cuento?

¿Qué cuento es vuestro cuento?

Hacia el final de la representación Catalina Aguilar, niña de ocho años, se adelanta a proscenio y le habla al público:

“No me contéis más cuentos
Ya se han contado todos.
Todos se han dicho y se han escrito.
Y todos se han ovillado y archivado.

Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre…
ha inventado todos los cuentos.

Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos…
y sé todos los cuentos”
(León Felipe)

Hay nacimientos que nadie consigna porque están demasiado ocupados en nacer. Durante casi medio siglo, esta historia anduvo sin acta ni partida. La recobramos ahora, no por vanidad de archivo (aunque sí, también), sino porque un grupo dedicado a hacer de la memoria su materia prima no podía seguir adeudándose a sí mismo el relato de su primera noche pública. Fue el 28 de agosto de 1979, en la Casa de la Cultura de Envigado —antigua hacienda Andalucía—, frente a ciento cincuenta personas: niños, estudiantes, intelectuales y curiosos que venían, más a pasarnos examen que a aplaudir. La obra se llamaba ¿Qué cuento es vuestro cuento? y en ella germinaba ya, como en una semilla, el árbol entero de los siguientes cuarenta y siete años transcurridos hasta hoy 2026. Lo hecho desde entonces no ha sido otra cosa que desarrollar el programa trazado, sin saberlo, aquella noche.

Éramos nueve aficionados; la mayoría no llegaba a los veinte años y algunos apenas frisaban los dieciséis. No existía en toda la provincia una sola escuela para aprender un oficio, pues aparte de Bogotá, a nadie en estas cordilleras se le hubiera podido ocurrir que ir por ahí de escenario en escenario haciendo gestos y recitados pudiera considerarse un oficio, y mucho menos una ocupación de cristianos. Para casi todos, aquella fue la primera vez sobre las tablas. Nos iniciamos con un pacto de reconocimiento y humildad. No éramos, por supuesto, un grupo de vanguardia explorando nuevos lenguajes escénicos; éramos un modesto grupo juvenil y vocacional con el deseo de expresarnos, de darle —como suele decirse— un sentido al tiempo y al espacio donde habitábamos. Debíamos transitar la ruta de lo simple a lo complejo, un camino riguroso de estudio y práctica de los géneros teatrales. Lo experimental ya llegaría; entendimos entonces que no es punto de partida, sino de llegada. Nos guiaba la premisa revolucionaria de Augusto Boal, repetida como un mantra: «El teatro puede ser hecho por cualquiera, incluso (hasta) por los actores; y puede representarse en cualquier parte, incluso (hasta) en escenarios». Con semejante licencia, ¿quién nos iba a prohibir nacer?

Faltaba decidir qué montar, una búsqueda que nos tomó cinco meses de angustias y expectativas, pues en cualquier aventura teatral el contacto con el público es de urgencia vital. No íbamos a competir con Laurence Olivier ni con Bette Davis; tampoco a montar Hamlet, ni Macbeth, ni Antígona. Teníamos clara nuestra realidad: éramos unos «peladitos» con ganas de conocer el arte teatral. En una de tantas noches de lecturas tiramos, una vez más, de un hilito y ¡apareció el elefante!: El juglarón, de León Felipe. En aquel texto del poeta español exiliado en México hallamos la idea base: un juglar que recorre pueblos con un zurrón lleno de cuentos y que, al llegar a la plaza, pregunta a los aldeanos: «¿Qué cuento es vuestro cuento?, ¿cuál queréis oír?». La idea consistía en que ellos metieran la mano en el costal para sacar una historia al azar. Ahí estaba la obra, la maldita obra que llevábamos meses persiguiendo. El procedimiento ya lo habían inventado los dadaístas en el lienzo y nuestras abuelas en las cobijas: el collage, la colcha de retazos.

El zurrón fue, en el fondo, nuestra biblioteca hecha carne. De León Felipe obtuvimos el continente escénico, además de una pequeña farsa medieval, El serrucho, y su poema No me contéis más cuentos. La pieza estrella siempre fue De cómo José Da Silva descubrió al Ángel de la Guarda, de Augusto Boal: una carga antiimperialista capaz de hacer rugir de risa a los auditorios. Cerrábamos con Un padrenuestro latinoamericano, de Mario Benedetti, con tanto impacto que en cada función debíamos llevar un arrume de copias para compartir con los espectadores, quienes siempre las reclamaban. Allí hacía presencia el cuento de García Márquez sobre el presentimiento capaz de enloquecer a un pueblo entero, La idea que da vueltas, seguido de La clave del éxito, del salvadoreño Miguel Ángel Azucena —generoso amigo quien me regaló en Madrid una copia de su texto sugiriéndome que lo llevara a escena—. Este trata sobre un obrero centroamericano que viaja a los Estados Unidos buscando fortuna y regresa a su hogar, tras pocos años, maltrecho, más pobre aún y con una amputación que lo inhabilita para el trabajo. Con este cuento habríamos de lograr, por única vez en nuestra historia, un bis: un milagro tan esporádico en el teatro como una nevada en el trópico; sucedió en la Universidad del Valle en 1985. También incorporaríamos Cuestión de escrúpulos, de Esteban Carlos Mejía, uno de los primeros relatos colombianos sobre las relaciones entre narcotráfico y política. Figuraban textos de León de Greiff —¡qué requetebueno es el León de Greiff!—, Jacques Prévert, Shakespeare y el joven escritor de Sahagún, Gustavo Tatis Guerra —director de El Túnel de Montería—, quien contribuiría con El fusilado, un breve poema en prosa.

Aquella colcha era el testimonio de todo un periodo de lecturas, conversaciones y desvelos: un programa de trabajo disfrazado de espectáculo. Un programa que era, al mismo tiempo poesía y un credo que nos extendía Mario Benedetti, en algún texto por ahí proclamado:

«No creo en predicadores ni en generales
ni en las nalgas de Miss Universo
ni en el arrepentimiento de los verdugos
ni en el catecismo del confort
ni en el flaco perdón de Dios
A esta altura del partido
creo en los ojos y las manos del pueblo
en general
y en tus ojos y tus manos
en particular».

Allí nacieron también, sin que le diéramos mayor importancia, algunas de las raíces que hoy sostienen nuestra visión esencial del oficio: por todo decorado, una silla (cualquier silla), música en vivo, actuación contenida proyectada en la fuerza de la palabra, lejos de tonos ampulosos o afectados. La palabra dicha como una confesión o un secreto. No lo sospechábamos, pero ya entonces honrábamos nuestro nombre: el diccionario advierte que aquello que se dice «a matacandelas» sucede «misteriosamente y con secreto».

La obra tenía la virtud de encogerse y estirarse a voluntad; por ello la representamos en cafeterías, atrios, salones comunales, canchas de baloncesto, tugurios, carpas de huelga y salas familiares. Éramos una suerte de serenateros teatrales. Inauguramos y extendimos, junto a otros grupos, las Noches Obreras en solidaridad con las huelgas de Coltejer: funciones a cualquier hora —a veces a las tres o cuatro de la madrugada— con tinto proletario y sancocho de por medio; en otras, la policía desde sus patrullas lanzándonos miradas lujuriosas, ansiosas por repartir calabozo. La primera vez que salimos de Antioquia, rumbo a Sogamoso (Boyacá), fue una experiencia que nos supo literalmente a caca por cuenta del maltrato recibido por parte del grupo anfitrión. Aquel infortunio nos enseñó, mucho antes de conocer la frase de Blas Pascal, que «todas nuestras desgracias provienen de no sabernos quedar quietos en nuestros cuartos». Entre 1979 y 1986, el archivo registra más de doscientas funciones y unos treinta y tres mil espectadores. El escritor Óscar Hernández escribió en el periódico El Colombiano que por la ciudad circulaba «una bomba llamada Matacandelas, capaz de hacer teatro en un ladrillo». El éxito, como suele ocurrir, estuvo a punto de aplastarnos: el público y los programadores solo querían esa obra y, durante un tiempo, no nos llamaron Matacandelas sino, con sorna, «el grupo ¿Qué cuento es vuestro cuento?».

Para aquellos loquillos -quienes veían en el teatro, esencialmente, la prolongación de los juegos de la infancia-, el instante supremo llegó cuando, tras años de ilusión, logramos aparecer en la programación del Teatro La Candelaria y del Teatro Experimental de Cali. Nos salía miel de los labios cuando nos mirábamos y repetíamos jactanciosos: «¡Somos parte del movimiento teatral de Colombia!». ¡Qué provincianos!

En 1980 empacamos bártulos rumbo a Sincelejo, donde se celebraba un sorprendente festival de teatro que había adquirido dimensiones nacionales; reunía cada noche a más de mil espectadores durante ocho jornadas en el patio del Colegio Antonio Lenis. Íbamos a estar dos días y el público nos obligó –nos obligó, les juro que es cierto- a quedarnos quince días más. Molimos teatro contrarreloj en distintos puntos de Sincelejo, Tolú, Sampués, Chinú y en nomeacuerdo que otros lugares. Allí vimos al grupo de baile y música Estampas Mulatas, de Barranquilla, dirigido por el joven maestro Johare Hernández. El frenético baile de puya y mapalé al son de tambores, güiros, gaitas y flauta de millo (¡le salía humo a esa flauta de millo!) nos dejó perplejos. Allí evocamos a García Lorca y su concepto del artista con duende, ese saltimbanqui de traje gris que, decía el granadino, vive en las últimas habitaciones de la sangre: “El duende… ¿Dónde está el duende? Por el arco vacío entra un aire mental que sopla con insistencia sobre las cabezas de los muertos, en busca de nuevos paisajes y acentos ignorados: un aire con olor de saliva de niño, de hierba machacada y velo de medusa que anuncia el constante bautizo de las cosas recién creadas”.

El maestro nos extendió una invitación a Barranquilla y se ofreció a darnos talleres de música y baile a cambio de unos seminarios teatrales. Durante más de un mes, diez integrantes pernoctamos en Curramba. Johare Hernández, se pasó de la raya y más que un taller se dedicó a brindarnos un panorama íntegro de las músicas negras e indígenas, de su fusión, de sus bailes y expresiones culturales. Además nos relacionó con muchos de los grandes protagonistas de la cultura popular en Barranquilla. Fue un proceso intenso, profundo y revelador. Allí, entre tantos encuentros, nos vinculó a una gran amistad con ese gran artista campesino Gabriel Segura, que siempre portará en su cabeza la corona de Rey de la Décima. Sobrevivimos presentando cuadros teatrales en las calles y pasando por las calles del municipio de Soledad, durmiendo sobre petates en salones de una escuelita. Aventuras juveniles. Fuimos al Caribe a buscar trópico, calle y perrenque, y de paso nos trajimos el premio Congo de Oro del Carnaval de Barranquilla con el “sketch” De cómo José Da Silva encontró al Ángel de la Guarda. Con el dinero del premio, -quince mil pesos-, pudimos financiar nuestro regreso a Medellín.

De aquel reparto guardo, con un cariño que duele, la estampa de Albeiro Suárez. Llegó a sus quince años, futbolista de las inferiores del Independiente Santa Fe, con un rostro agreste, campesino, mulato. Nada entendía de libros ni de teatro; lo suyo era la ingenuidad, el drible con el balón, la alegría. Cuando anuncié que él encarnaría al personaje de ángel de la guarda, todos creyeron que era un chiste; si se hiciera un “casting” mundial de ángeles, él habría quedado de último. Sin embargo, proyectaba una magia con el público que nunca pude comprender. Llegó a convertirse en uno de los mejores bailarines de salsa de Medellín; lo suyo era fingir ritmo con los pies mientras la expresividad de su rostro hacía el resto. Su destino fue cruel: abandonó el teatro y se hundió en las noches de alcohol, rumba y bazuco hasta la indigencia. Fue un fenómeno de esos que el escenario regala una sola vez. Lo vi en ocasiones rondando andenes y me rehuía. Una vez encontré un papelito bajo la puerta del teatro: “Felices 15, Cristo. Dimensiono todo lo que ha avanzado nuestro teatro. Yo estoy en otra nota de la vida, desde allí celebro”. Poco tiempo después fue asesinado a golpes. Lo llamaban El Fantasma.

Cuando me preguntan qué es Matacandelas, la respuesta menos inexacta es que somos una mixtura, un compostaje de una multitud de elementos: enjundia española, espíritu práctico norteamericano, malicia indígena, ritmo Caribe, alma de niño, todo eso por ejemplo y más. Alma de niño, decimos, sobre todo porque aquí el círculo se cierra: cada noche, ¿Qué cuento es vuestro cuento? terminaba con una niña, Catalina Aguilar, recitando a León Felipe con una voz que jamás quisimos teatralizar: «No me contéis más cuentos». Fue la mentira más hermosa que dijo el grupo en su vida. Porque desde aquella primera noche no hemos hecho otra cosa que contar cuentos y no tenemos, queridísimo León Felipe, la menor intención de parar.

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